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‘El Lunar de Lady Chatterley’, o la mujer plantando cara

marzo 16, 2018

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Justo al día siguiente de la huelga feminista del 8-M –lo que obligó a la suspensión de la primera de las dos representaciones previstas en abono- llegó al coruñés Teatro Rosalía Castro en una oportunísima coincidencia de fechas El Lunar de Lady Chatterley, un monólogo escrito por Roberto Santiago que dirige Antonio Gil e interpreta Ana Fernández y que recupera al personaje de Constance Chatterley –protagonista de la novela El Amante de Lady Chatterley, que D. H. Lawrence publicase allá por 1928 y que fue objeto de férrea censura durante más de tres décadas; pero también una de tantas novelas hijas de su tiempo y su contexto social, sin los cuales no se podría entender debidamente leída desde el presente- para darle la palabra e imaginarla encarando, sola y tomando la palabra por sí misma, el juicio al que se enfrenta tras haber sido denunciada por su esposo el señor Clifford –que quedó inválido por cuestiones militares y al que Lady Chatterley no ama ni desea- ante las relaciones extramaritales que la mujer mantiene con Mellors, un trabajador de una de las fincan de su marido; amenazándola con quitarle su renta, esa renta que le permite vivir una vida libre e independiente.

Ante el final abierto que presenta la novela, Santiago sitúa a su protagonista a punto de enfrentarse a ese juicio por escándalo público. Un juicio en el que, puede que consciente de las pocas posibilidades que tiene si es defendida por un hombre, decide asumir su propia defensa. Así, con el público a modo de tribunal, Costance Chatterley busca primero reivindicarse como mujer, en su derecho a ser, vivir y sentir como un ser libre; y después a hacer que el tribunal entienda no sólo las circunstancias que la llevaron a buscarse un amante –con la incapacidad del marido para rellenar ese hueco como mujer entre las más evidentes- sino el derecho que tiene a decidir ser amada; reivindicando además su rol como mujer libre – y más considerando cuál es su posición- en la sociedad. Consciente de la gravedad que implicaría la pérdida de autonomía económica a la que se enfrenta en el juicio – y, en este sentido, es imposible no pensar en el paralelismo claro que se establece entre esta obra y Una Habitación Propia, de Virginia Woolf, que mantiene en cartel Clara Sanchis, puesto que ambas hablan, de una u otra manera, de mujeres que buscan defender su autonomía para poder autorrealizarse- Constance intenta ser clara y tajante; pero también aportar los argumentos necesarios para que el tribunal encuentre comprensible una situación en la que Lady Chatterley se lo va a jugar todo a una carta.

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A lo largo del discurso de Constance, van aflorando temas como la hipocresía que reina en la flemática sociedad británica de la época –se pueden permitir juzgarla a ella sin temblar… ¿pero qué pasaría si fueran otros los que estuvieran en la misma situación? ¿qué harían entonces?-, el derecho de la mujer a la identidad individual y diferenciadora no solo de los hombres, sino también del resto de las mujeres –y de ahí surge el asunto del lunar que retitula la pieza- o el remarcar cómo la protagonista – hoy juzgada y señalada por esa corte de hombres- no es más que una víctima de unas circunstancias a las que no le quedó otro remedio que adaptarse lo mejor que pudo y supo. Reivindica sus derechos, su necesidad de ser diferente y de pensar y actuar por sí sola; e incluso su sexualidad –y su derecho y necesidad de placer- como un rasgo importante de su feminidad libertaria y libertadora, por tanto como algo a lo que no debe renunciar; algo a lo que no puede renunciar. Tal vez sepa que lo tiene todo perdido de antemano, y por eso es capaz de hablar claro, llamando a las cosas por su nombre y plantando cara sin titubear a toda cuanta persona se le ponga por delante. Hoy, Constance Chatterley no se apoca: es ahora o nunca. Hoy el mundo – ese mundo al que le contaron la historia desde otro prisma- escuchará por vez primera la voz de Constance Chatterley que juega casi al doble o nada. Constance Chatterley es una mujer hecha a sí misma, una mujer de rompe y rasga; que tira de esa fina ironía británica para plantar cara al mundo.

