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‘Aire Siempre de Viaje’ o ¿es amar aceptar a quien te atormentará por siempre?

diciembre 24, 2017

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“¿Es posible que amar sea aceptar a quien te atormentará por siempre? ¿Eso debe ser así?” (Aire Siempre de Viaje, Sara García Pereda). 

No sin cierta y agradable sorpresa hay que mirar la inesperada llegada de Aire Siempre de Viaje al Umbral de la Primavera. Primer texto que estrena profesionalmente la todavía jovencísima pero ya bien preparada dramaturga Sara García Pereda Una pieza que aborda un tema tan manido y universal como el amor distorsionado y la (in)comunicación de la pareja, pero en la que que sin embargo García Pereda se nos revela como una voz a seguir de cerca, con las ideas claras y las suficientes herramientas como para contar una historia sencilla desde un lugar original en lo formal: aportando una visión muy lúcida y nada pretenciosa sobre un asunto que nos toca de cerca a todos, encajando además en el relato referencias de las más diversas índoles –literarias, poéticas, simbólicas, filosóficas…- que le dan al todo un carácter muy personal.

“¿Cuándo se da algo por terminado? A lo mejor hay que correr” repiten los personajes una y otra vez mientras se desplazan con torpeza por el espacio escénico. Ellos son Nadia y Fer, y ahora se reencuentran en un bar tras largo tiempo sin verse. Está claro que han pasado por algo intenso, que hay muchas cosas por decirse; pero que las palabras no terminan de fluir… A partir de este punto, nos lanzamos a una historia tremendamente fragmentaria que nos permitirá reconstruir toda la historia de amor que han vivido dos personajes que se conocen de forma fortuita y entablan una relación en la que no quieren dejar de estar juntos; pero tampoco están dispuestos a ceder, a perder ni su libertad ni su autonomía por el otro o a otorgarle al otro más derechos o más cancha de la necesaria. Dos personajes que tal vez podrían complementarse bien – y que incluso logran mantener el contacto de la forma más extraña a miles de kilómetros de distancia –cuando él decida irse a la aventura de recorrer Sudamérica en bicicleta sin que ella quiera acompañarle- estableciendo una suerte de dependencia no siempre bidireccional que acaba por volverse tóxica. A primera vista, puede parecer una historia típica y tópica de amor platónico a distancia –un amor tan intenso como condenado al fracaso-, pero sin embargo lo que plantea García Pereda está lleno de pequeños hallazgos. Primero: en Nadia y Fer se junta el hambre con las ganas de comer. Dos personajes de una torpeza emocional importante aunque sea de manera inconsciente, que tienen en esa incapacidad para renunciar a ellos mismos su mayor problema para que la cosa cuaje: seguramente sepan que se necesitan, pero son más capaces de expresárselo en la intimidad que hacia el otro, con las previsibles consecuencias. Sin ser conscientes de ello se huyen, corren hacia delante asimilando el daño mutuo que se hacen. Nadia y Fer –ella pintora abstracta, él matemático; dos personas de mundos distintos, con intereses distintos, pero tal vez necesitados de amor y de reconocerse en el otro- son el ying y el yang, la cara y la cruz; y puede que por eso se aferren con fuerza a un universo caUsal que les haga seguir atados al otro, aún cuando no pueden derribar el muro de la distancia. También son dos personas de su tiempo – de nuestro tiempo, mejor dicho- en el sentido en que se agarran al whatsapp, la cobertura o las notas de audio como mera forma de comunicación: ¿es este tipo de comunicación 2.0 válida en según qué situaciones? Esta difícil situación provoca en ambos heridas, silencios, cosas no dichas que cargan como cicatrices que ahora –en este último encuentro- podrían salir por fin a la luz. ¿Podrán por fin asumirse y reconocerse en el otro o deberán poner punto y final y correr?

