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‘Post Stella’, o hermanas a través del espejo

junio 8, 2018

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Después de hacer una breve temporada en diversas salas del Off, regresó en forma de evento trash –privado, de aforo limitado y en espacio secreto y no convencional como es un pequeño salón de cabaret reservado dentro de un pub- Post Stella, una pieza que une influencias del teatro-cabaret, del punk e incluso del posdrama, para enmarcar una suerte de monólogo interruptus musical que reimagina a Stella – la hermana de Blanche en Un Tranvía Llamado Deseo– 20 años después del final de la pieza; para darle voz. Ha llegado el momento de que la hermana pequeña, la actriz secundaria y la mujer a la sombra –a la sombra de su hombre y de su hermana- se reivindique y exponga sus razones… Unas razones que, dos décadas después de que la dejásemos apenas recién parida en la función original de Tennesse Williams tal vez ya lleguen tarde; tal vez no sean sino el grito definitivo de una mujer que evidentemente, no ha podido ni gestionar su propia historia ni mucho menos desprenderse de la influencia de Blanche. Una mujer empoderada y segura de sí misma, pero a la vez amarrada en una suerte de delirio que obliga a a convivir y dialogar con el rocambolesco recuerdo de su hermana, reconvertida aquí en un ser estrafalario, casi una autómata irreal, que canta canciones pop y se expresa en francés a través de un espejo.

A sus 40 años, embutida en una camiseta de Cristal –que sin duda nos da una idea del tipo de personaje al que nos estamos enfrentando- y convertida casi en una especie de maruja moderna que cuida de un aborto de pollo crudo como si fuera su propio hijo con la única compañía real de su perro Laurel en una cocina triste y decadente, nuestra Stella se impone, da un golpe en la mesa y se enfrenta no sólo al recuerdo de su hermana –materializada como digo en una figura fantasmagórica y de diálogo casi imposible- sino a la imagen que la sociedad se ha formado de ella. Sabe que ha sido la hermana fea, la poco talentosa, la que tuvo que dejar todo atrás para labrarse una vida; pero está cansada de todo eso. Ahora es un post-personaje; ahora puede hablar por sí misma y no quiere ser ni la mujer frágil que todos ven en ella ni la mera sombra de Blanche. Como en una especie de aquelarre, de rave alocada, asistimos al confesionario de una Stella superada por la situación, dada a drogas de poca monta y dispuesta a perdonar a su marido todo aquello que haya hecho, tal vez porque a ella le gustaba, Sin consentir ser juzgada, sin consentir victimismos y –lo que es más duro- con un fantasma – o un recuerdo cantarín- como único testigo de su desahogo. Esta es la Stella que grita al mundo su derecho a haber querido a su marido tal y como era a pesar de lo que dijesen los demás, su derecho a tomar su vagina como algo propio y personal y entregarla si así lo considerase necesario y su derecho a ser la mujer de ese hombre… También, claro, es la Stella al borde del abismo, y la Stella a punto de estallar.

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Lo que nos propone Alda Lozano es un espectáculo a medio camino entre el monólogo musicado, el teatro de texto, el cabaret punk y el universo performativo; en el que se aprovecha de un espacio tan particular como bien traído – y de la cercanía inmediata con el público- para construir una función que va mucho más allá de ser una reivindicación de un post-personaje. Porque el tono es de una particularidad casi única en su género – tiene los elementos de un musical nocturno de cámara; pero a la vez un texto y una historia con entidad suficiente-, se puede entender como una prolongación de la obra original o como una novedad libre e independiente en la que, a fin de cuentas, asistimos al delirio final de una mujer desbordada: el delirio de aquella que trata de no sucumbir de no caer, de no rendirse; pero que al mismo tiempo parece ir directa al abismo en el que se ha quedado anclada su hermana, esa hermana a la que ya sólo puede ver a través del espejo y que se expresa como los ecos de músicas pasadas. Y es que, a fin de cuentas, de uno y otro lado del espejo, Stella y Blanche no son más que dos caras de una misma moneda: el ying y el yang, la realidad y la fantasía, la prisión y la liberación… Unidas para siempre, incluso desde el más allá.

A pesar de que la situación –que seguramente nos evoque el último esfuerzo de Stella por mantenerse firme y no colapsar- la ira que desprende Stella viene escondida en píldoras de ironía y acidez que aportan al todo un tono muy particular: el espectáculo se erige pues como una fiesta dramática, un grito desesperado entre sombras, canciones y alcohol del que el público – a escasísima distancia- se siente inevitablemente partícipe. De hecho, toda la propuesta de Lozano viene impregnada de un ambiente entre kitsch y pop-surrealista que va muy bien con el cuerdo y posible viaje hacia la locura que emprende Stella desde el recuerdo. Todo es grande, hortera, excesivo y desaforado, enfocado hacia una comicidad que coquetea con el absurdo en no pocas ocasiones; y sin embargo ello no nos hace perder de vista ni el carácter de supervivencia del personaje ni la tragedia que le supone vivir anclada en un recuerdo del que no puede desprenderse, cuando tal vez sea justamente eso lo que necesita para seguir adelante: soltar lastre de su pasado y encarar el futuro… si es que sabe cómo hacerlo.

