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‘Deadtown’, o el lejano Oeste en dos caras

enero 31, 2018

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Deadtown, de los Hermanos Forman –hijos del mítico cineasta- era una propuesta en el punto de mira de todos. Las entradas volaron, y las opiniones más diversas no se hicieron esperar en torno a lo que, en primera instancia, parecía que iba a ser un western en teatro con técnicas tomadas del cine. Después de ver la función, sin embargo, la sensación es la de un espectáculo que, aunque se ve con agrado, prometía más de lo que acaba dando. Primero porque no hay una línea narrativa clara y segundo porque está indirectamente dividido –no hay pausa- en dos partes bien diferenciadas que no terminan de tener una conexión entre sí. Un espectáculo multidisciplinar – hay música, danza, circo, magia, malabares, teatro de sombras, efectos visuales en tres dimensiones…- con un despliegue técnico imponente y que deja imágenes y efectos muy atractivos; pero al que, pese a las formidables intenciones y la impecable factura técnica, tal vez le falte volar más alto y emplear todos esos medios para contar algo. La sensación que se lleva uno a casa es la de haber visto alguna imagen imponente y haber pasado un rato agradable; pero todo lejos de las tremendas expectativas creadas.

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El espectáculo empieza en una especie de saloon del lejano Oeste en el que no faltan ni las vedettes ni la orquesta ligera en lo alto de un palco. Durante aproximadamente 40 minutos se suceden números musicales, de danza, de circo y de magia, de carácter festivo e inconexo trufados de un esfuerzo de los actores por hacerse entender en un español algo macarrónico que sin embargo saben bien cómo aprovechar para emplear como símbolo de ese carácter gringo tan ligado a ciertos ámbitos del Far West – en este sentido, el número de la patinadora que entona “Cucurrucucú Paloma” con un marcadísimo acento resulta simpático y nos dibuja una sonrisa-. 40 minutos orientados a la comicidad – el retrato de indios y vaqueros es conscientemente y sostenidos por el ambiente de camaradería que se genera, y que encienden al público –lanzado a las palmas, los silbidos y otras formas de aprobación-. Hasta este punto, durante estos 40 minutos, se crea un ambiente de fiesta; pero lo cierto es que hay que considerar que como parodia del mundo del lejano Oeste se han hecho cosas mejores con muchos menos medios –¿cómo no pensar viendo esto en el vuelo que alcanzaba Río Bravo de Chévere, por ejemplo?- e incluso como espectáculo de circo la cosa es muy normalita –el número más complejo es el de los saltos en bicicleta sobre cama elástica-. Pero lo cierto es que la expectativa era más alta, y esta secuencia que empieza siendo simpática acaba por volverse algo que exaspera conforme avanzan los minutos.

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Tras haberse sonreído y haber encontrado simpáticos algunos números, uno está apunto de tirar la toalla conforme ve los minutos pasar y hasta de preguntarse qué habrá visto tanta gente en este espectáculo cuando de pronto un mago –la magia es el gran hilo conductor del todo- aparece en escena con una muñeca viviente y nos invita a viajar al Oeste con nuestra imaginación, tras preguntarnos si realmente creíamos que les habían traído aquí sólo para esto. En este momento bajan unas telas y comienza una hora de espléndido espectáculo visual en tres dimensiones –arrancando con un espectacular tifón que arrasa la ciudad hasta convertirla en la ciudad muerta del título; en un efecto óptico impresionante-. Y, entonces, la cosa se endereza en la que dialogan cine en directo – con los actores en vivo integrados en proyecciones 3D- con teatro negro para crear un mundo que pretende ser una alegoría de un western del cine mudo en directo, en un juego visualmente deslumbrante. Desde aquí el espectáculo –apoyado en una compleja factura técnica- gana muchos enteros, asumiendo que todo se va a reducir a un sobresaliente juego visual; y que incluso la historia del western que vemos en pantalla –pero en vivo- se reduce a la mínima expresión –la historia de amor entre un mago que se aloja en una posada de la ciudad muerta y una camarera de la posada-. Hay un esfuerzo muy de agradecer –y muy disfrutable- por recuperar todo ese código gestual del cine mudo – que tan bien casa por cierto con el juego en tres dimensiones sobre el que se sustenta toda esta parte de la función-. La ilusión óptica que se crea es de tal calibre que a veces resulta difícil distinguir dónde acaba la imagen y empieza la escenografía; y ha de haber mucho trabajo para lograr ese efecto. Por momentos uno tiene la sensación de retrotraerse a la infancia y encontrarse ante alguna atracción de Disneylandia planteada aquí a gran escala –esto es un elogio, por supuesto-: puede que esa sensación sea uno de lo mayores valores que hace que todo el mundo acabe entrando, en mayor o menor medida, en el despliegue técnico de los Forman; porque durante esa segunda parte del espectáculo sí dispara nuestra imaginación ante nuestros ojos, con toda una pléyade de vaqueros y lugares comunes sobre el Oeste muy bien traídos al caso que nos invitan a jugar como niños por un momento. La música – expresamente compuesta para la función- está muy bien integrada en el discurso del Oeste de cine mudo; y el hecho de tener una banda en directo siempre es un punto a favor.

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La sensación con la que se sale de la función –que acaba en gran algarabía, con los actores invitando al público a invadir el espacio del saloon y tomarse una cerveza mientras la orquesta sigue tocando en directo- es de felicidad, de haber visto algo intenso que casi nos hace olvidar aquel comienzo en el que tanto le costó arrancar. Pero, siendo francos, cabe preguntarse qué necesidad real había de prolongar tanto aquella primera parte –tan básica y desconectada de la segunda-: es, obviamente, una manera de engañar conscientemente al público, descolocarlo y aumentar el efecto sorpresa cuando empieza lo verdaderamente interesante; aunque tal vez 40 minutos de “arranque” sean demasiado. También cabe preguntarse qué se busca con dos partes tan diferenciadas e inconexas; y hasta qué punto este inicio no es un borrón en un espectáculo que, de contar sólo con la segunda parte, hubiese ganado muchos enteros a nivel global. Pero incluso podemos comentar que, dentro de la segunda parte, todo lo que nos está arrastrando –y vaya que si lo hace- es un aparato técnico y óptico de formato gigante; en el que intérpretes, trama y voluntad por contar algo concreto pasan a segundo plano. A pesar de todo, lo cierto es que es imposible no dejarse arrastrar por el lenguaje de los Forman; pero son muchas las ocasiones en las que he señalado que en los espectáculos en los que dialogan varias disciplinas lo interesante es emplear los medios al servicio de contar algo. Y en Deadtown, sin embargo, vemos un despliegue tecnológico de primer orden al servicio de una historia bastante justita; como si casi todo fuese una excusa para enseñar todo lo – mucho- que son capaces de hacer.

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En fin, la primera parte del espectáculo es simpática –pero se alarga en demasía- y la segunda visualmente deslumbrante, sí. Se sale de ver Deadtown con buenas sensaciones y buen rollo, también. Pero, sin negar ni el atractivo de la propuesta ni la sobresaliente factura técnica, ni el rato entretenido ni algunas imágenes y efectos que se quedarán clavados en la retina por largo tiempo; lo cierto es que a nivel narrativo –y teniendo en cuenta que aquí hay un intento por integrar una narrativa- la cosa se queda corta, y viniendo de donde viene esperábamos algo de mayor calado: otros, sin salir del Oeste, contaron más cosas con muchos menos medios. Se le puede pedir más calado, pero hay entretenimiento e impacto visual en un montaje con mucho de ilusión de parque de atracciones de primer orden; en suma un mero divertimento muy bien hecho.

H. A.

Nota: 3 / 5

Deadtown”, de Forman Brothers Theatre. Historia y guion: Ivan Arsenjev, Petr Forman Con: Petr Forman, Veronika Švábová, Marek Zelinka, Jacques Laganache, Daniela Voráčková / Simona Babčáková, Josefína Voverková, Vojta Švejda / Jiří Kniha, Michael Vodenka / Miroslav Kochánek, Ivan ”Zobák” Pelikán, Petr “Goro” Horký, Josef Sodomka / Ivan Arsenjev, Philippe Leforestier, Mitakuye Oyeasin, Jakub Tokoly y Dizzy Gilagio (Didier Castelle, Francois Lezer, Michel Oger, Thierry Malard. Dirección: Petr Forman. FORMAN BROTHERS THEATRE.

Naves Matadero. Centro Cultural de Artes Vivas, 23 de Enero de 2018

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