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‘Una Vida Americana’, o la familia ante todo

febrero 24, 2018

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Regresa Lucía Carballal –ya consolidada como uno de los nombres más auténticos y personales de nuestra dramaturgia actual- con Una Vida Americana, una comedia dramática en la que la autora aborda –en tono de comedia y con unos diálogos frescos y ágiles marca de la casa- asuntos muy serios como el abandono, los vacíos familiares, la incomunicación, la configuración de la identidad personal o las marcas imborrables del pasado por medio del periplo de una familia que, a modo de road-movie, se desplaza desde Tetuán hasta Minnesota para satisfacer el deseo de una hija que siente la necesidad imperiosa de encontrarse con su padre, ausente.

A partir de esta anécdota, iremos conociendo las vicisitudes de la familia Clarkson, americanizada en el momento en que Paloma –la madre- se enamoró perdidamente de un yanki que un buen día abandonó el hogar familiar de buenas a primeras por razones no del todo claras. Este abandono ha provocado que Paloma –quién sabe si escarmentada de sus relaciones con hombres- sea ahora pareja de una mujer peruana; y ha marcado irremediablemente a Linda, la hija mayor, emocionalmente muy inestable y a medio camino entre la utopía por reencontrar una figura paterna que tiene idealizada y cierto complejo de culpa en un mar de dudas porque no consigue entender qué pudo llevar al padre a desaparecer. Por su parte, Robin Rose –hermana pequeña de Linda- está envuelta en un proceso de busca de su propia identidad en el que se ha convertido en una persona de género neutro dedicándose a dar conferencias al respecto de lo que dice ser verdaderx especialistx. Mientras su hermana parece asimilar la nueva situación de Robin Rose con bastante normalidad, la madre asume esta reconversión todo lo bien que puede; y su esforzado ánimo por normalizar la situación no esconde ciertos temores que, como progenitora, no termina de entender cómo gestionar, al tiempo que apoya –y al mismo tiempo, protege, por contradictorio que resulte- a Paloma en la búsqueda de su padre, temiendo lo que pudiera encontrar. Para cerrar el círculo, también se ha desplazado hasta Minnesota Levi, la actual pareja de Linda, un hombre de raíces judías que se siente deslocalizado no sólo en el entorno en que vive, sino también en su relación con la joven, que se le escapa de las manos sin poder evitarlo. Durante estos días en Minnesota, veremos cómo los personajes –todos desubicados, de una u otra manera- se buscan, se encuentran, luchan por entenderse y complementarse; pero, sobre todo, luchan por mantener vivo el espíritu de familia que, después de todo, saben que tienen que tener. A veces con torpeza, otras veces directamente con incomunicación, hay algo en esta familia tan aparentemente fragmentada que nos devuelve siempre a un cierto sentido de unidad, aunque resulte difícil. Y es que todos los personajes que pueblan Una Vida Americana saben que en el fondo se necesitan los unos a los otros para seguir adelante; por más que al mismo tiempo todos necesiten de una cierta utopía, un sueño al que agarrarse para sobrevivir. La vida misma.

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De Lucía Carballal siempre he admirado la capacidad de dialogar sus funciones con una naturalidad y agilidad de esas que rara vez se encuentran. Como sucedía en la extraordinaria Los Temporales, aquí los diálogos –ácidos, afilados, rápidos y llenos de ironía crítica- fluyen a velocidad de crucero; y el ingenio de la autora para idear réplicas ingeniosas pero al mismo tiempo perfectamente naturales parece no tener fin: Una Vida Americana suena y se escucha tan ‘de verdad’ que, por momentos, pareciera no estar previamente escrita; y esto es mucho decir en una obra de texto. Además, Carballal ha apostado esta vez por un curioso equilibrio entre una estampa española verdaderamente costumbrista –podríamos encontrar a estos personajes en cualquier corrala vecinal moderna- y el filtro del paisaje de una América profunda que, por más que ellos se empeñen en pensar que sí, ya no les pertenece; casi como si actualizase a nuestro aquí y ahora alguno de los grandes dramas familiares americanos de Miller o Williams, con los que estos personajes en el fondo tienen no pocas similitudes. Así, el paisaje que dibuja Carballal – en el que conviven en armonía las llanuras de Minnesota, el Día de la Indepenencia, el Shabbat, la Nocilla, Tetuán o Mecano- es de un exotismo que lo hace muy atractivo; y en ese exotismo está gran parte de la comedia que surge, por lo rocambolesco de algunas situaciones. Pero lo rocambolesco a su vez resulta muy oportuno; porque no es aleatorio la idea de situar a estos personajes –bastante perdidos en lo emocional y lo identitario- en este paraje que les es ajeno: el hecho de que la historia transcurra en Minnessota ayuda, entre otras cosas, a que no tengan ni un lugar confortable y reconocible en el que derrumbarse. Además, América como símbolo patriótico y de integración multicultural –tal vez en contraposición con una España mucho más cerrada- ha de verse como una metáfora del vacío existencial y esa sensación de no pertenencia que asola a estos personajes.

