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‘Islandia’, o ¿hacia dónde vamos?

julio 4, 2018

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La dramaturga catalana Lluisa Cunillé –Premio Nacional de Literatura Dramática 2010- es, sin ningún género de dudas, uno de los nombres más importantes del teatro contemporáneo de nuestro país. Ha escrito y estrenado un buen número de funciones interesantes, sobre todo destacables por la fluidez de unos diálogos que a menudo tienden a la ironía. Para cerrar su temporada, el Centro Dramático Nacional presenta una producción de Islandia –que la autora escribiese hace ya algunos años-, invitada desde el Teatre Nacional de Cataluña. Y, a decir verdad, la decepción ha sido bien grande. Porque la función parte de un planteamiento tan extraño como interesante –que intuyo que hubiese dado cierto juego de desarrollarse de otra manera- para convertirse pronto en un mero viaje iniciático en el que un joven se da de bruces contra su realidad y su futuro mientras viaja por una Nueva York deprimida y golpeada por el ataque terrorista del 11-S, reciente y todavía latente en el momento contextual en que transcurre la pieza.

Al comenzar la función asistimos a una conversación entre un hombre de negocios y una mujer que le busca en el hotel en el que se hospeda, pero que acaba por confundirse de persona. Una conversación en la que aparecen temas como la depresión económica por la que atraviesa el mundo, un pasado frustrado como cantante de ópera y un hipotético viaje a Islandia. De pronto, de debajo de la cama surge un chaval que – según nos cuenta el hombre- a menudo aparece ahí y asume sus funciones; por ejemplo la de coger el teléfono. Es en este punto que la escena muta súbitamente y desde ahí seguimos el viaje del chaval desde Islandia hasta Nueva York, para buscar a su madre que le ha dejado tiempo atrás para casarse –ante este planteamiento ¿cómo no pensar, al menos por un momento, en Marco?-. Efectivamente, se trata de un chaval despistado y asustadizo con un punto de idealista, que toma clases particulares para convertirse en un futuro cantante de ópera –su gran pasión-. A lo largo de una serie de cuadros vamos observando su encuentro con diversas personas de la clase media-baja neoyorquina hasta que finalmente tiene su encuentro con la madre en una iglesia: esa madre a la que necesita recuperar para contarle su vida, esa madre quizás idealizada y que tal vez haya tenido que sacrificarlo todo por el bien del hijo.

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Desde luego que ese final en la iglesia puede que nos haga pensar en una suerte de viaje iniciático, incluso de peregrinaje en el que, a través de los ojos del chico, Cunillé nos ofrece una panorámica sucinta de la realidad social económica de Nueva York en ese momento: esa en la que se desprecia lo extranjero con aires de superioridad por formar parte de la Gran Manzana; pero en la que se intenta ocultar la miseria y la ruina con la que se vive en esa gran ciudad. Por el fresco que dibuja Cunillé desfilan médicos, timadores, mendigos, vendedores ambulantes o dueños de puestos de comida rápida y otros perfiles que muestran al joven lo que ya se sabía: que el sueño americano no es tal; y que los sueños – en general- tal vez sólo sean eso, sueños. También aparece el tema de la inmediatez y la rapidez de la vida neoyorquina, esa en la que los recuerdos vuelan y lo novedoso hoy ya es pasado de moda mañana. La vida de seres anónimos que forman parte de una gran masa dentro de la que no pintan nada especial, en suma… Y la historia termina, y nos quedamos sin saber con certeza qué conexión real tiene la primera escena –que nos las prometía felices…- con todo lo que sigue. Suponemos que es una muestra de cómo el joven al que seguimos no alcanzó los sueños que perseguía, pero la cosa no va más allá; y el juego entre presente y pasado no se explota, mientras viajamos por pequeñas escenas en las que conocemos a personajes que, salvo un par de contadas excepciones, no vuelven a aparecer pasado su momento.

