Saltar al contenido

‘La Noche Justo Antes de los Bosques’, o el hombre en tierra de nadie

diciembre 22, 2017

bosquescartel

Nueva producción de la que seguramente sea la más célebre pieza del dramaturgo francés Bernard-Marie Koltés, el monólogo La Noche Justo Antes de los Bosques, una pieza que sube a los escenarios con frecuencia –en los últimos años, solo en Madrid, se han visto versiones interpretadas por Juan Ceacero, Óscar Muñoz, Antonio Aguilar; y ahora esta a cargo de José Gonçalo Pais-. Una pieza que encuentra en el particular espacio que es La Puerta Estrecha un lugar de excepción para su emplazamiento; y que se nos muestra en una radical y visceral versión que firma César Barló.

La pieza nos muestra a un inmigrante vagabundo, perdido en la noche parisina poco menos que sin tener dónde caerse muerto, abordando a un interlocutor invisible en la esquina de un callejón en una noche lluviosa, desesperado por encontrar alguien que le escuche; alguien con quien desahogar su vida dura no solo como un ser marcado por ser diferente – extranjero funciona aquí como sinónimo de diferente, en el peor de los sentidos, como una marca, como un estigma- con su cuerpo empapado y sin tener dónde guarecerse. Un monólogo que, desde el dolor esperanzado del protagonista –si es que tal contradicción existe- aborda cuestiones políticas, raciales, sociales o sobre cómo un individuo puede ser apartado de la masa que se cree superior por el mero hecho de ser diferente: un despojo social sin quererlo, un quinqui, un mendigo que lucha desesperadamente ya no por encontrar su lugar en esa especie de nuevo mundo que le da la espalda una y otra vez; sino también – y quizá, sobre todo- su dignidad: una dignidad que él sabe que tiene; pero que los últimos acontecimientos –ha convivido con prostitutas, ha sido abandonado, atracado, ha recibido una paliza y ha tenido que emprender una especie de huida hacia delante-. Un extraño, un outsider en tierra de nadie con algo tan básico como la necesidad de hablar, la necesidad de vomitar su ira, su decepción y su desencanto… tal vez más bien con la necesidad de no sentirse solo… y un hombre que, aún golpeado y desencantado es capaz de analizar su desarraigo, maldecirlo; soñar con el amor que tal vez nunca alcance y recrearse en la belleza de lo pequeño… El futuro es incierto; pero puede que no lo tenga todo perdido.

bosques1

Así, en lo más bajo de una noche en la que nada puede ir peor, nuestro protagonista se confiesa directamente con ese interlocutor invisible –en este caso el público, claro- en una pieza que Koltés estrena en 1977; pero que sin embargo mantiene muchos de los rasgos temáticos que aborda perfectamente vigentes: la discriminación por raza, la búsqueda de la pureza racial de ciertos sectores más o menos fascistas, el ser un ciudadano de segunda fila, la sensación de ‘no pertenencia’ a un todo o el derecho a soñar que, en una situación de asfixia claustrofóbica, hostia tras hostia, tal vez otro mundo es posible: un escape, un mañana en el que alguien se apiade de él, y le respete por fin otorgándole la dignidad humana que ahora se le niega… A fin de cuentas, para nuestro protagonista su máxima rebelión contra esa sociedad que no deja de pisotearle es algo tan sencillo como el mero hecho de decidir continuar.

Quienes conozcan mínimamente la producción teatral de Koltés sabrán que siempre hay en sus obras un delicado equilibrio entre la rabia del mensaje y lo poético del lenguaje: se dicen y suceden cosas muy duras, descarnadas y llenas de desesperanza; pero desde una prosa hermosa, delicada y rica en imágenes y figuras literarias de las más diversas índoles. Encontrar el punto de balance en el que no se pierdan ni la oscuridad del mensaje ni la belleza del lenguaje es siempre una ardua tarea cuando de montar a Koltés se trata; y a menudo los directores acaban por decantarse más por una u otra cosa que por el término medio entre ambas. En la propuesta escénica de César Barló –que tiene lugar en una minúscula habitación que bien da la sensación de encierro, de espacio del que no se puede salir; e incluso de esa esquina de callejón en la que transcurre la obra, dejando al público bien ubicado en las circunstancias del relato desde el mismo momento de partida; y un espacio mínimo que, sin embargo, la iluminación aprovecha muy bien para crear atmósferas sugestivas- hay algunas particularidades referentes al punto de vista. Con apenas unos centímetros separando al actor y a los aproximadamente 30 espectadores que ocupan cada función, gran parte del espectáculo se ve reflejado en un espejo, como si nuestro interlocutor evitase conscientemente darnos la cara; quién sabe si avergonzado de sí mismo. Una vez que se asume que gran parte de la función se verá reflejada en un espejo –con todo lo particular que ello implica- , lo cierto es que la idea y el efecto generan un sugerente efecto de extrañamiento que acaba funcionando bien; de la misma manera que se ha decidido crear, incluso pese a la cercanía, una suerte de efecto barrera entre el personaje y el público que es su oyente mudo: una barrera que solo se romperá al final. La idea es arriesgada, y hay que aplaudir decididamente este riesgo estético que distorsiona conscientemente la manera en que el espectador percibe el espectáculo. Además, Barló ha planteado que una cámara proyecte en directo en un lateral algunas imágenes grabadas por el actor a lo largo de la representación, nuevamente distorsionando la recepción del espectáculo; porque en según qué escenas el espectador debe decidir si mirar al actor directamente a la cara u observar la proyección en vídeo, siendo prácticamente imposible ver ambas al tiempo por la ubicación lateral de la pared en la que se proyecta. De la misma manera que el recurso del espejo me resulta muy sugerente; puede que el uso de la cámara –que deja, eso sí, alguna imagen muy sugerente cuando el actor evoca con sus manos sombras que caminan por un puente a media noche; pero que pierde fuerza cuando se limita a proyectar la expresión facial del intérprete- me resulte algo menos pertinente: sobre todo porque llega a distraer toda vez que es difícil que el espectador pueda observar el doble juego en su integridad –o estamos a la cámara, o estamos al “directo” del actor-. Con todo, no se puede negar que Barló ha optado por una estética de riesgo en un espacio intimísimo que tiene bien dominado: se puede entrar más o menos en la idea –y en este sentido he de situarme en un término medio, porque me interesó la idea del espejo mucho más que la de la cámara-, pero el montaje tiene, con pocos medios muy bien aprovechados, la personalidad suficiente.

