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‘Amanda T.’, o de ideas y distancia

abril 17, 2018

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El cyberacoso es un tema de actualidad incuestionable que ha aparecido mencionado directa o indirectamente en el mundo del teatro; e incluso ya ya ha centrado algunas piezas teatrales de cierta enjundia, ya sea como teatro de ficción o como teatro documento – se me viene a la cabeza la interesante Grooming, de Paco Bezerra-. También la crisis que a menudo supone el paso de la niñez a la adolescencia se ha abordado con frecuencia en teatro –#Malditos16, La Edad de la Ira, La Tristeza de los Ogros…-. Amanda T. es un nuevo ejemplo de ello: esta vez se trata de un texto de Álex Mañas que ficcionaliza la historia de Amanda Todd, una joven canadiense que fue víctima de acoso y chantaje años después de mostrarle una imagen de sus pechos a un hombre con el que chateaba y que la chantajeó hasta viralizar su imagen en redes y hacer que se sintiese una apestada, sola, burlada y sin saluda; y que, tras varios cambios de ciudad buscando inútilmente rehacer su vida finalmente anunciase su suicidio mediante un vídeo que todavía puede encontrarse en Youtube en el que se expresa mediante unas características cartulinas. El texto de Mañas reproduce, por un lado, el vídeo; e imagina, por otro lado, diversas escenas cortas que tratan de reproducir el calvario por el que pasa Amanda desde que entra en contacto con el misterioso acosador –se imputó a un holandés que negó toda vinculación con el asunto y se acabó comprobando que, efectivamente, no había sido él- buscando reflexionar no sólo sobre el cyberacoso, sino también sobre las circunstancias personales de la joven, en una pieza que saca a relucir toda una pluralidad de temas como pequeñas píldoras, sin lograr sin embargo profundizar en ninguna de ellas, ni construir un retrato de la protagonista que nos permita empatizar con ella y sus circunstancias: tal vez por esa acumulación de ideas que, en este caso, juega una mala pasada al montaje.

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La esquemática pero conflictiva escenografía de Marc Salicrú –mesa, sillas y una pantalla al fondo que preside el espacio y en la que se proyectan desde las cartulinas que usa Amanda para expresarse hasta mensajes de diversos tipos que completan la narración- no parece especialmente indicada para exponerse a tres bandas – por suerte en mi función sólo había público en la banda central; porque creo que es evidente que tal como está el montaje ahora las bandas laterales quedarían como visión reducida por el uso reiterado de lo visual…- parece indicar que se apostará por una función de actores También la estructura del texto de Mañas, que divide la pieza en pequeñas escenas con títulos que nos muestran la relación de Amanda con su entorno –más allá de su primer encuentro con un supuesto productor musical que se las promete muy felices, aparecen también el entorno escolar, el entorno familiar e incluso la proyección de Amanda hacia la sociedad, tanto a nivel poético (cuando se equipara su figura con distintos tipos de Barbies: ¿la imagen que la sociedad espera de ella?) como a nivel de mass-media- y que deja el peso en manos de dos actores que han de repartirse personajes sin otro recurso que sus propios cuerpos para la creación de sus distintos roles. El problema es que el texto de Mañas apunta muchas cosas, explica toda una historia que acaba encajando; pero no termina de profundizar en nada. Hubiera sido más útil hacer que Amanda fuese el centro narrativo de todo; porque así al menos hubiésemos podido conocer cómo se siente, ver en primer plano una caída al abismo que sólo se sugiere y que, al no haber construido un personaje más sólido, no permite que nos impliquemos en lo que le está ocurriendo: sabemos que es terrible, sí; pero al mismo tiempo podemos observar desde la distancia sin que ocurra nada. Es como contemplar un mosaico de fotografías que completan un todo, pero al que le falta sin embargo una cohesión más centrada hacia lo emocional.

