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‘Scratch’, o rave alucinada para un bucle existencial

abril 5, 2018

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“Para ver el mundo en un grano de arena / y el Cielo en una flor silvestre / abarca el infinito en la palma de tu mano / y la eternidad en una hora”. (William Blake).

Constantes prórrogas está obteniendo Scratch, un personalísimo, arriesgado y valiente espectáculo que escribe e interpreta Javier Lara –acompañado en escena por Fernando Delgado-Hierro- bajo la dirección de la factoría Grumelot –la firman Carlos Aladro, Carlota Gaviño e Íñigo Rodríguez-Claro: ahí es nada- y que plantea al público un viaje fragmentario, onírico, lisérgico y hasta alucinógeno por lo que podrían ser los recuerdos, los fantasmas y las cuentas pendientes del propio Lara, en un descarnado ejercicio de autoficción –de esos en los que no queda claro dónde está la delgada linea que separa lo real de lo imaginado o deseado- en el que Lara se pone frente a frente con Antonio Carlos Lara –a partir de un episodio muy concreto y, por supuesto, traumático- para revivir –con ayuda de las sustancias alucinógenas que todo lo hacen posible- el duro periplo londinense de su hermano –regado de alcohol, drogas, borracheras, soledad, amigos de paso y sensación de desarraigo y no pertenencia- y quién sabe si también para reescribir la realidad, reimaginarla, replantearla y sentirse a gusto con su hermano y consigo mismo. Scratch es pues un personalísimo, extremo, valiente y emocionante ejercicio que Javier Lara nos permite compartir con él, al hacernos partícipes de una suerte de exorcismo sanador; pero también un gran homenaje a la figura de su hermano Antonio Carlos.

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Scratch es –entre otras cosas- el nombre inglés para referirse a la técnica de producir música moviendo uno o más discos hacia delante y hacia atrás en un tocadiscos; a la manera del pinchadiscos. Cuando accedemos a la sala, todo parece preparado para una fiesta, una gran rave-party a la que todos estamos invitados, de la que todos formamos parte y en la cual el propio Javier Lara nos ofrece una pastilla para poder observar la realidad desde la libertad que aportan las drogas, a la vez que Fernando Delgado-Hierro hace las veces de pinchadiscos. Música atronadora y una primera advertencia en proyección: “El público es Antonio Carlos. Tú eres Antonio Carlos”. En el suelo, la silueta pintada de un cuerpo muerto a la manera de los de los accidentes de tráfico. En la pantalla, pronto, el poema de William Blake que abre esta reseña se solapa con los ecos del techno. Pronto se proyecta en la misma pantalla un vídeo –real y tomado de Youtube- de un ataque a Antonio Carlos – el hermano pequeño de Javier Lara, un joven con ansias de dj- en una calle londinense. Los dos actores simulan la imagen de la Piedad en el mismo espacio que ocupa la silueta pintada en el suelo… Es desde ahí que arranca una trama fragmentaria, preñada siempre del poder de la alucinación. Una trama que podría situarse en la cabeza de Antonio Carlos, en el mismo momento en el que – tras ser apuñalado- se debate entre la vida y la muerte. Esta es sólo una de las hipótesis posibles de un espectáculo en el que que Fernando Delgado-Hierro – y por extensión todos nosotros, como nos ha advertido el vídeo- asume el rol de Antonio Carlos, y Javier Lara se encarga de todos los demás personajes que pueblan esta historia: profesores de inglés, drogadictos, la novia de Antonio Carlos… y, el más importante, Javier –Javier Lara, claro- que, de alguna manera, observa en la distancia el viaje iniciático al que se encarama Antonio Carlos, su hermano pequeño, al escapar de Andalucía para irse a Londres a buscarse la vida: un viaje duro en el que nuestro protagonista acaba conociendo en profundidad el mundo de la noche, tratando de combatir la soledad con relaciones de diversas índoles más o menos estables; o intentando autiogestionar el pertenecer a una familia en la que – según él- siempre ha permanecido a la sombra de su hermano Javier – el famoso, el talentoso..-. Un Javier que – al menos en esta función, por obra y gracia de la ficción, puede seguir de cerca la aventura al límite de Antonio Carlos, completarla y hasta apoyarla. El resultado es una realidad fabulada – tan oscura como irónica y divertida, constantemente apoyada en imágenes manipuladas de Disney que nos demuestran que los finales felices solo existen en los cuentos- en la que la historia crece y se reintegra como un rizoma, y en la que el público – cómplice constante y activo de cuanto sucede en escena- deberá decidir qué es real y qué forma parte de una alucinación… Alucinación de Antonio Carlos –¿o el ver su vida pasar antes del final?- o imaginación –o deseo- del propio Javier Lara por arreglar las cosas. A fin de cuentas, puede que este sea el nuevo comienzo de Antonio Carlos, insertado en este enorme bucle, repetitivo pero a la vez lleno de pequeñas modificaciones que es toda la narración –el concepto de bucle es uno de los motivos conductores de la propuesta- y tal vez esta experiencia no sea más que un modo de encontrar el sentido de su existencia; ese sentido que ya buscaba cuando partió a Londres.

