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‘La Esfera que Nos Contiene’, o la peripecia de dos pequeños-grandes héroes

marzo 14, 2018

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Dentro de una interesante política de la Sala Mirador –que está permitiendo el regreso a la cartelera de una serie de funciones que, pese a su éxito, quizás no tuvieron la difusión suficiente en su momento- se recupera La Esfera que Nos Contiene, una función escrita y dirigida por Carmen Losa que –tras agotar las entradas la pasada temporada en la Sala de la Princesa del María Guerrero y hacer una pequeña parada en Teatro del Barrio- volvía para que todos aquellos que no la vimos en su día.

En la función, Losa nos propone un viaje a través del tiempo y la historia, que abarca fundamentalmente el primer tercio de la España del siglo XX –pero que, como la sombra de esos acontecimientos, se prolonga casi hasta la actualidad, aún tratando de buscar respuestas y cerrar heridas- para trazar un doble viaje panorámico: el de una España deprimida y enfrentada por un lado; y el de la figura de un grupo de maestros que, en un momento en que reinaban el analfabetismo y la desigualdad social se esforzaron en formar a los niños de ese ayer que serían los adultos del mañana. Los maestros que, enfrentados a un momento de cambio – de cambio político y social; pero también del cambio de unas leyes en constante mutación que llegaron a poner en tela de juicio su propia formación- prefirieron apostar por aportar el conocimiento real a sus pupilos, a costa de no doblegarse; e incluso a costa de plantar cara a un Régimen que, ya saben, no perdonaba. En La Esfera que Nos Contiene –que toma su título de una novela Historia de una Maestra, de Josefina Aldecoa- seguimos la peripecia de Manuela y Julián, una pareja de maestros que, ante los cambios sociales y legislativos que se sucedían en su tiempo, acaban destinados a uno de los más de cien pueblos que existen en España llamados Villanueva – la obra, de forma consciente, elude precisar cuál de ellos: esta Villanueva es todas las Villanuevas; y al mismo tiempo es también cualquier lugar-. Desplazados de su hogar –como años atrás ya tuvieran que hacer sus familiares, lanzados a barcos de emigrantes: de algún modo parece que algunas historias están condenadas a repetirse- la joven pareja se apresura a iniciar una nueva vida huyendo de las convenciones establecidas, aferrándose a sus propias creencias y sin otra carga en sus maletas que su voluntad por enseñar y crear conocimiento. La Esfera que Nos Contiene es una gran historia de gente pequeña y común. La historia de un pueblo; pero también la de España: la historia de pequeños seres humanos que se lo dejaron literalmente todo en su afán por formar. Una historia que mira a fin de cuentas a los maestros como pequeños-grandes héroes de su tiempo; que habla de los precursores de algo que hoy se da por hecho, como es el derecho a la enseñanza. Examinar el periplo, el camino y el precio a pagar para llegar a hoy es uno de los grandes motores de reflexión que nos propone la obra.

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Tomando como historia central la peripecia de Manuela y Julián, Carmen Losa dibuja su narración mediante pequeñas escenas con personajes episódicos que muchas veces sirven para contextualizar la trama. No tanto el contexto histórico en sí mismo –que se le aporta al público entre escena y escena por medio de documentos reales proyectados sin dar más información que la justa- como el contexto personal: quiénes son los personajes que rodean a Manuela y Julián –que entre los dieciocho personajes que pueblan esta historia podemos mencionar falangistas, símbolos del poder eclesiástico, familiares pasados y futuros de la pareja protagonista o sus propios compañeros de trabajo, entre muchos otros-, qué o quiénes provocan que suceda lo que sucede y hasta dónde se arrastran sus consecuencias. Y es que si algo queda claro en La Esfera que Nos Contiene es que Losa –seguramente consciente de que este contexto histórico ya se ha explorado tantas y tantas veces en ficción- le ha interesado trazar una historia de personajes ante todo, de personas reales, de carne y hueso. Una historia que, sin perder de vista la España de la que está hablando pero al tiempo asumiendo que el espectador la conoce bien, prefiere centrarse en generar empatía entre el público y los protagonistas.

