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‘Otelo #enlared’, o incomunicación en la era 2.0

marzo 31, 2018

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Presenta la compañía El Aedo Teatro –especializada en el teatro para adolescentes, pero que también ha dado espectáculos muy estimulantes para público adulto, como aquella estupenda versión de Animales Nocturnos de Juan Mayorga- Otelo #enlared una relectura libérrima del clásico de Shakespeare que firma Jesús Torres y que, respetando gran parte de las bases de la obra original, reimagina a los personajes de la tragedia reconvertidos en estudiantes del instituto Venezia, en vísperas de una competición deportiva en la que todos están volcados. En estos tiempos en que la tecnología pareciera dominarlo todo, todo comienza con un whatsapp que alguien no se atreve a enviar, y que se convierte en la punta del iceberg de toda una serie de malentendidos –fomentados por la falta de comunicación verbal, tal vez en el momento en que los jóvenes encuentran toda clase de medios de comunicación no verbal- que dan forma a una tragedia en la que la versión no solo no esconde nada, sino que abre nuevas e inquietantes posibilidades –muy ricas de cara al debate- a partir de la trama ya conocida.

Todo transcurre en instituto Venezia, donde Otelo es el repetidor líder del aula –apodado el moro porque viene de fuera, aunque no se sepa bien de dónde- que comienza relaciones con la cándida Desdémona –la alumna modelo, aunque menor-: un amor en un principio muto y puro; y conocido por todos; pero al mismo tiempo prohibido por la sociedad. Yago es aquí el chapón de la clase; puede que el estudiante marginado, que ha labrado –puede que por mero instinto de protección- una amistad con Otelo que conviene a ambos – a Yago en lo personal y al ‘moro’ en lo académico-. Alrededor de este triángulo pululan además Emilia – aquí hermana y no esposa de Yago, y mejor amiga de Desdémona- y Casio –el hijo de uno de los accionistas influyentes del instituto-. Del doble punto de partida – la competición deportiva escolar y seleccionar al capitán que habrá de llevar a los Venezia a la victoria por un lado; y la relación turbulenta y naciente entre Otelo y Desdémona por otro- surge la trama en la que Yago, dolido y traicionado –desplazado por el que probablemente sea su único amigo- arma una tela de araña que, como sucede en Shakespeare, pone en tela de juicio no solo los nervios y la cordura de los personajes; sino también su integridad moral. El cambio sienta bien al original –se ha respetado la trama mucho más de lo que pueda parecer a primera vista; y todo encaja- y la dramaturgia de Jesús Torres se vale de todo tipo de artilugios de la llamada ‘comunicación 2.0’ – whatsapp, Internet, mails y demás…- para armar algo que fluye con la misma velocidad con la que hoy en día se propagan las noticias en la redes sociales: algo que se ha lanzado ya no puede deshacerse sin consecuencias inmediatas; y a la vez, la comunicación cibernética tan en boga en estos días frena la comunicación verbal – la necesidad de hablar, o la sensación de que el hablar hubiese podido detener los acontecimientos- para unos personajes que se manejan muy bien a través de una pantalla pero son más torpes en el cara a cara: por eso todos callan en algún momento de la función – porque no encuentran las palabras para expresarse- y tal vez también por eso pasan las cosas que pasan…

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Los medios de comunicación no verbal son el motor de la propuesta; y esta decisión beneficia por una parte al ritmo – sin un momento de respiro ni de decaimiento-; pero tal vez perjudica a la profundizaciómn en la psicología de los personajes: una psicología que en Shakespeare es fundamental; y que aquí queda en segundo plano en favor de poner en primer término los hechos, lo que ocurre-, de manera que conocemos los roles de los personajes en la microsociedad que engloban y la manera en que se relacionan entre ellos; pero tal vez no tanto su verdadero universo interior, algo que en el original explica muchas de las ambigüedades de los personajes y que aquí, sin embargo, queda algo disperso. Con todo, Torres se guarda algún as en la manga de cara a un final que, sin dejar de ser dramático – hay muertes y consecuencias, por supuesto- no redime al protagonista –como sí sucede hasta cierto punto en el original, ya sea desde sus monólogos interiores, o desde la decisión de su suicidio cuando toma conciencia de sus errores- y le deja en manos de la sociedad: nuestro Otelo – que va acumulando errores en su comportamiento a lo largo de la función, algunos de una gravedad tal que hacen que el público se distancie y perdamos empatía para con él, e inclinemos sin quererlo la balanza hacia Yago- tiene su mayor condena en enfrentar el mañana, ese mañana en el que todos le señalarán con el dedo… no sabemos cómo será el futuro; pero sin duda marcará la existencia del personaje. Este Otelo no tiene atisbo de compasión posible para el espectador, y por lo tanto cualquier posibilidad de redención automáticamente desaparece, dando un nuevo enfoque a una trama que hasta entonces, al menos en apariencia –y tal vez solo en apariencia, porque hay a lo largo de la función pequeñas píldoras que nos conducen sin remedio al giro final- respetaba los cánones shakesperianos.