Al margen de que la trama en sí misma sea mínima – interesa más el retrato social que las cosas que pasan durante la obra-, encuentro que el texto tiene una serie de problemas que se acrecientan si de subirse a escena se trata. El primero de ellos, su estructura: porque la función consiste en una larga concatenación de escenas entre dos – las más de las veces- o tres personajes en las que toda esa serie de personajes episódicos no están lo suficientemente bien perfilados como ni desarrollados para captar nuestro interés más allá de la anécdota. Parecen perfiles que tienen a la deshumanización y a la frialdad, y todo se cuenta nada especialmente interesante. Planeando por esta estructura – y cuando comprendemos que nada nuevo ni sorprendente va a ocurrir- sólo nos queda consultar en el programa de mano cuántos personajes quedan por aparecer y descontar las escenas que nos faltan; porque la cosa no capta nuestra atención. De hecho, el segundo problema puede que sean uno diálogos que no tienen el característico sarcasmo que suele encontrarse en las obras de Cunillé y que son planos, fríos y bastante vacíos; cercanos muchas veces al tópico: es casi imposible entrar emocionalmente en una historia que se cuenta desde ese distanciamiento tan crudo; y el aburrimiento se acaba apoderando de nosotros porque el esquema es repetitivo no sólo en la forma, sino también en los datos – que se repiten una y otra vez: dejé de contar la cantidad de veces que el protagonista que es de Islandia (contraste simbólico entre la economía boyante de Islandia y la deprimida de Estados Unidos, para hacernos entender que el joven no puede ni imaginar una crisis de ese calibre, claro; pero con reseñarlo un par de veces bastaría)-. Quiero volver sobre un asunto que me resulta inquietante: el juego que se plantea en la primera escena podría haber sido una mina a la hora de contar la función desde otro lugar tal vez no tan estrictamente realista –el cuento, la ensoñación, el surrealismo…-; pero desaparece sin dejar rastro, poco menos que sugiriendo una posible metáfora que nunca se aclara… Lo que nos queda en su lugar es, desde luego, mucho más clásico en la forma y mucho menos interesante en el contenido. Si a eso le sumamos que la función sobrepasa las dos horas de duración, entenderán que ante estructura y contenido el interés vaya decayendo progresivamente como lo hace…

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Hemos visto muchas obras bastante notables en torno al asunto del viaje iniciático y la deslocalización de un personaje enfrentado a sí mismo y al choque cultural, económico y social. Islandia trata todo esto; pero no funciona. Que Cunillé es una dramaturga importante, experimentada y que no tiene que demostrarlo a estas alturas parece bastante claro. Desde luego, decir que Islandia es un mal texto viniendo de un nombre con la experiencia y la carrera de como me parece una temeridad. Sin embargo, es cierto que no engancha como debería, que parece que la idea inicial es mucho más interesante que el resultado final y que la cosa acaba tomando un camino mucho más plano del que se apuntaba a primera vista Desde luego, no creo que sea una de sus mejores obras ni mucho menos, como se afirma en el programa de mano. Tiene textos claramente superiores que he podido leer ¿A dónde quiere llevarnos la autora con este texto y este viaje? ¿Qué ha querido contarnos Cunillé más allá de una panorámica de la realidad social y económica de la que se supone que es una potencia? Puesto que se habla de Islandia ¿por qué no se explota el contraste entre pobreza y riqueza? ¿Por qué limitarse a un viaje iniciático ya tantas veces visto alejando del todo el universo de fábula que, creo, podría haber ayudado? Son algunas de las preguntas que surgen después de enfrentarse a este texto.

Puede –tengo mis dudas- que leyéndolo la cosa mejore; pero desde luego este texto presenta problemas de estructura para subirse a escena sin que la cosa se resienta. En una especie de road-play en la que se transita por espacios bien diferentes entre una escena y la otra – un hotel, un vagón de metro, la estación, una plaza, un bajo, una iglesia…- un director ha de saber cómo resolver. El montaje de Xavier Albertí obliga a mover la escenografía de Max Glaenzel entre las diferentes escenas, provocando fundidos a negro constantes tamizados por grabaciones de distintas partes musicales de La Traviata verdiana pensadas como fondo de playback – esto es, sin la línea vocal-. Si ya cuesta seguir el ritmo lentísimo del texto, imagínense si además le metemos esas cortantes pausas para transicionar… El montaje parece aparatoso –como en otros que hemos visto este año, vuelve a haber una escena en un espacio cerrado bastante castigada por la microfonía…- pero creo que no ayuda ni a contar la historia ni a crear un espectáculo visual que nos entretenga por encima del texto. Tampoco se entiende muy bien que se nos insista en que el chaval es una promesa de la ópera en condiciones y que las pocas veces que ha de entonar apenas un par de versos del aria del segundo acto de Alfredo en La Traviata el resultado sea tan pobre: no se pide al actor que cante ópera, por supuesto; pero sí una solución que haga el asunto mínimamente creíble –un playback- puesto que se repite el dato con tantísima insistencia….

