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‘Lo Nunca Visto’, o jugar a imaginar un pasado mejor

febrero 11, 2018

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Después del éxito de Las Princesas del Pacífico –aquel espectáculo casi inclasificable y lleno de personalidad- había mucha expectación por el regreso de La Estampida con la nueva dramaturgia de José Troncoso. En Lo Nunca Visto, el equipo en pleno de la anterior producción realiza con éxito una carambola: mantienen el espíritu y el estilo de aquella, su esencia como una tarjeta de presentación –y dadas sus particularidades estilísticas el asunto no estaba fácil- pero presentan además una estructura narrativa más compleja; y hasta una apuesta más firme por un universo dramático que, si en Las Princesas… sólo translucía, aquí aparece pisando fuerte. Y, en fin, Lo Nunca Visto vuelve a ser una comedia esperpéntica de perdedoras que tratan con todas sus fuerzas de camuflar el fracaso y el dolor sonriendo.

Una decrépita profesora de danza para niñas se enfrenta al desahucio por impago de su local de trabajo y planea marcharse a lo grande, organizando un innovador último espectáculo de danza-teatro con algunas de sus alumnas más brillantes. Como si fuera inconsciente de que su tiempo ya pasó, se lanza a la tarea de reclutar un equipo entre sus pupilas; pero, entre fallecidas y lisiadas, sólo dos responden a su llamada: un ama de casa que escapa de un infierno personal y una yonki seropositiva golpeada por el infortunio cuando buscaba una vía de escape. La idea de la profesora es construir el espectáculo a partir de las vivencias de sus dos ex-alumnas –y también, claro, de la suya propia- y ofrecerles una forma de expresión a través de la danza. Aunque al principio parece que nada fuera de lo normal ocurre, las tres mujeres habrán de enfrentarse a la reconstrucción de sus vidas para armar las tramas. Esto implicará tener que mirar de frente a sus verdades, sus realidades, las páginas que pasaron y las realidades que asumieron; reabrir heridas: asomarse al abismo por un momento, coger aire, refugiarse en la danza y hasta quién sabe si también decidir sobre el derecho a cambiar sus propias historias… a fin de cuentas, en el teatro y en la ficción la historia no es como es, sino como se recuerda ¿verdad? ¿Cómo ha podido pasarles esto a ello? ¿Cómo han llegado a esto? ¿Todavía pueden rebobinar la cinta de la vida? Será así como las tres mujeres encuentren tal vez por un segundo a través de la ficción una última oportunidad para soñar con un pasado mejor… o tal vez para tomar el aquí y el ahora como nuevo punto de partida; no lo olvidemos nunca, desde el universo de la ficción. ¿Qué ocurre al entender que la ficción y la imaginación son los únicos mecanismos válidos para creer que cambiar es posible? De una u otra manera, estas tres perdedoras –pero también estas tres luchadoras y estas tres mujeres valientes- se empotrarán contra esta pregunta a lo largo de este misterioso proceso de creación.

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José Troncoso ha encontrado un estilo propio y en Lo Nunca Visto lo ofrece más depurado, mejor acabado y más ambicioso. Su narrativa es una especie de esperpento contemporáneo que dibuja a tres personajes a primera vista grotescos –en caracterización y estilo-, como deformados por un espejo cóncavo; para introducir al espectador a través de una comedia cercana a la farsa negra en un universo que pronto entenderemos que esconde mucho mar de fondo, mucha profundidad y mucha tragedia. De partida nos reímos con – pero nunca ‘de’- la disparatada frescura que emanan estas tres mujeres capaces de decir cualquier cosa como algo normal, porque han visto mucho, vivido mucho y sufrido mucho. Son tres mujeres normales, de esas que cada uno de nosotros se cruza a diario en la calle. Mujeres con las que hemos podido cruzarnos y convivir; mujeres con sus excentricidades y su carcasa que pareciera querer gritarnos que no son conscientes de su propio destino trágico, que han decidido evadirse a su propia burbuja al verse enfrentadas a la mala suerte por circunstancias que ni ellas mismas pueden controlar. Mujeres que abordan lacras sociales que siguen siendo perfectamente actuales a día de hoy –el maltrato, el fracaso, la dependencia (y no sólo la dependencia de las drogas)- mirando por un instante, como en un sueño, a la capacidad de decidir. Troncoso traza una pieza en la que subyacen las tres historias personales de las tres mujeres como si se tratase de tres pequeños cuentos; y tiene el acierto de mirar ese universo de perdedoras desde la amabilidad y el cariño –pero nunca desde la condescendencia ni la autocomplacencia- para crear una comedia repleta de situaciones descacharrantes basadas en la pretendida ingenuidad de los tres personajes – y en el código de farsa esperpéntica en el que está escrita buena parte de la función-; pero que no teme arañar al público mediante sutiles pero claras y rotundas pinceladas de drama – que tal vez aparezcan aquí con mayor fuerza que en Princesas del Pacífico-. Puede que Troncoso use en su dramaturgia la repetición como recurso que termina siendo demasiado recurrente: eliminar algunas de esas repeticiones –de muletillas, sonidos o tics- seguramente dará mayor fluidez a un discurso ya de por sí interesante.

