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‘Insolventes’, o con el agua al cuello

diciembre 23, 2017

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Se presenta en Nave73 Insolventes, una comedia negra con tintes de esperpento contemporáneo que firma el prolífico Félix Estaire y que aborda el entorno de la Barcelona post-olímpica, cuando a principios del presente siglo muchos acudieron a guarecerse a la Ciudad Condal al amparo de una ciudad en apariencia enriquecida que acabaría siendo un mero sumidero para muchos. En este contexto –y coincidiendo con el auge de la primera edición de Operación Triunfo, lo que no nos deja duda alguna de que la función transcurre en 2002, justo una década después de las Olimpiadas- Estaire ha escrito una función que indaga en la miseria del ser humano que sabe que ya no tiene nada que perder porque seguramente ya lo haya perdido todo y que aborda cuestiones como los límites de la amistad y la delgada línea roja que se establece entre confianza y ambición cuando los está en juego algo tan básico como la supervivencia económica.

La acción nos presenta a un peculiar trío de perdedores que se hicieron amigos en su momento pensando que Barcelona sería la solución a todos sus problemas; pero que ahora malviven mano sobre mano. Ellos son León –un hombre ya maduro que regenta una peculiar librería de mala muerte en la que no entra ni el apuntador a comprar, pero que también es punto de encuentro de algunos chanchullos-; Jano –un joven con algún tipo de pequeño retraso que trabaja sin contrato en la librería- y Darío –una promesa truncada del fútbol que perdió su gran oportunidad de contrato millonario con el Espanyol y sigue lamentándose por ello y esperando otra ocasión que ya no llegará mientras arrastra deudas por negocios que parecen poco recomendables-. La amistad que mantienen desde hace años se encuentra ahora en un punto débil a causa de la precaria situación por la que atraviesan estos tres personajes sin oficio ni beneficio. Pero la aparición de un extraño pliego de sellos con la imagen de Franco estampada en rojo –el Franco rojo- da a León una idea de venta ilegal que podría reportarle mucho dinero… El problema es que, inicialmente, decide compartir el negocio solo con uno de sus dos amigos –dejando a Jano al margen-; y que, a su vez, Jano ha transpapelado el pliego al vender el libro en el que estaba escondido a un cliente. Con el agua al cuello, León deberá estudiar la manera de recuperar los sellos –y no parece haber otra salida que por la fuerza..-, al tiempo que ha de decidir si es capaz de partir el botín del dinero que saquen entre tres; o dejar a alguno de ellos fuera del negocio, corriendo el riesgo ya no solo de perder su amistad, sino también de que alguien haga que sus planes se trunquen. En este contexto comienza una carrera, una suerte de ‘todo por la pasta’ en la que, en un contexto de falsa camaradería –porque, no nos engañemos, aquí van todos a lo que van…- asistimos a una silenciosa partida de ajedrez, una suerte de juego de estrategias en el que cada uno deberá mostrar a qué está dispuesto para sacar tajada, dónde está su sentido de la moral, qué importancia le dan al dinero y –sobre todo- en qué se convierte el concepto ‘amistad’ cuando entra en juego la subsistencia. Tres perdedores mano sobre mano, cegados ante la que puede ser su última oportunidad de poner sus vidas en orden.

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Lo más interesante que encontramos en el conciso texto de Estaire –que en esta versión dura una hora de reloj- seguramente sea el ambiente que crea; y el perfil de unos personajes que oscilan entre un sainete y un esperpento contemporáneo: son seres de hoy, pero Estaire les ha impregnado conscientemente con toda una serie de características que acentúan sus más bajos instintos en diversas direcciones. Son amigos –o lo fueron, o eso dicen…- pero los tres, de un modo u otro, adolecen por ejemplo de cierta falta de escrúpulos: Darío, claramente metido en asuntos feos que nunca llegan a trascender, insiste a León en que no se fíe del aparentemente inofensivo Jano; pero a su vez León ha establecido con el joven retrasado una compleja y casi morbosa relación en el que Jano se considera ‘su perro fiel’ y hasta le pide que le endose una correa. Todos estos elementos – unidos a la pronunciada cojera de León provocada por un accidente al que hace referencia durante la representación; o la duda razonable sobre la falta de luces del propio Jano, cuya naturaleza tampoco se nos aclara nunca- vuelcan la función hacia un esperpento que nos enseña –en lo físico y en sus acciones- lo peor de tres tipos aparentemente normales. Así, el tono y el retrato de los tres personajes acaba por imponerse en interés a una acción propiamente dicha que no es más que el calentamiento progresivo hacia un desenlace en el que, evidentemente, el autor se reserva un último golpe. Porque en Insolventes, los tres personajes esconden cosas, tienen aristas y coquetean sin pudor con la bajeza moral: puede que solo haya sitio para el más astuto.