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La historia –que, a modo de bucle, rizoma o tema con variaciones, recorre el escape de Antonio Carlos hacia el que él cree que es su destino hasta el momento de su apuñalamiento- revisa en primera instancia asuntos como la configuración de la personalidad, el lugar de cada uno de nosotros en el mundo, la lucha por la independencia o la dificultad bidireccional para comunicarnos con aquellos a los que, después de todo, queremos- tiene varios planos, a menudo superpuestos o salpicados de irrealidad; e introduce también conceptos como el existencialismo, la vida, la muerte; o incluso la necesidad de afrontar la muerte como parte de nuestra vida. Es además un relato poliédrico, que deja muchas cuestiones de carga filosófica insertadas en una trama aparentemente sencilla –pero a la vez cruda, descarnada y de gran calado- y que esconde en la comicidad de algunas situaciones –e incluso en la buscada saturación que produce en el espectador un trasfondo existencialista que se acaba revelando conforme avanza la representación: bajo el aire de rave distendida por el que nos dejamos llevar –bien salpimentado además por no pocas dosis de farsa, sátira y ácida ironía-  hay, a fin de cuentas, una historia de caída libre, de hombre que toca fondo y de un entorno que lucha en la distancia – porque no pueden o no saben hacerlo de otra manera- por evitarlo. Desde lo distendido, desde la comedia y con o sin luz al final del túnel, en el fondo lo que se plantea en Scratch es una historia que nos toca por su dureza, su crudeza y su realismo.

Javier Lara firma un texto doblemente valiente: primero por su audacia formal –en la que dialogan en perfecta armonía el vídeo, el teatro en directo, las proyecciones y la música como parte de un todo que es prácticamente imposible encuadrar en un género concreto: el momento donde equipara la forma del lenguaje y el concepto de bucle con la estructura musical de las fugas de Bach es un hallazgo verdaderamente memorable y sorprendente- y después por la generosidad del actor para tratar un material personal tan delicado – más allá de hasta dónde esté ficcionado o no lo que se cuenta, debe ser duro (¿o quién sabe si quizás sanador y terapéutico?) armar un relato de estas características- de manera que se convierte en un caramelo envenenado para el espectador – como la indispensable pastilla que se nos reparte al principio-: porque se necesita un tiempo de función para entender que Scratch –que tiene ecos del espíritu de Trainspotting, dosis de ironía acidísima y por momentos está contada como si fuese un cuento alucinado e implacable para adultos- tiene mucho más de doloroso que de gozoso; y a la vez es un gran homenaje –desde el dolor, sí; pero desde el dolor que sana y cura- al amor por la familia, a la familia como concepto e incluso a la figura de Antonio Carlos. Gracias al componente de alucinación que rodea toda esta historia, se dan cita desde momentos escatológicos hasta otros directamente desternillantes por el enfoque o la ironía que Lara sabe desplegar; pero también escenas de importante hondura emocional, todo mezclado en una batidora que además supone un auténtico reto para el público, por su carácter abierto y en constante cambio. Es fácil perderse en la cantidad de datos, en la ordenación de las escenas e incluso en las muchas fronteras que plantea Scratch; pero aún más fácil es dejarse arrastrar por esta fiesta sensorial que acaba dejando reflexiones profundas para llevarse a casa –y también muchas preguntas, tal vez sin respuesta, que dan para debate posterior-. En un tiempo en que la autoficción está muy en boga, puede que Scratch sea uno de los mejores espectáculos que haya visto en este género, porque consigue trascender de la autoficción a una verdadera ficción, en la que olvidamos sus fronteras; y porque emplea un lenguaje narrativo tan moderno como directo y accesible.

