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‘El Ángel Exterminador’, o esperando a Buñuel

enero 29, 2018

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La adaptación al teatro de El Ángel Exterminador, icónica película de Luis Buñuel, era sin duda una de las apuestas más ambiciosas de toda la temporada teatral en España. Fernando Sansegundo firma la versión teatral de un montaje que incluye elenco de 20 actores dirigidos por Blanca Portillo. La expectación por esta costosa superproducción –no se veían apuestas de esta envergadura en este teatro desde los tiempos de Pérez de la Fuente- era lógica, y las entradas volaban incluso antes del estreno. Y, sin embargo, el resultado no termina de convencer del todo: se ha levantado una producción que no escatima en medios ni recursos; pero, sin embargo, resulta imposible no pensar que, en el particular acercamiento al clásico algo de su esencia se queda por el camino, por más que el esfuerzo por levantar un espectáculo vistoso sea encomiable.

Si hay algo fascinante de la cinta de Buñuel, más que el retrato mismo de la degradación burguesa, seguramente sea su componente críptico, tanto a nivel simbólico como a nivel de la metáfora que el cineasta nos quiso trasladar. De la misma manera, hay en la película una especie de suave surrealismo que surge a partir de pequeñas pinceladas entre un comportamiento eminentemente burgués. Así, podemos decir que todo es en esencia sugerente en Buñuel, nada obvio y muy abierto a interpretaciones; si bien prima la elegancia de lo que podríamos llamar un humor burgués que evita la astracanada para integrar el surrealismo en pequeñas dosis –seguramente la más memorable, junto a las tan discutidas escenas repetidas erróneamente cortadas en alguna edición, sean esos corderos que aparecen en diversos momentos-. Hay pues en El Ángel Exterminador una mirada mucho más crítica que puramente humorística a una burguesía caduca; pero ante todo una mirada a la pérdida de las –falsas- buenas formas de la gente pretendidamente educada, que mueva a la reflexión del espectador a partir del dibujo de la degradación de las buenas costumbres: esa bajeza moral –que, a veces, hasta los propios personajes desconocen que tienen- y esa degradación me parecen tan claves en la obra de Buñuel como la sutilidad con la que introduce de forma progresiva los retazos del más delirante humor. Podría decirse que el éxito de cualquier otra transposición de esta obra –asumiendo que no va a copiarse el modelo original- está en saber encontrar un equilibrio entre absurdo, crudeza y surrealismo sin perder nunca de vista la crudeza que supone ver caer al abismo a esos individuos acomodados. Y, a mi modo de ver, la presente versión, se apoya básicamente en una de las caras de todo esto –la más cómica y esperpéntica- dejando bastante al margen otras opciones de una obra poliédrica.

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La versión del texto que firma Fernando Sansegundo se prolonga por más de dos horas –señalemos aquí que la película no alcanzaba la hora y media- y ha tomado una serie de decisiones de dramaturgia que nos alejan de inmediato de aquel universo cinematográfico. Este Ángel Exterminador transcurre en el presente, ahora y aquí. Los náufragos de la calle Prosperidad son ahora neopijos de poca monta, nuevos ricos: médicos, banqueros, mujeres dependientes de sus maridos o galanes de poca monta que perrean reggaeton latino, consultan móviles y tablets y se lanzan a bailar al son de Los Chichos – por supuesto con “Quiero ser libre”: el símil no puede ser más evidente-. Primer problema: al no ser verdaderos burgueses, su vulgaridad acrecienta el efecto cómico en un primer momento; pero enseguida nos hace perder el interés, porque sabemos que su faceta más culta es una verdadera fachada, con lo cual su pérdida de las formas resulta mucho más esperable, evidente y menos sorprendente: conozcamos o no el original, aquí sabemos que esta gente se va a liar a mamporrazos a la primera de cambio, cuando en Buñuel cabía la duda, precisamente porque el retrato inicial de los personajes era de otra esfera social; así, al no haber sorpresa, tampoco hay demasiado lugar a la compasión. Además, Sansegundo da mucha importancia en su versión a los hechos que ocurren en la calle, mediante el personaje alegórico de una mendiga que permanece en el patio de butacas tejiendo constantemente y que comenta el devenir de los hechos con las fuerzas del orden o curiosos que se acercan al lugar, en toda una serie de escenas que se prolongan en demasía y suponen un reto para la puesta en escena. También siento que en esta versión – como ya señalé, bastante más extensa que el original- los criados de la mansión han cobrado capital importancia con respecto al original. Puede decirse que el tono de la versión –generosa en chascarrillos de todas clases- se aleja no ya del surrealismo, sino también del absurdo que podría ser la línea a seguir, para caer con mayor frecuencia den un esperpento que viaja con demasiada frecuencia hacia lo grotesco. Busca seguramente el absurdo cómico tendiendo a deformar en exceso las personalidades de los personajes; como si buscase ridiculizar a la mayoría de forma bastante evidente: para crear comedia se cae en el exceso, en la brocha gorda, e incluso podemos decir que si partimos del exceso como aquí, algo de la esencia de Buñuel se pierde. Es cierto que Sansegundo – autor de grandes versiones de obras muy complejas- ha tenido la suficiente habilidad como para crear un todo con ritmo teatral consistente –más allá de que las dos horas y diez que dura la función resulten demasiado…- pero la idea de traer a esta burguesía al aquí y ahora le quita gran parte de la fuerza que tenía el original y no aporta ninguna novedad verdaderamente reseñable; es más, creo que se pierde gran parte de su carga simbólica y hasta cómica –la distancia espacio-temporal con esos personajes era para mí una de las grandes claves de esa comicidad sutil tan buñuelesca. Es, sin duda, un acercamiento a la obra que se aleja conscientemente del original de Buñuel cuanto puede – salvo por ciertos guiños-; pero que sin embargo no termina de sumar.

