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‘Un Idioma Propio’, o narraturgia de estímulos

mayo 25, 2018

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Segundo proyecto de la actual temporada del CDN dentro del ciclo Escritos en la Escena, Un Idioma Propio constituye una extraña y personalísima experiencia a partir de un críptico texto de Minke Wang que, bajo la premisa de tratar cuestiones como la situación del que pierde el idioma cuando se enfrenta a una migración, confronta al público con un montaje difícil, a veces incluso insondable; pero a la vez lleno de estímulos que lo convierten en algo muy especial casi único en su género: lo que el propio autor define como una experiencia verbivocovisual que fragmenta la narración en diferentes escalones de información, y en la que el espectador recibe por tanto estímulos de diversas índoles que conforman una experiencia tan compleja como al mismo tiempo fascinante.

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Cuentan las notas al programa que Un Idioma Propio es “la historia de una familia china oprimida por el régimen comunista que ha buscado en España abrir una vía de fuga (…) y, gracias a la simbiogénesis conformar un ser transgenérico que dé continuidad a la línea de sangre” – ahí es nada…-. Sin embargo, esta sinopsis argumental pronto deviene casi una anécdota dentro de un texto complejo – y las más de las veces, directamente, insondable- en el que acaba siendo más importante lo que se intuye que lo que verdaderamente se plantea; e incluso la forma en que Wang juega con el lenguaje propio –el castellano para los castellano-parlantes- como escollo primero para el seguimiento de una trama que se va diluyendo progresivamente, colocando al público en un curioso estado de trance en el que es fundamental la particularísima manera en la que se ofrece y se recibe la información. Porque, por encima de todo – incluso de la historia misma- Un Idioma Propio se eleva como una especie de reflexión lingüística sobre la formación o la fragmentación de la lengua: la pérdida de la lengua propia cuando es sustituida por una lengua ajena, de manera que si la narración es críptica es no sólo por la estructura misma del texto – sobre la que ahondaré más adelante-, sino también por un juego de sustitución de términos que cada espectador debe recolocar, resignificar y completar.

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Por el texto de Wang –donde lo textual es un único plano de entre los varios existentes- desfilan, como en un ramillete de pequeños haikus, desfilan una serie de pequeñas historias –con mucho de fábula, leyenda o cuento-, que conforman un cuadro sobre la deslocalización y la (re)configuración de la identidad de los individuos, en las que, efectivamente, el lenguaje va perdiendo su significado –o adquiriendo otros nuevos- de manera que los relatos se van convirtiendo en incógnitas cada vez más y más grandes; en la que tal vez cada espectador deba decidir los niveles de resignificación que dar a según qué términos para completar un relato que plantea preguntas que no siempre tienen respuesta. Puede ser difícil decidir qué nos plantea exactamente Wang a lo largo de esta función, pero tal vez podemos pensar que se trata de una parábola acerca de la pérdida y regeneración de los individuos a través del lenguaje, en la que de la misma forma que un individuo que se deslocaliza pierde su esencia y debe volverla a encontrar, también se reformulan el lenguaje y las herramientas de comunicación: la familia se (des)estructura y (re)estructura como el lenguaje, y en este sentido podemos ligar lo familiar a lo lingüístico en el contenido de la función. Si leemos así Un Idioma Propio –asumiendo que su mensaje real no está nada claro y seguramente tampoco lo pretenda-, también nos enfrentamos al ejercicio que parece querer realizar Wang con nosotros como espectadores: de la misma manera en que un lenguaje nuevo resulta insondable a los extranjeros; aquí, la reformulación de nuestro lenguaje también es un obstáculo a salvar para la comprensión del espectáculo: tenemos las claves, pero no podemos evitar que nos surjan preguntas que sólo nosotros podremos responder. Como ejercicio lingüístico, desde luego, lo que plantea Wang es interesante; por más que forzosamente estemos ante una función no apta para cualquier tipo de espectador.

