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‘António e Cleópatra’, o cohabitar el espacio del pensamiento

febrero 13, 2018

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Espectáculo en portugués

Para abrir el Festival Escenas do Cambio se invitó al creador Tiago Rodrígues –sin duda una de las voces más relevantes del teatro portugués actual- con su espectáculo António e Cleópatra –respeto las grafías lusas- consistente en una particular reescritura libertina de la obra homónima de William Shakespeare, con guiños musicales al filme Cleopatra de Álex North (1962) interpretada aquí por dos performers -Sofía Dias y Vitor Roriz- en un audaz ejercicio ya no sólo de deconstrucción de la tragedia de un modo muy particular; sino también de minimalismo escénico y contención expresiva para acercarse a una de las más extensas y complejas tragedias shakesperianas.

Espacio abstracto y diáfano en azul sobre el que cuelgan pequeñas estructuras esteladas. En un rincón, un moderno tocadiscos, dos vasos, una botella y un cómic de Cleopatra. Irrumpen en escena con sutilidad los dos intérpretes en ropajes contemporáneos. Desde este momento, descubrimos que Rodrigues se acercará al clásico mediante una particular narrativa de repeticiones, que a menudo hace avanzar la acción mediante el lenguaje en estilo indirecto – “Cleópatra dice:” / “Antonio dice:””- para realzar con especial hincapié las acciones o sensaciones de los dos personajes en el espacio. Es casi siempre una narración indirecta en la que los dos performers no llegan a convertirse realmente en António o Cleópatra, sino en entes que los representan, en sus representaciones o en lo que representan el uno para el otro: no en vano, a menudo es el actor quien se encarga de referir las acciones que acomete Cleópatra; y la actriz quien refiere los hechos relativos a António –y lo que en apariencia puede resultar un mero cambio de signo acaba yendo mucho más allá en el juego-. Mediante esta particular manera de narrar – que crea de alguna manera un doble distanciamiento del espectador para con lo narrado: puesto que nos vemos obligados a imaginar la ficción en nuestras cabezas; al mismo tiempo que asistimos a un cierto proceso de deconstrucción en el que lo frecuente es que la parte masculina haga las veces de femenina y viceversa- avanza la historia de los amantes, al tiempo que los performers ejecutan una sutil coreografía que nos sugiere que, ni siquiera juntos en el espacio, los dos personajes pueden llegar a a tocarse, aunque haya una fina conexión entre ambos que no pueden evitar, por más que nunca se llegue al verdadero contacto físico. El acercamiento de Rodrígues al texto juega no sólo con la deconstrucción desde el distanciamiento, sino también con el ritmo del lenguaje y la palabra, su sonoridad y su musicalidad para crear un espectáculo sugerente, arriesgado y de sutil cadencia; que juega con acierto y vehemencia la carta del riesgo ante la posibilidad de perder al público por el particular tratamiento textual. No ocurre, y la magia se acaba imponiendo en un espectáculo de fuerza casi hipnótica. Y así, sin más añadidos, asistimos al devenir de la tragedia, en una especie de curioso juego en el que los dos performers habrán de asumir algunas veces parlamentos de los principales personajes de entre los muchos que habitan la tragedia de Shakespeare – Lépido, Enobardo, César, Octavio…- y que se ve ocasionalmente interrumpido por la música de la película de North que los propios intérpretes activan en el tocadiscos que forma parte de la escenografía.

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Abordar algo tan grande como una tragedia shakesperiana desde estos niveles de distanciamiento es, como digo, un riesgo; pero el resultado muestra además el enorme respeto que Tiago Rodrigues tiene a todas luces por la grandeza de la obra de Shakespeare. Desde el principio, tanto en el minimalismo expresivo como en el particularísimo tratamiento tanto del texto como de la expresión corporal y gestual, Rodrígues parece querer buscar que el público tome una distancia con aquello que ve. No parece querer que la emoción real llegue desde la fuerza de la tragedia, puesto que la pasión, la muerte y lo trágico quedan, literalmente, suspendidos en el espacio que separa a los amantes Y, sin embargo, ante nosotros enseguida se arma un mundo de particular e innegable belleza, que dibuja toda una serie de sugerencias y posibilidades a la hora de decidir qué nos ha querido contar Rodrigues: esa sensación de suspensión de espacio – por lo abstracto de la escenografía y porque los intérpretes, siempre conectados por sus movimientos, nunca llegan a tocarse- nos podría estar llevando a esa sutil eternidad en la que viven António y Cleópatra, por los siglos de los siglos: suspensión del tiempo, suspensión de la conciencia; de la misma manera que la particular forma de acercarse al texto – el planteamiento de los dos amantes como una especie de opuestos complementarios que asumen las partes del otro- sugiere también el nexo imposible que ata sin remedio a estos dos seres condenados al más absoluto fracaso sentimental. De hecho, gran parte de las repeticiones de acciones que evocan sentimientos y sensaciones bien podría sugerir el subconsciente de dos personajes que piensan constantemente en el otro, se reconocen en las acciones del otro; y, al mismo tiempo, se contradicen en un guiño hacia la imposibilidad de amarse y el fatum trágico que tal vez sólo les deje reunirse más allá –tal vez ese más allá sea también el espacio indeterminado que ocupan ahora-. Así, podemos decir que Rodrigues emplea su deconstrucción para trabajar sobre la recursividad tanto de la estructura textual como del lenguaje propio, creando infinitas posibilidades de que el público –obligado desde un principio a evocar- sitúe la situación y la acción cómo y dónde la sienta. Este juego recursivo que plantea la dramaturgia de Rodrigues demuestra que su deconstrucción no es ni caprichosa ni baladí; sino que tiene una función tan abierta como al mismo tiempo clara.

