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‘La Tristeza de los Ogros’, o crecer tenía un precio

enero 28, 2018

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El día en que los demás niños dejaron de ser niños, ese niño prefirió morir porque no supo confiar en el tiempo (…) A menudo tratamos de recuperar al niño que llevamos dentro y eso es posible (…) pero es el adolescente que llevamos dentro  el que está muerto; y está muerta con él la convicción”. (La Tristeza de los Ogros, Fabrice Murgia).

Dentro de la programación de Teatros del Canal se presenta La Tristeza de los Ogros, la versión española de Le Chagrin des Ogres, primera pieza del dramaturgo belga Fabrice Murgia (1983-) estrenada en 2009 y que le catapultó a la fama como una de las voces más importantes del panorama teatral de su país en la actualidad. Ahora, Borja Ortiz de Gondra ha adaptado el espectáculo que dirige el propio autor belga en una revisión que respeta la esencia del original acercando algunos aspectos del espectáculo a la realidad española. Se trata de una pieza que aborda, en clave de fábula negra para adultos, el precio de abandonar la niñez a través de dos casos reales: el de Bastian Bosse –que en 2006, con 18 años, dispara a varios compañeros de su escuela antes de suicidarse; tras dejar todo escrito en un blog que el autor descargó apenas una hora antes de que fuese clausurado por la policía- y el de Natascha Kampusch –secuestrada a los 10 años por un fanático que la mantuvo en un zulo durante más de ocho, para terminar tirándose a las vías del tren cuando la joven logró fugarse, y cuyo caso trascendió a través de varias entrevistas que la chica concedió una vez liberada-. Murgia une ambos casos en una suerte de realidad ficcionada y pasada por el filtro de lo onírico para armar, como digo, una fábula, un cuento sobre qué queda en los seres humanos en ese momento en el que se pierde la inocencia, y cuáles son las consecuencias de perder esa inocencia.

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Sobre un escenario envuelto en una penumbra transita una presencia inquietante, que parece salida de un filme de Tim Burton: es una niña en traje de novia con claros signos de haber sido disparada en la cabeza. Antes de que el espectáculo comience, golpea con desprecio una y otra vez las cortinas que acotan el espacio mientras repite una fábula sobre el hijo del cielo y la tierra que, temeroso de no llegar a reinar, acaba devorando a toda su familia para sobrevivir, y acaba convirtiéndose en un ogro, porque, para sobrevivir, un ogro necesita su ración de carne fresca y de sangre. Pronto sabremos que este extraño ser, que nos invita a asumir que todo lo que veamos es real, porque todo lo que puede imaginarse lo es, será nuestra maestra de ceremonias en el periplo de Leticia –alter ego de Natascha Kampusch- y Bastian hacia la pérdida de su inocencia, que tal vez lleve implícita su propia autodestrucción como única forma de liberación del yugo de una infancia difícil. Como envueltos en una gran pesadilla teledirigida por la maestra de ceremonias, los dos protagonistas –cada uno desde un cubículo- se enfrentan a los últimos días de cautiverio en el caso de ella y la dura decisión de acabar con todo en el caso de él; pero también –y puede que sobre todo- a ser parte de una sociedad que no les entiende: dos adolescentes que han tenido que encontrar su lugar y el sentido de sus vidas a partir de hechos terribles que –para bien o para mal- van a marcarles para siempre.

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A partir de la metáfora del ogro, y también gracias a introducir ese personaje conductor, central e irreal sobre el que pivota toda la propuesta que es la maestra de ceremonias venida sin duda de otra dimensión, Murgia rechaza de forma bastante tajante hacer sangre en las tragedias de los dos personajes reales; y prefiere construir una fábula, casi un cuento que profundiza más en el cómo se sienten Bastian y Natascha antes de llegar a sus respectivos desenlaces: qué supone para ellos el encierro –un encierro que la muchacha intenta transmitir para tal vez llegar a alguien con quién tenga comunicación- y el sentirse rechazado y excluido de la condición de grupo –un rechazo que el chico trata de canalizar mediante juegos de realidad virtual-. Estos dos periplos –separados en tiempo y espacio, como dos formas de encierro (el físico y el mental) pero narrados en paralelo- se completan con las intervenciones de la maestra de ceremonias; que dialoga con ambos personajes tratando de guiar sus destinos – sin que ellos, claro, puedan escucharla- que arroja además tres pequeñas historias sobre cómo el desarraigo suele terminar conduciendo a la muerte como única salida. Como digo, parece que lo que más interesa a Murgia no sea tanto las tragedias de los adolescentes, sino más bien analizar su estado de ánimo, su psique en los momentos previos a sendos instantes de estallido. El componente onírico –y el de relato de ficción para niños- seguramente sea lo más atractivo de la propuesta a todos los niveles; pero no es más que una inteligente carcasa poética para hacer que, al final del camino, la realidad termine por imponerse con toda su fuerza en ambos casos. A fin de cuentas, un suicidio o una huida son, en cualquier caso, la pérdida de contacto de ambos con una parte de sus vidas, con la realidad, y con la lucha por seguir adelante.

