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‘Ilusiones’, o el amor como motor de vida

mayo 2, 2018

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Pero debe haber al menos alguna clase de permanencia en este cambiante cosmos, ¿verdad?” (Ilusiones, Iván Vyrypaev).

Presenta Miguel del Arco en el Pavón Teatro Kamikaze Ilusiones, una pieza del ruso Iván Vyrypaev (1974-), una de las voces del llamado Nuevo Drama Ruso, que aborda en esta pieza lo que en primera instancia podríamos llamar un análisis lúcido y poético y humorístico a partes iguales sobre la relatividad del amor, y su reciprocidad –o no-; pero que acaba sirviendo como una reflexión mucho más profunda que, desde el amor como punto de partida, alcanza asuntos mucho más espinosos, como las creencias humanas, la veracidad o no de los relatos; y la capacidad de las personas de vivir asumiendo que su punto de vista sobre aquello que conocen es el real, quizá sin cuestionarse si es posible que estén equivocados. ¿Qué ocurre y qué produce para los humanos el hecho de asumir como real y válida una realidad que tal vez esté alterada por su percepción, o sencillamente por la información que ellos tienen? ¿Cuántas veces hemos vivido asumiendo algo como cierto y real sin que lo sea, y sin medir las consecuencias? ¿Vivir en engaño es sanación o tortura? Estas son algunas de las preguntas que, a través de los relatos que conforman la obra, nos arroja Vyrypaev.

Cuando accedemos a la sala nos esperan en escena –posiblemente represente la parte trasera de un teatro, con útiles más o menos destartalados y una iluminación que raya en lo onírico- cuatro personajes bien vestidos que nos saludan. Alternativamente, nos van a contar las historias de dos matrimonios que han permanecido casados durante más de cincuenta años: Sandra y Dani por una parte y Margarita y Alberto por otro. En primera instancia, no sabemos quiénes son nuestros interlocutores, ni de qué conocieron a los matrimonios de los que nos van a hablar. A través de los relatos de nuestros cuatro anfitriones –relatos que debemos tomar como ciertos- conocemos las vidas de Sandra, Dani, Margarita y Alberto desde sus matrimonios hasta las muertes de cada uno. Se trata de parejas de largo recorrido –y parejas que además se conocen desde hace tiempo como tal-; pero pronto iremos descubriendo que esas historias de amor en apariencia idílico que, efectivamente, han llegado “hasta que la muerte les separe” esconden toda una serie de engaños –propios y ajenos- e historias paralelas que cuestionan el verdadero concepto de “amor”, la posibilidad de amar de distinta forma a dos personas al mismo tiempo o el peso que tienen el “amor real” –esto es, aquel que se ha logrado- o el “amor ideal –es decir, aquel con el que se sueña, aquel que nos mantiene vivos-. Porque, en resumen, las dos parejas que habitan los relatos de Ilusiones han conseguido crear un delicado y fino equilibrio entre la fidelidad al amor que les corresponde – sus matrimonios, que no se han roto con el paso del tiempo- y aquello con lo que sueñan – ya sea a través del engaño o desde la mera ilusión de lo inalcanzable-. Cuanto más avanza la trama y más sabemos de las historias de estos personajes más comprendemos que lo que nos plantea Vyrypaev va mucho más allá de una trama de amantes, engaños y secretos: porque estos personajes han de convivir a veces con el desengaño, otras la certeza de sentirse engañados e incluso sin el derecho a vivir instalados en una cómoda mentira de la que el carrusel de la vida les acaba tirando. Y, a pesar de todo aman. Dan amor y reciben amor –aunque a veces ni una ni otra cosa vayan en la dirección correcta- y consiguen llegar plenos, rebosantes de amor al final de sus vidas.