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En una puesta en escena muy compleja, Blanca Portillo ha sido, como mínimo, valiente. Ha arriesgado – y eso no puede negarse- con soluciones casi siempre ingeniosas pero no siempre efectivas de cara a la representación; como si ideas que funcionan en la cabeza no terminasen de cuajar del todo en escena. Portillo se apoya en una espectacular escenografía de Roger Orra, que reproduce sobre el escenario un gran salón art-decó con todo lujo de detalles, alturas y profundidades que, nada más entrar a sala, impacta por su ampulosidad. Un salón lleno de escalinatas, alturas y juegos de profundidad; que parece, efectivamente, decorado por esos nuevo burgueses con pésimo sentido del gusto; en el que tiene cabida desde una jirafa gigante hasta una pareja de dálmatas disecados. Hay además una gran vitrina de cristal que será, efectivamente, la habitación en la que se queden recluidos los invitados sin poder salir. La idea del encierro en una gran vitrina provoca, por una parte, que gran parte de la escenografía no se emplee más pasados apenas 20 minutos de representación – porque, en escena, todo se reduce a la zona de encierro-; y por otra que los personajes se vean obligados a usar microfonía durante el mucho tiempo que pasan encerrados en la vitrina: una microfonía que, al menos en mi función, sonaba sucia y confusa, enturbiando el diálogo. Como idea visual puede ser interesante; pero creo que el precio a pagar para llevar esa idea a cabo es demasiado: problemas de sonido, un espacio escénico demasiado acotado y provocar que el juego de iluminación de Cornejo se estrelle sobremanera contra esa estructura que, evidentemente, no deja pasar la luz como sería deseable. Resulta curioso que, acotando tanto el espacio escénico, Portillo haya decidido además situar toda la trama que ocurre fuera de la casa – aquí bastante extensa- en el patio de butacas –cuando había escenario libre de sobra…-; en esta línea, sitúa a dos personajes – la Tejedora y el Oficial- en dos butacas centrales de una fila a mitad del patio de butacas, obligando a levantarse a los espectadores cada vez que dejan o recuperan su posición: la situación resulta simpática las dos o tres primeras veces; pero acaba volviéndose tan recurrente que genera exasperación incluso entre los que no nos vemos implicados en el juego; quizás hubiese sido más práctico situar a estos dos personajes en dos extremos de las filas, de manera que se permitiese un cierto juego con los espectadores pero evitando el caos de forma tan sistemática. Además, tener tanta acción en el patio de butacas puede llegar a dificultar la visión del espectáculo no ya a los espectadores del propio patio – y en este sentido creo que la propuesta se ve con mayor perspectiva desde el primer piso-, sino incluso a los que ocupen todas aquellas localidades que no permitan ver el patio de butacas en su integridad –y, en un espacio a la italiana, hay unas cuantas…-. Más feliz resulta, por ejemplo, la escena final en la que, sin bajarse del carro del exceso que rige toda su propuesta, Portillo alza una catedral –botafumeiro incluido- para un momento de gran impacto plástico, en el que sin embargo no se integra a los espectadores cuando sí hubiese sido pertinente una vez que asumimos que todo el teatro es la iglesia. En un montaje de esta envergadura, sorprende sin embargo que Portillo haya renunciado a gran parte de los símbolos surrealistas que empleó Buñuel –entiendo la imposibilidad de hacer aparecer las tan esperadas ovejas; pero seguro que hay medios más que suficientes como para distorsionar el montaje con algún elemento que entroncase con el surrealismo. A fin de cuentas, se puede decir que la propuesta de Portillo impacta por su poder imaginativo y su capacidad de ideas e intenciones; pero que esas ideas no terminan de encajar cuando se plasman en el escenario.