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El texto de Sara García Pereda es, como digo, bastante estándar en la simpleza de lo que cuenta – por más que a su vez se agarre a la realidad imperante de que lo que les pasa a ellos nos puede pasar a todos-; y, sin embargo está lleno de hallazgos formales y textuales. Primero: García Pereda ha apostado por deconstruir y fragmentar la historia como un puzzle de mil piezas que el espectador – al inicio seguramente desconcertado- debe ir uniendo. Esta estructura críptica propone un fascinante juego al espectador, que verá recompensado su esfuerzo una vez que descubra que, milagrosamente, todo encaja y ha entrado en el juego. En este sentido, es increíble cómo algo tan sencillo como alterar el tempo y la forma narrativa puede engrandecer el mensaje de una historia simple en contenido: contada en orden puede ser una historia más; pero hay que ser muy hábil para lograr alterar escenas, ritmos e incluso puntos de vista sin apenas solución de continuidad, invitando a jugar al espectador; logrando que – casi como por arte de magia- esta decisión estructural compleja, arriesgada y bien resuelta dote de mucha mayor entidad a la historia. Además, García Pereda no se conforma con contar escenas de la historia; sino que además une toda una serie de escenas más o menos externas – lo que el texto denomina ‘standbys’- en los que introduce, por boca de los personajes, elementos de carácter simbólico –el valor de los colores y la pintura ligado a la historia por la que atraviesan, reglas y fórmulas matemáticas que parecen regir el destino de estos dos personajes condenados a no verse pero seguirse sintiendo, calcetines que completan la necesidad del otro en aquellas escenas en las que el otro no puede estar físicamente presente, la onírica búsqueda de otros cuerpos invisibles en los que intentar pasar página…-. Es el amor visto desde las percepciones de los sentidos, de la imaginación, de lo que no puede decirse con palabras: el amor como fórmula matemática atada a la caUsalidad que impulsa la historia, el amor como forma de inspiración que se explica a través del arte; y hasta el amor como forma de proyección mental, anhelo, deseo. La suma de todos estos elementos abre un interesante doble plano entre lo cotidiano y lo culto y simbólico, que enseguida completa un todo mucho más singular que la mera historia de amor, búsqueda imposible y huida hacia delante que parece a primera vista. Se han escrito en muchos formatos historias de amor marcadas por un viaje que separa a los protagonistas inconscientemente; pero creo que Aire Siempre de Viaje se apunta un tanto al juntar tantos elementos – e incluso tantos tonos tan diversos de lenguaje- y armarlos en un todo complejo, pero perfectamente circular y calculado.

Asímismo, resulta muy estimable el equilibrio y la sinceridad desde el que una autora tan joven – pero ya tan leída y tan vivida; porque si no sería imposible- nos habla de temas que nos conciernen a todos – el amor, el desamor, la incomunicación y sus consecuencias- desde un lugar tan honesto y reconocible; que no renuncia a cierto aliento poético – palabras bellas pero siempre alejadas de la pedantería: palabras que cada uno de nosotros podría decir pero sencillamente no encontramos porque no las buscamos-; palabras que hablan, sin duda, de cada uno de nosotros. La joven pero ya prometedora dramaturga ha encontrado el equilibrio entre lo poético y lo cotidiano –puede que ciertas escenas más ligeras en la discoteca no tengan el mismo punch que otras; pero también se agradecen para relajar- y esa extraña habilidad para hablar de sentimientos universales desde una sinceridad que nos duele y acaricia a partes iguales, porque –pese a su juventud- tiende a encontrar las palabras exactas para hablar de lo que nos sucede, nos sucederá o nos ha sucedido a todos. No será nada nuevo bajo el sol; pero lo cierto es que, sin ir demasiado lejos en el tiempo –este mismo año- he visto un par de propuestas que abordaban el amor y la búsqueda con mucha menos capacidad para transmitir emociones de la que tiene Aire Siempre de Viaje, y eso es mucho decir. No cabe duda de que García Pereda tiene audacia en las formas y un don para la palabra que presagia una carrera que habrá que seguir de cerca y que seguramente dará qué hablar en el futuro. Las herramientas para tocar nuestras almas a través de su prosa ya son suyas.

