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‘Yerma’, o enfrentar a Lorca sin miedo

julio 9, 2018

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Nueva visita a Theatre for the People –la minúscula escuela que lidera Adán Black en Malasaña en la que ya nos hemos detenido otras veces, sobre todo por el interés de los textos que escogen para escenificar- que presenta ahora la versión libre de Yerma que, a partir del original de García Lorca, firmase Simon Stone. Un texto sin concesiones que obtuvo un rotundo éxito cuando se estrenó en 2015 con una superproducción en el Young Vic londinense –con Billie Piper en el rol protagónico- y cuyos ecos llegaron hasta España entonces. Es sólo ahora cuando el público español puede conocer esta reescritura deconstruida del clásico, desde los medios que puede ofrecer este espacio – que alejan esta propuesta de algo remotamente semejante a la superproducción que fue en Londres-; pero siempre con la honestidad que brindan sus espectáculos. Y, desde luego, resulta de total interés acercarse a esta Yerma extrema, desnuda, despojada; que no conserva ni una palabra de Lorca pero es capaz de mantener su historia y su trama para recordarnos que lo que en un principio era una tragedia rural remota y alejada tal vez pueda convertirse en una especie de tragedia contemporánea que habla desde hoy y para hoy. Pocas veces habremos sentido la contemporaneidad del mito de Lorca como en el atrevido pero certero acercamiento que nos plantea Simon Stone: algo que podrá escandalizar a los puristas; pero sin embargo pone de relieve que las cosas que preocupaban a aquellos personajes de campo hace ya casi un siglo mantienen plena vigencia en el presente más urbano.

Simon Stone reubica la historia en el Londres de la actualidad. En una nueva casa en Candem que un matrimonio acaba de comprarse. Ella es una bloguera de éxito que mantiene su medio a base de contenidos cada vez más y más sensacionalistas; él (John) un hombre de negocios que apenas para en casa dentro de su ajetreada vida de viajante. Las ausencias cada vez más reiteradas del marido provocan no sólo la apertura de una grieta entre ambos – una grieta de la que el marido no es consciente- sino la obsesión de la esposa por vencerle la partida a un reloj biológico que cada vez deja menos tregua. Ni siquiera el entorno de la protagonista –con una madre ausente incapaz de abrazarla, una hermana fértil y una jefa empeñada en mantener el éxito del medio que maneja a base de publicar carroña que cada vez implica más de cerca a los allegados de la mujer- consiguen calmar las ansias de ese hijo que no llega. Tampoco la aparición de Victor – antiguo amante de esa mujer sin nombre que protagoniza la pieza, y que ahora se incorpora a trabajar como jardinero- conseguirá apaciguar unas ansias que acabarán haciendo que Ella – obsesionada con la idea de tener algo propio y espantada ante opciones como la adopción- se someta a un duro tratamiento de fecundación in vitro de cuyas terribles consecuencias ni siquiera John es capaz de prever. Mientras la distancia del matrimonio es cada vez mayor –cosificando el sexo casi a un contrato técnico que se debe cumplir con un único objetivo- a su obsesión por ser madre Ella debe sumar la presión laboral, la incomunicación con su entorno e incluso el estrés de ser una mujer moderna, independiente y trabajadora. Un cúmulo de cosas que irán provocando que Ella pierda la noción de la realidad, encerrada no sólo en una casa que se le cae encima sino también en su propia obsesión enfermiza.

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Como digo, del original de García Lorca apenas queda el esqueleto de la historia en el texto que presenta Simon Stone – mucho más cercano a una versión propia que a una mera versión libre-; y sin embargo el acercamiento tiene el poder de poner de manifiesto la inmediatez de la problemática de la que hablaba García Lorca. Con el avance de la sociedad hemos conseguido que aquellos conflictos se hayan multiplicado y nos dejen hoy un abanico mucho más amplio sobre el que poder trabajar a la hora de afrontar lo que ocurre en esta historia. Entonces tal vez solamente eran la esterilidad y la necesidad de una mujer de sentirse madre; pero hoy hemos abierto la puerta a la fecundación in vitro, la adopción normalizada u otras formas de maternidad sobre las que esta versión reflexiona: hay de hecho tantos medios de alcanzar el objetivo que algunos pueden poner en riesgo la propia integridad física de la protagonista. Tampoco la presión social –la de esa sociedad que señala- es menor ahora que la que nos mostraba Lorca, más bien todo lo contrario. Vivimos en una sociedad digital en la que todo se sabe y todo puede viralizarse en un momento: Stone tampoco duda en emplear este hecho para mostrar cómo, en su caída hacia la locura, Ella no duda en materializar lo que podría pensarse como una serie de venganzas personales a través de las redes sociales. En una época en que los personajes lo tienen todo para poder comunicarse

Puede decirse que a través de la Yerma de Simon Stone perdemos la palabra de García Lorca, sí; pero ganamos todo lo demás. El diálogo es ágil, punzante e irónico – hay mucho espacio para la ironía y hasta para la carcajada a través de la ironía que rezuman los diálogos; ironía que deriva sobre todo del grado de intimidad total que une a los personajes- y, sobre todo, comprobamos algo tan importante como la verdadera dimensión de la vigencia de un clásico. Nada ni nadie debería ser sacrosanto ni intocable a estas alturas; y es por ello que este libertino enfoque de Lorca interesa tanto: porque puede que traicione a la palabra –que aparece despojada de lirismo lorquiano- pero expone a cambio el mensaje de la obra – y el mensaje que Lorca quería transmitir- no sólo en toda su cruda actualidad, sino también en toda su crudeza misma. La tragedia de Yerma es ahora la de una mujer contemporánea y moderna; expuesta y lanzada al mundo global y al estrés del mundo moderno. Sin duda creo que este tipo de ejercicios en torno a Lorca no sólo son perfectamente viables, sino que además son necesarios para que el teatro respire y se sienta vivo. Por eso es necesario conocer esta versión: habrá quien diga que es un Lorca sin Lorca; pero nada más lejos, porque el mensaje que nos quiere transmitir Lorca está, incluso amplificado por los tiempos que corren, mostrando lo visionario que era Federico. Con eso es con lo que hay que quedarse.