La apuesta de Torres por este giro final es sin duda arriesgada – porque hace que una parte de la esencia original del personaje se pierda-; pero a la vez abre un debate francamente interesante, siempre y cuando se conozca el original. Desde esta relectura se ve a todas luces que hay tanto un respeto por el original encomibale – y que la adaptación no resulta en absoluto caprichosa- como una voluntad de hacer buen teatro no solo para adolescentes; sino para cualquier público, porque modificar el desenlace –de un modo hasta cierto punto semejante al Macbeth que hace ya algunos años presentase Calixto Bieito- podrá clarificar y tal vez también facilitar la trama al público adolescente – en un universo en el que el villano debe ser juzgado-; pero al mismo tiempo despierta preguntas que quedan en el aire al público adulto que demuestran que la versión ha querido –y ha logrado- ir más allá: genera debate; y el debate siempre es positivo, como es positivo que una obra en principio pensada para adolescentes permita un diálogo más profundo con otro tipo de público, como ocurre aquí.

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El sucinto montaje que dirige Carlos Álvarez Osorio – y cuya escenografía reproduce un aula de clase, con pupitres y demás utensilios frecuentes- tiene el suficiente dinamismo sin caer nunca en el exceso rítmico y de energía que con frecuencia se ha visto en otros montajes pensados para público adolescente, cosa que es un valor muy a tener en cuenta. Se vale además de una amplia videocreación tanto para evocar la presencia de la tecnología – fundamental en la propuesta en la que aparecen con frecuencia recursos como el whatsapp o las videoconferencias- como para abordar algunas escenas que no transcurren en el aula propiamente dicha -gimnasio, exteriores etc-. La iluminación de Jesús Díaz Cortés logra algunos instantes de ambiente muy sugerente; así como el vestuario de Irene López consigue hacer pasar por adolescentes con comodidad y credibilidad a un elenco que dejó las aulas atrás hace tiempo: no es fácil y hay que tenerlo muy en cuenta. Acaso las coreografías –a veces secuencias demasiado largas- se podrían recortar para no romper el dinámico ritmo de la propuesta.

En el elenco –en el podemos señalar una buena labor grupal- José Luis Verguizas, Elena de Frutos, Jesús Torres, Carol Delgado y Diego Olivares actúan con la suficiente convicción como para no cargar las tintas ni caer en la parodia (buscada o no) de lo adolescente, que tal vez hubiese sido el camino más fácil. Creen en lo que hacen y se nota. Puede que paguen el pato de una versión que ha dejado a un lado gran parte del factor de la intimidad existente entre los personajes – tan importante, ya lo he dicho, en el original-; y tal vez la falta de profundidad psicológica les impida lucirse a nivel individual; pero la labor de equipo es verdaderamente encomiable, y conduce la propuesta hacia el éxito que es.

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Desde luego, este Otelo #enlared que presenta El Aedo tiene muchas virtudes: la de ser un teatro para adolescentes que puede ser visto y analizado por público adulto sin el menor reproche, el cuidado estético de la propuesta e incluso un giro final que crea no poca controversia entre los que conozcan la historia. Puede que una parte de la intimidad y de la parte más filosófica del original se haya quedado por el camino; pero no puede negarse que este espectáculo tiene todos los ingredientes para ofrecer al público joven un teatro serio y de calidad, de esos que pueden llegar a cualquier público. No siempre ocurre con este tipo de propuestas, y desde luego es muy de agradecer cuando sucede.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

Otelo #enlared”. Dramaturgia de Jesús Torres sobre el original de William Shakespeare. Con: José Luis Verguiizas, Elena de Frutos, Jesús Torres, Carol Delgado y Diego Olivares. Dirección: Carlos Álvarez Osorio. EL AEDO TEATRO.

Teatros Luchana, 20 de Marzo de 2018

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