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‘La Familia No’, o romper el cordón umbilical

julio 7, 2018

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Después de la fascinante Yogur/Piano –que para muchos supuso no sólo el descubrimiento de un dramaturgo con ideas originales; sino también una epifanía personal hacia la mejor versión de nosotros mismos- y la curiosa Un Cuerpo en Algún Lugar –cuyo grandísimo éxito no puede negarse; incluso a pesar de que personalmente no terminase de empatizar emocionalmente con la propuesta- Gon Ramos presenta La Familia No, un montaje procedente del Festival Surge que ha hecho temporada en el Teatro Fernán Gómez en el que Ramos reflexiona de una forma muy particular –a veces incluso críptica- sobre asuntos como la formación de la personalidad durante la niñez o la necesidad de cortar el cordón umbilical con respecto a nuestros padres en un momento determinado –queramos o no- con todo lo que ello implica.

Cuatro niños juegan en un coche. Ese mismo día han salido de vacaciones hacia la playa, y los padres han parado para ir a comprar algo a la gasolinera… En un principio los cuatro hermanos sólo deben esperar un rato y se entretienen jugando a lo que podrían ser combinaciones de cualquier serie manga entre sonidos y palabras indescifrables; en una secuencia inicial que nos atrae por lo que desconcierta. Pero, con el retraso progresivo de los padres, asistimos a toda una serie de juegos de cambio de rol en torno a los que los hermanos reconstruyen su historia y la de la familia que forman, desde antes incluso de que ellos naciesen. El tiempo parece congelarse; las acciones pueden transcurrir en presente, pasado o hipotético futuro y ser reales o no. Conocemos así un hipotético viaje de los padres a Buenos Aires en el que los hermanos podrían haber sido concebidos –una escena salpicada por los aires del tango, que es uno de los motivos recurrentes de la pieza-, estampas del pueblo en el que vivieron –y de la relación con sus padres (madre muy unida a ellos y padre tremendamente autoritario)- siempre desde una esfera de juego en la que los pequeños deciden quién quieren ser ahora y desde qué realidad nos cuentan la historia. El resultado es una serie de pequeñas escenas que, a primera vista, pueden parecer intrascendentes de contenido precisamente por esa estructura de juego de niños que tienen. Sin embargo, la historia que se va armando permite que los niños – en esa especie de limbo temporal en que transcurre la función, en el que todo es posible- se pongan por momentos en los puntos de vista de los padres, e incluso en los de los adultos que serán en el futuro, recordando los pasados, o incluso tal vez distorsionándolos para convertirlos en aquello que sueñan que sea, o incluso en lo que les gustaría que hubiese sido; de manera que el espectador rara vez puede saber con certeza qué es imaginación y qué realidad, o qué hay de certero en la manera de afrontar los roles en sus juegos. Poco a poco, casi sin que nos demos cuenta, van arrojando reflexiones tan lúcidas como muchas veces dolorosas acerca de lo duro que puede resultar para un padre conseguir que su hijo alcance la felicidad –y se convierta en algo mejor de lo que fueron ellos, en todos los aspectos- o la necesidad de comprender que a veces hay que cortar el cordón umbilical y seguir adelante dejando por el camino según qué cosas. Quizás volar, como hacen literalmente los cuatro hermanos en un momento de la función durante uno de sus juegos, en un momento hermoso… y también tomar la decisión de seguir adelante o quedarse anclados, esperando algo que tal vez nunca vaya a volver – los padres, claro; pero creo que la metáfora que nos propone Gon Ramos a través de las figuras de esos padres que nunca llegan abarca algo mucho más extenso, y por lo tanto también más doloroso…-.

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Hay que señalar que no estamos ante una función ni una dramaturgia sencillas –ni por la peculiar estructura, en la que puede parecer a primera vista que hay bastante paja; aunque todo acaba constituyendo alguna pieza de un puzzle que nos lleva a un punto bastante concreto- en las que seguramente costará entrar, al menos a primera vista. Sin embargo, hay que valorar muy positivamente tanto el particular estilo narrativo –en el que el autor plantea muchas preguntas sin respuesta como dónde están los límites entre realidad, imaginación y ficción; y en el que las fronteras entre juego inocente y bofetada de realidad también tienden a ser dispersas- como el equilibrio que encuentra cuando introduce mediante una prosa de altos vuelos reflexiones universales perfectamente extrapolables a la realidad de cada uno de nosotros.

Muy probablemente, una de las mayores virtudes de La Familia No sea el hecho de esconder tras la forma de un inofensivo juego infantil un fondo mucho más profundo y pantanoso. Para ello, sin embargo, algunas secciones han de cobrar por fuerza una apariencia naive que tal vez les reste algo de interés; y por eso tal vez sintamos que en un principio cuesta entrar en el discurso, o incluso que parte de la pieza tiende a alargarse sin necesidad –y, por tanto es susceptible de recorte ante la hora y tres cuartos que dura-. Tal vez sea complejo entrar en la idea sobre todo durante los primeros minutos –Gon Ramos ha asumido desde luego un fuerte riesgo para decidir qué contar, cómo y desde dónde contarlo-. Nos situamos a la expectativa como público; pero la verdad es que esa expectativa acaba cumpliéndose, y cuando vemos qué es lo que esconde la pieza llega a estremecer, incluso a emocionar. Porque en este universo con mucho de limbo temporal, Ramos parece querer convencernos de lo duro que es asumir que la vida cambia; no sólo desde las figuras de los niños que dejan de ser niños –obligados a asumir la problemática de la edad adulta con toda su extensión- sino también desde la configuración de la identidad que se forma cuando somos niños: algo de nuestro yo queda firmado en nuestra niñez; pero sólo si somos capaces de mutarlo, transformarlo y aprender a reinventarnos con él podremos tener una vida plena: esa parece otra de las reflexiones fundamentales que arroja La Familia No. Por eso la línea cronológica se antoja tan dispersa; como si estos personajes necesitasen comprender su pasado para afrontar su presente; y también por eso gran parte de los episodios que se presencian pertenecen a la esfera de la ensoñación, porque a veces sólo el sueño nos salva. Lo que queda por debajo del juego es ni más ni menos que sus yos reales, con los que quizás tengan que enfrentarse.