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Hay que dejar de lado cualquier premisa en torno a la superproducción londinense y valorar como siempre la virguería que supone levantar este espectáculo en un espacio mínimo como es este. La puesta en escena encierra las esferas de lo íntimo –aquellas que transcurren entre los personajes sin que tengan que ser escuchadas por los otros- en un cubo de espejos de cristal que el espectador observa desde el exterior; y que al mismo tiempo simboliza sin duda tanto el encierro –mental, personal…- que viven todos, presos de sí mismos; como lo expuestos al exterior que se encuentran, en ese universo empeñado en mirarlos. El público asiste pues como voyeur de esa intimidad robada, en una historia en la que las redes sociales. Alrededor del público – recordemos las limitaciones del espacio….- se levanta un espacio de campo, algo cercano a un huerto, al que los personajes – sobre todo ella- huyen en momentos muy concretos, que tal vez tenga que ser visto como una metáfora de libertad: la libertad que no encuentran en su espacio doméstico la alcanzan en el exterior. La disposición del espacio –que juega ocasionalmente con las imágenes que el espectador recibe a través de reflejos de espejos- juega a favor de un espacio mínimo e ingrato para separar atmósferas, y ofrece cierto distanciamiento entre público y actores –tan difícil aquí…- y permite ciertos juegos. La dirección de Adán Black tiene su mayor virtud en unos diálogos muy bien picados en aquellas escenas en las que la tensión aumenta: están bien resueltas, sin caer en excesos que sí se han visto otras veces en esta sala. Puede que algunas entradas y salidas –los personajes atraviesan el espacio por detrás del público sean francamente mejorables; pero asumo que posiblemente venga dado por la propia disposición del espacio. La escena final – que requiere de un fundido para armarse- debería suceder con mayor inmediatez.

Honestidad general como acostumbra en un elenco en el que no hay que perder de vista el carácter de escuela desde el que siempre hay que afrontar los escritos que se refieran a esta compañía. La protagonista la asume Estefanía Villarte, especializada y bien desenvuelta en personajes de carácter extremo como podría ser este. Maneja bien el crescendo dramático desde la ironía hasta la enajenación sin perder nunca la dignidad y resaltando de algún modo toda la pulsión que pasa por dentro del personaje; enfoca el rol desde un sobrio erotismo implícito – que va en consonancia con el acercamiento ‘interior’ que plantea-, pisa el espacio con elegancia y tiene maneras de verdadera profesional Ya muchas veces he destacado el potencial de esta actriz, que pide a gritos que alguien la vea y le dé la oportunidad que sin duda merece para mostrar todo lo que puede dar a un público más amplio. Todo el resto del reparto pivota de una u otra forma en torno al personaje principal: el John de Miguel Brocca – que se ha convertido en otro valor seguro de la compañía con el paso de los montajes- hay una química visible, un entendimiento bidireccional palpable y necesario para sacar adelante con éxito dos personajes que en todo momento dependen el uno del otro, haciendo que las escenas conjuntas crezcan de modo decisivo. Antonella Broglia juega bien el personaje de la madre, sin caer en la neurosis, y encuentra un momento de doloroso cinismo en la escena en la que es incapaz de dar un abrazo a su propia hija porque no sabe cómo se hace; del mismo modo que la Mary de Daniela de Ángel – que aquí es hermana de la protagonista- dibuja un buen contraste con Ella en el enfoque psicológico, en tanto en cuanto representa la frialdad de la mujer que no puede evitar que su hermana vaya hacia los abismos, a pesar de su visión más pragmática de la situación. Sara Chamberlain tiene un personaje breve – creo que susceptible de mayor desarrollo-, pero con algunas de las frases más críticas y punzantes del texto, sobre las que evita con bastante inteligencia cargar las tintas. José Ángel Trigo cumple sin problemas en Víctor –que en Lorca tiene un peso incuestionable; pero aquí es apenas un esbozo simbólico; porque a Stone le ha interesado mucho más explorar el mundo de la mujer desde la esfera de lo personal-.

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Asumidas las limitaciones del espacio y las características de la propuesta, desde luego que la Yerma de Stone es un texto digno de conocerse; porque tiene singular atrevimiento a la hora de afrontar los acontecimientos de Lorca: el purista se rasgará las vestiduras al ver cómo este experimento pasa por encima de la palabra de Federico – pero si lo hemos hecho tantas veces con clásicos extranjeros ¿por qué vamos a considerar intocable a Lorca?- pero el espectador curioso seguramente verá el juego con interés, admirando la vigencia universal de la trama. Es, desde luego, una Yerma que debe presentarse en España; porque a ciertas cosas hay que perderles el miedo. El texto tiene el punch más que suficiente como para ser montado con todas las de la ley en nuestro país – y ojalá algún día así sea-; pero hasta entonces habrá que acercarse a este pequeño espacio para conocerlo, valorar el potencial del texto y admirar el de su protagonista. Otra oferta atractiva.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

Yerma”, de Simon Stone a partir de Federico García Lorca. Con: Estefanía Villarte, Miguel Brocca, Antonella Broglia, Daniela de Ángel, Sara Chamberlain y José Ángel Trigo. Dirección: Adán Black. THEATRE FOR THE PEOPLE.

Theatre for the People, 2 de Julio de 2018

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