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‘Mount Olympus: To Glorify the Cult of Tragedy’, o un rito hacia la catarsis colectiva

enero 20, 2018

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Espectáculo con fragmentos en inglés, francés, alemán, holandés e italiano

Llegó a Madrid ante gran expectación –las entradas se agotaron hace meses en apenas unas horas y la mayor parte de la profesión estaba presente- Mount Olympus: To Glorify the Cult of Tragedy, la monumental experiencia de 24 horas de duración que el belga Jan Fabre (1958-) ha concebido en torno al mundo de la tragedia griega. Desde entonces, han corrido ríos de tinta –a favor o en contra, pero desde luego casi nunca desde la indiferencia- en torno a este espectáculo, a su pertinencia, a su contenido, a su estructura e incluso a su componente de experiencia ritual, dentro y fuera de escena.

A lo largo de una propuesta monumental, Fabre toma elementos de las 33 tragedias griegas conservadas para crear un espectáculo que, lejos de ser una transcripción literal de las tragedias, es algo que bascula a medio camino entre lo performativo, el teatro-danza, el teatro de texto e incluso la experiencia misma. En un espacio minimalista – en el que apenas reinan 33 lámparas, seguramente una por cada tragedia, que irán calibrando la iluminación; y alguna proyección que acompaña al devenir de los hechos- el creador belga parte de un anuncio de futuros malos augurios y de la presencia de Dioniso –a fin de cuentas, gran hilo conductor de la propuesta- como el Dios que ofreció a los mortales “una pizca de locura”. Ante la presencia recurrente del dios báquico, se irán sucediendo fragmentos de las tragedias que, desde los ojos de Fabre, resumen a fin de cuentas la degradación humana desde distintos puntos de vista que no siempre son del todo fieles a lo que uno puede esperar de la tradición griega. El espectáculo se prolonga durante 24 horas sin interrupción – distribuidas en cuatro bloques de entre cinco y ocho horas cada uno, separados por pausas de apenas una hora, durante los cuales hay actores durmiendo en escena y el público es libre de entrar o salir de la sala cuando guste, disponiendo además el teatro de áreas de descanso y cafetería abierta durante toda la función-. Esta particular disposición es seguramente el primer aspecto que nos lleve a valorar el espectáculo en el ámbito de una experiencia integral que va mucho más allá del hecho teatral en sí mismo. Desarrollaré este concepto al final de la reseña, pero baste decir que considero erróneo, incompleto e imposible valorar Mount Olympus como algo meramente artístico: separarlo de este componente de experiencia –física, mental y de sentido de pertenencia a una comunidad- es quedarse en una mínima parte de lo que busca este espectáculo. De hecho, la duración desmesurada de un día completo está directamente ligada a esta sensación de experiencia: por supuesto que Mount Olympus podría haber durado ocho, diez o doce horas; pero desde el momento en que dura la friolera de veinticuatro hay que tener presente que Jan Fabre busca sin duda algo muy concreto sobre lo que, insisto, regresaré al final de este escrito.

