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‘Los Amos del Mundo’, o memento mori

febrero 26, 2018

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Se presenta por fin en versión escenificada –había sido objeto de una lectura dramatizada hace unos meses- Los Amos del Mundo, una compleja comedia dramática con la que Almudena Ramírez-Pantanella ganó el Premio Calderón de la Barca en 2015, y que aborda cuestiones como el existencialismo o el sentido de la vida desde un punto de vista frecuentemente irónico que deja sin embargo mucho poso para la reflexión; y una obra de ritmo y estructura cercanas a lo cinematográfico que plantea, a priori, no pocos problemas a la hora de subirse a escena, por la gran diversidad de localizaciones y lo tremendamente visual de algunas escenas.

Miguel es el joven hijo de una familia acomodada de Madrid. Tiene éxito, dinero, el trabajo que sus padres soñaron para él y la vida resuelta. Un día, mientras se dirige a su puesto en la empresa familiar, mantiene una conversación en el metro con una joven desconocida que, aunque en un principio parece querer ligar; acaba por arrojarse a las vías ante sus ojos antes de decirle que, aunque se crea el amo del mundo, hoy no va a poder hacer nada por evitar esa muerte. Este hecho imprevisto hace que nuestro joven protagonista se plantee el verdadero sentido de su existencia; y renuncie de pronto a todas sus comodidades, para irse a vivir a una casa de mala muerte junto a un amigo empeñado en olvidar automáticamente todo lo que a él no le parezca importante. Alejado del confort de sus días pasados, Miguel trata de instalarse en su nueva vida; esa que en un principio debería permitirle encontrarse, no ser parte del rebaño, no ser –como dice en un momento de la función- “un garbanzo más”. Lo que para nuestro protagonista es un cambio drástico de vida termina sin embargo de dinamitar los cimientos de la adinerada casa y familia que deja atrás. Su padre enseguida le sustituye por un perro; mientras que su madre, Malena –insatisfecha y con un claro cuadro de ansiedad que le obliga a reír para olvidar y que se intensifica ante la nueva situación en casa- trata inútilmente de disuadirle de su cambio de vida buscándole una cita con Esperanza, la mujer ‘perfecta’ para él. Pero pronto descubriremos que a Miguel y Esperanza –en un principio polos que no podrían ser más opuestos- lo que les une es precisamente lo que les separa; y que en el fondo son las dos caras de una misma moneda: dos maneras de enfocar lo que en un principio podríamos entender como idealismo… pero un idealismo que, tal vez, pueda realizarse.

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En el fondo lo que une a todos los personajes que transitan por Los Amos del Mundo no es ni más ni menos que el darle un sentido coherente a sus existencias. La crisis existencial de Miguel no es más que el punto de partida para provocar otras crisis existenciales en el resto de los personajes; como si algo se activase en sus cerebros al observar lo que en un principio no es más que un grito de rebeldía del personaje central. Y ante un grito de rebeldía se puede optar por evadirse –como el padre, que saca un clavo con otro de la manera más grotesca-, preocuparse –como la madre, que a pesar de todo lo que tiene encima lucha por que su hijo recupere lo que para ella es ‘la cordura’- o incluso por animarse por fin a dar un paso al frente –como Esperanza que, de algún modo, ve el cielo abierto al contemplar la situación de Miguel-. Así pues, lo grotesco de esta historia, lo desesperanzador, seguramente sea comprobar cómo el personaje que persigue la posibilidad de cambio de una manera un tanto alocada no termina de encontrarse del todo, pese a que acaba resultando fundamental para que los demás tomen conciencia de lo que ocurre con sus vidas. En Miguel hay decisiones firmes; pero quizá poco sentido de la perseverancia como para llevar a cabo esas decisiones de forma fructífera. Y, pese a su lucha, el propio Miguel –constantemente perseguido por una ‘masa negra’ metafórica que le obliga a ser parte del conjunto- seguramente sea consciente de esa incapacidad para dejar de ser ‘un garbanzo más’ frente a un conjunto que no entiende y por el que no se siente entendido. La obra acaba como empieza – con una muerte, con la certeza de la muerte que acecha-; pero lo verdaderamente doloroso quizá no sea esa muerte –que, de algún modo, podría llegar a suponer una liberación para algunos personajes-, sino el comprobar que, mientras para algunos la vida sigue – evoluciona-; otros siguen anclados en la insatisfacción, tras una búsqueda infructífera.

