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‘Divinas Palabras Revolution’, o ¿qué es hoy el esperpento?

junio 4, 2018

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Espectáculo en lengua gallega

Con los derechos de autor de la obra de Valle-Inclán vencidos – y el lógico furor desatado por escuchar por fin en gallego las palabras del que seguramente sea el más importante dramaturgo nacido en Galicia, donde no en vano se han montado en poco más de un año en gallego A Cabeza do Dragón y Martes de Carnaval; y ya se anuncia una inminente producción del Retablo de la Avaricia, la Lujuria y la Muerte- llegó el que probablemente fuese uno de los momentos más esperados de esta suerte de renacimiento valleinclanesco, casi por una cuestión de justicia poética: el Centro Dramático Gallego estrenó por fin una producción en la lengua de Rosalía de Divinas Palabras. Y es que estamos ante la misma pieza con la que la institución se iba a abrir allá por mediados de los años 80, cuando precisamente problemas de derechos de autor dieron al traste con aquel montaje. Ahora, Xron – pater familias del Grupo Chévere- se pone al frente de este nuevo y flamante montaje que, además, recaló durante dos semanas en la sala principal del Teatro Español – escenario del estreno de la obra en 1933 y que ahora escuchaba la obra en gallego por primera vez en su historia-, en lo que sin duda – e incluso por encima del valor artístico mismo de la propuesta- debe ser considerado un triunfo capital no sólo para el CDG sino para la historia reciente del teatro gallego, que podrá decir que presentó una obra de Valle-Inclán en gallego en el mismo escenario de su estreno: si lo pensamos fríamente, no es poca broma.

La presente versión no se distancia del universo rural y agreste en el que transcurre la obra original –afirma el director en sus notas al programa que “todo eso que simboliza Galicia en la obra de Valle-Inclán (…) esa aldea (…) estará abandonada, deshabitada o directamente borrada del mapa, con sus montes quemados, sus playas urbanizadas y sus mares exterminados, atravesada por mil caminos asfaltados que, de tanto querer llegar a todas partes no llegan a ninguna”– para buscar dónde estaría ahora lo más profundo de la bajeza humana, esa deshumanización que respiran los personajes del esperpento, en la actualidad. Es por eso que la versión libre de Xron apenas toca el texto original – ofrecido aquí en lírica y hermosa traducción al gallego que firma Manuel Cortés- y sitúa a los personajes como concursantes de un reality-show de máxima audiencia hoy en día.

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Séptimo Miau – una especie de playboy maduro de medio pelo que regresa a los platós tras unos años de ausencia y un pasado que, si hemos de creer lo que nos cuenta, fue exitoso- es ahora el ojo que todo lo ve, el maestro de ceremonias de un concurso del que está pendiente todo el país; y en el que concursa la familia Gailo: Pedro Gailo –antiguamente un político envuelto en negocios dudosos-, su esposa Mari Gaila – con un pasado más o menos glorioso como cantante de orquesta-, su hija Simoniña –el prototipo de la adolescente enganchada al manga- y su cuñada Marica – que ha cerrado temporalmente la pescadería que regentaba para unirse a la familia en esta aventura-. Junto a ellos, completan la nómina de concursantes Candás, Migueliño y Tatoola –reconvertidos aquí en prototipos tomados más o menos directamente de concursantes reales de ediciones pasadas de un Gran Hermano-. La muerte súbita de Juana la Reina –madre de Laureaniño, menor con una discapacidad grave al que llevaba años paseando de plató en plató, gracias a lo cual ha ganado una fortuna- pondrá a la familia Gailo en una severa dicotomía: deberán hacerse cargo del chaval si no quieren renunciar a la cuantiosa suma que la madre atesoraba-: dado que se encuentran concursando, la única solución que encuentran es introducir al joven en el concurso e intentar proporcionarle los cuidados que necesite. A partir de este punto – y sin tocar apenas el texto original de Valle- la rutinaria armonía que reinaba en la casa irá rompiéndose de forma progresiva para mostrar la bajeza humana y hasta dónde podemos llegar los humanos para conseguir nuestros objetivos: han pasado los años y ha cambiado el contexto; pero toda la esencia de la que nos habla Valle-Inclán en la obra sigue estando perfectamente presente en un mundo en el que lo más bajo del ser humano habita un plató de televisión mientras el común de los mortales se sienta en el sofá para ver lo que ocurre sin pretender hacer nada por evitarlo.