Probe zu Mount Olympus von Jan Fabre im Festspielhaus Berlin

Hay que observar Mount Olympus como un espectáculo total, una obra de arte total que plantea una idea de deconstrucción del concepto de tragedia -no sólo desde el acercamiento sino también desde los diferentes lenguajes de artes escénicas que emplea para expresarse-. En este sentido ni de todas las tragedias se ve todo ni todas se narran bajo la misma técnica. En ningún momento Fabre busca ni una narración integral ni una narración lineal; sino ensamblar pequeñas partes en un todo circular que termina como empezó, en una imprecación dionisíaca a los mortales, seguramente para que evitemos repetir la devastación que acabamos de ver ante nuestros ojos. “Sé el protagonista de tu propia tragedia y dame todo el amor que tengas” proclama Dioniso en el epílogo que genera un estallido de catarsis colectiva, casi como invitando al público a entregarse a la lujuria y al placer. Hasta llegar a esta catarsis sobre la que volveré al final de este artículo, en ese afán por deconstruir la esencia de la tragedia griega para dar pie a un espectáculo plural en el que cabe prácticamente todo, Fabre parte de lo que podría ser una especie de ritual en el arranque; pero a la vez no duda en usar simbolismos de fuerte carga ahora metafórica –la escena de los soldados saltando sobre unas cadenas metálicas durante cientos y cientos de repeticiones-, irónica –Edipo personificado como un pelele al que le pesa la corona, en una idea que llama directamente al particular acercamiento al mito que recuerda no poco al que plantease en su momento los portugueses Châpito-, expresiva –a menudo la danza logra llegar hasta donde tal vez las meras palabras no hubiesen podido- y hasta provocativa, convirtiendo el sexo en un elemento presente -presente, pero no central- de su particular narrativa. Una narrativa de contrastes – hay bastante texto, como digo de distintos tipos y tonos, en una adaptación que firman el propio Fabre y Jeroen Olyslaegers– muy en consonancia con esa idea de espectáculo total y plural de la que hablo algo más arriba. Siguiendo con ese sentido de pluralidad, los textos se escuchan en diversos idiomas – francés, inglés, alemán, belga, holandés e italiano-; seguramente sin otro motivo que la comodidad de cada actor para expresarse en una u otra lengua: de poco importa, porque esta particular torre de Babel no es más que otro aspecto hacia ese carácter plural que defiende la propuesta.

Proben zu Mount Olympus von Jan Fabre

En otro orden de cosas, una de los aspectos que más llaman la atención del montaje es el perfecto equilibrio entre el desgarro expresivo de la tragedia a través del texto – hay un monólogo de Hécuba para enmarcar, como lo será más adelante el de Fedra; o el de Yocasta reconociendo al hijo con el que yacía, en rompedor contraste con la imagen cómica que se aporta del personaje de Edipo apenas un tiempo antes…-, el uso de la danza y/o la plasticidad – la escena de las cadenas metálicas, que pone a prueba la resistencia física de casi todo el elenco, es de una fuerza expresiva sublime, y convierte por un momento la sala en una suerte de morboso circo romano- o lo irónico tanto desde el acercamiento a algunos textos como desde una cierta voluntad de desacralizar algunos aspectos de lo trágico que caen en una cierta y simpática provocación que no deja de ser interesante. Se desacraliza la tragedia desde muchos puntos de vista; tanto cuando el sonido de “Casta Diva” en voz de Maria Callas – un lugar común del que ya hablaremos más adelante- da paso a una escena que comienza siendo aparentemente bucólica para reconvertirse en una suerte de despertar sexual que mueve irremediablemente a la hilaridad o incluso en la manera en que ciertos personajes – Edipo o Jason, por poner un par de ejemplos- aparecen dibujados como peleles en contraste a sus mujeres -Yocasta, Medea…- en un ejercicio en el que Fabre logra, sin duda, reivindicar y dignificar la figura de la mujer en la tragedia griega, casi como en un oportunísimo alegato feminista introducido con suma suavidad pero de esos que mueven a la reflexión: como deben ser los buenos alegatos. Así pues, en Mount Olympus la esporádica desacralización de lo trágico – uno de los aspectos que más llaman la atención de su enfoque pude tener un punto de vista reivindicativo o irónico, según sea el caso. En cualquier caso, creo que la voluntad de plantear la tragedia griega desde los dos extremos posibles – el del respeto absoluto por el texto clásico y el de la más completa desacralización- ayuda de algún modo a completar un intenso y variado crisol sobre la esencia de algo que todos conocemos. A fin de cuentas, si Valle Inclán decía que “la tragedia nuestra es esperpento” podemos asumir como analogía oportuna que la idea de Fabre pasa por no perder de vista la esencia primitiva de la tragedia griega, tiñéndola de esperpento cómico aquí o allá.