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El texto es plano, es difícil insuflarle algo de vida; y parece que Albertí no ha podido motivar demasiado a ninguno de los actores; que en general no parecen demasiado implicado con lo que están contando –y eso que hay algunos nombres muy potentes-, dando perfiles fríos y monocordes de esos personajes tan poco desarrollados…. Es difícil que pudieran haber hecho otra cosa. Reconociendo el esfuerzo de Abel Rodríguez en un papel larguísimo –el protagonista, que nunca abandona el escenario- y que no le permite sin embargo demasiado lucimiento; puede que los que más se esfuerzan por insuflar algo de vida a sus partes sean Lucía Quintana, Juan Codina, Albert Prat y Lurdes Barba, que luchan como verdaderos jabatos por dar algo de vida a esas situaciones y esos personajes y por momentos hasta lo consiguen. Los demás – Joan Anguera, Paula Blanco, Oriol Genís, Jordi Oriol y Albert Pérez– hacen lo que pueden y lo que les dejan, muchas veces desde un tono impostado que es sin duda una cuestión de dirección y que pone irremediablemente otro muro en la implicación del espectador. A muchos de estos actores les hemos visto brillantes en otros trabajos, de manera que para explicar el patinazo habrá que recurrir seguramente a cuestiones de dirección o de falta de interés ante el texto.

Hay un asunto que no quiero pasar por alto, porque me parece especialmente serio y bajo ningún concepto debería ocurrir, más allá del valor de la función. Estamos ante una producción catalana estrenada en catalán, que se ofrece ahora traducida al castellano en una versión con bastantes defectos de traducción, seguramente por una cuestión de falsa cercanía entre ambos idiomas. El caso es que, por lo que sea, se escuchan desde verbos mal conjugados –varias veces- hasta expresiones que en castellano no existen como tal – también hay varias, entre las que podemos señalar la errónea*tirar las cartas en lugar de la correcta echar las cartas, que es la forma correcta: en una tirada de cartas, las cartas se echan-… y, como esa, un puñado mas. Supongo que estaremos ante una traducción de la propia autora; pero sorprende que no se hayan fijado de algún modo estas cuestiones, más aún en un teatro como el Centro Dramático Nacional; donde tal vez, ante la dificultad para manejar un correcto castellano, hubiese sido más inteligente ofrecer la función en catalán y con subtítulos sin que eso supusiese problema de ningún tipo. Pero presentar una mala traducción a estas alturas es algo que no puede suceder.

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Teatro escasamente mediado, y gélida respuesta del público tras dos horas que se eternizan. Silencio sepulcral sobre el fundido final y tímidos aplausos que tardaron en surgir una vez que la luz se dio sobre los actores. Creo que ese momento tan embarazoso como real resume muchas cosas sobre una función que falla tanto en el interés del texto como en la forma de llevarlo a escena; y que presenta defectos de traducción como pocas veces se han visto en este teatro. Hay muchos medios al alcance de que la cosa llegue a buen puerto, sí; pero aquí no siempre juegan a favor del espectáculo. Y lo que es seguro es que Lluïsa Cunillé tiene textos muy superiores a este que merecerían verse en Madrid antes que el ahora seleccionado.

H. A.

Nota: 1.75 / 5

Islandia”, de Lluïsa Cunillé. Con: Joan Anguera, Lurdes Barba, Paula Blanco, Juan Codina, Oriol Genís, Jordi Oriol, Albert Pérez, Albert Prat, Lucía Quintana y Abel Rodríguez. Dirección: Xavier Albertí. TEATRE NACIONAL DE CATALUNYA.

Teatro María Guerrero, 24 de Junio de 2018

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