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‘Evel Knievel contra Macbeth na Terra do Finado Humberto’, o cualquier maestro hace un borrón

junio 17, 2018

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El creador bonarense Rodrigo García (1964-) seguramente sea una de las figuras más personales, polémicas y reputadas del teatro contemporáneo. No necesita ni presentación ni justificación alguna; y detrás de su fachada de supuesto provocador suelen esconderse contenidos generosos tanto en sentido de la ironía inteligente como en crítica punzante, en general a esa sociedad de bienestar y consumo que parece imperar todo. Sólo por citar algunos ejemplos recientes, había mucho mensaje y contenido en Golgota Picnic –aquella propuesta que ligaba muerte, consumismo y desazón social siempre con un marcado punto de vista crítico y cuyo final, con un pianista desnudo interpretando Las Siete Últimas Palabras De Cristo en la Cruz de Haydn indignó a la mayoría; pero nos pareció un genial golpe de efecto a otros muchos, y debo incluirme en este segundo grupo-, como existía un audaz sentido de la provocación en Daisy –ante la que muchos se quedaron en una mera anécdota culinaria que acaparó ríos y ríos de tinta-. Es ahí, en esa audacia para remover, provocar y conducir a la reflexión muchas veces desde la repulsión buscada donde radica tal vez el mayor talento creativo de García. Para bien o para mal, suele hacer pensar; y pensar siempre es interesante y necesario. Estamos ante un creador lleno de virtudes, estamos ante un nombre básico del teatro moderno y nos interesan sus trabajos.

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Dicho todo esto, debemos señalar sin titubeos ni medias tintas que la decepción ante su última producción Evel Knievel Contra Macbeth Na Terra do Finado Humberto, que clausuraba la flamante e inolvidable temporada de Álex Rigola al frente de los Teatros del Canal – en los mismos días en que Angélica Liddell presentaba su Trilogía del Infinito en el mismo espacio: ahí es nada- haya sido sinceramente mayúscula. Porque nos encontramos con un espectáculo que parte de una idea que podría haber sido simpática y hasta original; pero se pierde en lo que podríamos llamar una suerte de ejercicio de videocreación con algunos detalles simpáticos y hasta originales, que acaba dejando sin embargo en segundo plano tanto el texto –cosa que, a pesar que tratarse de un creador generoso de estímulos, ocurre rara vez en el mundo de García- como a los actores, meros complementos de un show que las más de las veces se limita a una proyección de vídeos post-editados y preparados. Por supuesto, hay –como ocurre casi siempre en García- material filosófico y crítica a la sociedad de consumo; pero desde unos niveles que esta vez resultan muy básicos. La sensación final es la de un espectáculo poco ambicioso, nada provocador y falto de verdaderas ideas brillantes, casi como si se tratase de una creación de compromiso… Cosa rara y harto infrecuente, ya digo, en la producción de García.

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Rodrigo García imagina una suerte de epopeya distópica de ciencia ficción en la que el mismísimo Orson Welles – revestido en su icónica encarnación de Macbeth- se ha convertido en un dictador tirano que asola la tierra de Salvador de Bahía. Para parar de una vez por todas este atropello, unirán sus fuerzas desde toda una serie de extraños superhéroes de cómic hasta el mismísimo motociclista Evel Knievel, que se desplazarán hasta Salvador de Bahía y lucharán juntos para intentar derrocar al tirano Macbeth/Welles. Dentro de su surrealismo, no cabe duda de que la alocada anécdota inicial tiene cierto punch y podría haber dado de sí algo interesante. La lástima es que la mayor parte del espectáculo consista en grabaciones de imágenes – gran parte de la función es la proyección con el escenario vacío; en un ejercicio que hace que las fronteras entre cine y teatro estén más dudosas que nunca antes…-, que dejan el texto en un segundo plano que no permite ni disfrutarlo ni asimilarlo. Dentro de esta trama –que deja algún momento simpático en las imágenes, por más que acabemos sobrecargados ante tal predominio de lo audiovisual sobre cualquier otro recurso- se incrustan también otras tramas adyacentes, como aquella en la que Lisias y Demóstetes acaban también en Brasil por un viaje académico, un momento en el que un niño se empeña en darnos las mil y una equivalencias del concepto de filete empanado en diversos idiomas, la explicación de algunos postres de diseño del chef Roca o la aparición de dos caballeras andantes –¿cómo no pensar aquí, salvando las distancias, en las Pingüinas de Arrabal?- o – en el mejor momento de la función, sin duda alguna de los pocos que consiguen equilibrar sentido crítico e ironía- la historia de la creación de una funeraria para enanos como el negocio del siglo –una historieta, debemos reconocerlo, bastante ocurrente-, sólo por citar algunos de los elementos que aparecen a lo largo de un espectáculo en el que el desparrame va a más conforme avanza la función.

