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‘El Burlador de Sevilla’, o ¿quién duda de la modernidad de Don Juan?

abril 20, 2018

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El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra (¿1630?) para algunos tal vez la obra fundacional del mito del Tenorio, y sin duda una de las mejor escritas sobre esta temática- es un clásico que sube con bastante frecuencia a nuestros escenarios. Sólo en la última década hemos podido ver al menos cuatro versiones bastante diferentes entre sí: la que firmó Dan Jemmett con Antonio Gil en el rol principal (2007), la que dirigiese Emilio Hernández protagonizada por Fran Perea (2008), la comandada por Darío Facal cuyo reparto encabezó Álex García (2015) y ahora esta que dirige Josep María Mestres para la Compañía Nacional de Teatro Clásico, con un nutrido elenco al frente del que está Raúl Prieto. Un espectáculo que se ofrece con texto en versión de Borja Ortiz de Gondra y que, como casi todas las producciones que se hacen ahora, vuelve a mirar a la universalidad y vigencia de la problemática del mito del Don Juan; esta vez ofreciendo una perspectiva que pone el foco en la figura de la mujer –algo que ya está en el texto mismo de Tirso de Molina, en el que las mujeres toman la iniciativa como uno de los mayores símbolos no ya de vigencia sino de modernidad de la obra-.

Probablemente sea El Burlador… uno de los más redondos acercamientos al Don Juan, tanto por la diversidad de sus personajes y sus tramas –unas más breves que otras, pero todas con el suficiente peso como para formar parte del todo- como por la tremenda modernidad que tienen sus personajes sea cual sea su estamento social. De hecho, podríamos decir que Don Juan es el personaje villano y amoral de la historia; pero si observamos el texto con detenimiento comprobaremos que todos los personajes –nobles y plebeyos- tienen sorprendentes conductas que hoy por hoy son perfectamente asumibles, pero que para aquel entonces seguramente fuesen mucho más sorprendentes: ahí están los chanchullos de Pedro y Diego Tenorio con las altas esferas para salvar ante todo su honor cuando se ven salpicados por el escándalo de Don Juan, las dudas de Octavio acerca de la honradez de la mujer cuyo honor se supone que debe defender e incluso la manera en la que Batricio acaba casi “regalando” a Aminta a Don Juan para salvaguardar su propia dignidad. Por otro lado, sorprende también que en esta obra tan antigua aparezcan mujeres ultrajadas pero capaces de hacer piña y exigir justicia por su mano –damas y plebeyas exigen reparación a unas altas esferas que no parecen muy eficientes-. Todos estos aspectos, insisto, están en el texto propio de Tirso escrito hace casi cuatro siglos. Así las cosas ¿cómo dudar de la vigencia y modernidad de los asuntos que aparecen en El Burlador…? Un texto que se sostiene por sí solo, creo que sin necesidad de reivindicar ni matizar nada porque todo está ahí, en el propio texto: tanto por su trama como por la calidad de sus versos. Sorprende por ello no poco que en las notas al programa de esta versión se haga tanto hincapié en una modernidad tan clara que basta con escuchar el propio texto para entenderla: vistan los ropajes que vistan los personajes, los afectos, los personajes y la problemática de El Burlador… se entendían igual de bien en 1630 que hoy, en 2018.

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Firma la versión del texto Borja Ortiz de Gondra y ha realizado una labor verdaderamente encomiable. Primero porque, a primera vista, parece que no ha tocado nada y que todo está presente tal cual es. Y, sin embargo, si uno observa con detenimiento aprecia tanto una amplia labor de poda –recordemos que la obra es larguísima, con muchas tramas, todas importantes, y aquí dura dos horas justas; de manera que Ortiz de Gondra ha hecho una labor de selección tan precisa que apenas se nota, a pesar de que somos conscientes de que falta bastante material- como especial habilidad para incrustar en el original de Tirso versos pertenecientes a otras versiones del Don Juan, sin que desentonen ni parezcan injertos – hay varios préstamos, quizás los más evidentes sean los pertenecientes al Don Juan de Molière-. En cualquier caso, el resultado es un todo muy complejo; pero al mismo tiempo reconstruido y armado con tal habilidad que parece ser el todo que era originalmente. Me parece especialmente digno de mención este trabajo porque no sólo consiste en un trabajo de selección muy ardua, sino también en un estudio pormenorizado no del texto de Tirso, sino del mito de Don Juan en su conjunto, sumado al mérito de que Ortiz de Gondra ha querido –y ha conseguido- quitarse importancia, para que todo su –mucho- trabajo parezca que no está realmente ahí: en esto justamente consiste –o debería consistir- una versión de un clásico. Espléndida versión del texto, sin duda alguna.