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Señalo algo más arriba que la narración se construye en varios planos. Al acceder a la sala se nos invita a colocarnos unos auriculares desde los que seguiremos la función; que, después de todo, no acaban teniendo otra función que la de encerrarnos en nosotros mismos y amplificar el sonido, convirtiendo Un Idioma Propio en una experiencia única y personal. La narraturgia que plantea Wang viene como digo segmentada en diversas alturas: por un lado, hay una maestra de ceremonias – Claudia Faci, con carpeta y atril, desplazándose por toda la sala y apartada de lo que podríamos llamar ‘espacio escénico’- que lee el texto –narrativo- con una cadencia melodiosa algunas veces incluso monocorde que termina por hacernos entrar en un estado zen en el que percibimos palabras y sintagmas sueltos; puesto que pronto nos desligamos de la significación del lenguaje y nos acabamos dejando mecer por el sonido de la voz – los auriculares ayudan sobremanera al efecto de inmersión-: hay que señalar que Faci lleva el peso textual del montaje – el resto de los roles son eminentemente mudos- y su labor es tan complicad como ingrata; porque debe enfrentarse a un texto complejo, leyéndolo – entiendo que de forma buscada- con unas cadencias de tempo no siempre variadas, tal vez como otro efecto de distanciamiento; y al tiempo con un tono de voz lo suficientemente melodioso como para capturar nuestra atención. En una esquina del escenario, José Pablo Polo pone la música en directo a la propuesta, música que al mismo tiempo nos ayuda a introducirnos en el estado zen en el que se mueve toda la propuesta. Y, finalmente, en lo que podríamos llamar el espacio escénico propiamente dicho –en tonos blancos neutros- el resto del elenco – un reparto multicultural que integran Ji A Yu, Huichi Chiu, Sara Martín, WenJun y Xiro Xiao- ejecuta acciones performativas alternativamente ligadas o desligadas al relato principal – aquel del que se encarga Faci-, en las que se come, se juega con el cuerpo como elemento expresivo, se hace el amor, se manipula un gran oso panda de peluche o se plantan flores que acaban en manos del espectador con un texto que forma parte del relato. Si seguir el sentido y significado del texto no es sencillo, tampoco lo es siempre decidir qué relación hay –si es que existe- entre las imágenes y el texto… En este sentido, hay que destacar el complejo trabajo de los actores –despojados de texto; pero encargados de formar imágenes físicas que, como cuadros, complementan la experiencia global-, precisamente porque –salvo Faci, que, como ya he comentado, se encarga del texto- se enfrentan a la ardua tarea de parecer un mero complemento al todo –en Un Idioma Propio el todo está muy por encima de las partes-, pero sin embargo son al mismo tiempo parte fundamental de la propuesta.

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A primera vista, todo son problemas para disfrutar de Un Idioma Propio. Y, sin embargo, por algo que desconozco, el espectáculo – lleno de trabas para seguirse- acaba configurando un todo en el que, como espectadores, acabamos entrando precisamente desde el extrañamiento que nos produce toda la experiencia: hay imágenes hermosas, la música es envolvente y lo que recibimos del texto –por más que nuestra atención y concentración se vayan desvinculando progresivamente- nos acaba sumiendo en una experiencia sensorial tan indescifrable como sutil, de manera que podremos salir de la sala llenos de preguntas; pero al mismo tiempo inevitablemente atraídos por el festival de estímulos –visuales, musicales y hasta olfativos- a los que nos lanza esta propuesta. Por la estructura del texto no es fácil generar un espectáculo que consiga atraer la atención del espectador; y, sin embargo, hay que aplaudir cómo con pocos elementos Víctor Velasco –últimamente especializado en levantar montajes notables de textos complicados- arma una puesta en escena sencilla pero llena de una atmósfera –notables las luces de Lola Barroso- en la que consigue un delicado equilibrio entre los diferentes planos de acción-espacio-tiempo-narración, de manera que conformen un todo que, aunque indescifrable, termine capturando la atención del espectador. No es una labor fácil; y, sin embargo, puede que buena parte del atractivo incuestionable que tiene esta función resida precisamente en la manera en la que Velasco ha logrado armar un espectáculo casi hipnótico en el que vale más la cantidad de estímulos que se reciben que el mensaje mismo. Eso es superar el reto con nota.

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Un Idioma Propio causará a buen seguro el desconcierto de muchos –una fila entera abandonó la sala en mi función- por su carácter críptico, por la cantidad de preguntas que nos deja e incluso por una duración seguramente excesiva dada la estructura del texto – unos 80 minutos- que podría hacerla algo interminable. Pero, por debajo de todo eso, hay un trabajo arriesgado y experimental sobre los límites de la significación del lenguaje –e incluso sobre hasta dónde el teatro debe o no contar algo- que, a nivel de experimento, tiene interés en tanto en cuanto acabamos sumidos en un estado producido por todo cuanto sucede a nuestro alrededor. Con todos los problemas y todas las dudas que pueda plantear este espectáculo, hay que aplaudir que –a pesar de todo- es una experiencia atractiva llena de atmósfera y sabor.

H. A.

Nota: 3/5

Un Idioma Propio”, de Minke Wang. Con: Claudia Faci, Ji A Yu, Huichi Chiu, Sara Martín, WenJun y Xiro Xiao. Dirección: Víctor Velasco. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 13 de Mayo de 2018

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