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‘Consentimiento’, o moral pública / moral privada

marzo 26, 2018

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Presenta el Centro Dramático Nacional Consentimiento, última y extensa pieza de la autora británica Nina Raine (1977-) en la que, a partir de un grupo de amigos de toda la vida directa o indirectamente relacionados con la abogacía y sus parejas pretende partir de un caso judicial –la denuncia por violación de una mujer que, supuestamente y según el denunciado y la fiscalía, podría haber consentido las relaciones- para indagar en las relaciones personales de los protagonistas, en las fisuras de sus matrimonios y en cómo la moral pública de cada uno –la forma de juzgar un hecho que solo les afecta en lo laboral- puede ser bien distinta a la moral privada –cómo comportarse si un hecho semejante les sucediese a ellos, en la esfera de lo íntimo?-. Para ello, Raine escribe una función a medio camino entre el thriller y la comedia de matrimonios que, pese a un planteamiento interesante, decididamente es demasiado larga para lo que pretende narrar – se acerca a las tres horas- y tal vez pierda la oportunidad de emitir una reflexión de mayor calado – porque la autora nunca se posiciona sobre un asunto muy serio, y eso perjudica sobremanera a los dibujos de los personajes- al preferir profundizar en la esfera de lo personal de estos personajes.

La función comienza con Adela –una mujer de clase baja supuestamente violada por un amigo de su hermano durante una fiesta una noche en la que estaba borracha y ahora a la espera de juicio- vagando como alma en pena por el escenario, mientras atrona el espacio un sonido de móviles que la mujer parece no escuchar. A continuación, se nos presenta a las parejas protagonistas: Kitty, casada con Eduardo – a la sazón, abogado en el caso de Adela- y Raquel, casada con Jaime –también abogado-, matrimonio en crisis al comienzo de la función. Completan el grupo Tomás – un fiscal que nunca ha tenido demasiada suerte en el amor- y Sara – una actriz que acude a pedir consejo a sus amigos para optar a un papelucho de abogada en una serie televisiva que aún le tienen que confirmar-. Durante varios encuentros vamos conociendo los distintos vericuetos de las relaciones de amistad que entrelazan los seis, así como las implicaciones de los otros en las crisis e historias amorosas de los demás: todos quieren juntar a Tomás con Sara; pero hay diferentes puntos de vista acerca de cómo abordar la crisis que podría estar a punto de hacer saltar por los aires el matrimonio de Jaime y Raquel. Además, vemos cómo fuera de sus puestos de trabajo, la mayoría de personajes que ejercen profesiones de leyes hablan de sus casos de un modo frío y meramente estratégico; cuando no directamente de modo distendido, casi si como de tertulias de café se tratase. Vemos también cómo el juicio al que se enfrenta Adela parece un mero trámite para las partes implicadas -esto es, Tomás y Eduardo-, que instruyen a la mujer – visiblemente afectada por la medicación- apenas unos minutos antes de entrar en la corte… El gran problema pare decidir qué hacer con Adela es dilucidar si, como alega la parte demandada, hubo o no hubo consentimiento a la hora de mantener esa relación sexual… Pasa el tiempo. El matrimonio de Jaime y Raquel se restablece, al mismo tiempo que Sara y Tomás parecen haber iniciado una relación amorosa más o menos estable. Será durante una fiesta de fin de año cuando veamos cómo el otrora fluido matrimonio de Kitty y Eduardo se tambalea peligrosamente; al mismo tiempo que una última aparición de Adela en escena para exigir responsabilidades a los dos hombres después de haber perdido el juicio al que se enfrentaba hará que tal vez los personajes empiecen a tomar conciencia de algunas cosas que marcarán su futuro.

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El párrafo anterior resume, en pocas palabras, la primera parte de la obra; que es casi el punto de partida. Porque en la segunda, tras el intermedio, Raine – cerrada la trama de la violación que, en principio era eje central de la historia- se centra en dibujar una historia circular que, efectivamente, plantea un dilema semejante en el seno del grupo de amigos: aquello a lo que hicieron oídos sordos parece que ahora les estalla en las narices; porque ahora les implica directamente a ellos. Ante esta cuestión, Raine trabaja conceptos como la relatividad de la moral o de los puntos de vista, de la misma manera que nos muestra cómo en una espiral de idas y venidas sentimentales, la supuesta amistad de los seis personajes podría irse al garete de un momento a otro; aunque tal vez lo más interesante sea ver cómo todos demuestran que es muy fácil ver la paja en el ojo ajeno pero la cosa cambia cuando hablan de sí mismos. Surgen conflictos de pareja, conflictos de amistad, cuentas pendientes, venganzas y vuelve, casi como una maldición, el asunto del consentimiento – o no- al que un tiempo atrás hicieron oídos sordos. Ahora el asunto de consentimiento se convierte en una herramienta que podría dinamitar y herir de muerte a una de las parejas.