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Aunque a primera vista pueda parecer una temeridad trasladar el esperpento a los platós televisivos hay que reconocer – toda vez que hemos perdido esas coordenadas enxebres que seguramente se asocian por defecto a esta obra y al universo de Valle- que la decisión tiene coherencia y permite encajar cada situación presente en el texto con bastante pericia. Porque, a fin de cuentas, una casa vigilada es también una suerte de microcosmos del que los personajes no pueden salir –como lo era la aldea- y, pese a saberse sometidos a la opinión pública, no pueden evitar dejar salir sus pulsiones sexuales, su sentido de la codicia y, en definitiva, la peor versión de sí mismos. No hay más que ver cómo el propio texto de Valle encaja al dedillo en la propuesta –al margen del lógico recorte de personajes, apenas se han incluido un prólogo en castellano a cargo de Séptimo Miau en el que, como público, se nos explica lo que vamos a ver; un vídeo para contextualizar la historia previa de Juana la Reina y su hijo, y un puñado de referencias netamente gallegas (que probablemente se pierdan en Madrid)- para entender el alcance de la actualidad de lo que plantea Valle; y, lo que es peor, lo terrible que se vuelve el hecho de que eso que parecía estar tan lejos –porque lo rural en Valle podría incluso actuar como un elemento de distanciamiento- esté, en el fondo, tan cerca. Cuanto ocurre aquí ocurre en Valle – apenas se ha extremado el tono de un par de escenas, como la de Mari-Gaila y el macho cabrío a la luz de la luna, aquí repensada como una ensoñación de su pasado como cantante en el programa Luar, en un simbolismo tan audaz pertinente como seguramente incomprensible fuera de fronteras gallegas; o la vejación de Mari Gaila, aquí totalmente repensada- y cuanto se oye es la palabra de Valle – morcillas aparte-. A fin de cuentas, efectivamente, todo lo que valía para aquella aldea del rural vale para esa casa que consigue de sus concursantes justo lo que buscaba el autor: convertirlos en esperpentos de sí mismos ante los ojos del que observa. Ahora bien, lo más reseñable de la versión del texto –más allá del conseguido lirismo y la musicalidad del lenguaje- seguramente sea la decisión de despojar la historia de una simbología religiosa que está muy presente en el original y aquí desaparece por completo, obligando a la toma de una serie de decisiones de dirección que han de modificar por ejemplo el sentido de algunas escenas, o el desenlace mismo.

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La escenografía de Suso Montero reproduce un espacio de dos plantas en el que se ven gran número de las habitaciones que forman la casa, de manera que, además de la acción principal, siempre hay acciones secundarias en todos los espacios. Además, un conjunto de pantallas monitorizadas nos permiten o bien amplificar según qué estancias en según qué momentos o mostrar aquellas dependencias de la casa que no tienen cabida en la escenografía – pasillos, confesionario, exteriores…-. El efecto visual es francamente atractivo y los juegos de iluminación de Fidel Vázquez ayudan a realzar el espacio.