Resulta como mínimo curioso pensar tanto lo bien que funciona la reformulación del original que plantea Roberto Santiago –que apenas cita un par de párrafos de la novela para crear un material prácticamente nuevo, que da al espectador los aspectos claves de la historia anterior; de manera que quien conozca la novela verá la historia desde un punto, y quien no la conozca desde otro: ambos perfectamente válidos- como un hecho que no quisiera pasar por alto que es el de la reformulación del feminismo que plantea esta obra. Veamos: tanto en el original El Amante de Lady Chatterley como en esta relectura que es El Lunar… estamos ante dos piezas que se enmarcan con claridad en lo que podría llamarse literatura feminista, que luchan por dar voz a una mujer libre, hecha y derecha y singular como ente; y ambas obras están escritas por hombres –Lawrence y Santiago- capaces de reivindicar la figura femenina incluso mejor de lo que muchas mujeres lo harían. Porque lo cierto es que, aunque el texto de Roberto Santiago no evita algunos lugares comunes e incluso cae con frecuencia en la repetición de información; el discurso liberador de Lady Chatterley –por momentos casi una vomitona de una burguesa que por fin se desmelena- priman la ironía, el sarcasmo y el sentido del humor crítico que emplea la protagonista para dirigirse al tribunal – estupenda en este sentido la escena final, en la que Constance ‘adjetiva’; o detalles de dirección como la manera de coger la taza de té como lo que es,, una verdadera dama inglesa, incluso después de haber lanzado un recital de exabruptos- antes que el panfleto feminista vacío y vacuo en el que se podría haber caído con frecuencia. La hora y diez que dura el espectáculo puede parecer excesivamente larga para la información sobre la que se trabaja; pero al mismo tiempo se ve que hay una voluntad de contar y acercar al espectador hacia el conflicto que se le está planteando. No era fácil ni aportar algo nuevo a la historia, ni alejarse del panfleto superado que podría parecer si nos alejamos de las circunstancias socio-temporales en que fue escrita, ni lograr un discurso de doble vertiente: reivindicativo de la figura de la mujer por un lado; y al tiempo entretenido – y hasta divertido en su ironía- para el público por otro. La mayoría de las veces – y asumiendo que se le va la mano con el metraje y hay muchos pasajes que se podrían recortar- Roberto Santiago lo ha logrado con creces. Esto nos lleva de vuelta a la eterna reflexión sobre el feminismo en el que, efectivamente, no hace falta ser mujer para escribir personajes de mujer empoderada, valiente y con voz propia. En este aspecto, Roberto Santiago nos da un nuevo ejemplo de dramaturgia feminista sólida y escrita por un hombre – como antes hiciera, por ejemplo, Miguel del Arco con – salvando las distancias entre ambos textos- Juicio a una Zorra. Dejar el final de este nuevo material abierto, como lo era el de la novela –aquí asistimos a la exposición de Lady Chatterley, pero no al veredicto- es un acierto que no hay que dejar de señalar.

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Por lo reiterativo que resulta el texto, se necesita una actriz mayúscula para sacarlo adelante con garantías. Ana Fernández –una de esas actrices excelentes que tal vez aún esperen el gran proyecto teatral que sin duda merecen- da un recital de interpretación de primer orden en un montaje que no permite respiro alguno y en el que ha de hilar muy fino su viaje entre la ironía casi retranquera de la fina señorita de clase media, la capacidad de reivindicar y la manera de encararse al público como si le dijese: “piense en esto dos veces antes de sacar una conclusión”. Por gesto, carácter y capacidad de mantener en interés en un texto al que le sobra un tramo, hay que aplaudir con fuerza a esta actriz capaz de sacar lo mejor de un texto difícil, de brillar en lo interpretativo y de hacernos entender que ella es la gran razón de ser de este espectáculo: es un lujo ver cómo mantiene siempre la mordacidad como arma para llevar a la reflexión del auditorio; y se nota que cree ciegamente en el texto, el proyecto y el personaje. Recibió largos y merecidos aplausos de un público visiblemente entregado, antes de resaltar lo importante que había sido para ella haber vivido la huelga general del día anterior en A Coruña “una jornada histórica que nos ayudará a cambiar las cosas”, dijo al terminar. Al escueto montaje que firma Antonio Gil hay que agradecerle haber sabido dejar en primer término a la actriz como motor de la propuesta; pero también el hondo trabajo de detalle y construcción de personaje que se ve en muchos detalles – vuelvo sobre el revelador detalle de la taza de té porque me parece fundamental-. Adecuadas la escenografía – Sean Mackaoui- y la iluminación -Gustavo Pérez Cruz- para crear ciertas atmósferas sugerentes con muy pocos elementos. Se puede señalar que estamos ante un espectáculo claramente pensado para un espacio más íntimo que el Rosalía de Castro – 800 butacas-, pero eso son ya otras cuestiones.

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El Lunar de Lady Chatterley es una entretenida reformulación de un clásico, que nos demuestra que el feminismo puede abordarse desde diferentes puntos de vista. Un espectáculo sencillo, servido por una actriz volcada en el buen resultado de la propuesta. Puede que – tal vez para llegar a una duración determinada- el texto caiga en repeticiones que podrían eliminarse; pero la propuesta tiene interés, sobre todo por la interpretación de Ana Fernández y la construcción de personaje que ha armado Antonio Gil.

H. A.

Nota: 3 / 5

El Lunar de Lady Chatterley”, de Roberto Santiago. Con: Ana Fernández. Dirección: Antonio Gil. MARZO PRODUCCIONES.

Teatro Rosalía Castro, 9 de Marzo de 2018

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