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El texto de Raine –demasiado extenso, y basculando de forma peligrosa y no siempre acertada entre el thriller y la comedia de situación- promete más de lo que acaba dando. Empieza siendo interesante; pero jamás se centra del todo en la trama de la violación – ¿consentida o no?- y prefiere como digo explorar la esfera íntima de unos personajes que tardan en explotar y que no abordan conflictos tan profundos como el de la trama central que se nos prometía. Hay hallazgos –contar las cosas desde dos puntos de vista: la trama contiene, por ejemplo, dos violaciones, una narrada y otra ante el público; para que podamos sacar nuestras propias conclusiones-; pero a menudo la trama cae en cuestiones de pareja más o menos banales, que restan profundidad al centro del meollo de la cuestión. Hay luego un asunto polémico y espinoso – y, por tanto, interesante- que nos podría llevar a pensar, erróneamente, que tal vez la trama que se abre en la segunda parte – el segundo uso del asunto del consentimiento- podría estar banalizando la trama central de la primera –el consentimiento en la primera violación-; pero si nos paramos a analizarlo más detenidamente comprobamos que, como público, se nos genera una duda razonable con la escena que vemos –¿es realmente una violación lo que sucede en la segunda parte?- pero no con la que nos han contado – damos por hecho que el caso de Adela es, efectivamente una violación-. Esta duda que se abre es seguramente el asunto más espinoso de una función que, aunque abre debate, podría haber tenido mucha más profundidad de cara a la reflexión, si no se centrase tanto en los vericuentos – no siempre relevantes- de las relaciones entre los personajes.

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Magüi Mira, que firma versión y dirección, se ha esforzado en su montaje por agilizar y dinamizar una acción que termina pareciendo demasiado larga a pesar de todo. Plantea la función en un espacio en forma de T con el público dispuesto a tres bandas, y completamente desierto salvo por unas cajas rectangulares que desplazan los propios actores y ayudan a acotar espacios imaginarios. Al fondo, una estructura con forma de gran estantería ubica a los personajes en aquellas escenas en las que no son parte activa de la acción; de la misma manera que sirve para guardar algunos utensilios. La idea sirve para jugar con la profundidad del espacio a la hora de crear algunos cuadros; y para aportar agilidad a la trama, y consigue mantener el ritmo de la función –algo nada sencillo ni por la desmesurada duración ni por el interés real del texto en sí-; si bien hay un asunto más discutible en los bailes –a medio camino entre lo performativo y la tradición del teatro alemán- que realizan los personajes entre escena y escena: son demasiados, no conducen a ningún sitio más allá de una mera – y por lo tanto válida- opción estética; y, dado el carácter del espacio escénico, no parece algo estrictamente necesario. Hay una correcta dirección de actores, que gana firmeza y decisión conforme pasan unas primeras escenas algo más caóticas. En otro orden de cosas, hay un par de aspectos de indumentaria judicial – las pelucas- que a todas luces chirrían. Tendría que conocer el original para valorar la versión – que también firma Mira sobre traducción de Lucas Criado- pero, en cualquier caso, reortar según qué pasajes daría seguramente mayor concentración e interés a una trama que, en más de un momento, se dispersa.

El reparto está muy entonado y es uno de los grandes motivos de que la propuesta se siga con interés. Hay que empezar por la excepcional creación que de Adela, la mujer ultrajada que busca justicia, hace Nieve de Medina: a pesar de la brevedad de la parte, lo clava y es la prueba de que no hay papeles pequeños. Ha construido un ser anodino, vulgar, anulado, común y completamente dependiente de las pastillas… Una mujer en la que nadie se fijaría por la calle, y al mismo tiempo una presencia hipnótica en su vulgaridad. El monólogo en el que por fin logra expresarse es de largo lo mejor de la función; y el pequeño personaje del que se encarga en la segunda parte – otra abogada- nos ayuda a vislumbrar con mayor claridad el grandísimo trabajo de caracterización psicológica que ha empleado para el primero. Entre los demás, la Kitty de Candela Peña no elude algún despiste con el texto pese a la solidez de la actriz, fuera de toda duda; el Eduardo de Jesús Noguero se maneja bien entre la prepotencia del hombre sobrado del comienzo y el que ha de manejar lo que para él es un ultraje en toda regla; de la misma manera que Pere Ponce como Tomás es la otra cara de la moneda y transita bien desde la mosquita muerta –quizá le sobre alguna impostación vocal- hasta el hombre que busca venganza. David Lorente aporta dignidad al personaje de Tomás y María Morales solidez a Raquel, un personaje susceptible de mayor desarrollo. Clara Sanchis, por su parte, crece decisivamente en la segunda parte; que es cuando el personaje de Sara adquiere mayor peso. En cualquier caso, se ha reunido un equipo sólido; que siento que incluso juega a favor de un texto que no deja de ser irregular.

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Consentimiento es, en fin, una pieza que plantea de partida asuntos interesantes y que lleva al público a alguna conclusión espinosa; pero que al mismo tiempo puede que se pierda tanto en metraje como en contenido al contarnos aspectos de los personajes que resultan banales e innecesarios, en lugar de centrar su tiempo en profundizar en las cuestiones de mayor calado: de ambas hay en esta obra, aunque no siempre en perfecto equilibrio.

H. A.

Nota: 2.75 / 5

Consentimiento”, de Nina Raine. Con: Candela Peña, Jesús Noguero, Pere Ponce, David Lorente, Clara Sanchis, María Morales y Nieve de Medina. Dirección: Magüi Mira. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán, 16 de Marzo de 2018

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