En la dirección de Xron hay un particular sentido del ritmo en el que, junto a momentos precipitados de alto voltaje dramático se encuentran también tiempos muertos, instantes pausados en los que la acción pareciera detenerse, a pesar de que los habitantes de la casa siguen realizando acciones. Se pueden considerar como caídas de ritmo; pero sin embargo creo que es una inteligente forma de realzar cómo la tediosa rutina de la casa –la calma antes de la tempestad- se rompe de manera súbita por una serie de acontecimientos terribles: estas pausas dejan algún momento de hermosa plasticidad – como el de la primera noche, que propicia el cambio de acto con los habitantes durmiendo mientras una luz enfoca en el centro del espacio a Laureaniño, dejado a su suerte mientras estalla Bach: un momento tan extenso como bien conseguido, por clima y temperatura dramática-. Hay también un inteligente juego de planos sonoros – la microfonía que exige la altura escenográfica está aquí plenamente justificada por el juego del reality, en el que las confidencias a menudo se dicen en un susurro casi imperceptible y aparecen subtituladas, tal y como ocurriría en el programa televisivo real- y buen dominio de unos diálogos que se pisan y se solapan sin temor, en una propuesta escénica bastante lograda. Sorprenden positivamente los guiños musicales a Viridiana –quién sabe si en una analogía con el camino hacia la liberación sexual de Mari Gaila-, y sabe además Ron que no es necesario cargar las tintas en según qué situaciones; porque ya son lo suficientemente duras como para causar impacto: no lo hace; y a pesar de todo el público se revuelve en el asiento –pero no olvidemos que las situaciones son las que pensó e ideó Valle…-. Hay además retazos de humor aquí y allá tanto en el dibujo de algunos personajes como en la manera de plantear ciertas situaciones; sin que por ello perdamos de vista lo terrible de los acontecimientos: manejar el humor con soltura y sin excederse – aquí en un tono sutil ciertamente más alejado de otras propuestas de Chévere- es, desde luego, un gran acierto. Ha desaparecido toda referencia a la religión; y el replanteamiento de alguna figura no resta, por más que sorprenda haber mantenido el título habiendo desaparecido como lo han hecho los parlamentos finales a los que hace referencia… Menos felices son sin embargo decisiones como ofrecer en vídeo algunas escenas de importante carga dramática – como la del descubrimiento del cadáver de Laureaniño por parte de Marica del Reino-; o toda una serie de decisiones que hay que comprar y contradicen la tónica del reality –se dice que los personajes, obviamente, no pueden abandonar la casa; pero sin embargo no están incomunicados, puesto que tienen móviles y acceso a Internet, como tampoco temen ser castigados a pesar de los feroces acontecimientos que tienen lugar y de saberse observados por medio país…-; e incluso la de renunciar a acabar la función en punta y limitarse a imaginar que la vida sigue. Pero, en cualquier caso, el espectáculo es atractivo – puede que difícil para el espectador; pero valiente y coherente en líneas generales-.

