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‘Tebas Land’, o la necesidad de los opuestos complementarios

diciembre 19, 2017

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Presenta El Pavón Teatro Kamikaze Tebas Land, inquietante drama del uruguayo Sergio Blanco (1971-) que consigue amalgamar temáticas de lo más diverso -el metateatro, la creación, la revisión del mito, el (¿falso?) teatro documento o la (¿falsa?) autoficción- para crear un texto complejísimo en su aparente sencillez; que podrá no ser ninguna novedad a nivel formal pero sin embargo acaba por atrapar al espectador sin remedio.

Ante un curioso espacio formado por una cancha de baloncesto encerrada en una celda carcelaria se nos presenta un autor de teatro que, ante la negativa del teatro a aceptar su primer proyecto, nos cuenta el proceso de gestación de su nueva idea: Tebas Land, una función que indagará sobre el parricidio. Ante la búsqueda de la realidad, la idea inicial de S. -que así se llama el personaje- es entrevistarse con un verdadero parricida joven encerrado en una cárcel donde le visitará para ir componiendo el texto a partir de sus encuentros. Es así como conoce a Martín, un joven que se presta al experimento y que -en principio- podrá asistir a ensayos y funciones bajo un estricto proceso de vigilancia. Paralelamente vemos también los ensayos para el estreno con Federico, el actor encargado de dar vida a Martín en el teatro, a la vez que S. -en apartes con el público- conecta el relato desde la esfera de sus recuerdos del proceso. Así, tenemos al menos tres líneas de acción: la presente -en la que S. nos habla desde el recuerdo-, las visitas a Martín en la cárcel y los ensayos con Federico, en el teatro convertido a su vez en cárcel. La suma de los tres planos irá construyendo un relato que enseguida trasciende el tópico tan manido del teatro dentro del teatro -si bien se juega de forma bastante curiosa a dibujar la delgdísima línea que existe entre realidad y ficción- para adentrarse en una suerte de relaciones de necesidad, procesos en los que tres personajes aparentemente opuestos se complementan, se necesitan y se buscan para tomar conciencia del mundo, de sus propias miserias y de una inesperada identificación del uno en el otro. Porque, después de todo, aunque parece que quiere hablar el teatro como herramienta de salvación; diría que, en el fondo, el gran tema que aborda Tebas Land es el de la necesidad, la necesidad de compañía, la necesidad de apoyo entre dos -o tres- personajes que no son más que opuestos complementarios con claroscuros emocionales que se borran en presencia del otro.

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Puede que uno de los aspectos más reseñables del texto de Sergio Blanco sea precisamente el haber armado una historia sencilla en el fondo; pero a su vez compleja por la cantidad de estilos y elementos que implica en su desarrollo. A menudo Tebas Land va pareciendo una cosa, pero una y otra vez evoluciona en otra bien distinta: de partida parece que será una -¡otra!- obra sobre teatro dentro del teatro; luego parece una función social que nos enseña como el teatro -y, por extensión, la cultura- puede modificar el carácter de un supuesto outsider -Martín, el parricida, que se va interesando más y más por la información que S. le aporta, ya sea sobre el concepto de autoficción,o el mito de Edipo- y finalmente descubrimos que es, a fin de cuentas, una función de personajes que pretende emplear una serie de excusas complementarias para centrarse en la relación de S. con Martín. Una relación en la que, de partida, el joven parece el villano y el autor la presa; pero en la que enseguida vemos que existe una voluntad de identificación a través de la cual S. puede comprender la verdadera naturaleza de los terribles actos que llevaron a Martín a cometer ese parricidio; y que, a fin de cuentas, también S. tiene aspectos callados, ocultos y hasta podríamos decir turbios que nunca llegan a desvelarse del todo, pero que le confieren un aura de oscuridad que, sin quererlo, casi como una fuerza fascinadora, le acercan más y más al joven Martín. Todo esto cabe en una función escrita desde una prosa tan directa y realista que no parece un texto prefijado, y es en esa naturalidad donde está la capacidad de atrapar a un espectador que se va metiendo más y más en el crecimiento de la relación de estos dos personajes que se necesitan y tienen que ayudarse porque, después de todo, solo se tienen el uno al otro. Y lo realmente estremecedor de esta historia seguramente sea eso: la humanidad que desprende en su oscuridad. El mito de Edipo -con el que ambos personajes se acaban identificando- o el descubrimiento por parte de Martín de toda una serie de elementos culturales que le va aportando S. -a saber: Mozart, Los Hermanos Karamazov, U2, Roberto Carlos…- no son sino meras excusas para completar un relato en el que lo verdaderamente importante son dos seres humanos con necesidad imperiosa de escuchar y ser escuchados.

