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‘El Árbol’, o naturaleza muerta como postal de guerra

febrero 17, 2018

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Hemos nacido para creer. Un hombre carga creencias como un árbol carga peras (…) Estamos condenados a recordar. También el olvido es parte de tu memoria. La memoria es aquello que queda cuando has olvidado” (Él Árbol).

Regresa el Odin Teatret – mítica compañía con sede en Dinamarca que el incansable Eugenio Barba (Italia, 1936-) fundase hace más de 50 años, centrada en la denominada antropología teatral- con su último espectáculo, El Árbol, una fábula estrenada en 2016 en la que Barba y su compañía se adentran en el horror de la guerra trazando una especie de alegoría con la naturaleza; por medio de una historia sencilla y compleja al mismo tiempo. Una función que busca más evocar sensaciones y generar preguntas que ofrecer verdaderas respuestas y que posee todo su encanto en una estética personalísima que realmente pone ante nuestros ojos ecos de culturas ancestrales a un palmo de distancia; y que alcanza un clima que es, en su sencillez casi de orfebrería, un auténtico festival de estímulos para el espectador. Como explicaba el propio Barba en el encuentro con el público, El Árbol es ante todo un espectáculo personal, de estímulos, de sensaciones y que busca provocar algún tipo de emoción en cada espectador; pero también una experiencia cercana al misticismo que cada uno de nosotros deberá completar: un viaje en el tiempo y en el espacio hacia culturas lejanas, un espacio mágico que parece de ficción pero es de realidad; y, en el fondo, un viaje de primera mano y en primera fila hacia un mundo de cuento que se encarga, sin embargo, de asuntos muy oscuros.

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El público avanza hacia el interior de una gran tienda de campaña en la que se sitúa sobre una particular estructura neumática a ambos lados de la zona central. En el centro del espacio, un árbol gigante pelado de hojas, naturaleza muerta; y en uno de los extremos un altar. Aparece ante nosotros una mujer que dice que creció al tiempo que un peral que plantó su padre, un poeta; y que el padre le advirtió sobre la necesidad de volar para combatir al Barón Rojo cuando creciese, aunque ella sólo quería escuchar el canto de los pájaros. A partir de aquí asistimos a una situación de escenas comentadas mediante cantos por dos narradoras –casi una suerte de trovadoras modernas- en las que se dan cita un Señor de la Guerra Europeo que, de algún modo, justifica su deber de matar y pide que no juzguemos el horror de una guerra si no hemos formado parte de ella; un Señor de la Guerra africano que prepara un sacrificio humano antes de mandar al combate a su ejército de niños soldado; una mujer Igbo que vaga con la cabeza de su hija muerta en un canasto y una pareja de monjes yazidíes que, ante la ausencia de pájaros, rezan para que el árbol seco y muerto vuelva a dar sus frutos, esperando que así vuelvan los pájaros. Todos estos personajes entrelazan sus historias, casi pequeñas viñetas, para dar al espectador una panorámica de diversas guerras de los últimos tiempos -Siria, Liberia, Yugoslavia, Nigeria- en un entorno en el que reina una naturaleza tan muerta como esa postal de guerra que se despliega ante nuestros ojos.

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En diversos idiomas –y, conscientemente, no siempre traducidos, puesto que Barba quiere que el espectador capte lo estrictamente imprescindible y se deje llevar por lo que evoque el espectáculo- se nos muestran un cúmulo de pequeñas secuencias en las que conviven rituales de guerra, enfrentamientos entre distintos bandos, plegarias desesperadas o cantos populares balcánicos; en una historia con la naturaleza como gran hilo conductor. A fin de cuentas, de la misma manera que la guerra destruye, gran parte de la naturaleza que se enseña en el espectáculo está muerta… y la confianza casi mística de los monjes yazidíes en que el árbol dará frutos y los pájaros regresarán no es más que una gran metáfora –quimérica y hasta cierto punto imposible- sobre el fin de la(s) guerra(s) y el entendimiento entre culturas: cuestiones que, a los ojos del equipo del Odin Teatret, no son más que eso, meras quimeras. Porque, efectivamente, la única ocasión de nuevo comienzo pasa por una destrucción total en la que el único pájaro que aparece es el Pájaro de la Guerra… y todo termina con la presencia de la naturaleza, único testigo de lo ocurrido, para, de algún modo, volver a empezar de cero. Estas guerras han terminado, han devastado; pero mañana vendrán, a buen seguro, otras; y será ese árbol central – el árbol de la Vida, el árbol de la Historia- lo único que perdurará en su lugar.

