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‘Encarnación’, o sudar la camiseta para ser feliz

abril 3, 2018

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“Yo, por ejemplo, yo corro maratones de 40 km. Cuando llego al km 25, exhausta, con el cuerpo dolorido, a punto de perder la fe, ¿tú crees que yo dejo de correr? No. Yo sigo adelante. Hacia mi meta. Porque mi meta es superior a mi cuerpo. Ella permanece aquí, intacta, nítida, luminosa. Mi meta no se entrega, no se rinde, es coherente, es leal a sí misma, a mí. Porque yo soy ella y ella es yo. Yo corro maratones. Sí. Pero no voy sola. Mi meta va conmigo” (Encarnación, Fernada Orazi).

Fruto de una serie de talleres previos, se presenta en El Umbral de Primavera Encarnación, un texto escrito y dirigido por la actriz argentina Fernada Orazi que, en clave de comedia y a medio camino entre el teatro de texto, la performance y lo musical, reflexiona sobre las dificultades de una serie de personajes para alcanzar sus metas, sus propósitos en la vida y la razón de su existencia, como si de una carrera de fondo en la que no se puede tirar la toalla se tratase.

Ante nuestros ojos se despliegan una serie de pequeñas viñetas de personajes que se afanan en buscar su lugar en el mundo, su meta, y la razón de su existencia, las más de las veces guiados por una voz, una suerte de fuerza superior –que suena como una profesora de gimnasia- que les marca la pauta de una carrera de fondo a la que deben enfrentarse. Una carrera de fondo que no es otra que la carrera hacia el éxito, la carrera hacia el ser alguien; e incluso la carrera en la que encuentren – ¡por fin!- el equilibrio necesario para (con)vivir con el exterior, con los demás. A través de momentos humorísticos que usan técnicas como la repetición y muchas veces navegan en el más puro absurdo, nuestros personajes –seres anónimos, pequeños- deberán luchar por no tirar la toalla, en enfrentamientos contra el tiempo, contra sí mimos y contra los otros para llegar a su meta: la luz de los focos, la luz del éxito; el fin último del camino de la interpretación, encontrar un sentido a la pasión de uno mismo – y, por extensión, también a la existencia- Encontrar, en definitiva, el derecho y el deber de ser felices en un mundo más centrado en lo materialista; en una sociedad de roles globales que se preocupa más por la pertenencia a un grupo en el que encajar que por la felicidad individual –el gran tema que aborda esta obra-.

Este camino hacia la luz –una luz incierta, como es la profesión de la que, directa e indirectamente, se habla en Encarnación– viene trazado en esta pieza humorística y musical mediante pequeñas escenas la mayoría de las veces inconexas que colocan esta función a medio camino entre el drama existencialista teñido de absurdo puro, lo performatico y el ridículo más cómico; en una función que, bajo su apariencia de pequeño juguete o divertimento – no en vano, Orazi y su equipo la bautizan como fantasía escénica- aborda como digo temas existenciales muy serios, sin alejarse nunca del juego de lo cómico. Puede que desde la distancia que provoca la risa o lo absurdo de algunas situaciones –y también, por qué no decirlo, desde la distancia de ese vestuario impuesto a los personajes- pase a primera vista desapercibido que Encarnación trata de cuestiones como esa sangre, sudor y lágrimas que cuesta el éxito, o lo difícil que es entenderse – y hacerse entender- con el otro en este mundo moderno. Porque Encarnación –una función tan divertida como inicialmente desconcertante- se sigue como un entretenimiento gozoso, que nos permite cruzar el umbral de ese universo extraño, naif y a un centímetro de lo paranoico –puesto que algunas secuencias llegan a repetirse hasta lo enfermizo, para aportar énfasis a la lucha física, psíquica y mental de los personajes- perdiendo por un momento de vista que a los personajes que la habitan se les va la vida en alcanzar unas metas para las cuales no les importa caer en el ridículo. Es ahí, en ese doble filo, donde encontramos uno de los aspectos más interesantes de esta propuesta: nos reímos de algo que Orazi y su equipo miran desde la parodia más alocada, pero que en el fondo no es más que la tragedia de una carrera cuya meta es incierta y quién sabe si al tiempo lejana. En este universo – poblado de manzanas, pollos y voces directas e indirectas que hablan instruyendo, indicando qué hacer: lo correcto, el camino a seguir, las normas de la verdadera educación…- la felicidad –como la fama- cuesta, y los personajes sufrirán para tratar de alcanzarla. Ese sufrimiento mediante pruebas en apariencia estúpidas mueve al público a la risa, sí; pero las reflexiones vertidas por el texto nos invitan a llevárnoslo a casa, repensarlo y ver la profundidad de una función que también mira de frente – y con la risa como bandera, como arma- al fracaso y la insatisfacción como elementos que sobrevuelan nuestras cabezas sin que podamos escapar de ellos. Encarnación se ríe pues de asuntos muy serios, y es un acierto. Corresponderá a cada uno decidir qué hay al final de ese camino hacia la luz de la felicidad y si el que la sigue –la luz, claro- la consigue – la felicidad, por supuesto- o no.