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La puesta en escena – que firman Gaviño, Rodríguez-Claro y Aladro– se vale de pocos elementos para generar un ambiente de estética muy atractiva; en el que además dialogan muchas disciplinas en equilibrio y sin que ninguna devore a la otra. Hay un marcado gusto por lo estético sí; pero también un cuidado y una voluntad clara por contar la historia y mostrarle al público toda su profundidad. Resulta además muy acertado – y muy generoso por su parte- que Lara se haya dejado dirigir por otros – por muy allegados que sean- en un espectáculo tan personal. El resultado es una propuesta que no pierde de vista el concepto de espectáculo, y hace uso de todo tipo de últimas técnicas y tecnologías narrativas; pero que no pierde el sentido de la emoción. Teatro contemporáneo, de hoy para hoy; pero al mismo tiempo teatro lleno de contenido, con mucho que decir y que invita al público a reflexionar y desgranar la verdadera naturaleza de lo que tenemos delante. Muy bien planteada la iluminación de Pablo R. Seoane – con detalles de gran carga expresiva sugeridos como golpetazos a través de la luz- que termina de encuadrar una propuesta muy apoyada en el uso de lo audiovisual como complemento a la actuación; y una puesta en escena que –como todo en esta obra– posee grandes dosis de ironía y dobles lecturas. Además, la integración del público – obligatoria desde el comienzo para la idea misma del texto- no resulta nada forzada, y la comunión con el espectador fluye de manera natural.

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Tanto Fernando Delgado-Hierro –el hiperactivo Antonio Carlos, aquí en uno de sus mejores trabajos- y, sobre todo, Javier Lara – en un recital interpretativo que le obliga a sacarse de la chistera mil y un recursos para entrar y salir de personajes tan dispares como casi siempre enérgicos- se entregan sin reservas a un espectáculo de ritmo extenuante en el que dialogan no solamente entre sí, sino también con la tecnología; algo que podría decirse que dificulta el ejercicio, pero que sin embargo en ningún momento hace que perdamos de vista la pirueta actoral – por ritmo, por variedad y por montaña rusa emocional- a la que han de enfrentarse ambos actores. Dicho de otro modo: resulta infrecuente encontrar propuestas de corte tan moderno que, sin embargo, mantengan en primer término sin temor el trabajo actoral; del mismo modo que resulta imposible imaginar Scratch sin tener en escena a dos formidables actores. Ambas afirmaciones dicen mucho tanto de los intérpretes como – de nuevo- del acierto de dirección del montaje.

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En definitiva, Scratch es un ejercicio de autoficción – pero no otro ejercicio de autoficción- en el que Javier Lara consigue hacernos partícipes de un exorcismo brutal, alocado, doliente y divertido en el que se libera de sus fantasmas y sus cuentas pendientes para cuajar un gran homenaje a los suyos y al espíritu de la familia. También es un teatro rabiosamente contemporáneo en fondo y formas;  con voluntad de contar cosas y llegar a cualquier público y, en resumen, un espectáculo tremendamente atractivo, tanto por lo que cuenta como por cómo lo cuenta. Una de esas propuestas que no hay que perderse.

H. A.

Nota: 4/5

Scratch”, de Javier Lara. Creación: Javier Lara y Fernando Delgado-Hierro. Con: Javier Lara y Fernando Delgado Hierro. Dirección: Carlos Aladro, Iñigo Rodríguez-Claro y Carlota Gaviño. GRUMELOT.

Nave 73, 28 de Marzo de 2018

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