Además, Blanco plantea un hábil juego entre realidad y ficción, al dejar entrever paralelismos entre el Martín real y el Martín personaje que interpreta Federico, que aquí son dos jóvenes que se parecen sospechosamente -interpretados por el mismo actor, e incluso se juega a que llevan las mismas zapatillas, unas de marca y otras de imitación- a pesar de venir de mundos diferentes: lo relativamente acomodado en contraste con la marginalidad, de manera que -aunque en un principio nada tendrían que ver- el autor nos grita que tal vez no sean tan distintos; y que -de nuevo- no son más que dos seres humanos marcados por el destino del que no pueden escapar: algo tan jodido como la suerte. También es interesante el juego de dobles únicos con el que arma toda la representación: una única escenografía puede ser una cárcel real o esa misma cárcel armada en un teatro; de la misma manera que un único actor es el preso real y el actor que lo interpreta, a la vez que vemos conversaciones reales entre S. y Martín o escenas -ficticias- que Federico representa para S. a raíz de los diálogos previamente escritos: es, en suma, una forma audaz con la que Blanco juega a señalarnos la barrera entre la vida real y lo ficticio, en un constante juego bien integrado que despierta muchas preguntas en el espectador.

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Hay además una última cuestión del texto que no quisiera pasar por alto, que es -volviendo a la delgada línea roja entre realidad y ficción sobre la que se arma esta función- la forma en que Blanco esconde de forma más o menos consciente el verdadero género de la misma. ¿Qué hay de real y qué de inventado en lo que nos cuenta? Es más que evidente que S. -el autor, el protagonista- es, de algún modo, el alter-ego del propio Sergio Blanco por varios detalles biográficos que se nos plantean -es un uruguayo que ha residido en Francia, escribe teatro…-; pero lo que nunca se aclara -aunque parece más que probable- es si todo el proceso al que asistimos en la función es efectivamente real: si ha existido un Martín, con el que Sergio Blanco se ha visto en la vida real y si el verdadero objetivo de la función era ser lo que hoy es y no otra cosa. Esto es ¿es Tebas Land teatro de autoficción? ¿es teatro documento? ¿es un falso documento construido como si se tratase de uno veraz? Conscientemente, Blanco nunca responde a todas estas preguntas que quedan en el aire; pero vuelven a hacer que nos planteemos la gran pregunta en torno a la que pivota todo este espectáculo: ¿cuál es la verdadera naturaleza de lo que estoy viendo?

La suma del todo consigue que, lo que en primera instancia parecería otra obra sobre la creación teatral plantee o algo tan trillado como otra revisión del mito de Edipo -con pocos personajes, y hasta podríamos decir que con poca acción: tal vez por eso puede que esperemos una explosión dramática final que, sin embargo, no llega, porque la obra en sí persigue otras metas- toda una serie e cuestiones, complejidades y ambigüedades que acaban por convertirla en un material verdaderamente fascinante. Es difícil saber qué es exactamente Tebas Land, pero el conjunto del todo acaba derivando en algo sólido que engancha, tiene envergadura y hace que nos llevemos la función a casa. Es teatro de texto en estado puro, tremendamente moderno en la forma de afrontar una estructura aparentemente clásica; y una apuesta compleja en las múltiples capas que despliega esa capacidad de engañar -conscientemente- al espectador, desplegando un juego al que nunca le vemos su última capa. Tal vez por ello sea tan fascinante.