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La compleja estructura es la clave de que Aire Siempre de Viaje mantenga el interés; pero además es un escollo a la hora de levantar la puesta en escena, porque lo fragmentario de la historia obliga a la toma de toda una serie de decisiones que afectarán directamente a la narrativa, y es un reto para los actores. La puesta en escena de Pablo Canosales se apoya en un suelo que representa una de las pinturas abstractas que sugiere el mundo de Nadia; y apuesta por la inteligencia del espectador al no marcar más de la cuenta las transiciones y elipsis temporales que exige la compleja estructura del texto: Canosales invita al espectador a un viaje que, confuso al inicio, acaba resultando una experiencia fascinante que encaja. Es la suya una apuesta valiente –dar más armas hubiese facilitado el seguimiento; pero impedido gran parte del juego- y acaba funcionando como hallazgo escénico que subraya el carácter experimental del espectáculo. Además, Canosales ha dibujado ciertas escenas apoyándose en un componente físico y coreográfico que va muy bien a esa idea de percibir las cosas a través de otros sentidos de la que hablo más arriba; en este sentido, la tenue y expresionista iluminación ayuda sobremanera a armar atmósferas muy sugerentes. En otro orden de cosas, lo que se presenta aquí es una versión del texto en la que la autora y el director –de mutuo acuerdo- han resumido ampliamente el contenido del original. Es cierto que, aún como está ahora, no todas las escenas funcionan con la misma entidad – y, una vez releído el texto, creo que se han suprimido fragmentos interesantes en favor de otros que tal vez no lo sean tanto-; pero de todas maneras el trabajo realizado me sigue pareciendo encomiable.

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Los dos actores se suben al reto de que, por la estructura fragmentaria del relato –que va de lo real a lo soñado y del presente al pasado una y otra vez- lo tienen complicado para dibujar un arco emocional coherente –ha de ser difícil para ellos asimilar dónde están y a dónde van-. En este sentido, la tarea por separado de Juan Caballero –ese Fer que huye en busca de aventuras, quién sabe si huye de sí mismo o del sentido de obligación y compromiso- y Violeta Orgaz – Nadia, la más mental, la más pragmática del dúo; pero también por ello en apariencia la que más sufre las consecuencias, al menos a primera vista- es honesto y valiente: han asumido el código, se han lanzado a esta piscina emocional y entran y salen como peces en el agua de tonos y situaciones. Hacen justicia a las hermosas palabras de García Pereda, lo cual no es poco decir. Tal vez les falte un punto de química en las escenas en las que conviven como pareja para hacernos ver que esa fuerza superior que les une –y de la que no parece que puedan escapar- es lo suficientemente grande: esto que se prolonga en el tiempo no debería ser una historia de amor más, sino la historia de amor; y esa química todavía debe terminar de ajustarse. Pero subirse a este complejo viaje y salir enteros de él ya merece aplauso.

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Cierro esta reseña como la comencé: seguramente Aire Siempre de Viaje no sea nada que no se haya visto antes; pero desvela un espectáculo sugerente –a medio camino entre el teatro de texto y las nuevas formas-, en el que habrá que ajustar cosas pero con el que se pasa un rato estupendo; y, sobre todo, desvela en la jovencísima Sara García Pereda a una autora con una sensibilidad especial para hablarnos de relaciones personales y humanas de tú a tú, sin caer en pedanterías ni sensiblerías baratas. No será su mejor texto –pensemos en todo lo que está todavía por venir- pero ya es un buen texto; y cuando en unos años sea un nombre consolidado algunos podremos decir que ya le señalamos el porvenir que sin duda merece. De momento, retengan su nombre.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Aire Siempre de Viaje”, de Sara García Pereda. Con: Juan Caballero y Violeta Orgaz. Diirección: Pablo Canosales. SIETEATRO PRODUCCIONES

El Umbral de Primavera, 15 de Diciembre de 2017

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