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‘Cyrano de Bergerac’, o para toda la familia (una cara de Cyrano)

abril 7, 2018

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El Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand es, desde el mismo momento de su estreno en el ya lejano 1897 una de las obras más exitosas y representadas de todos los tiempos. Compleja por contener en sí misma una comedia de capa y espada en los tres primeros actos y algo bastante cercano a lo que podríamos llamar drama moral en los dos últimos, su personaje central ha servido como vehículo de lucimiento a algunos de los más importantes actores de todos los países y épocas –¿cómo olvidar por ejemplo el acercamiento cinematográfico de Gerard Depardieu?-; y es un título que regresa cada poco tiempo a la cartelera para regocijo del respetable. Sólo en España en los últimos años se han hecho cargo del titular, en versiones más o menos fieles al extenso original, actores de la talla de José Pedro Carrión – con dirección de Jonh Strasberg-, Pere Arquillué –bajo la visión de Oriol Broggi- o Lluis Homar – dirigido por Pau Miró-. A todos ellos se suma ahora una nueva versión, que dirige Alberto Castrillo-Ferrer y protagoniza José Luis Gil, en una lectura que acerca la universal obra a todos los públicos, acaso enfatizando especialmente toda su vertiente más cómica y dejando de lado la cara más dramática, romántica e incluso podemos decir épica de esta obra que, como digo, tiene varios aspectos a cubrir. Una versión al alcance de todos; pero que seguramente funcione mejor en su primera parte –los tres primeros actos- que en la segunda –los dos últimos-, en los que el peso dramático de la historia tal vez amenace con chocar demasiado contra el enfoque del director.

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El Cyrano de Castrillo-Ferrer –en una traducción bien versificada y ágil, bastante recortada aunque supere las dos horas que firma junto a Carlota Pérez-Reverte- es esencialmente cómico, chispeante y deudor de la tradición de la comedia francesa por un lado e incluso de la tradición del clown italiano por otro. En la primera parte de la función –hasta la llegada de la guerra- el director ha querido poner especial énfasis en los trazos más cómicos que puedan tener los personajes: los rivales de espada del protagonista, por ejemplo, están planteados como petits-maîtres sin cultura alguna que podrán ser diestros en el uso del acero, pero no parecen demasiado amenazadores; y el equipo de pasteleros de Ragueneau ejecuta varias coreografías –un recurso bastante recurrente en esta propuesta escénica-. Incluso la pomposa ampulosidad de De Guinche –un personaje muy complejo sobre el papel- llega a resultar por momentos bufonesca por lo sobrecargada. Del mismo modo, los cadetes parecen desconocer la magnitud de la que se les viene encima al irse a la guerra realmente… Durante toda esta primera parte de la función, el pulso cómico y la agilidad se llevan de calle a una parte del público – nunca antes se ha visto un acercamiento a Cyrano de corte digamos tan familiar- y el ritmo conviene a la comedia de capa y espada; si bien tal vez se agradecería una mayor profundización psicológica en los personajes: no llegamos a ver, por ejemplo, ni una verdadera fascinación mutua entre Roxana y Christian, ni siquiera ese fulgor que despierta en Cyrano su prima, porque Castrillo-Ferrer ha preferido subrayar más otros aspectos sobre una escenografía clásica y bastante funcional de Alejandro Andújar y Enric Planas –que se basa eminentemente en un muro multiusos sobre el que además se puede proyectar vídeo y que divide a su vez la escena en dos alturas que permiten juegos de perspectiva en escenas como la inicial en el teatro – evocada con interesantes trazos estéticos de guignol- o la emblemática escena del balcón; en la que en esta versión puede que falte un punto de magia y encanto. Adecuado y vistoso el vestuario de Marie-Laure Bénard; si bien la caracterización va algo recargada en lo que a postizos se refiere.