Probe zu Mount Olympus von Jan Fabre im Festspielhaus Berlin

Lo que no se le puede negar bajo ningún punto de vista a Mount Olympus es un rotundo dominio de la plasticidad desde una estética minimalista –por momentos puede que hasta demasiado minimalista: la videocreación es tan sobria y evidente que hasta sobra-; y ahí está una de las genialidades de la propuesta. En escena se desarrollan cuadros plásticos en movimiento de los que a menudo el espectador fijará la vista en un punto concreto – sin ignorar por ello todo el conjunto- para dejarse llevar por un todo que complementa al detalle – e, insisto, ha de ser cada espectador quien busque, escoja y decida cuál es el detalle en cada momento-. Mantener una estética tan personal, tan uniforme, y tan coherente con tan pocos elementos –porque Fabre renuncia al derroche en favor de un minimalismo que deja todo en manos de la fuerza expresiva del elenco y que acaba resultando hipnótico y cautivador- en un espectáculo tan extenso es un atrevimiento peligroso que termina por convertirse en genialidad desde el momento en que nos enganchamos a ello casi como en una suerte de suspensión de conciencia. Todo en la puesta en escena va muy ligado al rito, desde la tenue pero logradísima y matizada iluminación que sugiere que toda la función transcurre entre la noche y el amanecer – ¿quién sabe si llamando a la vigilia de modo metafórico muy oportuno?- hasta la presencia en escena de vísceras, flores, cuerpos desnudos pintados, diseño de olores, y toda una serie de elementos que llaman a lo tribal – y por lo tanto a lo ritual-. De la misma manera que toda la función se concibe como una especie de gran rito entre escenario y platea; el concepto de rito también parece un gran motivo conductor del todo. En este aspecto, Fabre dota además a la propuesta de un gran sentido de la circularidad –¿y cómo no pensar aquí por ejemplo en Pina Bausch?- de manera que, a lo largo del larguísimo espectáculo asistimos a repeticiones, hilos conductores -Dioniso, o Crísipo, hijo de Pélope que aparecen de forma recurrente- y escenas que regresan con pequeñas modificaciones, con toda probabilidad no sólo para defender el carácter circular de la propuesta – que, tras 24 horas, termina justo como había empezado- sino también para atacar sensores mentales y emocionales del público, en un interesantísimo ejercicio de conexión referencial.

Probe zu Mount Olympus von Jan Fabre im Festspielhaus Berlin

Como he dicho algo más arriba, el sexo –sobre el que tantos ríos de tinta han corrido en estas últimas semanas- es un elemento presente en el montaje, pero especificamente central. Siguiendo ese carácter plural de la propuesta, Fabre mira al sexo como elemento ya sea plástico -escenas de sexo con vestales- o directamente cómico las más de las veces; pero el emplear el sexo como elemento de comicidad ha de verse forzosamente como una provocación consciente y por lo tanto perfectamente válida, que además la mayoría de las veces cumple bien con su función. A pesar del escándalo de algunos artículos, lo cierto es que en un metraje de 24 horas –que se dice pronto- hay un único momento explícito –el fisting relativo a Hércules y la serpiente- que, si bien no aporta nada realmente interesante más que una mera provocación de enfant terrible tampoco parece motivo suficiente como para convertirse en la imagen central de un espectáculo que deja muchos momentos para el recuerdo: este – colocado por cierto bien entrada la madrugada y en uno de los instantes de menor afluencia de público- acaba siendo una mera anécdota dentro del todo, que penosamente, ha ocupado los titulares de más medios de los que merecería. Quedarse en la anécdota es no querer ver la grandeza de lo que plantea Fabre.

