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‘Mammón’, o crear tenía un precio

marzo 28, 2018

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La ecléctica programación de Teatros del Canal ha presentado en esta ocasión Mammón, una creación de los jóvenes actores y autores catalanes Nao Albet y Marcel Borràs que venía precedida de un gran éxito en su presentación en Barcelona. Un espectáculo casi de cámara, a medio camino entre la gamberrada consciente, la road-movie y el metateatro; que se sirve de una original excusa de creación de un espectáculo para contar una fábula contemporánea sobre los límites de la avaricia, el precio que tiene un sueño –en este caso un sueño artístico- y la capacidad del ser humano de corromperse, con una estética que transita entre el falso documental y ecos claros del cine de Tarantino o Robert Rodríguez.

Al comenzar la función, los actores Irene Escolar y Ricardo Gómez se presentan ante nosotros anunciando que desgraciadamente Mammón, la pieza que veníamos a ver, no va a poder representarse; y que para entender los motivos hay que retroceder cinco años en el tiempo. A través de ellos conocemos algo de la trayectoria de Nao Albet y Marcel Borràs, dos jóvenes dramaturgos catalanes que se conocen desde hace años y crean espectáculos juntos. Conocemos también la idea de Marcel – tras un viaje de investigación a Siria, que vemos en formato documental- de crear una superproducción teatral en torno al mito de Mammón –el diablo de la de la Avaricia cristiano y el dios de la bonanza fenicio- a través de la historia de dos familias enfrentadas, para reflexionar además sobre la situación actual en Siria. Se nos explica la idea de una gran coproducción entre Teatros del Canal y el Tonnelhuis belga –con Jan Fabre a la cabeza- para crear un espectáculo con una docena de actores, figuración siria, orquesta en directo y mecanismos al aire libre, con un presupuesto que ascendía a 120.000 euros… Avanzaban los ensayos –llegamos a ver vídeos con Carmen Machi o Eduard Fernández ensayando; e incluso a Escolar y Gómez pasar alguna escena en directo- y la ilusión por el proyecto era máxima… hasta que los belgas deciden retirarse de la coproducción, con lo que Albet y Borràs sólo cuentan con 40.000 euros para levantar su propuesta. Desesperados por sacar su obra adelante, toman una decisión desesperada: viajar a Las Vegas y jugarse ese dinero en el casino a doble o nada, con la ayuda de un contacto de un amigo de Marcel – Dylan Bravo- que les introducirá en un periplo de timbas, drogas, alcohol y prostitución que se desarrolla, ahora sí, en vivo y en directo. Desde este punto, a modo de gran road movie – hay algo de Pulp Fiction, algo de Resacón en Las Vegas, trazos de Casino e incluso guiños a Abierto Hasta el Amanecer…- veremos cómo gestionan Nao y Marcel el mundo de la noche americana, veremos qué tienen que hacer para conseguir el dinero, si lo consiguen o no y cómo afrontan el éxito o el fracaso en el juego… A fin de cuentas, su único propósito es conseguir dinero para una producción, bajo la supervisión del experto y rocambolesco Dylan Bravo, dispuesto a aconsejarles en todo momento, así que nada tendría por qué salir mal… ¿O tal vez sí?

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Mammón parece a primera vista que será otro ejemplo de metateatro; pero afortunadamente es otra cosa bien distinta. Lo que han armado Albet y Borràs es, sin duda, una gamberrada irónica, trepidante, divertidísima que además es un claro homenaje a toda una serie de referentes – del cine, sí; pero también de la literatura- que rara vez se ven en los escenarios como género. Con pocos medios aparentes pero mucho ingenio, ideas y sentido del ritmo y la trama, trasladan enseguida al espectador a un mundo que conocemos bien, porque lo hemos visto en tantos clásicos del cine, y llevan la trama a límites de locura y degradación verdaderamente insospechados. En apenas unos días para conseguir el dinero, no sólo se les une a la aventura Dylan –nuestro maestro de ceremonias, ese deus ex-machina que, tras fracasar en el cine, ahora se dedica a hacer negocios turbios en el casino- sino también Crystal, una joven bailarina de pole dance que tiene poco que perder. Todo empieza como un jolgorio de luces cegadoras y deslumbrantes en el que nuestros protagonistas bajarán a los mundos más turbios de la noche para entender que con dinero –y no olvidemos que ellos llevan 40.000 euros en el bolsillo- puede conseguirse todo; pero los problemas no tardarán en aparecer haciendo que Nao y Marcel tengan que enfrentarse primero a su propia inconsciencia y después quizá a esa confianza en sí mismos que les lleva a no ver el final del agujero, querer más y más, sentirse los amos del mundo… y no medir las consecuencias de sus actos. Porque lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas ¿O no?