Se apoya el montaje en una poética muy personal y particular –ya marca de la casa de la compañía- que, al código de farsa, une por ejemplo los ecos de algunos corales de las Pasiones de Johann Sebastian Bach para acompañar las historias de las tres mujeres; y para señalar aquellas transiciones en las que, superadas por la situación, cada una de ellas es aupada por las otras a bailar como única salida posible para encauzar el asunto. El código –a medio camino entre la farsa, el drama y el esperpento- se ha desarrollado más y obliga esta vez a entrar de la realidad al recuerdo; y a que cada una de las otras dos mujeres completen los personajes que son esenciales en la historia de la que en ese momento sea protagonista, de la misma manera que ofrece sutiles guiños metateatrales que sirven como oportunas rupturas de según qué clímax dramáticos –no olvidemos que, al fin y al cabo Lo Nunca Visto cuenta la historia de un proceso de creación-. Pero, a fin de cuentas, la gran clave de Lo Nunca Visto radica en el hecho de transitar con acierto desde la comedia hacia el drama sin hacer que el espectador pierda nunca la sonrisa –pero tampoco la certeza de tragedia que esconden estas historias- y en haber sabido dibujar personajes comunes, reconocibles, enfrentados a lo cotidiano. La mezcla de una poética de lo esperpéntico enfrentada a la tragedia realista provoca una mezcla que conecta muy bien con el público; y el haber creado historias más realistas –y más definidas- que en Las Princesas del Pacífico es sin duda un gran paso adelante para un autor que ha encontrado un estilo muy particular en el que podría tener un filón interminable.

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Como sucedía en Las Princesas del Pacífico, se puede decir que Lo Nunca Visto se apoya en el trabajo actoral. Pocos elementos escénicos sirven a las tres actrices –una vez más irreconocibles, caracterizadas de forma espléndida: vestuario de Miguel Ángel Milán, nadie firma la caracterización- para crear un universo muy particular. Porque la ardua tarea de las tres es enfocar estas historias desde el esperpento, sin caer nunca en el ridículo, en el exceso y mirando a estas tres mujeres desde el cariño. Encontrar el equilibrio es una de las grandes claves del espectáculo; y ese equilibrio está aquí perfectamente medido y calculado. No nos sorprende la delicadeza con la que Belén Ponce de León –aquí la profesora de danza eternamente apoyada en una muleta que necesita para caminar dado su caduco estado físico: ¡qué hermosa contradicción!- y Alicia Rodríguez – la mujer fugada, la de la eterna sonrisa, que esconde su dolor bajo unas gafas de sol- se manejen con la comodidad que lo hacen en estos dos personajes que tienen mucho que ver en las formas con los que ya interpretaban de manera sobresaliente en Las Princesas del Pacífico; encuentro que tal vez estos dos sean un punto más complicados, porque caminan más a menudo hacia esferas de un realismo más cotidiano, pero en cualquier caso ambas actrices vuelven a mostrarse no sólo como camaleónicas sino como intérpretes con la capacidad suficiente para tratar el código del esperpento con la mirada del cariño, sin llegar ni siquiera a bordear jamás la línea del ridículo: no es asunto sencillo, desde luego. No es sorpresa, desde luego; pero no por ello hay que dejar de aplaudir la dificultad de lo que ellas –una vez más- hacen parecer tan sencillo. Pero lo de Ana Turpin –que se incorpora al elenco con esta producción- sí que es llegar y besar el Santo: el de la yonki gallega podría haber sido un personaje construido a modo de clichés; pero Turpin sin embargo lo convierte en un calco de tantas y tantas mujeres con las que me haya cruzado de niño en los fondos más bajos del coruñés barrio de Monte Alto: desde un realismo descarnado; pero también desde una mirada tierna que muestra que hay un profundo conocimiento en la actriz del perfil que está personificando –ya desde ese marcaje de acento gallego tan bien tanteado-: Turpin – en uno de los mejores trabajos de su carrera- encuentra aquí un papel radicalmente distinto a lo que suele interpretar; y se corona como una actriz con registros, capaz de manejar este rol tan complejo y lleno de trampas para cualquier intérprete. Estar a la altura de dos compañeras tan entonadas no era tarea fácil; pero casi diría que, por momentos, hasta llega a ponerse un milímetro por delante. Tres actrices sembradas, en cualquier caso, en una función nada fácil.

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Quienes ya hayan disfrutado con Las Princesas del Pacífico sabrán valorar seguro el paso adelante que supone Lo Nunca Visto siendo fieles a la esencia que dio el éxito a la compañía; y quienes lleguen a esta obra por primera vez seguramente saldrán fascinados ante la solidez de un trabajo valiente y con mucho más fondo del que se puede ver en la superficie.

H. A.

Nota: 4/5

Lo Nunca Visto”, de José Troncoso. Con: Belén Ponce de León, Alicia Rodríguez y Ana Turpin. Dirección: José Troncoso. LA ESTAMPIDA / PADAM PRODUCCIONES.

Sala Cuarta Pared, 24 de Enero de 2018

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