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La puesta en escena que se presenta en El Pavón Teatro Kamikaze es formidable. La sencilla escenografía de Alfonso Barajas -una cancha de baloncesto encerrada en una celda, sobre la cual se proyectan imágenes que, por las dimensiones de los barrotes de la celda, no siempre alcanzamos a vislumbrar con claridad, al menos desde las primeras filas- sirve a Natalia Menéndez para levantar lo que seguramente sea una de las mejores direcciones de escena que haya visto este año. Primero, porque en un texto de estructura compleja ha sabido transitar con naturalidad y delicadeza los cambios de espacio-tiempo-personaje que plantea esta función: sin cortar nunca la continuidad, todo fluye, todo se encabalga y podemos seguirlo sin ningún tipo de fisura. Y, segundo -y más importante- por esa dirección de actores que parece que no está por ninguna parte, pero que sin embargo ha debido ser puntillosa hasta el extremo para lograr precisamente que no se vea: los diálogos y el tono alcanzan una naturalidad a veces casi vulgar -entiéndase vulgar en el mejor de los sentidos; claro- que aleja de nosotros cualquier atisbo de ficción y de actuación para instalarnos enseguida en un realismo de lo cotidiano en el que pareciera que estuviésemos ante seres de la calle, sin el menor interés real ni texto prefijado: seres vulgares ante los que, sin embargo, nos enganchamos sin remedio. No ha de ser fácil conseguir este tono con tanta naturalidad; y sin embargo Menéndez -obteniendo lo mejor de sus actores- ha dado de pleno en la diana, porque intuyo que en esta especie de dirección invisible -que a buen seguro habrá quitado horas y horas de sueño para limar cualquier atisbo de ficción- está la gran clave que hace de Tebas Land lo que es: un gran espectáculo.

Pocas veces hemos visto a Israel Elejalde -acostumbrado a meterse en la piel de personajes torturados y de carácter fuerte- en un registro tan íntimo, tan contenido y hasta podríamos decir que tan antiteatral como aquí; y, sin embargo es en esa búsqueda de lo íntimo y de lo pequeño en la que el trabajo de construcción de Elejalde para con S. se vuelve fascinante: la manera de dirigirse al público es la misma que usa para dirigirse a sus dos interlocutores en escena, y desde el hombre asustadizo que visita a Martín las primeras veces hasta el que se enfrenta a sus propios fantasmas casi con autocompasión hay una curva bien visible; que sin embargo nunca escapa de lo simple y lo sencillo. Cualquiera que vea este trabajo valorará sin duda lo que ha conseguido con este personaje; pero los que sigan su carrera encontrarán un registro completamente nuevo, plano solo en apariencia; pero con mucho trabajo para alcanzar esa aparente y buscada planicie. Junto a él, sorprende lo desenvuelto que resulta Pablo Espinosa en la ardua tarea no ya de darle réplica a Elejalde en un trabajo tan inspirado, sino también de alternarse dando vida a los dos personajes -al convicto y al actor- construyendo ambos perfiles bien diferenciados con apenas algunos retazos; además, volviendo al código tan especial en el que se desarrolla esta función, es difícil encontrar a un actor tan joven que se desenvuelva tan bien en un registro que le exige apartarse de cualquier artificio. Espinosa lo consigue y entre ambos actores logran un extraño equilibrio que suma a esta función otro elemento de interés.

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En fin, Tebas Land es un espectáculo que presenta un texto sencillo en apariencia; pero lleno de aristas formales y de contenido, que seguramente se degustará más y mejor una vez que hemos abandonado el teatro –y que tal vez defraude a quienes esperen un teatro más ‘activo’ y quizás esperen un desenlace explosivo que ni está ni se espera dado lo que se pretende contar- que crecerá en el recuerdo, servido en una puesta en escena que consigue un formidable rendimiento de sus actores.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

Tebas Land”, de Sergio Blanco. Con: Israel Elejalde y Pablo Espinosa. Dirección: Natalia Menéndez. SALVADOR COLLADO / EL PAVÓN TEATRO KAMIKAZE

El Pavón Teatro Kamikaze, 5 de Diciembre de 2017

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