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‘La Tumba de María Zambrano’, o estampas expresionistas

enero 22, 2018

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Después de haber presentado la pasada temporada la interesante Por Toda la Hermosura (Cartografía Textual para un Jueves), Nieves Rodríguez Rodríguez estrena ahora La Tumba de María Zambrano (Pieza Poética en un Sueño) una pieza que toma la figura de la filósofa y librepensadora española como motivo conductor para crear algo que es más bien una ensoñación a medio camino entre lo poético, lo onírico y lo expresionista; en la que la autora sienta las bases de un estilo creativo muy particular: un teatro que puede verse casi como una suerte de pintura simbólica en escena. Un espectáculo que deja imágenes sugerentes en su particular código; pero que al tiempo podría decepcionar a quienes esperen una pieza literal y autobiográfica sobre la figura de Zambrano, que parece mucho más un punto de partida que un verdadero hilo conductor. Así y todo, aquellos que ya se hayan sentido atraídos por el particular estilo de Rodríguez Rodríguez en esta misma sala –me incluyo entre ellos- seguramente encontrarán también atractiva esta propuesta en la que es la propia imaginación la que debe completar el particular universo que crear la autora.

Un cementerio. Como suspendidos en el tiempo y en el espacio –quién sabe si en la esfera del sueño o en la del recuerdo- danzan al ritmo de una cajita de música toda una serie de personajes. Son la pequeña María Zambrano, que convive con su padre en un universo en el que a la niña se le despierta la curiosidad por la creación entre aromas de cáscaras de limón y cucharadas de sopa, una y otra vez; y Araceli –la hermana de Zambrano- embutida en un vestido a medio camino entre el luto y el traje de tonadillera-. No será hasta que un niño desnutrido lea en alto un epitafio ante una lápida que el espíritu de María Zambrano haga acto de presencia para iniciarse así una serie de pequeñas estampas que basculan entre realidad, fantasía y que hacen que los diversos planos narrativos – María desde la vejez, María desde la niñez, el recuerdo de Araceli enlutada y sometida a la figura de un férreo militar mudo…- colapsen y convivan para dar pie a un todo expresionista en el que acaban pareciendo más importantes las sensaciones que provoquen las imágenes que se desarrollan ante el espectador que el pensamiento mismo de Zambrano, sugerido con pinceladas aquí y allá entre estampas expresionistas que son el principal atractivo de la función.

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Desde el mismo subtítulo de la función –“pieza poética en un sueño”- Nieves Rodríguez Rodríguez realiza toda una declaración de intenciones: el escenario de la acción es el sueño, la poesía; y por tanto la autora rechaza no sólo la idea de autobiografía sino también la de realismo, para trazar toda una serie de figuras e imágenes simbólicas y metafóricas que, más que la figura de Zambrano, tratan de dibujar una estampa de la España de Zambrano a través de un tiempo en suspensión en el que todos los personajes parecen poder convivir por un instante – por más que ese instante, lo sabemos con certeza, sea irreal-. El símbolo cobra gran importancia en la escritura de Rodríguez Rodríguez –una escritura muy apoyada en lo que podríamos dar en llamar “imágenes textuales”, como ya ocurría en Por Toda la Hermosura-: el niño desnutrido que visita desde el hoy a Zambrano rediviva de su tumba es sin duda una metáfora del nexo entre la España de María –e incluso particularmente la España reprimida de María Niña- y la suya propia, la España contemporánea encajada en la Europa del hoy; aquella que se hunde como se muere de hambre ese niño que se esconde en los cementerios durante las etapas en las que no tiene clase – y por tanto en su casa no pueden alimentarle-; de la misma manera, el fantasma de la hermana vestida de luto y sometida a los ataques de un militar puede mirarse como una metáfora del contraste entre la vida de las dos hermanas, marcadas de distinta manera y alejadas en tiempo y espacio – la María Niña, siempre enferma; y Araceli, haciendo frente a un infortunio que comienza en la lejanía y con el asesinato de su marido-.