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Llegados a este punto habrá quien pueda pensar que Post Stella es una ida de olla o un juguete cómico; pero nada más lejos. Estamos ante una propuesta compleja, pensada y realizada a conciencia, dialogan en buen equilibrio diversas disciplinas tanto formales –porque es difícil encuadrar el espectáculo en una categoría concreta, ya que hay elementos textuales, musicales y performativos y todos tienen la misma relevancia en el todo- como estilísticas – cuesta decidir si estamos ante un monólogo dramático con fondo musical, ante un espectáculo de café-teatro que bordea el cabaret o ante un ejemplo de una suerte de nuevo posdrama: en cualquier caso, todo suma-. Estamos pues ante un aparato textual con la suficiente enjundia –y el suficiente estudio del personaje- como para resultar interesante por sí mismo; pero además ante un juguete gamberro en el que texto y música dialogan en armonía, de forma que; aunque Blanche se exprese mediante el canto –y casi diríamos que desde el subconsciente de Stella-, las canciones hacen avanzar la acción y son necesarias tanto para que la historia continúe como para evocar – desde el recuerdo de Blanche- qué sucede en la mente de Stella, qué es aquello de lo que Stella – tal vez sin saberlo- quiere escapar de una vez por todas. Ocurre rara vez que ambas disciplinas – la musical y la textual- convivan y se retroalimenten tan bien, siendo necesarias para llegar a buen puerto. El cóctel que proponen Lozano y su equipo es, desde luego, de lo más explosivo; pero al mismo tiempo cuaja en un espectáculo original, atrevido y casi se diría que único en su género: la habilidad radica precisamente en juntar todos estos elementos sin que el asunto se convierta en un desparrame – que, hay que insistir, nunca lo hace-.

Las dos actrices juegan deliberadamente a códigos desaforados y hasta se diría que contrapuestos; en los que la Stella de Carmen del Conte se mueve en lo que podríamos llamar un realismo costumbrista más cercano a la mujer maruja que a la plañidera, imprimiendo fuerza al personaje y sin descuidar nunca el tono de ironía que es la base de la propuesta, rehuyendo conscientemente el drama o la lágrima fácil y enfrentando los acontecimientos sin vacilar y desde un punto de vista crítico; y Mónica Béjar –esa Blanche onírica, irreal e intocable- mantiene el tipo en un personaje exigente –porque a la vertiente musical y vocal, muy bien resuelta – bien ejecutadas las sugerentes partituras pop que ella misma ha escrito para la función- hay que añadir el particular código surrealista en el que se mueve toda la función- que tal vez resulte menos agradecido en apariencia que el de su compañera; por más que esté repleto de escollos que superar. Ambas se entregan sin reservas en un espectáculo que juega a la inmediatez con el espectador; que no permite esconder nada y que les exige tanto del plano expresivo como del plano físico; y el resultado es una función francamente interesante. Por si este juego de contrastes no fuese suficiente, Lozano aporta un punto de ternura al mantener permanentemente en escena a Laurel, el perrito de Stella que espera su comida y a fin de cuentas su único interlocutor real, por duro que esto resulte: su presencia suma un plus de extrañeza a este particularísimo espectáculo. La puesta en escena que dirige la propia autora juega bien tanto con el espacio –de una intimidad y hasta de una antiteatralidad como pocas veces se han visto- y se demuestra cómoda en los diferentes estilos que tiene que ensamblar en un todo que termina cautivando, tal vez precisamente por la proximidad a la que suceden las cosas y el encanto natural del particular espacio que ha encontrado para exhibir su propuesta en petit-comité.

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Post Stella es pues teatro de tintes rabiosamente contemporáneos; pero que al tiempo sabe jugar con nuevos lenguajes y variadas tendencias. Una experiencia original, con sabor y personalidad; que ha encontrado en este íntimo lugar casi antiteatral en el se realiza un lugar de exhibición de verdadera excepción: el espectáculo, no cabe duda, es bueno; pero la atmósfera también es capital en el disfrute y el resultado. Así y todo, por la valentía que desprende y por ese carácter único, merece verse y llegar más lejos. Una agradable experiencia nocturna con mucha más enjundia de la que pueda parecer a primera vista.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Post Stella”, texto y dirección de Alda Lozano. Con: Carmen del Conte y Mónica Béjar. LA FUGA DE BETTA.

Cabaret de la Terraza del Royal Palace, 24 de Mayo de 2018

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