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Este espectáculo nace de un minucioso estudio por parte de Barba y todo su equipo acerca de las diversas guerras que aborda directa o indirectamente, muchas veces inspirándose en personajes reales; y con textos y músicas que aportan todos los miembros del equipo: actores, actrices, bailarines y músicos de diversos países, diversas culturas y diversas lenguas para contar la historia de muchas guerras como si fuese una sola; para centrarse en el horror de la guerra como motivo conductor. De la particular confluencia de lenguajes y estilos nace una propuesta donde se ha conseguido, sobre todo, crear una espectacular atmósfera que –ya desde la entrada al recinto, porque tanto el recinto en el que transcurre la acción como la peculiar disposición del público son declaraciones de intenciones- llama casi a una gran ceremonia ancestral de la que todos somos parte. Es, por supuesto, un espectáculo que aborda el horror de la guerra, la muerte y la destrucción; pero, sin embargo se opta por acercarse al horror desde una fascinante poética de lo sutil; casi desde un trabajo de orfebrería en el que priman ante todo las sensaciones de lo ancestral, lo tribal, y el papel de naturaleza como elemento casi zen en un escenario de destrucción. El texto que – en lo poco que el espectador llega realmente a captar- tiene fuerte contenido metafórico, simbólico y filosófico – aparecen asuntos como la fe, las creencias, la naturaleza como elemento regenerador de futuro, mensajes de filosofía Zen, momentos simbólicos…- es un elemento más de entre los muchos -aquí podemos citar la música, la estética, la plástica…- que forman un todo que se vuelve algo con un sabor irresistible.

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Lo importante de El Árbol –el propio Barba lo reconoce- no es tanto el seguimiento de una trama; sino más bien las sensaciones que producen en el espectador los estímulos que este recibe. Y estímulos sensoriales hay de todas clases en una propuesta escénica que, en primera instancia, aborda el horror desde un distanciamiento consciente que viene dado por un lado por lo poético de las imágenes; y por otro por esa nariz de payaso que portan todos los personajes, algo que nos recuerda que esto es, ante todo, teatro, cuento, ficción. Estamos ante una propuesta de corte minimalista que utiliza todo tipo de disciplinas –texto, marionetas, danza, mimo…- para crear un espectáculo en el que frecuentemente se usa la metáfora para referir eventos muy crudos; y en el que la poesía convierte en imágenes de una belleza escalofriante momentos en su sencillez y en su poder expresivo. Cada acción y cada imagen actúan como poderosos estímulos con un espectador que se verá, al momento, transportado como a otra realidad. Incluso la barrera del lenguaje acaba actuando como mera herramienta potenciadora de sensaciones: no sólo no necesitamos comprender el texto para saber a dónde nos lleva con respecto a la imagen que acompaña; sino que muchas veces el hecho de no poder comprender acentúa el impacto dramático de algunas secuencias, generando un efecto muy poderoso –un ejemplo claro: no captamos ni una palabra del discurso del Señor de la Guerra Africano antes del sacrificio de los niños, pero la tensión crece por momentos precisamente por ello-. Además, Barba ha creado dentro de esta particular y bella poética del horror toda una serie de sensaciones que el espectador recibe casi de forma inconsciente –estímulos visuales, estímulos sonoros, estímulos lumínicos e incluso estímulos de movimiento de la misma estructura sobre la que estamos sentados- ayudando a armar una atmósfera de perturbadora belleza en la que, por un momento, todo es posible; y cualquier cosa puede suceder. Teatro puro. Así pues, El Árbol es –más que una fábula, más que un cuento y más que una reflexión sobre la guerra- una sobrecogedora experiencia íntima –por el tipo de espacio y porque es cada espectador quien debe hacer su lectura de lo que recibe- que se percibe a través de todos los sentidos.