La puesta en escena de Josep Maria Mestres, sin embargo, no termina de acompañar. Quizá porque, en su intento de remarcar la universalidad y la atemporalidad del texto, ha pretendido juntar demasiadas cosas en un todo que acaba llamando a confusión. Toda la función transcurre en una escenografía prácticamente única de Clara Notari, consistente en una estructura básica de mármol –escalinata, arcadas…-, con unas cortinas que acotan el espacio, ampliándolo o reduciéndolo según los lugares y las situaciones. Pasado el primer impacto de atractivo del espacio y más allá de las complejidades espacio-temporales de la trama –que ocurre, constantemente, entre España e Italia-, que este espacio único no consigue solucionar, nos podríamos preguntar en primer lugar dónde estamos, a qué país corresponde esta ambientación, porque no hay nada que lo aclare. Tampoco parece demasiado acertada la elección habida cuenta que se pretende mover a un reparto copioso y que las escenas de masas son frecuentes, no siempre bien resueltas. Más conflictivo es aún el vestuario de María Araujo: más allá de que entendamos que este Burlador… pretende avanzar en el tiempo, situando las distintas escenas en distintas épocas – una idea que no es nueva: recuérdese por ejemplo el montaje de Don Giovanni que firmase Roberto de Simone para la Ópera de Viena en 1999, en el que la idea era la misma pero con un avance temporal progresivo que daba buen resultado- llama la atención que no haya ningún tipo de razonamiento dramatúrgico para esos cambios de época y de vestuario –se avanza hacia atrás y hacia adelante en las formas de vestir, sin demasiada lógica- e incluso lo recargados que resultan algunos vestuarios: desde los postizos imposibles de Don Pedro Tenorio hasta esas fuerzas del orden con esas chaquetas que rezan “GUARDIA” o la inenarrable caracterización del siempre esperado convidado de piedra, que da cualquier cosa menos miedo y que es un reto para el actor.. Puede que al montaje le falte además dominio de la pulsión erótica y sensual –cuanto se ve resulta muy light-. La videoescena de Álvaro Luna empieza aportando algún detalle interesante; pero se va diluyendo conforme avanza la representación. En el apartado de aciertos, hay que señalar el partido que se le saca al patio de butacas – utilizado en pocos momentos, pero muy bien utilizado-, e incluso la habilidad para solucionar la necesidad de elementos clave que – por la decisión de la escenografía única- no están en escena. La iluminación de Juanjo Llorens saca bastante partido al espacio escénico, y también los fragmentos musicales –de todo un poco, como en el caso del vestuario- están insertados con bastante habilidad, así como las escenas de masas; aunque el siempre esperado aquelarre final en el cementerio está resuelto sin las esperadas virguerías ni efectos especialmente sorprendentes… En resumen, se diría que a la puesta en escena le falta tener una idea base que defender y llevarla a cabo, porque el resultado acaba siendo un cúmulo de cosas –con algunos aciertos, sí; pero también errores de bulto- que no van a un lugar concreto – o al menos no acabo de ver a dónde pretenden llegar…-.