Almudena Ramírez-Pantanella ha escrito casi una farsa amable, con unos personajes que, aún teniendo toques grotescos, nunca pierden su dignidad. Sus vidas son difíciles, llenas de insatisfacción; y esto les lleva a veces a comportarse de forma que al espectador puede llegar a resultar cómica por bordear ese grotesco; pero al mismo tiempo hay una mirada compasiva de la autora hacia sus personajes –el caso más claro de esto es comprobar cómo el padre de Miguel ha dado desmesurada importancia a su nuevo perro (incluso por encima de su mujer) y mientras Malena parece asumirlo en un esfuerzo por desconectar; Miguel lo observa con cierta extrañeza, pero sin rechazo- por más que, en el propio desenlace, se esfuerce en dejar claro que, si hay salida, la salida no será ni sencilla ni gratuita. En el universo de la joven autora hay, como digo, inventiva de un discurso casi cinematográfico – la acción se encabalga, cambia de un lugar a otro con los escenarios más diversos que se puedan imaginar y emplea para contar la historia recursos tales como un suicidio en el metro, una sesión de fuegos de artificio o una escena en lo alto de una azotea; de tan difícil resolución teatral como atractivo a nivel de las imágenes mentales que pueden generar en el espectador-. Los diálogos –a menudo más enfocados a la ironía de la sonrisa que a la carcajada- tienen el necesario punch, la historia tiene ritmo y la trama –en apariencia sencilla y pequeña- enseguida deja ver retazos de una profundidad psicológica que demuestra que la cosa tiene más capas de las que parece a primera vista. El talento de Ramírez-Pantanella para contar una historia sencilla y cotidiana; pero que al mismo tiempo interese y deje preguntas en el aire, está probado, y estamos ante una voz imaginativa y capaz de dialogar con tino. Pero, del mismo modo, podríamos decir que Los Amos del Mundo pide o bien una gran producción para subirse al teatro – por todos los recursos de envergadura que el texto pide desplegar a la hora de subirse a escena- o bien, incluso, puede ser el germen de un posible guion de película bastante interesante.

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Es la propia autora –seguramente ante la falta de apoyos de alguna entidad más grande para apostar por un texto que, sin duda, merece la pena: no es la primera vez que un texto premiado duerme durante años en un cajón a la espera de que alguien se decida a montarlo- quien se lía la manta a la cabeza y levanta su propio montaje del texto. Un montaje escueto, con pocos elementos, corto de escenografía y que obliga a dejar muchas – por momentos puede que hasta demasiadas- cosas a la imaginación, pero que al mismo tiempo resuelve con acierto por medio de luces –Area Martínez- un par de las escenas más complejas del montaje – la inicial, en el metro; y la presencia del perro, personaje importantísimo, aquí evocado mediante una gigantesca estructura metálica que le aporta un punto extra de extrañeza a este personaje de carácter ciertamente grotesco-. A pesar de que sigue pareciendo que este texto merece un montaje a lo grande, con todos los recursos que pide; no sería el primer montaje que sobrevive a una puesta en escena minimalista mediante el poder del texto. Y lo cierto es que si aquí seguimos la acción con interés es, básicamente, por lo acertado del texto; aunque, a nivel de puesta en escena, la autora y directora caiga a menudo en la técnica del fundido a negro perdiendo a veces demasiado tiempo entre escena y escena sin mucha necesidad; máxime cuando la puesta en escena es minimalista – y por tanto los cambios escenográficos son mínimos-. Dadas las características del montaje, creo que Ramírez-Pantanella haría bien al renunciar a estos fundidos, centrarse más en el texto – toda vez que la puesta en escena es escueta- y dejar que sea el texto el que conduzca al publico, porque es más que suficiente como para mantener nuestro interés. En otras palabras, Los Amos del Mundo está mucho mejor escrita que dirigida – y un montaje a la altura del texto terminaría de mostrar todo su potencial; aún cuando el esfuerzo de su autora por mostrar el texto al público es encomiable.

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Tener un reparto sólido es otra de las claves para que esta propuesta mantenga el interés. En esta sala –de acústica siempre algo ingrata- los actores suplen el vacío escénico con interpretaciones siempre expresivas. El protagonista de Carlos Ventura transita por el desencanto de su personaje sin dejarse arrastrar nunca por el patetismo; y eso coloca a Miguel en una situación tal vez más desesperada. De la misma manera, la Malena de Beatriz Bergamín acierta al no cargar las tintas de un personaje que podría caer con facilidad en lo estrafalario; pero que aquí la actriz se esfuerza en llevar lo más posible al terreno de la mujer normal, de forma que vemos con más claridad lo perdido que está el personaje, su vacío, su sentimiento de soledad que tanto le cuesta manejar. En su doble e importante cometido como la suicida del inicio y Esperanza, la pretendienta de Miguel, Elena Diego consigue aportar no sólo la debida diferenciación; sino también frescura, espontaneidad y luz a sus roles. Ángel Savín tal vez rinda mejor como el Mendigo del metro que cuando se encarga del rol del Padre; mientras que Miguel Valentín se hace cargo del breve rol del compañero de piso de Miguel; al tiempo que, de alguna manera, personifica al perro, fundamental en la trama y termina siendo uno de los mayores hallazgos de la puesta en escena.

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Los Amos del Mundo es una pieza sin duda interesante; que muestra el particular imaginario de su autora y que está escrita con un pulso casi cinematográfico que pide a gritos un montaje de envergadura; pero que revela en Ramírez-Pantanella a una autora ágil a la hora de contar, desde lo sencillo, historias con mucha mayor profundidad de la que puede parecer a primera vista.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

Los Amos del Mundo”, de Almudena Ramírez-Pantanella. Con: Carlos Ventura, Elena Diego, Beatriz Bergamín, Ángel Savín y Miguel Valentín. Dirección: Almudena Ramírez-Pantanella.

Sala Mirador, 10 de Febrero de 2018

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