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Lo verdaderamente hermoso en El Árbol no es sólo el cuidado de la ejecución y la belleza de algunas imágenes ni su espectacular sentido de la pasticidad; sino esa capacidad de generar sensaciones –sensaciones que llevan a emociones, claro- y de hacer que, por un momento, cada espectador se sienta perdido en la incertidumbre del desierto, como en una especie de limbo del mundo en el que la magia se hace ante nuestros ojos. Ver El Árbol es sentir atmósfera y, por un rato, olvidarse de lo que sucede fuera de la carpa; recibiendo estímulos que van más allá del mero entendimiento. Es, ante todo, un viaje al pasado… a un pasado real que, sin embargo, quizás no podamos ni imaginar que existe.

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Todo en la puesta en escena está planteado como una experiencia total. Desde el particularísimo espacio y el sutil pero capital juego de luces que ha diseñado Luca Ruzza hasta la espectacular caracterización de todos y cada uno de los personajes pasando por los sonidos, los olores y cuanto genera la riqueza expresiva de la propuesta nos sitúa desde el primer momento en ese particular universo de falsa realidad –de ensoñación poética- que hace imposible separar vista y pensamiento de lo que sucede ante nosotros. Eugenio Barba plantea además su puesta en escena como un juego de estímulos en el que algunos momentos de sutilidad extraordinaria en contraposición con lo que narran –las matanzas son el más claro ejemplo- se rompen de forma súbita mediante golpes que a menudo llaman al absurdo, a desconcertar al público, como si – en pos de las reglas del teatro- Barba quisiera evitar que el público se parase a pensar más de la cuenta en la crudeza real de lo que se muestra: así, cada aparición de las dos narradoras sucede inmediatamente a un clímax que se vuelve automáticamente anticlímax; de la misma manera que el Señor de la Guerra Europeo da sus duros discursos ataviado con una estética cercana al clown  –por más que el clown nunca sea una forma de narración estrictamente escogida, sino un mero símbolo siempre presente casi como falso hilo conductor- y canturreando de forma socarrona con su acordeón, en un claro signo de ruptura entre la imagen y el mensaje. Este tipo de juegos contradictorios –a los que Barba -acude con frecuencia- estimulan sin duda al receptor y son otra muestra de que –más allá de con la trama- lo que al director le interesa es trabajar sobre lo que el público recibe de forma consciente o inconsciente. Resulta asimismo fascinante la forma en la que esta propuesta –de corte minimalista- puede despertar tantas sensaciones tan distintas – y vaya que si lo hace- con tan pocos elementos y sin perder nunca esa esencia, ese sabor de teatro primitivo – antropológico- que es marca de la casa. A partir de la teatralidad más básica –e incluso privando al espectador de algunas herramientas para comprender los signos- Barba consigue que la propuesta vuele muy alto por su poder evocativo. Eso es, o debería ser, a fin de cuentas, una forma de teatro.