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En el reparto fundamentalmente coral –en el que todos encuentran sin embargo al menos un momento de lucimiento- vuelve a brillar con luz propia la desbordante Mari Gaila de Patricia de Lorenzo, una fuerza natural de un perfil esencialmente mezquino y zafio que explica muchas cosas de un personaje que busca a fin de cuentas su propio provecho y no renuncia a manejar su propio y particular sentido de la sensualidad para lograr sus objetivos; pero al mismo tiempo con extraños momentos de sensatez –la escena de la muda de Laureano, por ejemplo, de un realismo devastador- que nos recuerden que tal vez, a pesar de todo, ella no es tan mala y no merece ser la más castigada: en calibrar ambos aspectos de la personalidad del rol está la mayor habilidad de de Lorenzo, una actriz camaleónica que nos vuelve a demostrar que no toca techo y que puede sacar adelante con brillantez todo aquello que se proponga. Tal vez por una decisión buscada en la propuesta escénica, el Pedro Gailo de Manuel Cortés aparezca aquí como un ser bastante pusilánime y manejado por su esposa, un hombre que – por más que busque venganza y reparación- dista siempre de ser una verdadera amenaza; en una caracterización como mínimo sorprendente. Mónica García (Marica), en lo que podríamos llamar un prototipo de marujona de manual, y Antón Coucheiro (Séptimo Miau), amparado en ese inexplicable encanto demodé, arman bien los perfiles de dos roles que seguramente acaben quedando un tanto desdibujados en la versión: a ambos les debería corresponder más peso – y reducir una de las escenas más importantes de ella a un vídeo es uno de los puntos más discutibles del montaje-. Primoroso y concienzudo el trabajo físico del debutante Tomé Viéitez en Laureano, despojado de texto pero dotado de una curiosa partitura sonora que hace enmudecer la casa con su ausencia: este tipo de roles no son ni sencillos ni agradecidos, y con facilidad pueden caer en la caricatura; pero aquí desde luego hay un trabajo serio y a conciencia que sorprende en un debutante. Borja Fernández (Migueliño) y Tone Martínez (Candás) juegan bien sus roles de cuadrilla de tirados un punto desfasados –y por tanto a la mínima tal vez peligrosos- de la misma manera que Victoria Pérez se las ingenia bien para hacer de Tatoola, la legionaria, un personaje que, en su lucha por mantenerse al margen de los conflictos más graves, acaba mostrando insospechados resquicios de humanidad cuando no parece que haya vuelta atrás. A la Simoniña de Ánxela Ríos le caen en suerte apenas un puñado de frases; pero llena el escenario con su presencia domina el difícil arte de la escucha.

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No es ni una función cómoda ni una función fácil de digerir – tampoco la obra original lo es- y casi todas las noches hay deserciones –curiosamente derivadas de situaciones desagradables de ver, sí; pero que forman parte del texto de Valle…- o aplausos más o menos tímidos; sin embargo, hay que reconocer que la idea de la adaptación es audaz, el lavado de cara le sienta bien a este esperpento y hace encajar el texto original como nuevo en un gran 90% de los casos. Como sucedía con Martes de Carnaval – y estando ante dos propuestas perimetralmente opuestas- aquí se ha encontrado un estilo arriesgado pero valiente de acercarse a un autor difícil, sin traicionar su esencia. En Divinas Palabras Revolution se le exige un esfuerzo al público; pero desde luego lo que se ofrece a cambio es francamente estimulante y abre las puertas a debate. Más allá de la necesidad – o no- de escuchar Valle en gallego, es un triunfo para el Centro Dramático Gallego haber levantado este montaje que, sin duda alguna, tendría perfectamente cabida en casi cualquier plaza española. No es teatro fácil – y quienes vayan esperando una comedia de Chévere pueden sentirse como mínimo sorprendidos (en este sentido no hay que olvidar que esta no es estrictamente una propuesta de Chévere, sino del Centro Dramático Gallego)-; pero sí es teatro serio y comprometido que invita a la reflexión.

H. A.

Nota: 4/5

Divinas Palabras Revolution”, a partir del texto de Ramón María del Valle-Inclán. Con: Manuel Cortés, Patricia de Lorenzo, Antón Coucheiro, Borja Fernández, Mónica García, Tone Martínez, Víctoria Pérez, Ánxela Ríos y Tomé Viéitez. Versión: Xron y Manuel Cortés. Dirección: Xron. CENTRO DRAMÁTICO GALEGO / AGADIC / XUNTA DE GALICIA.

Teatro Español, 23 de Mayo de 2018

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2 comentarios leave one →
  1. Pablo Landin permalink
    agosto 23, 2018 11:09

    Ante todo, felicitaciones por esta gran crónica, así como otras que he leído en este blog. Me gustaría hacer una pequeña observación respecto a la caracterización de los personajes, en concreto a la figura de Pedro Gailo que se muestra “bastante pusilánime y manejado por su esposa” a la vez que “dista siempre de ser una verdadera amenaza”. Creo que esto se ajusta a la obra de Valle-Inclán, un hombre sin personalidad, un monicreque a pesar de su aparente violencia. Un saludo.

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