Todas estas ideas –porque Rodríguez Rodríguez las desarrolla más como ideas que como historias conexas y cerradas- sirven para acercarse más al tiempo y a las circunstancias en que vivió Zambrano –que acaba llamada, casi arrastrada, por todos los demás personajes…- que a contar la historia de cómo la filósofa llegó a ser quién es. Como digo, gran parte del texto de Rodríguez Rodríguez está basado en largas acotaciones – bien resueltas por la puesta en escena, y la tarea no era nada fácil- que acercan su teatro a una pintura viviente; e incluso a un teatro de marionetas que forman parte de una especie de oscuro retablo que sugiere –sólo sugiere- un entorno de pobreza, tristeza, dificultad y depresión: el entorno de la España de Zambrano… y quién sabe si también de alguna manera el entorno de la España de hoy. Seguramente no salgamos de ver La Tumba de María Zambrano sabiendo más de la vida de su protagonista; pero también con toda seguridad no es eso lo que pretende la autora. En la obra tenemos un curioso crisol que reivindica a Rodríguez Rodríguez como autora con un imaginario propio y reconocible; un imaginario muy ligado a la poesía plástica que acaba resultando atractivo por las sensaciones que produce en el espectador, por más que a primera vista pudiéramos pensar que estábamos a punto de ver una función más ‘de texto’ – y haya quien crea que en esta función, que para mí posee otras virtudes, se haya perdido hasta cierto punto la oportunidad de acercar la figura de Zambrano al público, tal y como se hizo unos años atrás Manuel Calazada Pérez en el teatro de la Abadía con, por ejemplo, María Moliner-. Aunque a primera vista podrían parecer esquemas semejantes, bastan unos segundos para comprobar que Nieves Rodríguez Rodríguez no busca ni por asomo con Zambrano un acercamiento semejante al que planteaba la obra basada en la vida de la lexicógrafa, sino algo mucho más abstracto y simbólico.

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No ha de ser un texto fácil de subir a escena, y en este sentido baste decir que la puesta en escena de Jana Pacheco es visualmente atractiva, y ha sabido hermanar lo textual, lo coreográfico y lo expresionista en un todo tan simple en la forma como logrado en el resultado. Sobre sencilla pero bien aprovechada escenografía en bloques de Alessio Meloni, bien iluminada por Rubén Camacho –un camposanto en el que lo simbólico cobra especial relevancia con esos limoneros colgando en lo alto- los audiovisuales –con esos gatos omnipresentes que tanto gustaban a Zambrano- hasta las secuencias de danza – en un muy reseñable trabajo de Xus de la Cruz- todo tiene un ritmo de cadencia abstracta que ha asimilado muy bien el particular universo de la autora; que obliga por ejemplo al elenco a una gesticulación muy particular y muy bien conseguida en la mayor parte de los casos. Siendo el mundo de Rodríguez Rodríguez tan específico era necesaria la colaboración de alguien capaz de asimilar bien el código: en una tarea nada fácil, Jana Pacheco ha logrado armar un espectáculo de cierto atractivo; y de la misma manera en la que podemos considerar que el texto puede distanciar al público, es el distinto juego entre códigos el que le da a la función gran parte de su atractivo.

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La mayoría del elenco se ve como digo obligado a moverse en unos términos expresivos que hay que saber sostener para que no se caigan, y casi todos lo hacen con bastante acierto. En la piel de la Zambrano anciana, Aurora Herrero –en el rol más puramente textual de todos- no pretende copiar la figura de la filósofa, sino acercarla desde su propio terreno, sin abusar tampoco del componente más poético. Por contraste, la María Niña de una Irene Serrano no tiene desde luego la edad que pide el personaje; pero ha construido un universo físico y gestual que evocan con mucho acierto la candidez de la niña con los ojos abiertos como platos por la curiosidad y marcada por la enfermedad: por la magia del teatro, no cuesta nada visualizar a la niña aunque la actriz no lo sea. Más complejo es hacer pasar a Óscar Allo –con un físico fuerte y rotundo que no es lo que pide el personaje- por un niño desnutrido de apenas once años: siempre es difícil adjudicar este tipo de roles. Como Araceli – a la que el montaje presenta casi como una muñeca dolorosa-, Isabel Dimas hace una interesante creación física que lleva el expresionismo hasta sus últimas consecuencias. Y, en fin, Daniel Méndez se desdobla sin demasiado problema en el Padre de María y esa figura de militar que acosa a la hermana de María en varios momentos de la función, ambos roles menos comprometidos.

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En definitiva, La Tumba de María Zambrano es un texto que ahonda en la particular poética de Nieves Rodríguez Rodríguez –más centrada en el expresionismo que en la autobiografía- en manos de una directora sensible que ha capturado bien la esencia de lo que parece buscar el texto. Es cierto que sería deseable que la propuesta profundizase más en la figura de Zambrano, aportando quizás datos biográficos de mayor enjundia para que el público saliese de la función sabiendo más de ella que cuando entró; pero tampoco puede negarse que el particular mundo que levantan en este espectáculo Rodríguez Rodríguez y Pachecho, si bien puede que no sea fácil para cualquier público, sí tiene un atractivo estético incuestionable.

H. A.

Nota: 3/5

La Tumba de María Zambrano”, de Nieves Rodríguez Rodríguez. Con: Aurora Herrero, Irene Serrano, Isabel Diimas, Óscar Allo y Daniel Méndez. Dirección: Jana Pacheco. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL / VOLVER PRODUCCIONES / IBERCOVER STUDIO.

Teatro Valle Inclán (Sala Francisco Nieva), 14 de Enero de 2018

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