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Otro de los aspectos que llaman la atención de la propuesta es el uso del lenguaje como elemento de sonoridad y forma rítimica que proporciona al montaje una sutil cadencia que sirve de partitura musical al espectáculo. La repetición de acciones y pensamientos – siempre mediante frases muy concisas- es, sin duda, evocación de esa suspensión de conciencia que parecen atravesar estos personajes en este limbo en el que se hallan; de la misma manera que una preciosa escena construida a través de aliteraciones a veces sonoras y otras veces cacofónicas mediante una retahíla de conceptos que se transforman en otros por su sonoridad – el momento más sorprendente y hermoso del espectáculo- constituye una cumbre dentro del todo y vuelve a estar cargado de simbolismo; al tiempo que es otro signo de la unión – tan férrea como imposible- de esta duplicidad: António y Cleópatra, unidos por el lenguaje en el amor y en la guerra. Todo el espectáculo – en mayor o menor medida- es un ejercicio que juega con la sonoridad y el ritmo; y de esa sonoridad y ese ritmo nace la cadencia que nos mece y al mismo tiempo nos engancha sin remedio a una propuesta fascinante. Acaso las transiciones musicales – con cierto encanto las primeras veces- me acaben sobrando, en un espectáculo que tiene por mayor partitura la musicalidad de la palabra.

También llama la atención que algo de corte esencialmente performativo se ocupe en primera instancia del tratamiento del texto como arma expresiva, y que la coreografía – tan presente como sutil- sea sólo un complemento a ese tratamiento del texto. Contando con dos performers, hay que señalar la elegancia de los movimientos – que evocan la imposibilidad real de encontrarse en el tiempo y en el espacio de los dos personajes, al tiempo que la cadena que les une sin poder evitarlo en la distancia-. Se agradece que el estudio performativo radique esta vez en el uso del lenguaje y en el indagar estados de ánimo para decidir sobre los códigos del amor.

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La tragedia que presenta Rodrígues aquí es sutil porque seguramente parta de la separación misma –aquí tan real como metafórica- de los amantes. Después de todo, parece claro que la gran metáfora que arroja este espectáculo es la de poner en tiempo y espacio pensamientos y estados de ánimo: Cleópatra y António tal vez aquí no existan, no sean entes reales; pero al tiempo coexisten y cohabitan en el espacio del otro. Un espacio indeterminado que puede ser el del deseo o el del pensamiento, incluso meramente el del subconsciente; entes en cualquier caso abstractos e inalcanzables que llaman sin dudarlo a la fatalidad y a lo inexorable del destino que les espera. Pero por un momento este António y esta Cleópatra pueden existir en la mente o en el dibujo mental del otro: pensarse, dibujarse, añorarse, desearse siempre desde esa distancia que les separa; este juego seguramente sea uno de los mayores atractivos de la singular propuesta de Rodrigues.

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La propuesta escénica, que dirige el propio Tiago Rodrígues, destila sutileza y elegancia, tanto en el espacio diseñado por Ângela Rocha como en el capital diseño de luces de Nuno Meira. También el devenir de los dos performers – prodigio de contención, siempre elegante, haciendo gala del principio del menos es más- Sofia Días y Vitor Rocha que, casi sin que se note, nos empujan con ellos a un bello paisaje en el que nuestras conciencias se suspenden para dejarnos llevar por nuestra imaginación, mecidos en por sus voces, por la suavidad de sus gestos y por su dócil sentido del ritmo. Hay en ambos un trabajo de compenetración y de atención al detalle que acaba derivando en una sensación estimulante, al borde de lo onírico, que transmite toda una serie de estímulos muy gratificantes al público. Da gusto asistir a espectáculos performativos que tienen esta elegancia y esta sutileza; al tiempo que demuestran que a veces, lo pequeño, el detalle y la contención pueden ser mucho más evocadores que el mayor de los desparrames.

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Al final de todo esto acaba aflorando una emoción que uno no sabe bien si proviene de la belleza de algunas líneas shakesparianas, de la manera de contar que ha escogido Rodríguues o del sobrio pero esmerado trabajo de ambos intérpretes: posiblemente la respuesta sea una suma de todo ello. En cualquier caso estamos ante una propuesta ciertamente audaz como complejo ejercicio de deconstrucción textual; así como un espectáculo minimalista y sobrio que demuestra sin embargo que puede disparar la imaginación. Además, es obligado señalar que este espectáculo constituye una de las pocas oportunidades de ver teatro portugués en Galicia; una práctica que, dada la proximidad de las dos lenguas y la diversidad de enfoques de las dos escuelas actorales, tendría que ser mucho más frecuente, porque indudablemente enriquece y aumenta la visión panorámica.

H. A.

Nota: 4/5

António e Cleópatra”, dramaturgia de Tiago Rodrigues con fragmentos de la obra de William Shakespeare. Con: Sofia Dias y Vítor Roriz. Dirección: Tiago Rodrigues. TEATRO DONA MARIA II / MUNDO PERFEITO / CENTRO CULTURAL DE BELÉM / CENTRO CULTURAL VILA FLÔR / TEMPS D’IMAGES

Festival Escenas do Cambio (Museo Centro Gaiás), 1 de Febrero de 2018

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