En este contexto –y teniendo en cuenta que, dada su brevedad, el tiempo apremia- reconozco que me interesó el perfil de los personajes y el tono que se crea; pero que quizá el giro que escoge Félix Estaire para cerrar su trama sea el más previsible posible: ante una historia tan sencilla como bien definida, bien nos podría haber reservado alguna sorpresa más allá del mero hecho de que el pez más grande se coma al pequeño. En este sentido, creo que un último giro extra además del que cierra la función – sin querer entrar en spoilers: ¿por qué no hacer que el que huye se vaya de vacío y sea otro personaje el que tenga la clave de todo?- quizás hubiese dado un cariz más potente a esta función sencilla pero bien escrita y delineada; que, sin embargo, acaba como tiene que acabar, perdiendo la oportunidad de tumbarnos con un último golpe. En no pocas cosas –por el contexto de miseria moderna, por los perfiles de los personajes- esta función me recordó a la memorable El Plan de Ignasi Vidal; pero allí donde aquella nos abofeteaba sin compasión, seguramente sea eso lo que le falte a Insolventes: no temer a mostrarnos lo más oscuro y abofetearnos. Aún a falta de un final más explosivo, no se le niegan a Estaire la habilidad ni para hilar diálogos cotidianos bien escritos ni para crear una atmósfera original en la que sainete, esperpento y comedia negra se dan la mano de forma inteligente.

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En la concisa puesta en escena que se presenta en Nave 73 se ubica en una escenografía adecuadamente destartalada –para que no olvidemos que el negocio que regenta León es de poca monta…-, y cuenta con un vestuario que sugiere bien esa sensación de pobreza mohosa por la que pasan estos tres losers. La ordenada dirección de Pablo Martínez Bravo –consciente de que nos encontramos ante una obra de texto- se apoya en un honesto trabajo actoral de tres intérpretes que tienen bien cogido el pulso de sus personajes; y eso le deja gran parte del camino hecho hacia el buen resultado que consigue. Ahora bien, todavía mejoraría si eliminase algunos fundidos entre escenas para sugerir el paso del tiempo; que creo que no se necesitan –en el propio texto queda implícito que el tiempo avanza- y harían que la propuesta ganase en agilidad; tampoco estaría de más aportar alguna clase de tic al personaje de Jano, para conferir al personaje de mayor personalidad en su vertiente más inconscientemente abyecta y esperpéntica. Muy bien seleccionada la música, que -sin que estemos ante un espectáculo de corte generacional-  llamará a gritos a una generación muy concreta -no ya solo por recuperar el álbum que catapultó al éxito a Estopa; sino por cerrar con algo tan freak como aquel himno generacional que fue “Mi Música es Tu Voz”-.

Sobre el escenario, los tres intérpretes defienden la pieza con convicción y alcanzan bien el tono entre costumbrista y esperpéntico que pide la pieza. Embutido en la piel de falso líder – porque anda tan perdido en la vida como sus colegas-, Javier Zarapico hace una buena creación de León, a medio camino entre la templanza del que cree que domina el cotarro y la desolación del que sabe que las cosas están jodidas para salir del pozo; el deje andalucista aporta además al personaje una pachorra que acaba resultando inquietante. Interesante el trabajo corporal y de construcción de Samy Khalil en Jano, un personaje complejo, alejado de los prototipos que le habían tocado en suerte hasta ahora – y el actor lo sabe y lo aprovecha para mostrarnos nuevos registros-; pero que nunca llega a enseñarnos todas sus cartas –creo que merecería mayor desarrollo- pero que permite cierto lucimiento al actor – he de decir que me gustó mucho más aquí que hace un par de meses en Dentro de la Tierra-. Por su parte, Rubén Frías sostiene bien a Darío, un personaje extenso por presencia; pero tal vez privado de alguna escena que aporte personalidad y lucimiento al personaje, cosa que sí tienen los otros dos roles.

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En Insolventes el espectador encontrará pues un montaje honesto de una función que dibuja un interesante fresco de la miseria humana vista a través del filtro de una comedia negra casi esperpéntica. Una pieza en la que se ha conseguido un tono muy interesante; pero que seguramente todavía será susceptible de obtener ya no el giro final que merece, sino incluso un mayor desarrollo: se puede hacer, dada la hora justa que dura a día de hoy el texto –aquí hay mimbres para llegar a los 90 minutos y contar todo lo que queremos saber-.

H. A.

Nota: 3/5

Insolventes”, de Félix Estaire. Con: Javier Zarapico, Samy Khalil y Rubén Frías. Dirección: Pablo Martínez Bravo. PRODUCCIONES EL PERRO.

Nave 73, 15 de Diciembre de 2017

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