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No cabe duda del atractivo de la propuesta; pero también llama la atención que el componente de fábula onírica –y el personaje que parece salido de un cuento macabro- acaben por imponerse como lo hacen a las dos historias reales que aborda el montaje. Alcanzamos a vislumbrar la metáfora de lo que se nos quiere contar a nivel general y la comprendemos en toda su crudeza, sí – y esto es un logro-; pero, sin embargo, tal vez por esa intención de Murgia de alejarse de lo escabroso para centrarse más bien en la metáfora y la fábula, no siempre empatizamos del todo con los casos concretos de Leticia y Bastian salvo en momentos muy concretos –en el caso de ella, en una escena cuyo contenido es mejor no revelar; y en el de él en ese discurso donde, decidido a lanzarse a morir y matar, reflexiona sobre la imagen que va a quedar de él en la sociedad y el daño que hará a su familia-. A pesar de que nos hace comprender la dimensión trágica de despojarse de la adolescencia a alto precio –en el sentido de que esta no es tanto la tragedia particular de Bastian y Leticia-Natascha, sino la tragedia de varias generaciones que se ha repetido, se repite y seguramente se repetirá- y el componente más onírico de la propuesta es de un atractivo incuestionable, seguramente sería deseable entrar más de lleno en las tragedias reales que aquí se nos plantean; y que quedan de alguna manera desplazadas por el poder inventivo que aporta ese personaje de la maestra de ceremonias – y por lo tanto, el componente de lo ficticio-. En este aspecto, llama la atención que mientras la ira creciente del personaje de Bastian está bien dibujada, las intervenciones de la muchacha encerrada – y esforzada en mantener el paso de su adolescencia durante su cautiverio, con citas a Beatles o Christina Aguilera- resultan muchas veces demasiado sosegadas para tratarse de una muchacha cautiva que lucha por dar un golpe en la mesa. En otro orden de cosas, puede señalarse que el texto contiene no pocas referencias – del cine, de la música y hasta de la esfera social- que lo sitúan en torno a unas generaciones bastante concretas, que seguramente se sentirá más cómoda a la hora de encajar todos los guiños; o que la decisión de trasladar algunos hechos a la realidad española funciona mejor unas veces –el paralelismo con el caso de Alcasser y el escándalo periodístico de Nieves Herrero, por ejemplo, está muy bien traído- que otras –el viaje en metro por una línea madrileña para narrar un hecho concreto no pasa de anecdótico-. Lo más interesante de la propuesta de Murgia como texto son, sin duda, las imágenes poéticas que crea –las más de las veces en manos de la maestra de ceremonias- a través del universo de la fábula, y que conducen al espectador a las reflexiones más terribles. Y es que, lo diré una vez más, funcionan mucho mejor la fábula y la metáfora que los casos reales.

