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‘Los Días de la Nieve’, o nunca más a la sombra

abril 15, 2018

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Después de aproximadamente un año de gira, se representa en el madrileño Teatro del Barrio – con grandísimo éxito y todo agotado- Los Días de la Nieve, una nueva pieza de Alberto Conejero, que vuelve a la senda del teatro biográfico –como ya hiciera antes con obras como Clift o La Piedra Oscura– para ocuparse esta vez de la figura de Josefina Manresa (1916-1987) –esposa y viuda del poeta Miguel Hernández- desde un punto de vista que tiene dos aciertos particularmente reseñables: el primero, trabajar desde la esfera de lo íntimo y limitar el relato al punto de vista de la mujer y el segundo –y puede que este sea el más importante- construir una ficción que da vida y voz a la propia Manresa, reivindicándola incluso por encima de la figura de Hernández. Por supuesto, Hernández aparece como un eco y un recuerdo constantes a lo largo de la función; pero Conejero ha preferido esta vez centrarse en la figura de su esposa, tal vez más desconocida, tal vez más pequeña, pero igualmente interesante. Puesto que ya se han visto otras obras dramáticas que se ocuparon de la biografía de Hernández, resulta un acierto que el autor haya decidido esta vez contar la pequeña historia de una gran mujer; la mujer al lado de la estrella, la mujer a la sombra del mito, e incluso la mujer que esta vez –y gracias a esta función- busca, defiende y reivindica no sólo su derecho a hablar, sino su dignidad misma, por encima de la etiqueta de “la mujer de”.

Sola en su pequeño taller de costura, varios años después de la muerte de Miguel Hernández, Josefina Manresa se afana en terminar un encargo: un vestido verde que desde hace unos días confecciona para una clienta desconocida. Con la prenda casi terminada, y en el que podría ser el último día de trabajo antes de la entrega, Josefina solicita a su compradora – un personaje invisible pero siempre presente, que bien podría estar personificado en el conjunto del público- que se quede para poder hablar con ella, puesto que hace mucho que no habla con nadie. Es así como, mientras da las últimas puntadas con la máquina de coser la costurera rememora su vida, su pasado, su tiempo y sus recuerdos… Unos recuerdos que surgen desordenados –porque, a fin de cuentas, la memoria tiende a magnificar unas cosas y a archivar otras- y que van mucho más allá de la convivencia con Miguel, para centrarse en la propia Josefina: una mujer capaz de recordar caras, aromas, olores y lugares de juventud; pero también sus primeros amoríos con Hernández, las reticencias iniciales de su padre a una relación, las mariposas de ese primer amor de juventud y una vida marcada por la tragedia en la que no faltan ni el fusilamiento de su padre, ni las ausencias de Miguel, ni la muerte de su primer hijo sin que su esposo pudiese estar presente. Una vida de marcada intensidad, de claroscuros; que la propia Josefina ha ido afrontando – y afronta desde el momento presente en el que nos habla- con la mayor entereza posible, sin perder ni la sonrisa ni la dignidad. Pero ¿quién es realmente la clienta con la que Manresa se está confesando? ¿qué busca? ¿por qué ha decidido Josefina vaciarse y vomitar su verdad ahora, para descansar por fin, y no antes? Son algunos de los interrogantes que arroja la función y que se irán desvelando conforme esta avance.

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Como digo, el texto de Conejero acierta de pleno a la hora de dibujar una semblanza de esta mujer a la sombra, y no usarla como una mera excusa para hablar de Miguel Hernández. A través de Los Días de la Nieve, el espectador podrá profundizar con mayor detenimiento en una figura que a menudo no aparecerá en los libros; pero que sin duda tiene una historia que contar: su propia historia; una historia en la que el poeta no es más que otro personaje… y hasta se diría más, una historia en la que el poeta abandona por un momento el mito, el traje de poeta, para convertirse meramente en el esposo, la pareja y el amante de Josefina. Porque el punto de vista que ofrece Manresa sobre Hernández es precisamente ese: el de padre de sus hijos, el de compañero de alcoba, más allá de la imagen idealizada que tenga su público, y ese matiz desmitificador se agradece mucho. La voz y la historia de Manresa posiblemente sea la de tantas y tantas mujeres de su tiempo, y precisamente este hecho sea el que nos la universaliza, nos la acerca y la convierte en un personaje sin duda interesante. Alberto Conejero expone la narración con un cierto aire lírico – ya frecuente en la escritura del autor-; pero acertando al no sobrecargar el texto ni de figuras retóricas ni mucho menos de citas a la obra del poeta – aquí y allá, ocasionalmente, Manresa recuerda algunos versos, pero nunca más de lo esencial; porque el autor da por hecho que todos sabemos cómo siguen esas poesías, y alejándose del tono de grandilocuencia que podría sobreentenderse al género, precisamente porque no deja de ser una mujer recordando los textos de su marido: otro acierto-. Y es que Conejero – que ha realizado un hondo trabajo de documentación para esta pieza- ha sabido apartar a sus personajes de cualquier atisbo de épica, y no teme a contar anécdotas de alcoba por medio de conversaciones entre Hernández y Manresa que la costurera recuerda con viveza; o incluso recuerdos banales en apariencia – pero que acabarán por revelarse como de una fuerza poética importante- que construyen esa particular esfera del recuerdo que aporta a este texto de tintes eminentemente líricos una cierta pátina de realismo costumbrista que conviene mucho a la historia.