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Lo cierto es que, tras esta original y divertida gamberrada en la que no falta un tópico de ese género que podríamos dar en llamar el road noir – hay gangsters, tripis, póker, mafia, prostitutas, alcohol, antros de mala muerte…- uno entiende que el mito de Mammón – aquella obra que finalmente no se va a representar- sigue siendo un hilo conductor para la fábula que nos han querido contar Albet y Borràs: porque el gran tema conductor de su función –comedia negra, negrísima- no es otro que la avaricia; con lo cual, en esta función alocada y casi diría que única en su género, vemos que, en el fondo, lo que se nos ofrece es una relectura de Mammón actualizada, repensada y llevada a unas nuevas coordenadas. Además, Albet y Borràs no pretenden nunca esconder su voluntad de reírse – a la vez que critican, claro- de ciertos aspectos de la industria de producción teatral española, de ciertos tópicos del género y quién sabe si también de sí mismos, algo sin duda muy sano. El resultado de su dramaturgia –que no hay que olvidar que tiene un sentido- es un cóctel explosivo y acelerado al que entramos gustosos como espectadores cómplices –porque la función transcurre en el escenario de la Sala Verde, con el público dispuesto alrededor de los actores- arrastrados por la locura, el buen rollo y el desfase que este delirio teatral reconvertido en viaje iniciático nos plantea. Hay que aplaudir la originalidad de la idea, la capacidad de encadenar escenas más y más locas una detrás de otra y la frescura para poner en pie una propuesta trepidante y fresca con pocos medios. Hay momentos memorables – como el de la timba de póker- y personajes episódicos que se toman, se dejan y se retoman casi en bucle que acaban dando mucho juego. Es cierto que tal vez tarde demasiado en arrancar –todas las explicaciones iniciales resultan demasiado largas- pero una vez que lo hace, con la llegada de los personajes a Las Vegas, ya no te suelta. Nadie firma la traducción del texto –estrenado en catalán- que todavía presenta, sin embargo, algunas incorrecciones lingüísticas.

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A la propuesta escénica que firman los dos actores le bastan apenas unas plataformas móviles, una gran pantalla sobre la que se proyectan vídeos –a veces grabados en directo- y un gran despliegue de vestuario para armar un espectáculo que, sin esconder su voluntad de teatro más o menos barato, consigue sin embargo alcanzar un ritmo trepidante que atrapa al espectador. En el exceso – buscado- que destila a veces la propuesta hay cierta suciedad en la ejecución; pero en este caso esa suciedad –por contradictorio que esto resulte- llega a sumar, llega a convertirse en parte del conjunto, casi en un factor ambiental más. Además, la propuesta escénica juega muy bien con el sentido del ritmo, y hasta con ese algo que nos podría llevar a pensar que muchas escenas no son más que producto de la mente de Marcel y Nao –personajes- amarrados a una espiral rupturista que les obliga a entrar y salir de personajes en segundos. Pasado ese inicio algo titubeante – porque se extiende- hay que valorar muy positivamente la capacidad de Albert y Borràs –directores, dramaturgos- para levantar algo que no da un instante de respiro; que es conscientemente una ida de olla; pero una ida de olla muy bien hecha, casi como un gran juego de niños que arrastra. Cuando el montaje termina, a uno se le han olvidado los defectos y se ha quedado con la sensación de subidón, de diversión, casi de conocer a esos tipos locos con los que apenas ha compartido un rato de su tiempo de toda la vida… A la vista de la ambiciosa programación de Canal, podría pensarse – erróneamente, desde luego- que este montaje, mucho más modesto, no está a la altura; pero nada más lejos de la realidad, porque el desparrame – e incluso la pobreza misma- que destila Mammón tiene algo especial, algo que además de cogerte de la mano, no se ha visto últimamente en la cartelera madrileña. Mammón es un espectáculo –pero sobre todo una idea, una gran idea- con la personalidad suficiente como para imponerse por sí misma y ser recomendada sin dudar. Algo único en su género; y además la muestra de que hay creadores jóvenes con cosas que decir desde una propuesta nada pretenciosa; pero sin embargo muy eficaz en ejecución y resultado. Posiblemente esa, el conocer a dos creadores jóvenes con esta personalidad arrolladora, sea una de las grandes claves del éxito merecido que está obteniendo Mammón.

