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‘La Fureur de ce que Je Pense’, o una mente torturada

abril 18, 2018

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Espectáculo en francés

En el Teatro Español se vio por temporada limitada La Fureur de ce que je Pense (El Furor de Mi Pensamiento), una personalísima creación de la canadiense Marie Brassard a partir de textos de la autora Nelly Arcan (1973-2009), también canadiense-. Se trata de un complejo espectáculo que, a partir de los textos Arcan –de marcado carácter autobiográfico- busca armar, a modo de flujo de conciencia polifónico, una reflexión sobre el existencialismo humano desde la traumática experiencia personal de la autora; así como el motivo conductor del suicidio como única salida posible para las almas atormentadas por el peso de sus pasados.

Conviene señalar que este espectáculo – formado por una miscelánea de los textos de las novelas de Arcan- está íntimamente ligado a la experiencia vital de la autora, que alcanzó la fama en 2001 con su primera novela Putain, en la que relata, a través de un alter-ego, su periplo como prostituta de lujo para poder financiarse sus estudios universitarios. Este libro aupó a Arcan inmediatamente a la fama. También el resto de su producción literaria –que incluye las novelas Folle (2004) y Un Ciel Ouvert (2007), además de Paradis, Clef en Main, publicada de forma póstuma en 2009- consiste en toda una compleja conjunción de algunos de los temas que marcaron la vida de su autora – prostitución, depresión, tendencias suicidas…-, en un estilo a medio camino entre lo ficcional y lo biográfico. A pesar del grandísimo éxito obtenido con sus creaciones, Nelly Arcan – nunca repuesta del todo- acabó sucidándose ahorcada en 2009, a la edad de 36 años y convertida en una firme realidad de la narrativa en lengua francesa, después de varios intentos fallidos de acabar con su vida previamente. Con este espectáculo, Marie Brassard busca trazar no sólo un compendio de la creación de Arcan en la escena, sino también una panorámica de los pensamientos de su alma atormentada; puesto que en Arcan, realidad-ficción, narradora-autora son conceptos de algún modo fronterizos, que se separan con gran dificultad.

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Sobre una deslumbrante escenografía de Antonin Sorel, Brassard sitúa dos filas de pequeñas habitaciones en forma de cubo, separadas por algunos huecos a la manera de agujeros negros. En cada una de esas habitaciones – que reproducen un lavabo, el salón de una casa, una habitación de hotel o lugares más inconcretos como una habitación con pinturas bucólicas que bien podría corresponderse a un museo, entre otros espacios- se sitúa una mujer. La obra se estructura en seis monólogos entrecruzados, a modo de flujos de conciencia al mismo tiempo individuales y colectivos –con fragmentos a veces repetidos hasta la extenuación, a la manera de un coro griego- unidos o conectados por la figura de una bailarina, en los cuales –entiendo que todos ellos fragmentos de las novelas de Arcan anteriormente mencionadas- cada una de las actrices hace aflorar temáticas existenciales –la prostitución como modo de rebelión contra la sociedad-, liberadoras –el suicidio como punto final de una existencia que agota y enloquece a las voces, y tal vez también como una suerte de vía de escape, de nuevo comienzo contra una existencia errática e irreparable- e incluso más personales –como traumáticas visiones de las relaciones familiares jamás resueltas del todo-. El todo es denso y deja un halo de confusión entre algunos versos que basculan entre la belleza y la crudeza; y el espectador recibe toda la información casi como una regresión de la mente – o de las muchas mentes- de la propia autora: un ser torturado a punto de hacer clic. Es por ello que la narración puede que entre en bucle llegado un momento –como sin duda acabaría ocurriendo en la cabeza de Arcan, obsesionada por la idea del suicidio-, y tal vez por eso toda la información sea complicada de seguir, de procesar y de asimilar; aunque aquí y allá recibimos fogonazos de lírica lucidez entre la putrefacción: la visión del rol de la mujer prostituta, por ejemplo – y la idea de prostituirse, en primera instancia, como una solución a la incomunicación con el exterior- es implacable y difícilmente deja indiferente y llama a la reflexión.