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Fernanda Orazi ha cuajado en esta obra – sencilla, directa, divertida; pero al mismo tiempo compleja y hasta un punto críptica, según la capa hasta donde cada uno quiera llegar- un espectáculo que, en su sencillez –frutas, banquetas y pelucas como únicas armas ante el vacío escénico- acierta al ser un compendio de muchos géneros y estilos –coquetea con la performance, pero no es estrictamente performance; se acerca por momentos al posdrama pero tampoco llega al posdrama- que demuestra sin embargo que se puede hablar al público desde lenguajes y formas rabiosamente modernas; pero sin perder el sentido del humor más básico, esa risa que –por su carácter de absurdo- llega sin problemas a casi cualquier público. Como todo tiene al menos dos lecturas en esta obra, también su contenido e idea mismas: porque Encarnación es moderna y actual en fondo y forma; pero clásica en su voluntad de divertir desde presupuestos de toda la vida. Tiene además la virtud de la honestidad, al no alejarse casi nunca del mero divertimento pese a tratar con -y reírse de- asuntos muy serios. Esto podría haberse trufado de un tratado filosófico; pero no es eso lo que le interesa a Orazi, que no quiere perder en su propuesta ese cariz de juego, de diversión, de juguete y hasta de gamberrada que es bandera de un montaje sencillo que ha sabido unir a un tiempo modernidad y tradición.

Los cuatro intérpretes de este montaje que aún respira aroma a work in progress –son Guadalupe Álvarez Luchía, Lucio A. Baglivo, Javier Ballesteros y Leticia Etala: se debe señalar aquí que a todos les hemos visto más o menos recientemente en proyectos de mayor envergadura; y dice mucho de ellos que hayan apostado por este proyecto más pequeño y de corte más experimental- dan todo cuanto tienen en una función compleja, que les obliga a explorar lo vocal, lo físico, la comedia absurda y hasta su propio sentido del ridículo, con dinamismo y versatilidad más que probadas. Sin perder de vista el carácter abierto que aún tiene Encarnación, puede que a nivel de dirección –en la que se nota un gran trabajo con los actores para pulir un código que es cualquier cosa menos sencillo-, Orazi todavía esté a tiempo de buscar un hilo conductor más potente, algo que concrete y una todas las escenas en algo menos amplio que la búsqueda de la realización personal; pero no se puede negar ni que las distintas escenas tienen gracia ni que los actores se divierten tanto como divierten al público. Ni siquiera los imprevistos de la magia del teatro –en la función que presencié, un apagón en todo el edificio obligó a detener la representación, retomada tras unos minutos a oscuras- lastraron un trabajo que rebosa frescura y honestidad. Hay que tener mucha entereza para salir a bien de un percance así, como lo hizo este equipo.

Quien espere encontrar en Encarnación –quizás por venir firmada por Fernanda Orazi- una pieza de teatro de texto en la más clásica tradición argentina, posiblemente salga decepcionado. Lo que hay aquí es un juguete, un divertimento sobre asuntos muy serios; un espectáculo de difícil clasificación pero que tiene la valía de no esconder en ningún momento ni su propósito ni su género. Simpático y entretenido, desde luego, es un rato; si bien el espectador más clásico podrá salir no poco desconcertado: pero eso es –¿por qué no iba a serlo?- otro valor de una propuesta joven, fresca, abierta y con personalidad propia.

H. A.

Nota: 3/ 5

“Encarnación”, de Fernanda Orazi. Con: Guadalupe Álvarez Luchia, Lucio A. Baglivo, Javier Ballaesteros y Leticia Etala. Dirección: Fernanda Orazi.

El Umbral de Primavera, 26 de Marzo de 2018

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