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‘Betún’, o la poética de la miseria

abril 9, 2018

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Llegó por temporada brevísima a El Umbral de Primavera Betún, una pieza de máscaras y danza estrenada por Teatro Strappato en el Festival Le-Off de Avignon en 2016 que parte de una serie de investigaciones de la compañía en un centro de Cochabamba (Bolivia) para profundizar en la triste realidad de los niños de la calle –enfrentados a la miseria, el hambre, la prostitución, las drogas o el tráfico de órganos, entre otras lacras…- en América Latina a partir de historias reales que se les contaron a la compañía en sus procesos de investigación.

A partir de un trabajo narrado de primera mano durante las etapas de la compañía en el Centro Tiquipaya Wasi – todo lo que vemos y se nos cuenta en Betún no es ni más ni menos que la pura realidad de las calles- Cecilia Scrittore y Vene Vieitez construyen una fábula muda que sitúa a nuestro protagonista – un pequeño que surge al comienzo entre bolsas de basura y que, al ser abandonado por su madre, debe brujulearse en esa selva de la calle que no le da tregua alguna- en un universo poético y onírico que se establece en cuatro sueños y cinco realidades. Ante nuestros ojos, el periplo de nuestro protagonista, a medio camino entre la cruda realidad y el universo de la imaginación: la vida de una víctima inocente que, a pesar de luchar por seguir adelante, parece condenado de antemano. Betún es pues un niño de la calle: pero también un ente personal e individual que busca sin embargo representar a un colectivo.

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La narrativa que se presenta en Betún es de una sutilidad tremendamente poética en su minimalismo y aborda a modo de cuento para adultos toda una serie de temáticas perfectamente reconocibles del universo marginal – no necesitamos conocer Bolivia para saber que aquellos episodios que nos muestra Betún existen, porque los vemos a diario en los periódicos o en los telediarios- desde el distaciamiento que aporta la máscara – por más que las máscaras que se usan, obra de los propios actores, sean de un potencial expresivo muy importante- y desde un prisma en ocasiones se acerca a lo coreográfico, con una sencillez a la hora de plantear los problemas que se vuelve a menudo muy contundente – ya saben, menos es más-. El pequeño protagonista de la obra se ve obligado a dormir en la calle sobre cartones, a mendigar, a robar para subsistir y a enfrentarse a toda clase de tratantes que se quieren aprovechar de él: desde un principio camina hacia el abismo en su ingenuidad y no tiene salida posible más que en esos sueños en los que imagina el improbable regreso de la madre –que le ha abandonado al considerarle un estorbo para hacer la calle- o la compañía amiga de desconocidos que le arropen en esa soledad interminable que es su vida. Pero ni siquiera el sueño es un lugar seguro para el pequeño, asaltado aquí y allá por pesadillas que le recuerdan lo complejo de su existencia: hasta en el sueño la realidad se impone, y por lo tanto el espectador sabe de primera mano que el niño está condenado a autodestruirse en su imposible carrera por la salvación. En Betún no hay lugar para las ensoñaciones. En su periplo, nuestro pequeño protagonista – aterrado y necesitado de apoyo y cariño- es tentado una y otra vez por el mal en todas sus vertientes y sus intentos de huir de él son tan inútiles que no le quedará otra opción que adaptarse al medio hostil al que se enfrenta –convertirse en uno de ellos- o rendirse y dejarse aplastar. Seguramente esa sea la gran tragedia de esta historia, incluso por encima de las muchas tropelías que vemos que ha de enfrentar en pequeño: la certeza de imposibilidad del protagonista de enfrentarse a lo desconocido por falta de medios con los que hacerlo.

Resulta un contraste muy interesante el comprobar cómo esta trama muda que no esconde nada de lo que cuenta puede sin embargo erigirse en una apuesta de marcada belleza plástica, empleando muy pocos elementos. Y, sin embargo, así es: nunca perdemos de vista la crudeza de las desventuras que le van ocurriendo al crío; pero el ritmo –por momentos casi de ballet-, los juegos corporales e incluso la música de Saint-Säens que conduce la propuesta ayudan a crear una especie de curiosa poética del horror que acaba por volver atractivo aquello que vemos. Además, hay que señalar que el constante uso de la máscara no implica en absoluto un menor sentido del uso del cuerpo, que es una herramienta expresiva fundamental para lo que se nos quiere contar –véase la mandíbula castañeteante de Cecilia Scrittore dando vida al niño, una imagen y un momento bellísimos, como una de las grandes bazas de la propuesta-. La máscara no es más –ni menos- que un elemento bien integrado en una propuesta que trabaja también la corporalidad de los actores –señalemos aquí el fuerte contraste entre la suavidad casi etérea del niño que personifica Scrittore y la rotundidad de toda esa corte de personajes rudos y desagradables que le rodean y de los que se encarga Vene Viéitez– que incide e insiste en crear imágenes de bella fuerza poética desde el vacío para contar una realidad reconocible ante nuestras propias narices. La manera de afrontar algunas de las situaciones más explícitas – el niño rajado, por ejemplo- mediante golpes sutitísimos de pura coreografía mueve casi al escalofrío; porque precisamente como público nos acomodamos mucho más a través del lenguaje narrativo escogido y a su vez vislumbramos con claridad la magnitud dramática que encierra el mensaje en toda su poesía: puede que la desgracia en sí misma –las vemos de todas clases- no sea el verdadero infierno de Betún; puede que el verdadero infierno de Betún sea en cambio la certeza, la claridad de que no hay salida, la imposibilidad de huir –ni hacia delante ni hacia ningún sitio- que tiene el protagonista. Ni el hecho de tratarse de un cuento mudo ni la circularidad con la que está concebida la pieza – todo desaparece, pero para volver a comenzar- nos aleja de lo terrible: esta historia ha pasado, pasa y –a juzgar por el planteamiento de la obra- seguirá pasando mientras regresamos a casa…

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Si algo se le puede reprochar a Betún – que sigue la estructura de una sonata en movimientos, y de hecho se apoya en una, la Sonata para Piano y Clarinete opus 67 de Camille Saint-Saens- tal vez sea perder demasiado tiempo entre escenas –fundamentalmente mediante fundidos- en vez de encadenarlas en un continuum que todavía puede revisarse; porque creo que el asunto ganaría sin un solo momento en negro más allá del comienzo y el final; incluso la decisión de dejar al actor desprovisto de máscara en según qué momentos puede crear cierta confusión momentánea con respecto al código escogido;  que pronto se disipa al volver enseguida al uso de máscaras, del que creo que sería conveniente no llegar a salir nunca.

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En suma hay que aplaudir la elegancia de Teatro Strappato para haber creado un teatro con personalidad propia en su técnica, con un importante componente de teatro social – y hasta de teatro documental si me apuran- para dar voz e imagen al horror de lo cotidiano, el horror que está ante nosotros, aquel que podemos ver pasando por la calle y ante el que miramos hacia otro lado como si fuera lo que nos conviene, a través de un espectáculo hermoso en su aparente sencillez pero que deja tanto un hondo lugar a la reflexión como un sabor de boca de hermosa miniatura. Escasísimo pero entregado y complaciente público para esta propuesta que logra trascender de lo social para convertirse enseguida en una pequeña belleza. Conviene no perdérselo.

H. A.

Nota: 3.5/5

Betún”, creación de Vene Vieitez y Cecilia Scrittore. Con: Vene Vieitez y Cecilia Scrittore. TEATRO STRAPPATO.

El Umbral de Primavera, 31 de Marzo de 2018

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