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Una quincena de actores compone el reparto, con un nivel medio bastante notable tanto en actuaciones como en la destreza al decir el verso. Raúl Prieto está perfecto en su encarnación del Burlador, tanto por físico y presencia escénica como por una construcción que no carga las tintas en la faceta más oscura y atolondrada de un hombre que vive la vida, como si quisiera resaltar que el destino final del personaje no es más que una serie de errores que va acumulando casi sin darse cuenta; además, dice el verso con ritmo y claridad, y por tanto se acerca bastante al ideal. También Pepe Viyuela construye un Catalinón para enmarcar, porque consigue afrontar el rol del gracioso una naturalidad que le permite buscar la comedia en el texto mismo y no en gracietas desaforadas – como tantas otras veces ha ocurrido en este tipo de personajes-: se las sabe todas, divierte pero no pierde de vista que forma parte de un drama; y aporta tanto su saber hacer a la hora de decir el verso como el dominio intrínseco de una gestualidad aquí muy bien medida. Es el mejor del conjunto, y por eso que la función termine con él tiene total sentido.

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En el grupo de mujeres burladas, encuentro a la siempre estupenda Mamen Camacho bastante pasada de rosca en su gran lamento central, como si forzase la emoción sin demasiada necesidad –es extraño, y probablemente sea una decisión de dirección porque siempre está bien, y recordemos que ha destacado en producciones no del todo satisfactorias, pero aquí queda a distancia de sus compañeras-. Siento además que tal vez Tisbea no sea el papel que mejor se ajuste a sus características –habría que verla como Isabela-; mientras que la Aminta de Lara Grube ofrece una interpretación verdaderamente radiante, tanto por la cálida intensidad del verso como por la chispeante construcción que hace de un personaje que enfoca desde la más absoluta dignidad. La Isabela de Elvira Cuadrupani crece conforme avanza la representación y seguramente tiena su mejor momento en su encuentro final con Tisbea, e Irene Serrano aporta solidez a sus intervenciones en sus tres roles – Doña Ana, Constanza y Belisa-.

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En el resto del elenco figuran nombres muy importantes – a veces para roles mucho más breves de lo que merecerían-. Al Don Gonzalo de Paco Lahoz hay que aplaudirle no sólo su destreza en la administración del verso, sino también tener que verse las caras con esa caracterización final del convidado de piedra sin titubear, porque el atuendo le complica mucho las cosas – y aún así nos lo tomamos en serio: no me pregunten cómo lo logra-. Descafeinado el Octavio de Egoitz Sánchez. Pedro Miguel Martínez – Don Pedro y el Rey de Castilla-, Juan Calot –un Don Diego que demuestra que no hay papel pequeño- y Ángel Pardo – un muy entonado Marqués de la Mota- sacan petróleo de lo poco que tienen que hacer, reivindicándose como los valores sólidos que son. A José Juan Rodríguez le bastan también ramillete de escenas para que pongamos el foco en su Batricio. Samuel Viyuela maneja sus dos personajes –Anfriso y Ripio- con la desenvoltura que le caracteriza – además, es muy estimulante ver a dos generaciones de la saga Viyuela sobre el mismo escenario- y tanto José Ramón Iglesias –Gaseno- como Ricardo Reguera -el Rey de Nápoles y Fabio- completan un elenco en líneas generales bastante entonado, que sabe decir el verso y es uno de los grandes atractivos de la propuesta.

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En definitiva, en este Burlador de Sevilla el espléndido tratamiento del texto en la versión, y el bastante entonado conjunto actoral –algo que no es sencillo si tenemos en cuenta la cantidad de intérpretes que hay implicados- quedan muy por encima de una puesta en escena que tal vez busque la modernidad; pero no se decide por un camino concreto a la hora de encontrarla. Así y todo, merece la pena verla por la versión del texto y el entonado elenco de actores; y aún sin ser perfecta ni mucho menos, sí es bastante más redonda que otras versiones de esta –difícil- obra que se han presentado en los últimos años.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

El Burlador de Sevilla”, de Tirso de Molina. Versión del texto: Borja Ortiz de Gondra. Con: Raúl Prieto, Pepe Viyuela, Mamen Camacho, Paco Lahoz, Elvira Cuadrupani, Egoitz Sánchez, Lara Grube, José Juan Rodríguez, Samuel Viyuela, Pedro Miguel Martínez, Juan Calot, Ángel Pardo, Irene Serrano, José Ramón Iglesias y Ricardo Reguera. Dirección: Josep Maria Mestres. COMPAÑÍA NACIONAL DE TEATRO CLÁSICO.

Teatro de la Comedia, 14 de Abril de 2018

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