bosques2.jpg

En esa delgada línea roja entre rabia y poética que siempre marca este texto, Barló cuenta con un entregado actor casi kamikaze como es José Gonçalo Pais. Hay que empezar por algo que puede parecer una obviedad; pero que en este caso se torna fundamental y suma a favor: su marcadísimo acento portugués –que podría costar encajar en otros roles- va en esta ocasión como un guante para marcar esa sensación de extranjero que condiciona irremediablemente al personaje: estemos donde estemos –porque Koltés sitúa esta historia en París; pero bien podría ser un callejón del barrio de Lavapies, donde por cierto se ubica esta sala-, este particular rasgo nos sitúa de inmediato ante el desarraigo que atraviesa el personaje y sin el cual no se puede entender esta historia. En este sentido, la elección de Pais –al que hemos visto como enérgico Ariel en la personal Tempestad shakesperiana itinerante que firmase Barló en las dependencias de esta misma sala hace algo menos de dos años- es realmente pertinente. En el tono del texto, la puesta en escena parece inclinarse más por la línea de la rabia que por la de lo poético; y en este sentido Pais se entrega en cuerpo y alma a construir un ser golpeado, desquiciado, quién sabe si aún bajo los últimos efectos de alguna sustancia consumida durante la noche. De la misma manera que es encomiable encontrar a un actor capaz de sostener, en solitario y a apenas unos centímetros del espectador, un monólogo de 70 minutos en el que se le exige ese nivel de entrega física y energética –porque ni para él ni para nosotros hay un instante de respiro, y Pais lo defiende de modo admirable-; también creo que sería conveniente equilibrar algo más la situación para no mostrar una cara tan dura y salvaje del personaje y dejar entrever esa cara más vulnerable, ese dolor derivado de esa falta de protección de la que el personaje es perfectamente consciente y que solo aflora del todo en los últimos instantes del monólogo –cuando, por cierto, entra muy oportunamente la Sinfonía de las Lamentaciones de Gorecki, generando una esfera poética que va muy bien con la naturaleza del relato-; una vulnerabilidad que ayudaría a que el espectador conectase más con el relato del protagonista. Esta elección salvaje nos pone de algún modo en una curiosa dicotomía: la capacidad de Pais para sostener el monólogo a ese nivel de energía es admirable, al alcance de muy pocos actores; pero a la vez creo que el espíritu poético de Koltés habría podido translucir del todo si el montaje dibujase más una curva emocional que solo aparece de cara al desenlace: incluso asumiendo que nuestro personaje se encontrase aquí bajo los efectos de un ‘mono’, todo debe tener altibajos. Así y todo, es un rasgo más de esta propuesta radical, arriesgada y personal que Barló lleva hasta sus últimas consecuencias en una función que, como digo, se ha montado muchas veces y de muchas maneras.

bosques3.jpg

El espectáculo tiene las bazas incuestionables de la intimidad oscura del entorno –e incluso la curiosidad del efecto del espejo-, y el interés interpretativo de ver a un actor defendiendo una propuesta salvaje a dos palmos de distancia. Puede que algún elemento que me resulta innecesario – gran parte de los juegos de la cámara- e incluso relajar algún pasaje para remarcar más la dignidad del personaje y la línea poética del autor ayudasen a redondear un producto al que no se le pueden negar ni la valentía ni la personalidad.

H. A.

Nota: 3/5

La Noche Justo Antes de los Bosques”, de Bernard-Marie Koltés. Con: José Gonçalo Pais. Dirección: César Barló. ALMAVIVA TEATRO / LA PUERTA ESTRECHA.

La Puerta Estrecha, 14 de Diciembre de 2017

No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: