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‘Jesus Christ Superstar’, o el poder del mito

mayo 10, 2018

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Espectáculo en inglés

Desde el mismo momento de su anuncio, estas funciones de Jesus Christ Superstar – la legendaria ópera rock de Andrew Lloyd Webber- en Madrid, en una producción italiana que gira por todo el mundo encabezada por el mítico Ted Neeley -íntimamente ligado al rol principal ya desde el mundo del teatro; pero mucho más desde que en 1974 lo interpretase en la icónica película de Norman Jewison, y que mantiene el rol en repertorio a la impresionante edad de 74 años- se convirtieron en un acontecimiento que el boca-oreja hizo correr como la pólvora. Era la oportunidad de revisitar al mito para algunos y la ocasión propicia para acercarse a lo que queda de un artista que – aunque ya en su lógico ocaso- ha escrito una página del género por méritos propios. Además, estamos ante una de las pocas ocasiones que tenemos de acercarnos a una partitura de musical en España en su versión original en inglés, alejándonos de las más que discutibles traducciones a las que nos suelen someter a los amantes del género. En cualquier caso, una ocasión reseñable. Y lo cierto es que hay que valorar estas funciones más como un hecho emocional e histórico – como lo que son- que como una experiencia relevante global en sí misma. Quiero decir con esto que quienes presenciamos estas funciones – los debutantes en directo con Neeley y aquello que ya le conocían previamente en el rol- nunca vamos a olvidar el magnetismo de la estrella –e incluso su capacidad para sortear un rol que conoce bien pero que ya le supera ampliamente- y la impresionante y emotiva respuesta del público: factores más que suficientes como para decir que uno estuvo allí; por más que el cómputo global del montaje – todo planteado alrededor de un mito en franca decadencia- sea mucho menos feliz. Sin embargo, aquí hay algo que va más allá de eso.

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Aún cuando hay que tener en cuenta que, por lo visto, por motivos de espacio no viajó la versión completa del montaje sino una reducción, diríamos que la producción presentada, en pocas palabras, no pasó de correcta en el mejor de los casos; y en muchas vertientes está lejos de lo exigible a un espectáculo de primer nivel. Ni el aspecto escenográfico a cargo de Giancarlo Muselli –sucinto, con escalinata en un lateral y un giratorio que definía los distintos espacios, con la orquesta unas veces integrada en la acción y otras apartada sin demasiado sentido dramático real; una iluminación que se pretende espectacular y a veces llega a despistar; y momentos de un horror-vacui estético inimaginable, como esa gran cruz luminosa que desciende en plena apoteosis de “Getsemany” y que parece recién salida de La Llamada…- ni la orquesta –escasa de efectivos, apenas una quincena, y claramente descompensada, con metales excesivos en proporción a la sección de cuerda-, dirigida por un Emmanuelle Firello más preocupado y atento por sostener a los cantantes que por lograr verdadera tensión dramática desde la orquesta. Tampoco una dirección de escena de Massimo Romeo Pipparo – a la sazón, impulsor del proyecto- que tiende, ante lo escaso de la escenografía y el atrezzo, a sobrecargar las cosas, buscando una espectacularidad visual que no pasa del intento de movimiento de masas –amplio y constante cuerpo de baile sin parar de dar volteretas aquí y allá, y figuración que incluye horteradas como zancudos o tragafuegos que poco tienen que ver con esta obra…- se salvan de ser valorados como sacados de un conjunto de mercadillo en el que todo cabe –y esto es aplicable no sólo al vestuario de Cecilia Bretona (¡ la indumentaria de los Sacerdotes es estremecedora!), sino en el montaje en general-. La acumulación de elementos podrá llenar el escenario; pero no hay ni un concepto ni una coherencia más allá que la voluntad de distraer al público. Puede que lo más reseñable del montaje sean un par de guiños bien traídos a la actualidad – algunas de las desgracias ocurridas a la humanidad proyectadas por cada latigazo que Pilatos propina a Jesucristo, o la irrupción de Judas en el hall del teatro entonando Superstar como si fuera un ángel salvado 1985 años después-, e incluso el no esconder desde el comienzo ese aire de que el producto es lo que es: un homenaje a Neeley – que aparece elevado como una divinidad en varios momentos para delirio del respetable-; pero el conjunto aparece como una cantidad de elementos dispersos con tendencia a desnortarse… En la parte positiva, hay que apuntar que la obra se ofrece íntegra, sin cortes de ningún tipo.

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El elenco – partiendo de un coro nuevamente escaso de efectivos- oscila entre lo correcto y lo discreto. Entre lo mejor, el Judas de Nick Maia, de largo la mejor voz del equipo y un artista que tiene todo lo necesario para sacar adelante el rol con garantías vocales y escénicas: si hemos de juzgar el espectáculo por criterios estrictamente artísticos, él fue el triunfador, y probablemente el único de todo el elenco que podría afrontar este rol en una producción de verdadera enjundia. La Magdalena de Simona di Stefano tiene la voz, el color, el timbre idóneos y la extensión necesaria; pero le falta dotar a su monocorde fraseo de la intención como para construir un personaje dramático. El resto oscila entre el intrascendente Pilatos de Andrea di Persio, el Caifás completamente desapoyado de Francesco Mastroianini, el discreto Anás de Paride Acacia y las interesantes intervenciones de Salvador Axel Torrisi (Herodes), Giorgio Adamo (Simón Zelotes) y Mattia Braghero (Pedro), aprovechando bastante bien sus breves pero agradecidas partes.