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Hay golpes aquí y allá, se reconocen algunos de los temas recurrentes de la obra de Rodrigo García – vuelve la crítica al capitalismo consumista- y se apuntan muchas cosas sin profundizar realmente en ninguna. La cosa tendría un pase si la mayor parte del espectáculo – que dista de ser precisamente breve- no se limitase a una proyección que muchas veces nos hace dudar si estamos en el teatro o en el cine… Es necesario crear lenguajes híbridos, y hemos visto este año grandes propuestas teatrales en las que imagen y escena dialogan en buena armonía – sin salir de la programación de Canal podemos citar tres: La Tristeza de los Ogros, E se ellas fossem para Moscou y Birdie todos ellos superiores a este en teatralidad y resultados; si bien la parte audiovisual era también un rasgo fundamental de las propuestas-; pero aquí no hay ese equilibrio ni ese diálogo, y asistimos a un mero espectáculo de videocreación futurista cercano muchas veces al universo del videojuego que lo único que consigue es que desviemos nuestra atención del texto – que, como los actores, parece casi una excusa- y nos sumamos en el tedio que implica un escenario enorme, vacío las más de las veces y dominado por una pantalla. La provocación no aparece por ninguna parte, la reflexión a la que nos lleva el espectáculo no pasa de ser la justita; y este alarde audiovisual teatralmente minimalista en todo los aspectos que se marca García queda lejos, muy lejos, de otras propuestas suyas, porque el interés se diluye a los pocos minutos de empezar y sólo viene y va ante ciertas ráfagas de humor, ciertos momentos más logrados o alguna imagen más irónica. Retazos, no es suficiente. Con este panorama Núria Lloansi, Inge van Bruystegem y el niño Gabriel Ferreira Caldas hacen lo que pueden, lo poco que García les deja; y parecen meros complementos a un espectáculo que está pensado para que prime lo audiovisual: el esfuerzo de los tres por intentar levantar el asunto es encomiable pero no siempre es suficiente para hacer que remonte el interés.

Noche de estreno, deserciones –muchas- y una de las respuestas más gélidas tras el oscuro final que recuerde en una buena temporada: tras el aterrador y seco silencio inicial, aplausos desconcertados y mucho menos que de cortesía por parte de un público que se apresuraba a retirarse de la sala.

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Para terminar, hay que insistir en la idea de que Rodrigo García es un grande que ha dado grandes espectáculos al teatro reciente, y es hábil a la hora de remover conciencias desde una provocación que va mucho más allá. Poco o nada de eso hay en Evel Knievel contra Macbeth Na Terra do Finado Humberto, que es un tropiezo en toda regla. No importa, también los grandes fallan; cualquiera puede tener una creación menos feliz y nuestra curiosidad ante futuras propuestas de García no ha disminuido en absoluto… Pero el resbalón aquí ha sido tan grande que resulta hasta doloroso para quienes somos defensores de la obra de García. Unir teatro y tecnología debe ser –ya es- otra cosa bien distinta.

H. A.

Nota: 1.75 / 5

Evel Knievel contra Macbeth na Terra do Finado Humberto”, de Rodrigo García. Con: Núria Lloansi, Inge Van Bruystegem y Gabriel Ferreira Caldas. Texto, espacio escénico y dirección: Rodrigo García. HUMAIN TROP HUMAIN / CDN DE MONTPELLIER.

Teatros del Canal, 29 de Mayo de 2018

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