Y es que la memoria de Manresa – que teje su historia como el vestido central de esta función; y de hecho mide su tiempo por el sonido de la máquina de coser, en un recurso hermoso para permitirnos avanzar hacia delante y hacia atrás en la trama- ayuda además a recrear todo un ambiente: el de esa Andalucía de plantación, deprimida y castigada durante la guerra; en la que Manresa y Hernández viven penurias y felicidades casi por igual: el retrato sutil pero certero que hace Conejero de un tiempo, un lugar y un modo de vida también es uno de los grandes aciertos de la función. Además, nunca sobrecarga las tintas de una historia que es, eminentemente dramática – porque la protagonista pasa su vida alzando la cabeza ante la tragedia- y aporta gran dignidad a Manresa, tanto en el modo de recordar las cosas – casi como diciendo: “qué le vamos a hacer, si esto es lo que hay…”- como en un sorprendente estallido final en el que la protagonista se alza como una mujer libre, con el derecho a contar su historia, a ser escuchada y a tomar sus propias decisiones frente al rol de “esposa de” que la sociedad parece haber querido endosarle… En esa vindicación de su propia dignidad final entendemos, por un lado, que detrás de esta mujer aparentemente amarrada a la magia del recuerdo hay una personalidad de marcado carácter; y que, precisamente por esa fortaleza – al mismo tiempo oculta y presente- siempre habrá un futuro y un mañana para ella pase lo que pase. No en vano, en un momento de la función Manresa afirma que va a contar “lo que ella quiera” y es que a fin de cuentas, puede que Los Días de la Nieve nos cuente la historia de una mujer que saltó sin quererlo del anonimato al mito, y que busca vaciarse, soltar lastre y que por una vez alguien la escuche a ella, para alzarse por si sola como Josefina Manresa. Eso se logra y ese – junto con la evocadora atmósfera que fluye del texto mismo- es el gran acierto de esta obra.

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La escenografía de Manuel Ramos –también encargado de una iluminación evocadora- reproduce con pocos elementos muy bien ideados la atmósfera melancólica – y hasta diría que un punto decadente, como si nos estuvieran mostrando a una Josefina anclada en una especie de limbo del pasado- de la época y la puesta en escena que firma Chema del Barco tiene el acierto de haber sabido jugar con el ritmo de un texto en el que el particular uso del tiempo es un elemento importantísimo: no tiene miedo de suspender ni el ritmo ni la cadencia o cambiar el sentido del tempo cuando la acción así lo requiere – y, puesto que la obra se sitúa y se apoya en el recuerdo, el texto va fluyendo a la misma velocidad a la que los recuerdos invaden la mente de Josefina-; así como el sumo cuidado por no hacer sangre ante la vida trágica que está contando, porque lo que cuenta Manresa no debe ser ni más ni menos que aquello que sucedió; y puede que las personas individuales encajen la tragedia con mucha mayor entereza de la que percibimos los de fuera. Además, aporta un detalle final pleno de luz y poesía que, efectivamente, nos demuestra que la vida de la protagonista seguirá después de este proceso de vacíe con la misma dignidad que ha caracterizado su pasado.

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Espléndido trabajo de Rosario Pardo que, sin perder de vista la teatralidad de la situación – rehuye con claridad la posibilidad de copiar cada gesto y cada palabra de la Manresa para apostar por construir su propio personaje, inteligente decisión- sabe apoyar su personaje en una construcción absolutamente entrañable por el tono tan costumbrista que adopta – en Andalucía o en donde sea, todos hemos conocido a alguna mujer como esta-, capaz de contar las cosas más duras con una dignidad que se traduce en una bonachona sonrisa en la cara que –se ve a la legua- oculta mucho dolor por debajo: el dolor de esas mujeres que han sido tan golpeadas por la vida que solo tomando distancia pueden seguir adelante. La Manresa de Pardo no se permite ni una concesión a la lágrima fácil; pero no por ello resulta menos emocionante ni sincero lo que nos cuenta, porque de algún modo estamos viendo ante nuestros ojos a nuestras abuelas y a nuestras bisabuelas encarnadas en esa mujer que asume con determinación todo lo que le ha ido viniendo, y es capaz de contar sus batallitas –y aquí viene la magia: a nosotros nos llegan como batallitas de abuela, pero a la vez no olvidamos que es su propia tragedia lo que nos está contando- mientras confecciona. Hay además un salto muy importante hacia el final, cuando, en ese arrebato de dignidad al que me refiero más arriba, consigue por fin desnudar su alma, vomitar de una vez su verdad y constituirse como persona: nunca hubiéramos pensado que la mujer entrañable del comienzo pudiese tener esa fuerza y esa determinación; y sin embargo sabemos y entendemos que no puede ser de otra manera. El tono de cotidianidad que adopta es, sin duda alguna, la base que hace que conectemos de inmediato con ella y que un monólogo extenso se pase en un suspiro y en un ambiente muy adecuado de intimidad casi personal entre público e intérprete. Sirve además este trabajo para erigir en protagonista a una de esas grandes secundarias versátiles de la ficción española, en un registro completamente nuevo con respecto a aquellos a los que nos tiene acostumbrados en sus últimos trabajos. En cualquier caso, el equilibrio que logra entre el poso melancólico del relato y esa sensación de que la vida, su vida, ha de seguir, me parece de una dificultad extraordinaria.

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Los Días de la Nieve es una función que cuenta pues con varios aciertos en su haber: apostar por poner en primer término una figura histórica a la sombra pero que tiene, como demuestra, mucho que decir; ajustar y equilibrar lirismo, costumbrismo, cotidianidad y emoción en un todo y contar con un equipo excelente, dispuesto a llevar la tarea a buen término.

H. A.

Nota: 4/5

Los Días de la Nieve”, de Alberto Conejero. Con: Rosario Pardo. Dirección: Chema del Barco.

Teatro del Barrio, 7 de Abril de 2018

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