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Puede que a La Familia No le falte reordenar el material sobre todo para reconsiderar el metraje; pero el viaje que plantea y la forma en que lo hace no están exentos de interés. Hay aroma a muchas cosas – el tango, la gestión del rencor, la necesidad de crear semejantes mejores que sus progenitores frustrados, el juego como forma de evadir la realidad, o la oportunidad de escoger…- y, desde luego, la pieza –desconcertante en un primer momento- se queda en tu cabeza; planteando preguntas que sólo cada uno de nosotros podrá responder. Se pueden sacar bastantes enseñanzas de la función; y – además de tener alguna escena de un poderío verbal verdaderamente memorable- deja un cierto poso de extrañeza a medio camino entre la melancolía y el desasosiego que me resulta bastante interesante. En este aspecto, la devastadora escena final – esa en la que, efectivamente, hay que decidir entre romper o no romper el cordón umbilical que nos une al pasado- difícilmente dejará indiferente.

Toda la función –dirigida por el autor- transcurre en torno a una estructura de coche abierto y despiezado –gran elemento escénico de Javier Ruiz de Alegría, que firma también la sugerente iluminación- que los actores han de mover a pulso en muchas ocasiones y en cuyo depósito de gasolina se esconde una especie de pequeña piscina a la que caen una serie de Playmobils que se identificarán con las figuras de los hermanos. La idea es de gran audacia, tanto por su realización como por las múltiples posibilidades espaciales que ofrece, logrando mucho con muy poco; y porque logra alejarnos del universo. Hay dos imágenes particularmente bellas: la inicial –en la que el coche se despoja de la tela que lo cubre- y el momento capital del vuelo, resuelto con gran poesía.

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En la interpretación hay un acierto mayúsculo de dirección de esos que se ven rara vez en los escenarios: los cuatro actores interpretan básicamente a niños –que mutan de personajes y mutan en sus edades; pero son niños pequeños la mayor parte del tiempo- pero sin forzar la composición, interpretados desde su verdad; no actuando como si fuesen niños, sino desde su yo adulto y apelando a la convención teatral de que estamos viendo a niños –como ocurría por ejemplo en el Hamelin de Mayorga que montase Animalario hace ya años-. En un tiempo en el que cada vez es más frecuente encontrar composiciones problemáticas de niños que interpretan adultos, la decisión que se ha tomado aquí no solamente es la más lógica, sino que además ayuda decisivamente a que podamos evaluar la profundidad que se esconde tras algo aparentemente superfluo: las partes de juego quedan mucho más naturales evitando ese cierto distanciamiento que hubiese provocado la caricatura; y desde luego, las explosiones dramáticas – planteadas desde el más absoluto realismo- tienen mucha más fuerza. No es una función fácil para los actores, ni a nivel de estilo ni a nivel psicológico –deben entrar y salir de perfiles constantemente-; y sin embargo, sin negar que unos rinden mejor que otros y los momentos grupales presentan algún altibajo, todos tienen momentos de lucimiento personal importante. Puede que el primer gran monólogo de Fabia Castro –¡qué actriz versátil y qué sutileza!- sea el punto de arranque que, tras un inicio de función algo descafeinado, agarra de la mano al público para no soltarnos nunca más. Eva Llorach tiene – en la dura evocación en la que entendemos la figura del padre- el que seguramente sea el momento más duro y contundente de la función: estremece. Jacinto Bobo tiene encanto incuestionable a la hora de entonar los tangos y Emilio Gómez se redime a gusto de una labor menos lucida en el momento en que habla desde el futuro, desde el hombre adulto que observa el recuerdo de la familia; otro de los puntales de la representación.

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Por su estructura –compleja, a veces críptica y susceptible de recortes- La Familia No puede desconcertar en más de un momento. Sin embargo, es innegable que golpea con reflexiones rotundas sobre lo inasible de la felicidad, y los estragos que causa el tiempo en los niños que fuimos. Deja en el espectador audaz algunas ideas que hacen pensar y crecen con el paso de los días cuando uno repiensa la función; e insiste en mostrarnos a Gon Ramos como un creador con un universo, unas ideas y un lenguaje muy personal, que consigue – como ya ocurriese con Yogur/Piano– que algo que empieza como un juego inocente seguramente nos haga replantearnos algunos aspectos de nuestra existencia. Cuando se llega a esto, se perdonan hasta las irregularidades.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

La Familia No”, de Gon Ramos. Con: Jacinto Bobo, Fabia Castro, Emilio Gómez y Eva Llorach. Dirección: Gon Ramos. KENDOSAN PRODUCCIONES / IN-GRAVITY

Teatro Fernán Gómez (Sala Jardiel Poncela), 1 de Julio de 2018

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