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‘Pericles, Príncipe de Tiro’, o saber engrandecer lo menor

junio 25, 2018

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Espectáculo en francés

Regresaba a Madrid y a Shakespeare –recordemos que últimamente ha presentado Cuento de Invierno y Medida por Medida– el director inglés Declan Donnellan con su compañía Cheek By Jowl para presentar esta vez una de las obras más infrecuentes y hasta se diría que problemáticas y menores del bardo: Pericles, Príncipe de Tiro, escrita en torno a 1608 y de la que algunos estudios determinan que pertenece solo parcialmente a Shakespeare, siendo sus primeros actos probablemente escritos por George Wilkins; ofrecida aquí en una versión en francés a cargo del mismo elenco que ya brillase a sus órdenes interpretando el Ubu Roi unos años atrás.

Pericles es lo que podríamos denominar un pastiche de aventuras, complejo de resumir, que abarca en primer lugar desde la fuga de Pericles de Tiro para salvar su vida ante la amenaza de Antíoco, emperador griego, hasta cómo sobrevive milagrosamente a un naufragio y gana la mano de Taisa, hija de un rey. Al querer volver a Tiro para recuperar su derecho al trono tras la muerte del tirano, Taisa y Pericles naufragan de nuevo, y ella da a luz a una niña –Marina-, pero Pericles la da por muerta en el parto y la arroja al mar mientras se hace cargo de su pequeña hija. Mientras Taisa es encontrada en Éfeso, Pericles da en adopción a la pequeña Marina a una pareja de la alta sociedad. Por avatares del destino, cuando Marina crece sobrevive a un intento de asesinato, y acaba siendo un modelo de castidad extrema y por lo tanto la estrella de un burdel en el que nadie se atreve a tocarla y del que la libera el gobernador de la ciudad. Será en el templo de Diana, al que Pericles acude a redimirse tras creer que lo ha perdido todo, donde el príncipe de Tiro conozca el destino real de su familia, abriéndose así la posibilidad de un nuevo comienzo para él…

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Del resumen del párrafo anterior pronto se deduce que estamos ante una trama rocambolesca, que contiene muchos de los temas que se aparecen mejor desarrollados en otras obras de mayor enjundia del bardo – es imposible no pensar en Cuento de Invierno-. Aunque Donnellan y su equipo ya se habían hecho cargo de otra producción de Pericles algunos años atrás, no cuesta mucho suponer por qué esta obra –de escaso interés real, y seguramente el Shakespeare más menor e intrascendente como texto de entre los muchos que haya visto en escena- sube rara vez a los escenarios : estamos ante una obra débil argumentalmente y que no va precisamente sobrada de versos memorables; pero que, a pesar de todo –tal vez por su festival de situaciones delirantes que incluyen ataques de piratas, tormentas, naufragios varios e hilarantes acercamientos al mundo de lo sexual- podría dar cierto juego ante una puesta en escena imaginativa que es más o menos lo que aquí ocurre; sin perder de vista que estamos ante un texto sin demasiado interés.

Declan Donnellan sitúa la pieza en una sala de urgencias de hospital en la que el protagonista – encamado y entre la vida y la muerte- rememora los hechos casi como una especie de flashbacks alucinados que no le permiten dilucidar la frontera entre lo real y lo distorsionado. Los personajes de la historia –que transcurre, claro, en la memoria de Pericles- son ahora los médicos y enfermeros que se encargan de sus cuidados; así como la familia del enfermo, que aguarda en la sala de espera. Mediante un fluido juego de cambio de identidades –en el que 7 actores se reparten 22 personajes- la trama va cobrando vida ante los ojos perplejos de Pericles, desubicado por la enfermedad y la medicación, alternando momentos de inusitada lucidez – los menos- con alucinaciones que rozan la pesadilla – los más- para asimilar el aluvión de eventos al que debe enfrentarse.