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El espectáculo lleva implícito un amplio componente musical, a medio camino entre el techno, el pop y la música clásica. En este aspecto, hay algunas cuestiones que resultan como mínimo curiosas y que no quisiera pasar por alto. Junto a varias horas de música expresamente compuesta para Mount Olympus – amplia y variada partitura de Dag Taelderman– que a menudo sustenta con fines expresivos el componente físico y coreográfico del montaje con gran acierto se encuentra otra de las decisiones más poderosas del montaje: algunos de los instantes de mayor carga física han sido despojados de otra música que no sea la mera percusión de los elementos empleados para la coreografía -jarrones, cadenas…-; al margen de que la música de nueva composición esté muy bien integrada en la línea argumental del montaje, debo decir que vaciar de música el escenario durante largas secuencias coreográficas físicamente muy comprometidas – todas las que implican cadenas, en conjunto o a solo, por ejemplo- me parece algo de una fuerza expresiva que ninguna música podría ni siquiera igualar. Con tan buena disposición del aspecto musical, sorprende para mal sin embargo encontrar toda una serie de arias de ópera y lieders encajados en una especie de hit parade del género sin que tengan demasiada función expresiva ni dramática en lo que sucede: es un sinsentido que además cae en lugares comunes de bulto y que empaña de alguna manera el buen uso de lo musical durante gran parte de la representación. Más allá de lo trilladísimo de las arias seleccionadas, comentemos que la mayoría se interpretan en directo y a capella – y es una torpeza, por ejemplo, plantear a capella nada menos que la Muerte de Amor de Isolda, despojada aquí del entramado orquestal- salvo los fragmentos de Norma en los que escuchamos a María Callas –y ¿acaso hay un lugar común más recurrente en el mundo operístico que Callas cantando Norma?-; e incluso Fabre ha tenido que adaptar la letra de ciertas arias para tratar de que encajen con calzador en según qué contextos, pareciendo ignorar que en el vasto repertorio operístico hay obras específicas que revisan la práctica totalidad de la tragedia griega: no estarán en el hit parade del repertorio; pero ahí están, solo hay que buscarlas. Sorprende esta concesión tan innecesaria en un paisaje musical que, por lo demás, está tremendamente meditado en el 80% de la función.

Probe zu Mount Olympus von Jan Fabre im Festspielhaus Berlin

Para hablar del trabajo de los casi 30 actores que ocupan el escenario lo primero que hay que lamentar es no tener la certeza de saber quién hace qué para poder destacar un puñado de nombres. Al margen de esto, uno no sabe si empezar por ovacionar su resistencia física y mental –más allá del lógico cansancio acumulado a lo largo de una función tan extensa; un cansancio que apenas se nota, lo cierto es que el montaje les obliga a acometer muchas escenas que requieren una resistencia física como nunca antes había visto en un teatro, y el equipo se entrega sin reservas hasta la extenuación- o esa capacidad de versatilidad plural que permite que escuchemos tanto monólogos con actores de primerísimo nivel que bien podrían protagonizar producciones estándar de estas tragedias en los mejores teatros –destaquemos los de Hécuba, Fedra, Yocasta, Edipo, Áyax o Filoctetes por seleccionar sólo un puñado-, veamos prodigios del teatro físico -nuevamente Edipo o ese Crisipo o el omnipresente Diniso, erigido de algún modo en líder de la propuesta- o bailarines de las más diversas disciplinas -clásico, moderno, street dancing…- creyendo en la propuesta hasta unos niveles de entrega que me atrevería a decir que no hemos visto ni volveremos a ver en ningún otro espectáculo; dado que además muchos de ellos alternan varias de las disciplinas. Ver a un equipo tan extenso mantener la energía, contagiarla al patio de butacas y actuar con la misma entrega al comienzo que después de un día entero de representación es un acontecimiento que va más allá de la mera certeza de que este equipo saldría airoso de cualquier reto de dimensiones normales que se les propusiera.

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Resultaría estúpido pensar que las 24 horas del espectáculo son brillantes por igual. Por supuesto que junto a momentos muy brillantes –muchos- hay caídas de tensión e incluso segmentos enteros que parecen destinados a otro espectáculo o a redondear la duración de 24 horas prevista –muchas de las transiciones se prolongan en exceso, pero he de decir que todo el segmento del jardín y laboratorio de Dioniso, por ejemplo, de más de 90 minutos, me parece perfectamente prescindible-. Pero lo cierto es que Mount Olympus contiene muchas horas de excelencia a muchos niveles –en lo visual, en lo estético, en la manera de abordar lo textual…- que hacen de ella una función imprescindible en la que los patinazos –que alguno, como digo, hay- quedan perfectamente compensados. Todo el que vea un buen número de horas de Mount Olympus se irá a casa con un gran número de imágenes y momentos grabados a fuego en las retinas. Sin duda, mucho más que suficiente; porque es mucho más de lo que ofrecen la mayoría de espectáculos que vemos en escena.