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En otro orden de cosas, en consonancia con el tono de la versión, la dirección de actores tiende a acercarse más a una disparatada comedia de salón que al absurdo surrealista que parece demandar Buñuel. Hay algunos aciertos – las escenas iniciales de los criados están muy bien dirigidas en cuanto a tono, y la repetición de la secuencia de entrada es ocurrente y bien planteada-; pero enseguida se entra en la reiteración por algo que ya he comentado más arriba: se nos enseña la cara de los personajes, y por lo tanto su bajada a los infiernos de la necesidad es mucho menos interesante; y tampoco parece que Portillo quiera hacer especial hincapié en este aspecto sobre el que pasa bastante de puntillas – porque la versión pasa en los momentos más violentos directamente a las escenas en la calle-. Hay momentos íntimos de interés – los guiños musicales resultan bastante oportunos y bien incrustados-; pero la sensación del montaje en lo relativo a la dirección de actores es la de que se ha buscado una comedia de salón más próxima a la astracanada que al esperpento y todo está enfocado en esa línea. Es, desde luego un enfoque que podrá convencer a quienes no conozcan la película, pero que resulta desconcertante para los que la hayamos visto alguna vez –yo mismo, sin ir más lejos, tuve que revisar el original una vez vista la función porque no recordaba todo tan enfocado al humor de grandes rasgos… efectivamente, en la cinta no lo está-. Curiosamente los momentos más poéticos –los de las visiones de la valquiria, el criado cantando o incluso las intervenciones de la Tejedora- acaban resultando los más acertados de la propuesta; de donde se deduce tal vez la propuesta hubiese ganado algún entero si se suavizase el tono general, alejándose de una comicidad exagerada que se pasa de evidente. Lo que se ve en el Español está por momentos más cerca de una comedia de Jardiel Poncela enfocada a lo grande que del espíritu de Buñuel.

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La veintena de actores que interviene en el montaje lo da todo en una propuesta tan coral como compleja para ellos. Primero, porque han de enfrentarse al problema de la vitrina y el sonido confuso; y después porque, en su mayoría, están marcados en una línea excesiva que hay que saber manejar muy bien para que funcione, provocando que gran parte del elenco –un elenco de campanillas al que hemos visto brillar mucho otras veces- esté pasado de revoluciones porque, seguramente, eso es lo que se les ha pedido. Puede que los mejores trabajos vengan de aquellos actores que mejor manejan el género de la comedia de salón: en este sentido, entre los invitados podemos destacar a Francesca Piñón y María Alfonsa Rosso –estas sí, ambas con la extravagancia en su punto justo-, al desenvuelto amante de Daniel Muriel, al sólido juez de Juan Calot –que baja enteros cuando se convierte en Oficial, creo que también por un asunto de enfoque de dirección-, al efectivo médico de Álex O’Dogherty –que se nota que conoce este género al dedillo- y, sobre todo, a una Cristina Plazas que brilla con luz propia en el mítico personaje de Leticia “La Valquiria”, porque aporta su habitual encanto a los instantes más poéticos – y el enfoque del personaje no está tan caricaturizado-. El resto de invitados, algo pasados de rosca –y, si revisan la ficha, verán que hay algunos nombres con muchísimo talento-. Están muy bien el servicio –Víctor Massan, Abdelatif Hwidar, Anabel Maurín y Manuel Moya-, dando algunas de las mejores escenas y demostrando que no hay papeles pequeños, como demuestra también el Monseñor de Camilo Rodríguez: apenas unos minutos en escena, pero lo clava. E incluso hay que mencionar a la Tejedora de Raquel Varela –casi un oasis de tranquilidad- en una función que es puro exceso sale a bien del reto de crear su papel en medio de la platea.

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Pese a la poca calidad de la fotografía, da al menos una visión general de la escenografía.

Este acercamiento a El Ángel Exterminador es, en suma, un montaje complejo, ambicioso y lleno de medios a su servicio y personas con muchísimo talento –la propia Portillo la primera- que falla, sin embargo al perder algunas de las coordenadas del original; porque, en su afán por crear algo nuevo, acaba dar una única cara de lo que pensó Buñuel, y probablemente sea la cara menos interesante de entre las posibles. Hay medios, hay ideas y mucho talento en este barco; pero lamentablemente los resultados no terminan de cuajar. Es una pena habiendo como hay tantos medios de calidad al alcance de lo que debería haber sido un grandísimo triunfo; pero se queda en un montaje que será recordado por sus dimensiones. Pero Buñuel es otra cosa. También es cierto que la tarea era un toro bravo, y que la apuesta ha sido muy fuerte por parte de todos.

H. A.

Nota: 2.25 / 5

El Ángel Exterminador”, de Luis Buñuel. Versión teatral de Fernando Sansegundo. Con: Hugo Alcaide, Juan Calot, Inma Cuevas, Daniel Muriel, Abdelatif Hwidar, Ramón Ibarra, Alberto Jiménez, Juanma Lara, Víctor Massan, Anabel Maurín, Manuel Moya, Alfredo Noval, Álex O’Dogherty, Francesca Piñón, Cristina Plazas, Camilo Rodriguez, Irene Rouco, Mar Sodupe, Mª Alfonsa Rosso y Raquel Varela. Dirección: Blanca Portillo. TEATRO ESPAÑOL.

Teatro Español, 20 de Enero de 2018

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