La idea es buena –tanto la trama, como la estructura, como la decisión de reducir lo escenográfico a lo esencial-, y sin embargo nunca conseguimos ni entrar de lleno en lo que se nos propone, ni sentir la más mínima simpatía ni hacia la trama ni hacia sus personajes. No ayuda ni la brevedad de las secuencias, ni el aspecto casi caricaturesco con el que se enfocan algunos personajes, ni siquiera una puesta en escena que – tal vez por la falta de profundidad en las construcciones de los múltiples roles- acaba quedándose bastante corta. Pronto se agota el efecto del uso de los carteles para comunicarse – y ya se imaginarán que es muy recurrente-, e incluso el juego de emplear papeles con nombres para evocar aquellos objetos que faltan pero tienen importancia – un vaso, un móvil…-: una idea dramatúrgica que podría haber sido un hallazgo –ideas más o menos semejantes han funcionado en otros montajes- pero sin embargo aquí nunca termina de despegar. El resultado es un montaje no especialmente extenso – unos 90 minutos- que se acaba volviendo tedioso por lo repetitivo de su estructura y por la falta de emoción y profundidad dramática de sus escenas. Al montaje le falta explorar un sentido de la teatralidad que, en un principio, parece que va a aparecer – el arranque es prometedor- pero luego nunca llega del todo.

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No sabría indicar si por una elección de dirección o por otras cuestiones; pero a ambos actores les falta un punto extra de implicación, sobre todo del uno con el otro –la escucha, tan importante siempre en teatro-. Greta Fernández se encarga de personificar a Amanda – y a una de sus amigas en una de las escenas-: una vez asumida la convención de que estamos ante una joven de 12 a 15 años –que con su rotundo físico es mucho imaginar…- se puede decir que mantiene bien, por mirada y corporalidad, la imagen vulnerable que debe tener el personaje, y eso le deja gran parte del trabajo hecho. Su dicción, sin embargo, es a menudo borrosa y aún debe trabajarse –y de hecho mejora notablemente cuando debe expresarse en inglés-. Isak Ferriz se encarga de toda una cantidad de pequeños personajes – un productor musical, el padre de Amanda, un profesor, un vendedor…- y, aún cuando se nota que es un actor con solvente, sale a bien lo mejor que puede de tener que dar vida a roles apenas perfilados y muchas veces enfocados por la dirección de manera bastante errática – no entiendo por qué el enfoque tan excesivo de algunos personajes, como el del profesor-. Me falta, además, una conexión entre ambos que sería muy de agradecer en una propuesta de este estilo y que no termino de encontrar.

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Sobre el papel – e incluso tomando todas las ideas del espectáculo una a una- las ideas son buenas y prometen algo interesante; sin embargo el resultado final se queda en un producto cargado de buenas intenciones que nunca terminar ni de encajar del todo entre ellas ni de llevarnos como espectadores hacia una emoción que provoque una reflexión. Hemos visto espectáculos muy superiores tanto sobre esta temática – el grooming y la problemática de la adolescencia- como tomando la autobiografía de un personaje suicida para crear una ficción. Esta vez, lo único que se consigue es que observemos el resultado desde una distancia tanto física como, sobre todo, emocional. Dado que se trata de un material real, la emoción debería estar servida; pero ni los sucesos ni su personaje central nos llegan a tocar nunca el corazón, por más que sepamos que la situación que atraviesa la joven es tremebunda. Esta pieza podrá concienciar al respetable acerca de que el cyberacoso es una lacra que hay que erradicar – ¿acaso cabe alguna duda?- pero al teatro hay que pedirle algo más, ir más allá. Probablemente el escasísimo público asistente a mi función tampoco ayudase a implicarse especialmente ni a espectadores ni actores.

H. A.

Nota: 2 / 5

Amanda T.”, de Álex Mañas. Con; Greta Fernández e Isak Ferriz. Dirección: Álex Mañas. EN CURSIVA / ÁLEX MAÑAS.

Teatro Fernán Gómez (Sala Jardiel Poncela), 12 de Abril de 2018

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