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Hay algo en la lectura de Donnellan que emparenta claramente la obra con una estructura de cuento de hadas que transita desde una suerte de pesadilla onírica hasta una aparente curación que coincide con las respuestas que arroja el desenlace. Si bien es cierto que hay aspectos base que nunca se aclaran del todo – ¿quién es este Pericles? ¿qué hace en ese hospital?- tanto la atractiva escenografía de Nick Ormerod como la cuidada iluminación de Pascal Nöel propician golpes de gran teatro – esas tempestades evocadas con el ir y venir frenético de los enfermeros entre fogonazos de luz- que demuestran la inteligencia de Donnellan para hacer algo interesante con este texto tan intrascendente. De hecho, el director no le teme a ese componente de incredulidad que despiertan el texto mismo y la trama y lo usa a conciencia para tornar en cómicas algunas de las escenas –todas las de Marina en el burdel, por ejemplo son de una comicidad irresistible; como lo son aquellos momentos de corte más mitológico, como los de los dioses o los enfrentamientos de los pretendientes de Taisa, aquí por supuesto despojados de cualquier atisbo de épica-. El juego de cambio de roles –planteado de manera frenética, y a veces hasta conscientemente arbitraria- perfuma además el espectáculo de una comicidad que a veces bordea en lo excesivo en un recurso claramente buscado así- basada en gestos grandes y expresión por momentos cercana al clown, permite el lucimiento de un elenco que debe prodigarse en manejar perfiles muy distintos en cuestión de segundos.

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Hay que valorar, en fin, que Donnellan haya sabido imprimir ritmo, ideas y comicidad a un texto que, sobre el papel, no parece que vaya a dar mucho de sí. Ahora bien, también es verdad que, toda vez que Donnellan trae a la actualidad una historia que explora algunos de los perfiles más bajos de la sociedad – aparecen piratas, ladrones, alcahuetas, corruptos, puteros y toda clase de personas de baja calaña- quizá se podría haber optado por satirizar la situación de forma más extrema – recordemos cómo llevaba felizmente una situación semejante hasta sus últimas consecuencias en el Ubu Roi que presentó hace unos años con este mismo elenco-: puestos a manejar un material que excede con mucho las esferas de lo realista, creo que se hubiese ganado mucho si se llevase la farsa social hasta sus últimas consecuencias; aunque hay escenas verdaderamente descacharrantes – Marina haciendo de santurrona mística dispuesta a modificar las conductas de los clientes que vienen a gozarla por medio de la oración y el recogimiento-: es una pena que no todo el espectáculo se haya enfocado en ese tono, que creo que redondearía el resultado. En resumen, es loable lo que ha hecho Donnellan para hacer interesante este texto con su propuesta escénica; pero tal vez le falte un punto extra de locura para convertirse en algo verdaderamente brillante.

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Los siete actores – que, como digo, se reparten la friolera de 22 personajes, muchas veces sin otro cambio que el de su mero gesto- realizan un ejercicio actoral de altos vuelos, pasando de la farsa a la contención o el vuelo poético con una mueca o un simple giro. Está muy bien el Pericles de Christophe Grégoire en el equilibrio que mantiene entre la realidad en la que no es consciente de los hechos y la fuerza desaforada que le aporta su mundo de fantasía, su mundo del recuerdo. Con él, brilla por su contención la Taisa de Camille Cayol, reconvertida luego en zafia madame de burdel en un rico trabajo de versatilidad. Con todo, los mejores momentos de la función seguramente sean para la Marina de Valentine Catzéflis, perfecta en su sobrio misticismo que le aporta un aire casi naif muy acorde al personaje, en un elenco que completan con desaforada comicidad Cécile Leterme – en muchos momentos realmente alocada, tal vez en el código que sería deseable para todo el elenco si se hubiese optado por la farsa alocada que la idea parece sugerir-, Xavier Boiffier, Martin Nikonoff y Guillaume Pottier.

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El espectáculo está ejecutado con la sabiduría que sabemos que tiene Donnellan; pero, a pesar de los muchos hallazgos y de constituirse como una experiencia agradable, no puede evitar resentirse de la selección de un texto bastante endeble, de escaso interés dentro de la producción shakesperiana. Seguramente sea el espectáculo menos redondo e interesante de entre cuantos he visto a Declan Donnellan; pero incluso eso nos hace estar hablando de un nivel por encima de lo corriente. En cualquier caso, aquí los medios y los resultados están muy pero que muy por encima del material del que se parte.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

Pericles, Príncipe de Tiro”, de William Shakespeare y George Wilkins. Con: Xavier Boiffier, Valentine Catzéflis, Camille Cayol, Christophe Grégoire, Cécile Leterme, Martin Nikonoff y Guillaume Pottier. Dirección: Declan Donnellan. CHEEK BY JOWL / BARBICAN / LES GÉNEAUX / SCHEAUX / SCÉNE NATIONALE / THÉÂTRE DU NORD CDN LILLE-TOURCORING-HAUTS DE FRANCE

Teatro María Guerrero, 31 de Mayo de 2018

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