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Durante los primeros actos, el enfoque de Castrillo-Ferrer es hábil al decidir recrear la inmortal obra de Rostand como una comedia de aventuras que puede llegar directa a cualquier público; y en este sentido hay que aplaudir la voluntad de plantear una versión a la que se puede enfrentar cualquier tipo de espectador, por más que parte de la profundidad épica y romántica del protagonista –e incluso del trío amoroso por extensión- se disipe en favor de una comedia de ritmo trepidante –y por momentos también de brocha gorda por más que funcione con gran parte del respetable: queda entretenido, tiene ritmo y las escenas de masas – resueltas aquí con un elenco de siete actores, poco para lo que acostumbra a ser esta obra- no quedan demasiado emborronadas: hay algún exceso hacia la comedia, pero se puede comprar perfectamente toda vez que hemos asumido la clase de propuesta que se nos está ofreciendo y cuál es su público. El personaje principal tiene una magnitud y una complejidad que aquí se queda sin embargo sugerida en lo más evidente – del mismo modo que la tensión amorosa queda reducida a algo bastante colegial- pero es un enfoque coherente con lo que se busca – podrá gustar más o menos, eso es otra cuestión-. Ahora bien, los últimos actos – las trincheras y el retiro de Roxana al convento- convierten Cyrano en otra cosa; una cosa muy seria que hace que radique en ella gran parte de la complejidad y la magnitud de esta obra. Este cambio es más difícil de sostener para una propuesta como la de Castrillo-Ferrer que, quizás temeroso por exponer el drama que se cierne sobre los personajes, insiste en trufar de comedia aquí y allá una obra que de pronto ha dejado de serlo: estos añadidos – cantos de guerra en la taberna, monjas travestidas…- se dan de bruces con la intención real que busca el autor, y aligeran el peso dramático de una función que lo pide a gritos. El público entra con comodidad en la parte más oscura de la obra; pero sin embargo no podemos dejar de pensar que algo de la esencia se queda por el camino. El desenlace sorprende a los –no pocos- que en mi función parecían no conocer la obra – y esto es señal de que la función está arrastrando público infrecuente al teatro-; pero no hay que olvidar que la verdadera tragedia en Cyrano comienza mucho antes que el desenlace. Así, los últimos actos seguramente carezcan del deseado pulso dramático y la construcción de los personajes – pasa con Cyrano, pero también con otros- del vuelo épico y poético que deberían tener y han tenido en otras versiones. Vuelvo a insistir en la idea de que Castrillo-Ferrer sabe lo que se hace, sabe a quién se dirige y consigue su propósito; pero Cyrano tiene un poso más complejo que el que se alcanza a vislumbrar aquí, por más que el público entre bien en esta versión descargada. Pero lo que se ve en esta versión se diría que es tan solo una parte, una de las múltiples caras que contiene la obra.

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Es un gusto escuchar decir el verso a José Luis Gil, que se basta y se sobra para demostrar el gran actor que es, por dicción, maneras y presencia: e incluso se esfuerza por dotar a su Cyrano de un cierto halo poético que va muy bien a la naturaleza del personaje: es una buena creación personal y hay varios peldaños de distancia entre su acercamiento y el de sus compañeros. Ana Ruiz –que ha demostrado su valía otras veces- sencillamente no es Roxana ni se acerca al ideal ni por intenciones –a menudo forzadas, con lo que el vuelo de ensoñación que debería tener no aparece- ni por caracterización; además de tener una notoria falta de química en las escenas románticas tanto con el correcto Cristian de Álex Gadea como con el propio Gil: el esfuerzo de él por crear emoción en la escena final no se ve recompensado en la respuesta de ella, que ha de luchar además con un enfoque excesivamente ñoño y edulcorado del personaje. En diversos roles de menor envergadura pero constante presencia completan el elenco un bastante entonado Carlos Heredia –siempre un seguro de vida para la comedia-, el sólido Ricardo Joven, que sabe dotar a su repostero de la necesaria humanidad más allá de lo cómico, una desenvuelta Rocío Calvo con cometidos tal vez demasiado cómicos no fáciles de defender pero que ella sabe sin embargo manejar y Nacho Rubio, también demasiado cómico para personajes – el espadachín del comienzo es un ejemplo claro- que ganarían con enfoques menos exagerados.

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El público –familias enteras- aplaude, ríe y disfruta un Cyrano de Bergerac en el que Alberto Castrillo-Ferrer ha sabido apostar por lo comercial; consciente del tipo de producto que quiere crear, y tiene justo ese producto. Pero, del mismo modo en que es encomiable esa voluntad de acercar a la gente al teatro a los clásicos, Cyrano de Bergerac tiene y debe tener una complejidad mucho más grande que la que se ve en esta versión que deja la épica y la tragedia – tan importantes como lo cómico en esta obra, cuando no incluso más- en segundo plano. Sabiendo la función que cumple este – e incluso aplaudiendo las posibilidades y la entrega de Gil en el rol titular- se han visto varios Cyranos de mayor calado sin salir de Madrid. Esta da solamente una cara de las muchas que debe tener Cyrano. Probablemente sea una versión que disfrutarán más los que se acerquen a la obra por vez primera que aquellos experimentados que tengan otros Cyranos en su haber; pero el atraer nuevo público al teatro siempre es un valor a tener en cuenta, incluso si algo de esta obra tan compleja se queda en el camino como aquí sucede.

H. A.

Nota: 2.5 / 5

Cyrano de Bergerac”, de Edmond Rostand. Con: José Luis Gil, Ana Ruiz, Álex Gadea, Carlos Heredia, Rocío Calvo, Ricardo Joven y Nacho Rubio. Dirección: Alberto Castrillo-Ferrer. LA NARIZ DE CYRANO.

Teatro Reina Victoria, 29 de Marzo de 2018

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