Si bien es cierto que acabamos extenuados por un ritmo que enseguida se vuelve monótono por la estructura de la propuesta –y por los 100 minutos de duración del espectáculo, que se vuelven demasiado- también ocurre que, a partir de las ideas entrecruzadas que recibimos cuando vemos La Fureur de ce que Je Pense, con aquello que nos llevemos a casa, nos quedamos sin duda con ganas de profundizar en la figura literaria de Arcan: volver sobre su prosa –de una potencia indudablemente interesante en su desgarrador mensaje- para releerla, recibirla y asimilarla con el detenimiento que, sin duda alguna, exigen estas palabras. Es imposible captar con una sola visión de La Fureur… toda la magnitud de lo que Arcan nos expresa, y por eso puede que pronto desconectemos de la narración y nos dejemos llevar por la belleza de las imágenes, siendo golpeados por frases y mensajes aquí y allá –y ojo, esta es una forma de percibir un espectáculo casi como otra cualquiera- e incluso podemos comprender que esta desconexión ante la magnitud del mensaje pueda ser buscada –que Brassard haya ordenado el material de manera que nuestra confusión acabe siendo un torrente semejante a lo que sería introducirnos en la mente de Arcan- ; pero al mismo tiempo tiene algo lo suficientemente atrayente como para salir del espectáculo con la certeza de que conviene conocer más y mejor la obra de esta autora canadiense por la potencia incuestionable de lo que nos expresa. Si lo que se buscaba era homenajear y poner en primer término a Arcan, de algún modo Marie Brassard y su equipo lo han logrado.

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Visualmente el espectáculo es muy atractivo: desde la escenografía, con fines expresivos bastante claros –cada una de las habitaciones de las que las mujeres, casi como presas, no pueden salir, parecen una metáfora del lujo y la condena que es a un mismo tiempo la prostitución; y la bailarina, única que puede desplazarse por los espacios, bien podría ser un símbolo relativo a esa muerte que espera como liberación- hasta la espectacular iluminación de Mikko Hynnien, pasando por el devenir casi coreográfico que tiene el ritmo del espectáculo. Incluso la música de Alexander MacSween –por momentos algo machacona, por supuesto de forma buscada- nos sumergen en un ambiente misterioso, turbio y hasta un punto incómodo que va muy bien al carácter de la propuesta –que, no lo olvidemos, es un flujo de conciencia que sucede casi en el instante mental que se sitúa entre la vida y la muerte: en este sentido, en el discurso de Arcan podríamos encontrar de alguna manera ecos de voces dramáticas como podrían ser Sarah Kane o incluso Angélica Liddel-. La belleza de lo que vemos en escena captura a menudo nuestra atención –y eso que los textos son lo suficientemente complejos como para exigir concentración absoluta- y esta se acaba desviando hacia un lugar u otro, según el caso, yendo y viniendo de allá para acá. El equipo actoral se entrega –son Christine Beaulieu, Ève Pressault, Evelyne de la Chenelière, Johanne Haberlin, Julie Le Breton, Anne Thériault y Larissa Corriveau– tanto en lo textual – porque los textos no son sencillos ni por contenido ni por estructura- como en lo físico – la propuesta de Brassard exige un ritmo tan tenue como al tiempo cercano al lo coreográfico-, y después de todo puede resumirse como una serie de estímulos –textuales, sonoros y visuales- lanzados a borbotones a un espectador que debe escoger con qué se queda a cada momento, siendo imposible procesarlos en su totalidad.

Al terminar de ver La Fureur de ce que Je Pense seguramente nos invada el ansia por no haber procesado todo lo ocurrido; e incluso habrá quienes esperásemos una línea narrativa más solida. Sin embargo, resulta imposible no salir interesados por la figura de Nelly Arcan, y con ganas de conocer un poco más y mejor su obra. Será lo que hagan seguramente muchos de los espectadores que, a través de este trabajo de Marie Brassard, se hayan acercado a la autora canadiense por primera vez. Como espectáculo puede resultar una experiencia incompleta; pero como homenaje a Arcan cumple perfectamente su cometido.

H. A.

Nota: 3/5

La Fureur de ce que Je Pense (El Furor de Mi Pensamiento)”, espectáculo sobre textos de Nelly Arcan. Idea original de Sophie Cadieux. Adaptación y dirección: Marie Brassard. Con: Christine Beaulieu, Ève Pressault, Evelyne de la Chenelière, Johanne Haberlin, Julie Le Breton, Anne Thériault y Larissa Corriveau. INFRAROUGE / THÈATRE FRANÇAIS DU CINA (OTTAWA) / FESTIVAL TRANSAMERIQUES (MONTREAL) / PARCO (TOKYO).

Teatro Español, 13 de Abril de 2018

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