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Si han leído hasta aquí, puede que consideren que, vista en su totalidad, esta producción no pasaría los mínimos exigibles. Y, sin embargo, la suma de los elementos hace una versión discreta – pero en ningún caso desastrosa-. Pero entonces llega Ted Neeley, que irrumpe desde el suelo hacia lo alto encaramado en una plataforma durante la obertura, como un ídolo de masas en plena aclamación popular. Se trata de un cantante que, aún conociendo el rol, ya no posee los medios necesarios para hacerle la consabida justicia como cabeza de cartel; y, sin embargo, hay que insistir en el hecho de que lo que vemos aquí va más allá: lo saca adelante por tablas, por conocimiento de la partitura y por puro carisma. El canto de Neeley es ya más un recitado en el que el artista sabe guardarse – y se guarda la mayor parte del tiempo- en un rol extenso y exigente para llegar sano a “Getsemani”, gestionando entonces con habilidad técnica –aunque no sin fatiga- los pasos del registro de pecho al registro de cabeza. Resulta casi milagroso que, aún mermado, Neeley pueda terminar la función – doblando algunos días- el público está con el desde el principio, y el artista conserva el carisma de una verdadera estrella, de esas que no necesitan tener todos los medios para hacer algo realmente trascendente. Rara vez asiste uno a algo así. La emoción – mejor decir desbordada que contenida, porque la platea lloraba en pleno…- de todos es la de estar asistiendo a algo grande, a un hecho de esos que hay que vivir en el teatro y que no se pueden explicar para capturar en toda su extensión. Hay en el Jesús de Neeley un algo de místico en el que personaje y artista se mimetizan hasta límites en los que resulta casi imposible separar el todo de las partes. El mito personaje se ha traspasado al mito artista; y a Neeley le sobra con su carisma para provocar reacciones de una emocionalidad que no se ve normalmente en un teatro, sin que nadie pierda de vista las limitaciones que consigue superar a base de elementos que solo las verdaderas estrellas pueden tener. Su sola presencia justifica un espectáculo que ha de ser valorado más por el factor emocional que por cuestiones meramente artísticas; y la respuesta emocionada del público; y todos nos sentimos partícipes de la elevación de un mito, del encumbrar a una estrella y, sobre todo, de valorar a un artista de raza – en la manera de gestionar sus carencias, en la implicación con el espectáculo, en la generosidad palpable tanto hacia sus compañeros como hacia el público…- de los que ya quedan pocos. Todo esto, lo que vivimos aquí, va más allá de lo puramente vocal.

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Público visiblemente emocionado, recibiendo a Neeley como un mito tanto durante como al final de la representación, en una versión global muy mejorable, que se convierte en un hecho que es emoción pura y algo que deberían ver una vez en la vida todos aquellos que quieran comprender el significado del mito sobre el escenario. Por encima de cualquier carencia artística, el proyecto tiene un componente emocional fortísimo, para los que regresan a él tras décadas o para los que nos incorporamos. Rara vez se vive esta comunión entre público y escena y una emoción tan sincera y absolutamente desbordada en la platea. Y, junto al mito, puede que también la presentación de un artista interesante en la figura de Nick Maia, como si una generación le pasase el relevo a otra.

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No quiero olvidarme de esos subtítulos imposibles –faltas de ortografía, errores de semántica, concordancia incorrecta, distintos tamaños de letra…- que, desde luego, no están hechos por alguien con el suficiente dominio del castellano. Quien haya dejado este asunto así, no debería tener perdón…

En cualquier caso, estamos ante un evento que excede lo puramente artístico, desde luego y un evento mucho más para experimentar por uno mismo que para leer en una reseña. Emoción y catarsis colectiva muy por encima de verdadera excelencia artística. Uno abandona el teatro exultante y con la sensación de haber sido testigo de algo grande y para recordar: y cuando se puede decir esto a pesar de los muchos agujeros que tiene la función, es que algo ocurre.

H. A.

Nota: 3/5

Jesus Christ Superstar”. Música de Andrew Lloyd Webber. Libreto de Tim Rice. Con: Ted Neeley, Nick Maia, Simona Di Stefano, Andrea di Persio, Francesco Mastroianini, Paride Acacia, Salvador Axel Torrisi, Giorgio Adami, Mattia Braghero y coro. Dirección Musical: Emmanuelle Firello. Dirección escénica: Massimo Romeo Pipparo. PEEPARROW / LET’S GO.

Teatro de la Luz Philips Gran Vía, 6 de Mayo de 2018

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