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Todos los actores se entregan gustosos a esta locura consciente, y el resultado es inmejorable. Al margen de la capacidad de los dos autores para interpretarse a sí mismos en esta historia tan rocambolesca – y hay que tener mucho sentido del humor para hacerlo, Nao Albet y Marcel Borràs– lo tienen, hay que destacar cómo el Dylan Bravo memorable de Manel Sans se roba la representación con una encarnación memorable: como ese deus ex-machina de vuelta de todo en los casinos de Las Vegas, su melena bajo ese sombrero texano y esas gafas de sol, sembrando la duda razonable sobre si es, efectivamente, un buen tipo; o quizás un estafador que les quiere hacer el lío a estos pobres diablos: tiene carisma puro y es, sin duda alguna, la imagen del espectáculo y no en vano el cierre le corresponde a él. Irene Escolar y Ricardo Gómez se reparten varios roles, siempre muy alejados de las imágenes preconcebidas que tengamos de ellos. Hay que decir que Irene Escolar –que, además de interpretarse a sí misma, es Crystal y la jefa del garito en la que suceden las timbas- ha encontrado aquí el que seguramente sea su trabajo más sincrero y entregado en mucho, mucho tiempo – creo que tendría que remontarme a la ya lejana Días Mejores para volver a encontrarla a este nivel- porque el espectáculo es un caramelo al que ella no duda en entregarse, cincelando acentos, caracteres y personalidades muy alejadas entre sí, con una fuerza tan volcánica –la tiene siempre- como, en este caso, muy bien medida y matizada. También Ricardo Gómez –un actor que está seleccionando muy bien sus proyectos de teatro- se lo pasa en grande dando vida a toda una pléyade de rocambolescos episódicos –jugadores de póker, curas, travestis…- que le permiten sacar a la luz su vena más histriónica – diría que hasta ahora desconocida- llevándose algunos de los momentos de mayor comicidad de la función, precisamente porque afronta situaciones muy alocadas con una seriedad y un aplomo muy de agradecer: aquí hay actor, sin duda alguna. El conjunto del quinteto está, en fin, muy entonado. Volcado con esta causa y dando la sensación inequívoca de que están disfrutando haciendo algo en lo que tienen fe ciega: sólo así consiguen transmitir al público.

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Esta imagen corresponde al elenco que estrenó la obra en Cataluña, algo diferente al que la presenta ahora en Madrid; pero da una visión más general de la puesta en escena.

Así pues, es difícil dilucidar con claridad dónde acaba la gamberrada y empieza la genialidad en Mammón; e incluso es difícil asimilar las fronteras de esa genialidad: disfrazada de fiesta cómica y alocada en la que el público se lo pasa en grande, Mammón en el fondo es crítica, es parodia, es un género infrecuente en teatro y es uno de esos espectáculos que demuestran que tener una buena idea a veces está por encima de los medios disponibles para llevarla a cabo. Y la idea es brillante, desde luego. Al comienzo parece que la cosa no fuese a arrancar nunca; pero denle tiempo porque lo hace… Habrá imperfecciones de traducción, podremos pensar que la función no está en el espacio más indicado – reformular la disposición de la Sala Verde con la consiguiente pérdida de butacas no me convence: para estos formatos está la Sala Negra- y hasta que el todo tiene un cierto aire descontrolado; y, sin embargo, es igual: en Mammón, al final, se acaban imponiendo con fuerza los aciertos que nos presenta este tándem de jóvenes creadores capaces de armar un espectáculo lleno de personalidad con pocos medios pero una idea original. Teatro rabiosamente contemporáneo, pero siempre alejado de lo pretencioso. Teatro de hoy y para hoy; también teatro para el futuro. Y, sobre todo, una gamberrada muy divertida.

H. A.

Nota: 4/5

Mammón”, creación y dirección de Nao Albet y Marcel Borràs. Con; Nao Albet, Marcel Borràs, Irene Escolar, Ricardo Gómez y Manel Sans. TEATRE LLIURE / LA BRUTAL / TEATROS DEL CANAL.

Teatros del Canal (Sala Verde), 17 de Marzo de 2018

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2 comentarios leave one →
  1. niurka mota permalink
    marzo 30, 2018 16:17

    Les deseo todo el éxito del mundo.

Trackbacks

  1. Mis 12 Funciones Inolvidables de 2018 | BUTACA EN ANFITEATRO

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