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Por otro lado, es francamente curioso comprobar cómo todo este festival de signos –muchas veces indescifrables- y estímulos que pueblan la poética sobre la que trabaja Barba, lejos de restar suman a la hora de acercar público al espectáculo; porque los estímulos y las imágenes son tan potentes –y el mensaje y la trama al tiempo tan abstractos- que incluso el público juvenil – no pocos en la función que presencié- podrá seguir el espectáculo dejándose arrastrar por la fuerza de las imágenes que, a fin de cuentas, abordan temáticas tan universales como la guerra, la vida, la muerte o los instintos de conservación y protección. En esto tiene mucho que ver la marcada estética de cuento para adultos, pero en un lenguaje perfectamente comprensible para los niños –y, en este aspecto, ¿cómo no pensar en ciertos ecos claros de El Principito de Saint-Exupérý, por ejemplo?, al que esta propuesta le debe no pocas cosas; empezando por la figura central del aviador- que rezuma toda una parte de la propuesta. Resulta mágico que un espectáculo tan abierto y tan complejo pueda llegar con la misma fuerza a cualquier tipo de público sólo por los estímulos que transmite; es algo que no ocurre con frecuencia y me parece que debe tenerse muy en cuenta.

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Once intérpretes de distintas disciplinas intervienen en la función, que se desarrolla en seis idiomas distintos; y todos se amoldan muy bien tanto al particular código que pide Barba –que les priva, en algunos casos, del lenguaje como principal forma de comunicación con el público, obligándoles a potenciar otros métodos de expresión- como a la cercanía tan inmediata con la audiencia y al sentido de la poética que requiere el espectáculo, en el que todo debe estar trabajado desde lo que podríamos llamar una elocuente expresión contenida. Sin dejar de señalar la puntual problemática de algunos actores con las pocas partes que se dicen en castellano, sí hay que hablar de todos como artífices de algo muy especial. La capacidad de Kai Bredholt para construir a ese Señor de la Guerra Europeo –sin duda el personaje que resulta más cercano al espectador- a medio camino entre el patetismo y el terrorismo revela a un actor lanzado sin miedo a una cuerda floja que transita sin miedo y con éxito; del mismo modo que el Señor de la Guerra Africano de Wayan Bawa no precisa de otros medios que su rotunda y tremendamente elocuente presencia para llevarse algunos de los más intensos momentos del montaje. Roberta Carreri (Mujer Igbo) se alza sin duda como una de las imágenes memorables de la propuesta; como las narradoras de Parvathy Baul y Elena Floris consiguen inmediata conexión con el público a través del poder de la música. Carolina Pizarro e Iben Nagel Rasmussen –que se reparten el mismo personaje central en dos etapas de su vida- se llevan con algunos de las escenas de mayor sutileza poética en torno al árbol que da título a la función; mientras que los Monjes Yazidíes de Luis Alonso, Donald Kitt y una Julia Varley de formidable encanto cuando evoca el canto de los pájaros en su tierna desesperación son el nexo más claro con el público –porque sus roles están en castellano- a pesar de no esconder ciertas incomodidades con el idioma. Fausto Pro completa con acierto el elenco como ese Deus Ex-Machhina que en ciertos momentos, precipita los acontecimientos hacia catarsis inevitables.

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El Árbol es una experiencia bellísima, fascinante en su complejidad, que demuestra que –más allá de abordar el horror desde la belleza, algo que ya se ha hecho antes- da de pleno en la diana al lograr construir una potentísima atmósfera que el espectador recibirá como un festival de estímulos que dejan algo como la completa comprensión de mensajes y códigos en mera anécdota. Rara vez se ve una función con esta capacidad de atraparnos y dejarnos llevar por todo lo que recibimos; una ficción tan dolorosamente hermosa capaz de evocar tantas imágenes no sólo ante nuestros ojos, sino también en nuestra mente. Sin duda, un espectáculo para recordar y plagado de encanto.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

El Árbol”, creación colectiva del Odin Teatret. Con: Luis Alonso, Parvathy Baul, I Wayan Bawa, Kai Bredholt, Roberta Carreri, Elena Floris, Donald Kitt, Carolina Pizarro, Fausto Pro, Iben Nagel Rasmussen, y Julia Varley. Dirección: Eugenio Barba. ODIN TEATRET / NORDISK TEATERLABORATORIUM / GROTOWSKI INSTITUTE / TEATRO NACIONAL DE BUDAPEST.

Teatro de la Abadía (Sala José Luis Alonso), 8 de Febrero de 2018

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