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‘Arlecchino, Servitore di Due Padroni’, o al menos una vez en la vida

julio 1, 2018

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Espectáculo en italiano

Fruto de un proyecto de colaboración entre la Compañía Nacional de Teatro Clásico – que exportó su producción de La Dama Duende– y el Piccolo Teatro di Milano regresó a Madrid la legendaria puesta en escena que Giorgio Strehler firmase allá por 1947 del Arlecchino, servitore di due Padroni, icónico título de la comedia italiana que Goldoni escribiese en 1745. Uno de esos montajes que ya son historia viva del teatro, y que todo buen aficionado debería ver al menos una vez en la vida; porque, más allá de mantener toda su vigencia, belleza y virguería estilística la friolera de 71 años después de su estreno es ante todo el testigo de una manera de hacer las cosas que tal vez pueda ser vista como pura arqueología por algunos, pero sin embargo cada vez parece más difícil de encontrar. Desde su estreno, el Arlecchino de Strehler ha recorrido el mundo de punta a punta, ha sobrevivido a catástrofes como un naufragio y ha mantenido a un intérprete durante años y años en el rol principal –Ferrucio Solari, que recientemente ha abandonado el rol y ahora se encarga de la reposición escénica-. Pero lo importante es que sigue fascinando a propios y extraños como el primer día, y sigue vivo como en el momento de su estreno. Tiene toda la esencia de lo que debería ser un Goldoni, las concesiones que se ha tomado Strehler para añadir al género y al estilo le sientan como un guante, las tres horas y pico de duración se pasan en un suspiro y no han pasado los años por él: vive, divierte, fascina y respira como si hubiese nacido ayer. En el Arlecchino de Strehler – que fue el principio de tantas cosas- está la esencia misma no sólo del género de la Commedia dell’Arte a un nivel técnico y gestual que no se ve en otros montajes, sino del gusto del regista italiano por lo plástico y lo estético. Pero sobre todo, este Arlecchino rezuma aroma de fiesta; de una fiesta que nos acaba envolviendo a todos y que nos arrastra porque Strehler no pierde de vista que – mucho más allá del ejercicio de estilo que nos plantea- esto es una comedia, y debe ser y es pura diversión. Esa es otra de las claves del montaje.

Podría pensarse ante lo básico de la trama de la obra  –ya saben: identidades cambiadas, enredo amoroso y un sirviente que casi se deja explotar por sus dos amos, ignorantes el uno del otro, para poder comer…- que ciertos encorsetamientos derivados de la trama misma tal vez impidan hacer de la función un disfrute. Y nada más lejos, gracias a la genialidad de este montaje Plantea Strehler su función como un ejercicio de metateatro en el que una compañía –apuntador incluido, y con el director de la compañía encarnando uno de los papeles- representa el Arlecchino de Goldoni. Sobre escenografía prácticamente única – apenas unos tampantojos corrredizos para cambiar los emplazamientos- pero bella y bien planteada firmada por Ezio Frigerio, bien iluminada por Gerardo Modica, comienza la farsa en un pequeño escenario franqueado por candilejas, fuera del cual se sitúan una banda de músicos y ese apuntador, encargado de arrancar cada acto y prender y apagar las candilejas antes y después de cada entreacto. El espíritu técnico de la commedia dell’arte se despliega tanto en el colorista y detallista vestuario de Franca Squarciapino – sustentando a los personajes provenientes del espíritu de la commedia dell’arte con espléndidas máscaras de Amleto y Donato Sartori- como en una gestualidad y fisicidad puestas siempre al servicio de una comedia que no duda en increpar al público tanto desde el juego metateatral como desde los personajes mismos.

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En un espectáculo que sobrepasa las tres horas de duración con dos intermedios – y cuya trama de enredo es sencilla y de sobra conocida por todos- están en perfecto equilibrio tanto la gestualidad casi coreográfica propia de la commedia –ejecutada con una elegancia de esas que rara vez se ven en un escenario- como el desparrame frenético que corresponde al género y que desata sin poder evitarlo la hilaridad del respetable: la ejecución de la payasada es tan elegante que nunca precisa de acercarse ni remotamente a la caricatura; de manera que el público puede admirar por igual el despliegue técnico de los actores y los valores y las virtudes de la función como un juguete bufo que divierte desde el primer hasta el último minuto, sin que el asunto se estanque o caiga nunca. Además, Strehler demuestra ser un hombre de teatro total –de esos que hoy ya casi no hay- al incluir tanto sendos guiños a las diversas maneras de actuar –hilarantes tanto las pérdidas de texto de los actores, desesperados por encontrar a su apuntador; como las correcciones de estilo entre teatro clásico y teatro moderno que hace el director en plena función- e incluso a la tradición operística – otro género que Strehler frecuentase tanto y tan bien- cuando introduce entrañables parodias de algunos tópicos del género, aquí enmarcadas en los momentos más melosos de los enamorados. También la cantidad de morcillas y guiños introducidos a lo largo de la representación están muy bien traídos y encajados, y provocarán la carcajada de aquel que maneje la lengua. A todo esto, hay que añadir como el que seguramente sea el mayor hallazgo del juego la presencia del apuntador, justamente celebrado por el respetable con risotadas y aplausos cada vez que abre y cierra los actos con las candilejas, en un momento tan entrañable como desternillante y bien pensado y ejecutado.