Otra gran cualidad del texto de Carballal es partir de la comedia para acercarse a asuntos muy serios y dolorosos. Porque, a través de una comedia ácida, en el fondo Carballal nos adentra en el mar de fondo de lo que podríamos llamar el infierno de la familia; dibujando unos personajes con claroscuros, con capacidad para meter la pata – la mayoría de las veces casi sin quererlo ni darse cuenta- y en plena lucha por recomponerse, no solo a sí mismos; sino también lo que han hecho con los demás. Personajes que, de perdidos que están, seguramente querrían huir y perderse definitivamente; pero son incapaces, casi como aferrados a una llamada de la sangre que es más fuerte que ellos. Como en las mejores familias, como en nuestras familias, Paloma, Linda y Robin Rose son capaces de decirse barbaridades; pero saben que, en las duras y en las maduras, se tienen las unas a las otras y eso es lo que les queda, por más que tal vez quieran creer en la posibilidad de un nuevo comienzo más allá –Paloma en su nueva relación amorosa, Robin Rose en su grito de género neutral al mundo y Linda en la búsqueda utópica del padre ausente, un clásico en este tipo de historias-. Una gran comedia para abordar una gran tragedia, en la que Carballal ha querido siempre dejar la puerta abierta a la esperanza; y un gran canto al concepto de familia en su más sincera expresión. No quiero pasar por alto que el personaje de Robin Rose aborda algo tan infrecuente en nuestro teatro como el género neutro desde unos niveles de completa normalidad e integración que rara vez se ven en cualquier ficción: este tipo de acercamientos –con sensibilidad, conocimiento, sentido de la ironía y sin el menor atisbo de autocomplacencia- a estos personajes son un acierto de cara a la visibilización.

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Ya he dicho que la gran clave del éxito de Una Vida Americana seguramente sean sus diálogos y la cercanía que provocan entre personajes y espectador. Pero también hay que señalar que dentro de lo bien dialogada que está la pieza, puede que tenga la sensación de que los tres personajes interpretados por actrices – Paloma, Linda y Robin Rose-, los que forman el núcleo familiar, están más y mejor desarrollados que el que recae en manos de un actor –Levi-; y de hecho la acción decae de ritmo ligeramente en según qué escenas de las que normalmente forma parte él: entiendo que la función del personaje es suavizar tensiones –y, de algún modo, servir de balsa de oxígeno a los personajes-; pero no dejo de preguntarme cómo habría funcionado la trama con tres personajes y dejando a Levi como un personaje presente; pero no visible – hay muchas formas de evocar que está-. Porque, en comparación, los tres personajes Clarkson son auténticos ciclones con los que tanto la definición como la escritura se disparan; pero las escenas de Levi no terminan de funcionar con la misma fuerza.

La puesta en escena que firma Víctor Sánchez Rodríguez –sobre una adecuada escenografía de Alessio Meloni muy bien realzada por las luces de Luis Perdiguero- ha sabido extraer lo mejor de sus intérpretes, dándole un aire de cotidianeidad que es clave para la fluidez del texto y controlar, las más de las veces, el tono y el tono de los diálogos: dice mucho de él como director; porque, por más que la obra esté muy bien escrita, no siempre es fácil dar con el punto justo en el que los diálogos deben decirse. Todos dominan el particular tono costumbrista en el que han de moverse; pero a la vez no pierden de vista el poso dramático que tienen algunas situaciones. La madre de Cristina Marcos sabe dónde colocar cada frase para construir un personaje que, detrás de esa pose de falsa tranquilidad de la mujer fuerte y de vuelta de todo, la mater familias, esconde muchos más miedos de los que parece: ha sido capaz de jugar el personaje potenciando el costumbrismo sin llevarlo nunca al ridículo; y dejando entrever siempre la tragedia que hay por debajo: el miedo a perder a alguna de sus hijas. Como Linda, Esther Isla –que nunca deja pasar una oportunidad destacar y ya ha dejado de ser promesa para convertirse en firme realidad de nuestra escena- asume el que, después de todo, es el rol principal de la propuesta, con el dominio al que ya nos tiene acostumbrados: así y todo tal vez no estaría de más potenciar en algunos momentos la vertiente más neurótica del personaje; porque a fin de cuentas es la que provoca todo lo que ocurre. Un paso de gigante da Vicky Luengo como Robin Rose con respecto a trabajos anteriores suyos: el personaje no es sencillo; pero sin embargo aquí está más rotunda y creíble que nunca antes, en un trabajo que además llena de dignidad a un rol que lo pide a gritos; llevando a Robin Rose a primerísimo término por la rotundidad con que lx afronta: es un gran trabajo y su evolución como actriz está fuera de toda duda. César Camino, por su parte, cumple sin problemas como Levi, en un papel que creo que hubiese necesitado mayor desarrollo y que no deja de ser un mero comodín para complementar el universo de las tres mujeres.

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Una Vida Americana tiene, a fin de cuentas, todas las claves para triunfar: porque habla de problemáticas universales que todos podemos entender desde unas coordenadas muy particulares – es un hallazgo deslocalizar a una familia de Tetuán en Minnesota- y sabe reírse con – pero nunca de- temas muy serios. Ni siquiera algunas caídas de tensión nos impiden insistir en que Carballal es ya una autora especialmente dotada para los diálogos y para profundizar en las pequeñas-grandes tragedias de lo cotidiano desde la comedia más auténtica; y, además, ha dado con el equipo idóneo para levantar su obra.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

Una Vida Americana”, de Lucía Carballal. Con: Cristina Marcos, Esther Isla, Vicky Luengo y César Camino. Dirección: Víctor Sánchez Rodríguez. LA ZONA.

Teatro Galileo, 9 de Febrero de 2018

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