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A primera vista, el texto de Vyrypaev puede parecer una minucia, otra historia de relaciones cruzadas de esas que hemos visto tantas en el teatro. Y, sin embargo, nos terminan atrapando cuestiones que subyacen al propio texto: la belleza de la palabra, la sinceridad de la expresión en lo que se nos cuenta –muchas veces a un paso del almíbar, pero siempre a un paso…- y, sobre todo, comprobar cómo el amor y las relaciones amorosas que centran la trama muchas veces no son más que una excusa para cuestionar los motores de nuestra existencia y la realidad –o no- de la existencia en que vivimos. Porque los relatos hablan de amor, sí; pero en el fondo no hacen sino dejarnos claro el problema ya no de la incomunicación, sino del frágil desequilibrio del que debe escoger entre vivir con el punto de vista incorrecto –ya sea por lo que callamos o por lo que otros nos callan- o situarse en el engaño para sobrevivir – y a veces, ni eso le dejan-. Las historias que aparecen en Ilusiones son extensas y hablan de algo tan cotidiano como es la vida en pareja; y por lo tanto tienen mucho lugar para el humor aquí y allá, para la sonrisa. Pero, sin embargo, hay algo en la función que deja inevitablemente un poso de amargura: tal vez porque estos personajes llegan al final plenos en apariencia, pero alcanzando esa plenitud tomando como real algo que nosotros – espectadores privilegiados- sabemos que no es así. Porque, a fin de cuentas, sólo nosotros – y los narradores- tenemos todos los puntos de vista y podemos componer la situación… y tal vez por ello sepamos que la plenitud con la que se van los protagonistas no lo sea tanto. Tal vez esa sea una de las mayores virtudes de Ilusiones como texto: nos permite asomarnos al alma de estos personajes, entender sus errores y tal vez valorar lo fácil que hubiese sido solucionarlos; al tiempo que somos conscientes de que no han llegado a una solución… E incluso Vyrypaev parece querer arrojarnos a través de estas historias interrogantes sobre nosotros mismos, sobre nuestras vidas. Puede que el error en el que – en un momento u otro de la función- incurren todos los personajes sea algo en lo que tantas y tantas veces hayamos incurrido nosotros – y lo que es peor, como ellos, sin saberlo-. Y es por ello que un canto al amor acaba resultando tan doloroso; y a su vez tan interesante, porque parte de la cuestión del amor para ir más allá.

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Hay una segunda cuestión que me interesa sobremanera en lo que cuenta Ilusiones que es nuestra obligación de creer a los narradores. Narradores anónimos que – tal vez como ocurría en Barbados, etcétera, con la que no resulta difícil emparentar esta función a nivel de géneros– tienen una necesidad imperiosa de contar, de seguir contando; y tal vez también de ficcionar. Como digo, la obra es un ejercicio de narraturgia – es más lo que se nos cuenta que lo que pasa-, y los cuatro personajes –que son cuatro narradores externos que nada tienen que ver con los personajes a los que aluden las historias- nos relatan los hechos desde sus puntos de vista. Unos puntos de vista que a veces se contradicen, otras veces no coinciden; e incluso en ocasiones son conscientemente falsos –porque uno de los narradores incurre en bromas constantemente-. Esto abre un interesante juego de veracidad que constantemente nos obliga a decidir si creer o no toda la información que estamos recibiendo y a situarla en la esfera de lo real o la del cuento. Puesto que no sabemos ni quiénes son estos personajes –que en este montaje parecen obligados a repetir la narración cada noche, deseando que esta cambie sin poder lograrlo; aunque esto es un enfoque más de dirección que del propio texto- podemos cuestionarnos no sólo la veracidad de los hechos; sino incluso la existencia de Dani, Sandra, Alberto y Margarita… Así las cosas ¿y si estas historias que nos divierten y nos conmueven no fuesen más que meros cuentos? Parece, desde luego, una opción tan plausible como cualquier otra e invita al espectador –constantemente interpelado en una función que siento que requiere intimidad- a preguntarse y también jugar. Siendo además Rusia un país con una tradición tan fecunda en el género del cuento, no parece baladí considerar que Ilusiones tenga algo de eso. En esta dicotomía que se establece por falta de información, Vyrypaev pareciera estar cuestionando una de las esencias del teatro – la suspensión de la incredulidad- porque por un lado asumimos como real todo cuanto escuchamos; pero si repensamos la estructura de la función también nos damos cuenta de que todo puede ser un ejercicio de metaficcional. En cualquier caso la duda razonable que se establece una vez pasada la emoción inmediata también tiene su miga y su interés, y es otra de las claves que hace de esta función algo mucho más complejo de lo que parece – por error- a primera vista: esto es algo más que una de matrimonios.