Si bien es de agradecer que Losa haya evitado salpimentar en exceso esta breve pieza con contexto histórico –evitando también cualquier posicionamiento tendencioso- también podríamos decir que, en su afán por acercarse a los personajes –particularmente a Manuela y Julián; pero también a Don Apolinar y su hija, secundarios que acaban adquiriendo notable relevancia en la trama- se haya perdido la oportunidad de profundizar en el rol de los maestros en las aulas: una cuestión sobre la que la función pasa bastante de puntillas –aunque es de ley señalar que hay un par de momentos de ‘enseñanza’ muy conseguidos, como puede ser el de las conjugaciones verbales- en favor de indagar en el aspecto más personal de la pareja protagonista. Puede que el exceso de roles episódicos – en una función que dura aproximadamente una hora y cuarto- impida que a Losa le dé tiempo para entrar con mayor detenimiento en la labor docente de Manuela y Julián: porque vemos su peripecia para convertirse en –y consolidarse como- maestros y también su convicción por luchar en aquello que creen; pero tal vez se eche en falta un mayor peso de las escenas de índole escolar, y en este sentido hay una oportunidad hasta cierto punto perdida que se hubiese podido solucionar con mayor metraje –dado que la función no es especialmente larga- o recortando algunas tramas secundarias de índole más costumbrista. Sin embargo, también hay que apuntar en el lado positivo que, a fuerza de mostrar la grandeza de personajes pequeños, a Losa le ha quedado una función entrañable y cercana que llegará de una forma u otra al corazón de todos los públicos: servirá como recordatorio a aquellos que han pasado por aquello de lo que hablan estos personajes; pero también de enseñanza –e incluso de reflexión- para quienes quieran escarbar en nuestro pasado para entender nuestro presente –siendo esta una de los puntales argumentales de la función-. A fin de cuentas, ese carácter entrañable de lo pequeño se acaba imponiendo para hacer de esta función el pequeño triunfo que es: una obra de cámara pero cercana, sincera, hermosa y de personajes; que sabe justamente a dónde quiere llegar.

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La pequeña puesta en escena que dirige la propia autora –y que se vale de pocos elementos escénicos y algunas proyecciones (es de ley decirlo: son oportunas, bien aprovechadas y bien seleccionadas) para generar ambientes- tiene un perfume de ayer que sienta muy bien a una función que, después de todo, habla del pasado, de la memoria y del recuerdo; y trabaja la teatralidad al permitir que dos actores se encarguen de los dieciocho personajes que aparecen en la representación, agilizando sobremanera el juego escénico. A veces como personajes y otras como actores que se dirigen al espectador de tú a tú, tanto Ion Iraizoz –que seguramente se maneje mejor en los roles más ‘de carácter’, aquellos que admiten un punto de histrionismo- como Leyre Abadía –a quien corresponden algunos de los momentos de mayor inspiración del montaje por su trabajo de contención expresiva- manejan el ritmo con la suficiente agilidad y se mueven bien en ese aire de confesión con el público que rezuma la propuesta; pero, sobre todo, a la hora de manejar ese componente más emocional y entrañable ante el que es imposible no caer rendidos. Ambos actores tienen mucho que ver en esa clave que provoca una conexión inmediata con los espectadores, y en el hecho de que ‘entrañable’ sea la palabra a la que posiblemente se pueda reducir esta función: no es poco elogio, desde luego.

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La Esfera que Nos Contiene tiene la virtud de alzarse ante todo como una historia de personajes; de gente pequeña capaz de hacer cosas grandes y abrir el camino hacia lo que hoy todos conocemos como lo que es. Es una función pequeña pero va al lugar justo; remueve y conmueve y puede y debe ser vista por cualquier público – sin ser un teatro específicamente de índole escolar, considero que también funcionaría muy bien y sería de gran utilidad mostrarla en funciones escolares-. Tal vez hubiese sido deseable un mayor peso de las escenas centradas en la labor docente de los protagonistas; pero, así y todo, nos enseña el valor de los pequeños actos revolucionarios del ayer para conducirnos tal vez a la libertad del hoy y del mañana. No es poca cosa.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

La Esfera que Nos Contiene”, de Carmen Losa. Con: Ion Iraizoz y Leyre Abadía. Dirección: Carmen Losa. IREALA TEATRO / LA CAJA

Sala Mirador, 4 de Marzo de 2018

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