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Quiero cerrar esta reseña volviendo sobre el concepto de experiencia sobre el que hablaba al inicio, y que para mí es fundamental para entender qué representa Mount Olympus. Más allá de sus particularidades, lo cierto es que se trata de una apuesta estética cercana a lo impecable; pero ante todo – y esto es lo más interesante- de una tremenda experiencia de comunidad, de pertenencia a una comunidad sin la cual no se puede entender lo que ha querido levantar el creador belga. Centrarse exclusivamente en la casi impecable faceta artística de Mount Olympus sería evaluar sólo una mínima parte de la propuesta: Mount Olympus plantea un viaje que pone contra las cuerdas la resistencia física y mental de elenco y espectadores –todos entregados por igual, hermanados en uno y participando de un ritual bidireccional- que no sucede en ningún otro espectáculo que haya visto. La cuestión no es tanto la longitud, sino esa sensación – que se palpa en la sala, en la cafetería, en las áreas de descanso…- en esa conexión entre platea y escena de un público que no duda en jalear y animar a los actores en los momentos más comprometidos en que están al límite de sus fuerzas, en una analogía casi cercana al circo romano. Todos, unos y otros, somos parte del todo; y todos queremos llegar de la mano a la meta, una meta que aquí tiene forma de catarsis. Para experimentar esta meta hay que pasar por la extenuación, la suspensión de conciencia y todos los aspectos físicos, mentales y emocionales que implica una propuesta de esta envergadura: sin el cansancio, sin esa sensación de resistencia es imposible ya no sólo experimentar sino también entender la gran catarsis final que se produce cuando, llegados a la meta, la función acaba con la misma danza con la que había comenzado 24 horas atrás, pero esta vez con todo el público bailando y jaleando en pie. ¿Dónde quedan ahora el cansancio y la extenuación? Han desaparecido, hemos alcanzado la meta, hemos completado el rito y lo celebramos fundiéndonos todos en uno. He dicho varias veces a lo largo de estas líneas que Mount Olympus tiene mucho de ritual: un ritual que sólo puede completarse enfrentándolo en su integridad. Un ritual que seguramente cambiará la vida de todos los que hayan pasado por él a nivel físico, mental y emocional; y que seguramente también cambie la manera de enfrentar el modo de verse las caras con el hecho teatral.

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Las 24 horas de función terminaron en catarsis y con el público aplaudiendo en pie durante casi un cuarto de hora. La sensación final era de plenitud, de pertenencia, de comunidad; de haber formado parte de algo inolvidable que se lleva un trocito de todos y cada uno de nosotros. Por supuesto que el espectáculo, con todos sus momentos sobresalientes, tiene altibajos, puntos revisables y podría durar menos. Sería estúpido afirmar alegremente que es “lo mejor que uno ha visto en la vida” – porque seguramente no lo sea-; pero lo que sin duda es cierto es que sí se trata de una experiencia inolvidable que marcará un antes y un después en el recorrido teatral de todos y cada uno de los que hemos tenido el privilegio de formar parte de ello y vivirlo en primera persona. No esperen una calificación, porque resulta superfluo puntual algo tan magno, tan amplio y tan especial como es este Mount Olympus. Algo que sin duda recordaremos con orgullo todos los que hayamos tenido la suerte de estar presentes.

H. A.

Mount Olympus: To Glorify the Cult of Tragedy”. Idea y dirección: Jan Fabre. Coreografía: Jan Fabre y bailarines. Texto: Jeroen Olyslaegers, Jan Fabre Con: Lore Borremans, Katrien Bruyneel, Annabelle Chambon, Cédric Charron, Tabitha Cholet, Renée Copraij, Anny Czupper, Els Deceukelier, Barbara De Coninck, Piet Defrancq, Mélissa Guérin, Stella Höttler, Sven Jakir, Ivana Jozic, Marina Kaptijn, Gustav Koenigs, Colline Libon, Sarah Lutz, Moreno Perna, Gilles Polet, Pietro Quadrino, Antony Rizzi, Matteo Sedda, Merel Severs, Kasper Vandenberghe, Lies Vandewege, Andrew Van Ostade, Marc Moon Van Overmeir, Marleen van Uden, Fabienne Vegt

Producción: Troubleyn/Jan Fabre.

Teatros del Canal (Sala Roja), del 12 al 13 de Enero de 2017

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