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Por su estructura –relatos largos más o menos monologados con pequeñas intervenciones del resto de los narradores para completar la narración del principal a cada momento, o corregir o aumentar la información- no es una función sencilla de subir a escena. Puesto que el propio texto asume que hay público en el espacio –sea este cual sea-, creo que la cercanía con el espectador es fundamental; e incluso que la función –que, en esencia tiene mucho de cuentacuentos- no requiere de otra cosa que el texto y los actores para atraer la atención del espectador. Cierto es que, con el texto en la mano, hay que decidir qué son, quiénes son estos personajes y por qué nos cuentan lo que nos cuentan, otro de los obstáculos principales para idear un montaje. Desde un primer momento sentí –y esa sensación cobra cada vez más fuerza en mi cabeza- que me hubiese gustado ver Ilusiones en la intimidad del Ambigú, una intimidad que permitiese prácticamente la interacción de cada actor con cada espectador que este texto parece pedir a gritos. Miguel del Arco, sin embargo, ha ideado un montaje de gran escala –para la sala grande del Kamikaze- que sitúa a los personajes en un hermoso espacio indeterminado que bien podría ser la trastienda de un teatro –escenografía de Eduardo Moreno, con formidables luces de Juanjo Llorens-: hay alturas, giratorio y todo lujo de detalles. Se trata de un espacio tan sucio como bello al borde de lo onírico; un espacio que les oprime, un espacio del que saben que no pueden salir –en una ocasión lo intentan sin éxito- y que tal vez sugiera que los personajes están sujetos a la circularidad del relato – la función misma es circular- a repetir cada noche lo mismo como en un encierro. Inicialmente el punto de vista es atractivo –nos puede llevar a pensar, por ejemplo en el teatro de Pirandello-; pero a la vez abre expectativas que nunca terminan de concretarse – porque a fin de cuentas todo es más sencillo de lo que parece-. Es cierto que Del Arco ha conseguido dotar de agilidad a su montaje – manteniendo siempre activos a los tres actores que en un momento dado no sean el narrador principal; y evocando imágenes de aquello que se nos narra- dando ritmo a un texto difícil; pero también es cierto que hay ciertos momentos de desparrame – supongo que consciente- que no termino de ver qué aportan – toda la parte musical que hay hacia el final y los asuntos coreográficos me sobran, como tampoco termino de ubicar las múltiples decisiones del vestuario de Sandra Espinosa…-. También me genera cierta duda el equilibrio entre un espectáculo hermoso – y este sin duda lo es- y la verdadera necesidad de toda esa hermosura para contar lo que nos pretende contar Ilusiones. Sin dejar de valorar el esfuerzo estético, creo que una propuesta más íntima y despojada de accesorios que muchas veces encuentro innecesarios quizá hubiese aportado mayor inmediatez para con el público, algo que me parece fundamental y que aquí se pierde por momentos. Pero el esfuerzo por dotar a la propuesta de un pulso rítmico y un gusto estético – más aún teniendo en cuenta la dificultad del texto- es muy de valorar.

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Es una función compleja para los actores, enfrentados a largas intervenciones que deben capturar la atención del público y generar una emoción; a la vez que han de construir las emociones de los personajes evocados. Hasta cierto punto esta función podría llevarnos a pensar por su estructura en el teatro de Pascal Rambert – Ensayo, La Clausura del Amor-; pero sin embargo pronto vemos que si algo tienen estas historias es esa voluntad de emocionar y resultar más cercanas –algo como lo que ocurría en Novecento-. Ese reto corresponde tanto a la dirección –lo logra Miguel del Arco, que no descuida nunca lo emocional- como a unos actores que echan el resto, y todos están en su sitio tanto en equipo –¡qué bien escuchan!- como por separado. A Marta Etura le corresponde el difícil reto de abrir la función con un monólogo larguísimo en el que me parece que está verdaderamente formidable: me cautivó desde un primer momento su dulce sinceridad; y creo que si conseguí entrar en el juego que plantea Vyrypaev seguramente fuese gracias a ella; si se diluye en la segunda mitad de la representación seguramente sea por la estructura misma del espectáculo, y en cualquier caso su pistoletazo de salida es parea enmarcar. Verónica Ronda puede que no llegue a tan altas cotas de emoción – no es fácil-; pero es muy expresiva en el gesto y aporta narración sincera y fuerte presencia escénica. Daniel Grao, por su parte, se maneja bien en el que seguramente sea el personaje más desagradecido de la función – el de narrador graciosete-, que a priori le deja menos oportunidades de brillo que a sus compañeros y Alejandro Jato –cómodo y a la altura, sin amilanarse ante tan ilustres compañeros de reparto, lo cual ya no es poco decir- pisa el escenario con la seguridad de alguien que llevase haciendo esto toda la vida. Quiero volver a insistir en lo bien que se miran y se escuchan los cuatro; porque es fundamental para el devenir de la función, casi más complejo que sostener tan extensos textos. Mantienen el interés –y despiertan la emoción- de un público bastante receptivo en mi función. Por la naturaleza misma del texto, no estaba fácil.

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En definitiva, Ilusiones es un más que interesante texto que, detrás de algo en apariencia muy sencillo, esconde reflexiones extrapolables y mucho más complejas. Algo que comienza como una comedia de matrimonios, para derivar enseguida en otra cosa mucho más interesante, y un espectáculo muy bien interpretado que – a pesar de la lujosa puesta en escena- no estaría de más ver en un entorno más cercano y mimalista que le dé a la función el plus de cercanía que esta parece exigir. Con todo, muy interesante.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

Ilusiones”, de Iván Vyrypaev. Con: Marta Etura, Daniel Grao, Verónica Ronda y Alejandro Jato. Dirección: Miguel del Arco. KAMIKAZE PRODUCCIONES.

El Pavón Teatro Kamikaze, 27 de Abril de 2018

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