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‘Réquiem’, o lo que nos queda cuando alguien se va

junio 12, 2018

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La pérdida es algo que se mete en un lugar tan hondo que no lo puedes tocar ni sentir, pero está ahí” (Réquiem. Ester Bellver).

Tras el éxito de aquella personal propuesta que fue ProtAgonizo, regresa esa enorme actriz que es Ester Bellver –uno de esos nombres que ya deben figurar por derecho propio en la nómina de grandes secundarias de nuestro teatro, siempre capaz de hacerse notar con cualquier rol- al terreno del monólogo unipersonal y autobiográfico con Requiem, un texto que ella misma escribe, dirige e interpreta inspirado en las vivencias surgidas de acompañar a su padre en el hospital durante sus últimas semanas de vida; y del posterior proceso de deshacer la casa una vez que este fallece. Una experiencia catártica que es, ante todo, un gran acto de amor; que evitar mirar la muerte y la pérdida como algo esencialmente doloroso y prefiere evocar los recuerdos – positivos y negativos- desde un lugar de tierna sinceridad. Bellver combate y gestiona la ausencia y la pérdida del padre viendo las cosas desde el lado más positivo y tierno posible, mirando a la muerte como parte y consecuencia de la misma; y empleando este Réquiem no como una despedida solemne, sino como una poética ocasión para celebrar la existencia y la vida a través del recuerdo, a través de lo que nos dejan los vivos cuando emprenden el camino de marcha.

Dice Bellver en un momento del texto que, ante la enfermedad de su padre, a una y otro se les cayeron las máscaras; casi como si hubieran necesitado de la tragedia para valorarse y reubicarse en el espacio-tiempo relacional. Y, sin embargo, nos queda claro que la figura del padre siempre ha estado muy presente en la vida de Esther, puesto que enseguida trae a la memoria recuerdos de infancia en el Norte, aromas de espacios e imágenes que recorren su niñez y su infancia, directamente relacionadas con lo familiar; pero también sonidos – la figura de un acordeón de juguete que tocaba su padre y que ahora será capital figura de homenaje cuando ella lo toque en el espectáculo, porque ha aprendido a tocar acordeón precisamente por aquel recuerdo del padre-.

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El tema de la muerte y su gestión en general – y el de la muerte del padre en particular- tienden a ser recurrentes en el mundo del teatro. Y, sin embargo, hay algo novedoso en la función que ahora nos ocupa. Tiene Réquiem un cierto aroma de viaje iniciático en el que a partir de la muerte del padre – o, mejor dicho, a través del proceso hacia la muerte del padre- Bellver, la hija, consigue redescubrir su figura y resignificarla para valorarla de una vez por todas; pero no desde el rencor, desde el reproche o desde el despecho, sino desde la luz, desde la hermosura, desde la ternura nostálgica que nos enseña qué es lo que verdaderamente importa cuando nada queda. Por este Réquiem pululan estampas familiares con los padres y la hermana – que denotan con bastante claridad una familia feliz-, estampas de hospital en las que la hija mira con cariño y ternura la figura del hombre desvalido al que la vida se le escapa, momentos de una poesía casi onírica o diálogos nunca dichos a la figura del padre muerto: cosas que tal vez sólo puedan decirse ahora que el padre ya no está; porque en su momento o faltó comunicación o faltó valor.

Pero, por encima de todo – y esa es una de las cosas hermosas del espectáculo- uno se queda con esa sensación de homenaje por un lado – Requiem, hay que insistir, no es ni pretende ser un lloro un acto de reproche, sino una declaración de amor y agradecimiento a la figura paterna- y de plenitud y serenidad por otro: a pesar de la dureza de algunos de los episodios que se narran – no se escatima en detalles realistas de la estancia hospitalaria, por más que estén mirados desde un prisma muy tierno- hay una sensación de deberes hechos, de cariño y de ternura que nos dan una imagen muy clara y limpia de la relación de Bellver con ese padre al que ahora despide. Puede que fuese una relación con altibajos comunicativos –casi me atrevería a decir que como todas en algún momento…- pero el cómputo en ambas direcciones acaba cayendo del lado de esa agradecida plenitud que nos hace abandonar el teatro con buen cuerpo. Se agradece.

