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‘Garage’, o el poder del metal

febrero 14, 2018

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Espectáculo en lengua gallega

Sin descuidar sus obras de gran formato –su versión de Soño dunha Noite de Verán continúa su exitosa gira- prosigue Voadora con su línea de trabajo en torno a los intérpretes amateurs. Si hace unos años presentasen aquel particular acercamiento a Don Juan con mayores de 65 años; ahora llega Garage – respeto la ortografía francófona, que es la que emplea el título del espectáculo-, una propuesta en torno al mundo de la industria del automóvil a lo largo del Siglo XX, en la que participan trabajadoras de la Peugeot-Citroen de Vigo; así como personas directamente allegadas a ellas. Un espectáculo estrenado en Francia en Septiembre de 2017, que conoce ahora su versión gallega –cuyo estreno tuvo lugar en Escenas do Cambio-.

Se podría decir que, en primera instancia, Garage – que se apoya en una dramaturgia de Fernando Epelde- pretende ser una suerte de teatro-documento en el que las propias trabajadoras recuerdan algunos aspectos laborales y anécdotas más o menos reales que les hayan ocurrido para trazar una panorámica del rol de la mujer no sólo en la industria del automóvil; sino también en el entorno laboral. El mundo del metal y la industria del automóvil son sólo un lugar donde emplazar una historia que, a nivel documental, pretende incidir en aspectos que son mucho más concretos, tales como los derechos de las trabajadoras; e incluso el papel de la mujer en un mundo como este que podría ser considerado en principio como de hombres. Una vista atrás de dos décadas desde el presente para comprender, desde el recuerdo humorístico, que puede que la mujer trabajadora haya avanzado en estos años a la hora de conseguir un cierto posicionamiento; pero también que todavía restan muchos tabúes que superar, porque algunos de los clichés machistoides de los que se ríen estas mujeres que empezaron a trabajar hace ahora entre 20 y 25 años todavía siguen vigentes en el mundo laboral actual. Así, desde la ironía cómica, puede que incluso desde la retranca, Voadora, Epelde y las mujeres que se prestan a este espectáculo están trazando, sin duda, una ácida crítica sobre el rol de la mujer trabajadora que escapa, entre carcajadas, de la condescendencia. Puede ser la industria automovilística o cualquier otra; puede ser hace 25 años o ahora: algunas cosas todavía siguen ocurriendo; y la igualdad laboral entre hombres y mujeres parece –sigue pareciendo- una quimera aún a día de hoy. La función –que acaba con dos niños enfrentados reflexionando desde su propio punto de vista sobre cuestiones como la igualdad de sexos, la igualdad laboral o hacia dónde caminan las cuestiones de géneero de cara a un futuro del que ellos, aunque tal vez aún no sean conscientes, serán los verdaderos protagonistas- parece no dejar lugar a dudas: aún hay mucho por hacer para alcanzar la verdadera igualdad; y tal vez los adultos del mañana – que son los niños del hoy- no vean todo lo que hay por hacer.

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A la concatenación de anécdotas y recuerdos que las trabajadoras tratan en tono entre crítico y cariñoso se une una especie de subtrama de ficción que nunca llega a aclararse del todo, pero que aporta a la función algo de turbio que le da un interés especial. La función arranca, por ejemplo, con una reflexión sobreimpresa en un portón de garaje cerrado sobre el rol del metal hoy, más bien en esa tradición simbólica que llama a la unión amorosa: los candados del amor que desde hace años saturan por ejemplo los puentes de Venecia, a partir de las novelas romanticoides de Federico Moccia –ya saben: 3 Metros Sobre el Cielo, Tengo Ganas de Ti y demás títulos que más tarde inclso llegaron a causar furor en el cine español para adolescentes-. Este doble símbolo del poder del metal –el metal como nexo de unión y el metal como material para la construcción- cobra especial sentido como digo cuando la narración de las trabajadoras se interrumpe para introducir una trama en la que se evoca un accidente automovilístico de una figura a medio camino entre viva y muerta y entre persona y maniquí. Una presencia danzante y fantasmagórica que de pronto sitúa la acción en dos planos; y, aunque nunca llega a desarrollarse del todo, sí genera una duda razonable, una incógnita que parece tomada de algunas películas de David Lynch, sobre qué está sucediendo en un espectáculo que –con la presencia de la muerte acechando- ya no se queda en algo tan jocoso como podría parecer en primera instancia. Esta complejidad es un acierto, porque aporta un nuevo sabor a un formato de espectáculo que gana enteros con respecto al Don Juan anterior, tanto en la estética del acabado como en unas intenciones que no buscan dar respuestas, pero ayudan decisivamente a crear una atmósfera estética muy atractiva que lanza una reflexión muda sobre ese doble poder del metal, que crea y arma –coches, amores, esperanzas…- pero también destruye –en esta historia paralela en la que el coche es también elemento mortuorio, quién sabe si por medio de accidente o de modo premeditado-. En cualquier caso, aunar estos dos planos ayuda como digo a sumar a la reflexión real un elemento onírico tan confuso y abrupto como sutil y útil en funciones expresivas.

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El espectáculo se apoya en la presencia de un coche de tamaño natural en escena, que lo mismo sirve para evocar los trabajos de las empleadas que para ser habitado por esa presencia onírica y danzante –la bailarina Clara Ferrao-; puesto que ambas tramas a menudo se superponen, pero también tiene el gusto por lo estético y la estética que es ya marca de la casa de la compañía: este apartado estético, complejo para un espectáculo de esta índole, eleva en mucho el poder visual de la propuesta. Introduce elementos de vídeo – un anuncio de automóviles retirado por hacer de la mujer un elemento demasiado poderoso-, símbolos –un bosque entre brumas- y demás elementos – la música pop tan fundamental en los montajes de Voadora- que arman un todo bastante sugestivo en un espectáculo de una hora justa. Las trabajadoras que forman parte del espectáculo aportan una frescura a sus narraciones que sitúa el espectáculo un paso más allá del mero teatro documento – lo he comentado ya otras veces con propuestas de formato más o menos semejante: estos shows con actrices no salen igual de bien- y da la sensación de que creen en lo que hacen porque se lo están pasando en grande.

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Garage es pues una función que tiene la virtud de durar una hora justa, ni más ni menos; pero a la que le basta una hora justa para transitar –si quiera perimetralmente- por espacios a medio camino entre el teatro documento, la ficción y el pop. Deja sobre la mesa ideas sobre las que puede que no profundice del todo –tampoco hay tiempo para profundizar-, pero que llama a ciertas reflexiones, tiene ritmo, humor fresco y acierto estético. También una función que, bajo mi punto de vista, pide un espacio que tenga mayor profundidad que el Salón Teatro, en el que se queda uno con cierta sensación de apiñamiento en escena. Con todo, un paso adelante importante si se compara con el anterior espectáculo de la compañía de este mismo estilo –aquel Don Juan-, porque este tiene un acabado formal y estructural mucho más cerrado que aquel.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

Garage”, dramaturgia de Fernando Epelde. Espectáculo participativo protagonizado por trabajadoras de PSA Peugeot Citröen de Vigo y voluntarios de distintas generaciones vinculados a la fábrica. Dirección: Marta Pazos. Movimiento: Guillermo Weickert. VOADORA / MA SCÉNE NATIONALE- PAYS DE MONTBELIARD

Festival Escenas do Cambio. Salón Teatro, 3 de Febrero de 2018

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