Pero por encima de todos estos añadidos –que nunca son baladí ni capricho, y que se integran perfectamente en el conjunto- a esa tradición del género, respetada como en pocos montajes que hayamos visto hay que destacar el ambiente festivo, muchas veces cercano al circo –no tanto en aquellos personajes que portan máscara como manda la tradición, sino tal vez en aquellos perfiles más bobos, a menudo los que no provienen de la commedia dell’arte; por tanto los que no portan máscara: es importante resaltar este detalle-. El ritmo es frenético, el trazo de los personajes el justo como para hacer comedia pero nunca astracanada –la comedia aquí se basa en el ritmo y en la gestualidad-. Al margen de haber logrado que una función tan larga nunca se haga ni repetitiva ni aburrida ni pesarosa – nunca lo resulta- hay momentos de gran teatro absolutamente inolvidables –entre los que hay que destacar la locura transitoria de Arlecchino intentando servir dos cenas al mismo tiempo, que deviene en un festín acrobático con platos y flanes de gelatina es un prodigio de comicidad y sentido del ritmo, y de esos momentos teatrales que se le quedan a uno grabados en la retina por los siglos de los siglos, esas espadas que se resisten a desenvainarse; o el grandioso momento de la confusión de los baúles-. El resultado es una fiesta llena de pequeños hallazgos, que fascina por la aparente facilidad de un montaje frenético en el ritmo y delicado en la concatenación de pequeños detalles, la capacidad de diversión y el respeto por una técnica efectivamente arqueológica que consigue demostrarnos que, sin embargo, lo antiguo no tiene por qué ser ni aburrido ni pasado de moda. Arte puro.

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Todo el reparto –la friolera de 18 personas en escena, un despliegue impropio de los tiempos que corren ya de por sí; pero mucho más complicado para hacer que viaje en gira- rinde a niveles de excelencia, empezando por el Arlecchino de Enrico Bonavera – que interpreta este personaje desde hace ya 18 años-, que pone su corporalidad y su imponente trabajo vocal al servicio de la máscara principal del montaje; y que demuestra tener el estilo de la commedia dell’arte corriendo por sus venas – he de repetirlo, el final del segundo acto es inolvidable-. Junto a él, destaca la soltura con la que Giorgia Senesi compone su Beatrice –que aparece bajo la fingida identidad de su hermano muerto, Federico Rasponi- construyendo el falso carácter en travesti con el punto justo para no caer nunca en el exceso barato, sin forzar ni querer llegar a la comedia a partir de la caricatura; en contraste, Annamaria Rossano pone su chispeante feminidad al servicio de su Clarice. De entre los demás, puede que los que mayor lucimiento obtienen sean aquellos que responden a los patrones de la máscara –Giorgio Bongiovanni (Pantalone), Stefano Giuzzi (Brighella, un posadero muy logrado en sus dejes) y la muy envalentonada Smeraldina de Alessandra Gigli-. Sergio Leone aporta un punto de pelele a algunos momentos de su Florindo Areusi que convienen muy bien a su categoría de antihéroe; en buen juego con el Silvio de Stefano Onofri; mientras que el Lombardi de Tommaso Minniti arma su personaje sin temor al gesto grande pero cuidando siempre caer en esa caricatura que nunca llega en ninguno de los personajes. El apuntador de Fabrizio Martorelli – que podría ser una presencia meramente anecdótica- pronto se gana por derecho propio su lugar y el ser uno de los elementos que serán más recordados de la representación. El resto del elenco – tres actores más, en roles menores o de servidores de escena, y un quintento musical- cumple sin mácula en sus breves intervenciones.

ARLECCHINO SERVITORE DI DUE PADRONI foto © Masiar Pasquali

Hay que señalar que no parece que nada de la esencia del original se haya perdido en la reposición que ahora firman Ferrucio Solari y Stefano de Luca; y que este Arlecchino sigue perteneciendo a Strehler aún muchos años después de la desaparición del genial director italiano: no ha de ser tarea fácil la de recrear un clásico sin traicionar su esencia ni que se pierda su magia. En cualquier caso, la grandeza del montaje – de un montaje de estas proporciones- seguramente sea la capacidad de Strehler para equilibrar comedia, estética, técnica y tradición a los niveles que lo hace esta función. Por todo lo que significa para la historia del teatro, por la buena vida que todavía palpita en él y por el cuidado en una manera de hacer las cosas cada vez más infrecuente en nuestros escenarios, es un goce, un divertimento colosal y una gran fiesta. Algo que cualquiera debe ver al menos una vez en la vida, y un montaje que debe perpetuarse todavía durante décadas, para que nuevas generaciones lo descubran y otras muchas lo puedan repescar. Creo que no sólo es imprescindible verlo; sino que es una suerte poder decir que hemos tenido la fortuna de admirarlo.

H. A.

Nota: 5/5

Arlecchino, servitore di due Padroni”, de Carlo Goldoni. Con: Giorgio Bongiovanni, Annamaria Rossano, Tommaso Minniti, Stefano Onofri, Giorgia Senesi, Sergio Leone, Stefano Guizzi, Alessandra Gigli, Enrico Bonavera, Francesco Cordella, Davide Gasparro, Lucia Marinsalta y Fabrizio Martorelli. Músicos: Gianni Bobbio, Leonardo Cipiani, Matteo Fagiani, Celio Regoli y Enrico Basilico. Dirección: Giorgio Strehler. Responsables de la reposición: Ferruccio Solari y Stefano de Luca. PICCOLO TEATRO DI MILANO / TEATRO D’EUROPA.

Teatro de la Comedia, 23 de Junio de 2018

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