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Consigue además Bellver la proeza de que –a pesar de que nos habla sí misma y de los suyos- trascendamos lo individual de las anécdotas para quedarnos con esa panorámica para entender el verdadero mensaje de la función: la necesidad de tomar la muerte como una parte de la vida – hasta podríamos decir que una parte esencial de la vida, de hecho- y la importancia de generar recuerdos luminosos y positivos que ayuden no sólo a gestionar esa pérdida, sino a ser capaces de mirar al recuerdo de los ausentes con una nostalgia que nos llene más de lo que nos vacía. Esa es la gran enseñanza que uno saca cuando ve Réquiem, y se nota que de todo eso – de positivismo, de ternura y de luminosidad- Bellver sabe un rato largo. Réquiem funciona pues a modo de despedida, de confesionario unipersonal; pero al mismo tiempo ayuda a que cada uno extraiga su propia lectura general desde la particularidad y transita por temas dolorosos desde una mirada sincera, lúcida y tierna. En todo ello radica la honestidad de un espectáculo.

No es menos importante señalar como una de las claves de que el espectáculo se vea con agrado el lugar de íntima honestidad brutal desde el que nos habla Ester Bellver –aquí más que nunca más ella misma que un verdadero personaje- como una de las grandes bazas de la propuesta: hay en ella una voluntad de hablarnos sin tapujos, desde lo sincero, desde una ternura que nos mete sin poder evitarlo en el discurso que se agradece mucho; porque revela un gran sentido de la honestidad – qué importante es esta cualidad cuando se va a abordar un espectáculo de estas características-, no ya por escoger un tono despojado de cualquier lástima – y siempre hacia la búsqueda de la luz como materialización de los hechos- sino al tener presente que está hablando no de ella para ella; sino de ella para todos nosotros. Entre una tónica de musical expresividad luminosa –el texto nos llega como una caricia y nunca pierde la sonrisa, ni siquiera la ocasión de introducir pinceladas de ironía- en muchos momentos del espectáculo hay además una marcada sensación de comunidad, de complicidad entre la actriz y el público, como si nosotros también hubiésemos sido invitados a participar de ese vaciado que limpia y casi purifica. Que la actriz haya encontrado ese lugar de emocional ternura contenida en el que se mueve la mayor parte del espectáculo también ayuda de forma decisiva a que acabemos implicándonos en lo que se nos cuenta, porque nos sentimos cómodos con ella y porque ni el fondo ni las formas son nada pretenciosos. Del mismo modo, podrá haber quien se sorprenda al encontrar a esta actriz habitualmente encargada de roles rotundos y hasta un punto histriónicos volcada aquí hacia un registro íntimo, tierno, pequeño y sosegado con la misma fuerza expresiva con la que se acomete otro tipo de perfiles.

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La poesía es muy importante en esta propuesta, tanto en lo textual como en la puesta en escena de la que se encarga la propia autora. Rodeada de un gran círculo de perchas que servirán para evocar algunos elementos que aparecen en la narración, Bellver aparece vestida con un traje largo formado por gran número de chaquetas pertenecientes al padre, y recoge su cabello con otras tantas corbatas. La onírica y bastante hermosa iluminación de Cornejo ayuda a subrayar el componente de recuerdo, de historia que habita en la memoria que tiene toda la propuesta.

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Réquiem es una propuesta sencilla que encuentra en su honestidad uno de sus mayores caballos de batalla, y que se sigue de forma agradable precisamente por el ejercicio de honestidad que ha realizado Ester Bellver a la hora de crear desde ella para el resto; a la hora de preferir la ternura antes que la emoción para hablar de sí misma y a la hora de dejarnos ante nuestros ojos la enseñanza de que, ante lo inevitable de la pérdida, lo único importante es que los recuerdos que se quedan con nosotros al menos merezcan la pena. Seguramente al espectáculo le sobre algo de metraje y ganará agilidad recortando ciertos pasajes; pero tiene elementos suficientes para ser una función en la que conviene detenerse al menos un momento: por lo que cuenta, sí; pero sobre todo por cómo – y desde dónde- lo cuenta.

H. A.

Nota: 3 / 5

Réquiem”, de Ester Bellver. Con: Ester Bellver. Dirigido por Ester Bellver. ROTURA / PROVERSUS.

Teatro Fernán Gómez (Sala Jardiel Poncela), 25 de Mayo de 2018

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