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Artista integral, Murgia dota a su propuesta –en la que la parte técnica y visual se hermana con el texto para crear un todo indivisible- de un atractivo visual fuera de toda duda. El espectáculo es inquietante y hermoso de ver al mismo tiempo y el juego de las proyecciones – a veces pregrabadas, otras veces grabadas y transmitidas en directo- genera un efecto muy sugestivo que envuelve todo el espectáculo en una atmósfera de constante pesadilla gótica y contemporánea al mismo tiempo, si es que tal contradicción es posible. La iluminación –que, curiosamente, no aparece firmada ni en el programa ni en la web del teatro- es verdaderamente soberbia; e incluso el juego de planos entre los cubículos que habitan los dos personajes reales y el resto del escenario, habitado por la maestra de ceremonias, dejan imágenes muy sugerentes. Incluso el juego videográfico – se ha encargado de él Jean-François Ravagnan- está bien pensado para convertir el espectáculo en una suerte de poema visual, si bien en ocasiones puede dar la impresión de que los actores quedan en cierto segundo plano –o, si se prefiere, integrados como parte de este dispositivo visual que rige toda la propuesta-. Así y todo, cuanto se ve en escena -en una bastante feliz conjunción de actuación en vivo y tecnología- posee una belleza casi macabra que le hace ganar muchos puntos. Es siempre estimulante ver propuestas que juegan con nuevas formas de lenguaje en comunión para crear experiencias estéticas de gran belleza, como es este caso.

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Encerrados en sus pequeños cubículos la mayor parte del tiempo –y proyectados en pantalla-, puede pensarse que Nacho Sánchez y Olivia Delcan salen algo perjudicados por un juego que no les permite lucir sus capacidades actorales en primer término – claro que también podemos considerar que han tenido la generosidad de integrarse en una propuesta tan particular, más orientada a que triunfe el todo que las partes-. Debo decir que, mientras a Delcan, que pisa el escenario con rotundidad, se le podría pedir un punto más de angustia y fragilidad en según qué momentos considerando la situación que atraviesa su personaje, que aquí parece toda una líder nata a la que nos gustaría ver derrumbarse al menos en algún momento –por otro lado, hay también algún aspecto de dicción mejorable, creo que derivado de la industria audiovisual-; encontré muy centrado a Sánchez, que sabe no cargar las tintas en su personaje de psicópata y plantearlo como una verdadera olla a presión a punto de estallar, pero lleno de miedo, lleno de dudas y lleno de razones – hubiera sido sencillo pasarse de rosca, pero nunca se pasa-: ha hecho desde luego trabajos más importantes, pero creo que nunca me ha convencido tanto como aquí; su monólogo final, por ejemplo, resulta francamente efectivo en su ejercicio de contención, y lograr un momento que emocione en un montaje de estas características no es tarea precisamente sencilla, y hay que felicitarle mucho por ello. Puesto que lo onírico se acaba imponiendo, podemos decir sin temor a equivocarnos que la seña de identidad de La Tristeza de los Ogros es, sin duda alguna, el personaje que arma la fábula, no sólo por la conexión que establece con el espectador, sino incluso porque es el único al que se le permite estar gran parte del tiempo en primer término de la escena. La maestra de ceremonias – que, en el fondo, no es más que una metáfora de la pérdida de la inocencia- recae en manos de Andrea de San Juan, que lo juega oculta en una espléndida caracterización –tampoco la firma nadie…- y con la voz en ocasiones distorsionada –un recurso interesante del que tal vez el montaje abuse en demasía- se ve obligada a un exigente trabajo físico para construir un rol carismático que, con razón, se lleva al público de calle; y seguramente será lo que más se recuerde de esta propuesta: es sin duda mérito del papel en sí mismo; pero también de una actriz con unas capacidades muy interesantes para transitar entre el histrionismo, lo grotesco y el desgarro real –no es fácil calibrar los cambios de humor del personaje que ha de ser inquietante y frágil a un tiempo, y conectar con el público como ella lo hace- con sumo cuidado y de forma acertada en un reto agradecido pero nada sencillo que salva con nota.

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Podemos decir para terminar que La Tristeza de los Ogros es un montaje en el que la fábula y la metáfora se acaban imponiendo a lo real –no sabemos si de forma consciente- para trazar una advertencia que va mucho más a la emoción de lo general que a lo de lo particular –con esto quiero decir que se han escogido estos dos casos reales como tal vez podrían haber sido otros- en una propuesta escénica de impecable factura formal y visual que los actores, piezas del todo que plantea Murgia, defienden con convicción.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

La Tristeza de los Ogros”, texto y dramaturgia de Fabrice Murgia. Adaptación: Borja Ortiz de Gondra. Con: Nacho Sánchez, Olivia Delcan y Andrea de San Juan. THÈÂTRE NATIONAL WALLONIE-BRUXELLES / TEATRE LLIURE / TEATROS DEL CANAL / ARTARA.

Teatros del Canal (Sala Verde), 19 de Enero de 2018

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