Saltar al contenido

‘Bodas de Sangre’, o quien no arriesga no gana

diciembre 8, 2017

bodasdesangrecartel

Bodas de Sangre es seguramente una de las obras más revisitadas del repertorio en castellano. Solo en Madrid en estos momentos conviven varias versiones en cartelera a la vez; y en los últimos diez años han subido a escena varias producciones importantes -esta es la tercera en el seno del Centro Dramático Nacional-. Parece que, de alguna manera, este texto -o, mejor dicho, todos los de García Lorca- son un corpus sacrosanto e intocable ceñido a unas reglas que se repiten una y otra vez, cayendo quizás en el lugar común. Y entonces llega Pablo Messiez y firma una versión libre que también dirige y que, al menos, tiene la valentía de tumbar algunos de los tópicos que hemos visto en escena una y otra vez; así como demuestra que se puede tocar perfectamente a García Lorca sin perder su esencia. En pocas palabras: monta de nuevo un clásico; pero tiene la delicadeza de aportar algo. Ya es un buen comienzo, un motivo y una excusa para volver a Bodas de Sangre. Y aunque, como veremos, puede que no todas las ocurrencias y añadidos funcionen igual de bien, lo cierto es que uno sale de la función con la sensación de haber visto un espectáculo con la suficiente personalidad propia como para recordarse.

bodas5.jpg

Carlota Gaviño y Francesco Carril en el bosque, en una escena de una belleza plástica incuestionable.

Últimamente se han dado muchas vueltas al concepto de ‘versión libre’, seguramente porque, solo en este último trimestre, se han visto varias versiones muy libres de grandes clásicos en cartel. A la hora de versionar, ha de decidirse si hacerlo con todas las consecuencias -libertad creadora-, pulir el original de forma que apenas se note que hay otra mano o encontrar el equilibrio entre ambas opciones. Los tres caminos son posibles y válidos; y Pablo Messiez parece inclinarse por la tercera opción: no renuncia a crear sin dejar de seguir a García Lorca ni alejarse de él. En su versión libre, Messiez respeta las bases del texto original de Lorca pero añade fragmentos de otras obras (Comedia sin Título, Poeta en Nueva York…) aquí y allá, como complemento. Ya el comienzo -con los primeros versos de la Comedia sin Título por boca de una Claudia Faci que increpa, desnuda, directamente al público- es toda una declaración de intenciones de autor/creador -en este caso Messiez- acerca de lo que ha querido lograr con su versión del clásico. Lo que sigue es una versión de Bodas de Sangre en la que Messiez parece haberle querido quitar algo de peso a la palabra, al verso, para focalizar más en el mensaje de los versos, e incluso en las emociones que esos versos pretenden transmitir. La sensación con la que se queda uno al ver estas Bodas de Sangre -que transcurren en un presente indeterminado, pero al tiempo despojado de gran parte de los andalucismos que se suelen vincular a esta obra: no hay un marcado acento andaluz en los personajes; ni siquiera un único acento que nos indique que todos provienen del mismo lugar- es la de que Messiez ha pretendido ‘normalizar’ la tragedia; mostrarla al público casi como si quisiera decir “esto puede ocurrir en cualquier casa, en cualquier momento”. Respetando siempre el texto de Lorca, pero quizá restándole algo de su peso poético en favor de poner ese texto y ese mensaje en boca de personajes normales, que se enfrentan a la tragedia sin preverla, sin poder evitarla y con la cabeza alta. Dicho de otra forma: el Lorca de Messiez no se recita ni se declama, sencillamente se dice con la debida intención: prueba de que otro Lorca es posible.

bodas1

Hay en el acercamiento de Messiez una apuesta más o menos clara hacia lo que podríamos llamar una suerte de costumbrismo contemporáneo e incluso bastante espacio para la risa y la comedia -no en vano muchas de las escenas tienen un marcado sabor almodovariano que poco tendrá que ver con Lorca; pero que acaba sentándole como un guante: véase la primera conversación de la Madre y la Vecina; o incluso todo el enfoque del personaje de la criada-. Incluso la escena del banquete de bodas -que incluye “Y Sin Embargo Te Quiero”, “Soy Lo Prohibido” y el “Pequeño Vals Vienés”, además del poema “Cielo Vivo” recitado por boca del Padre parece clara deudora de algunas comedias ochenteras: tiene un pase por tono; pero creo que la secuencia acaba resultando muy larga y se deshincha progresivamente: es una pena, porque la escena funciona en toda su esencia festiva, pero convendría acortarla. Sin abandonar la escena de la fiesta, llama la atención que se alternen los playbacks en las canciones con el directo -y que la única canción que se canta en directo sea, precisamente el “Pequeño Vals Vienés”, en el que la actriz -sin hacer ni mucho menos una mala versión- debe luchar con el recuerdo imborrable de la de Silvia Pérez Cruz- o que varios de los números correspondientes a esta boda sucedan de espaldas al público… En otro orden de cosas, parece además que Messiez ha querido reducir al mínimo el simbolismo lorquiano: hay una firme apuesta por lo estético en la puesta en escena -espléndida escenografía en blancos de Elisa Sanz, iluminada de modo formidable por Paloma Parra- e incluso la resolución de la escena del bosque -con espejos en los que se reflejan centelleos de luces- es visualmente muy sugerente; pero por ejemplo se renuncia a cualquier simbolismo con la figura de la Luna -que es también la Mendiga, y a la postre la mujer desnuda que nos ha servido el prólogo-: esto provoca que el diálogo entre la Luna y la Mendiga se convierta aquí en un juego entre una voz en off que representa a la Luna -en mi opinión hablamos de unos versos demasiado emblemáticos como para reducirlos a una voz en off-: entiendo el juego de la duplicidad que se plantea, pero no sé si es la mejor opción posible. Son estos algunos de los puntos más discutibles de un montaje en el que, por el resto, hay un marcado sentido de la estética -muchas escenas visualmente deslumbrantes- y en el que hasta las no pocas morcillas que se incluyen entran bastante bien tanto al oído como por contexto. Lo interesante de este acercamiento -con todo lo arriesgado que pueda ser- seguramente consista en que logre convertir Bodas de Sangre en la tragedia de todos. Sigue siendo, claro, palabra de Lorca; pero Messiez demuestra que la palabra de Lorca tiene solamente el peso que cada uno de nosotros le quiera dar: ni más ni menos; el lenguaje sigue siendo bellísimo, pero tal vez por eso Messiez y su equipo saben que no hace falta cargar las tintas, ni declamar -¿será este el primer Lorca que veo en el que no se declama?- para que el mensaje llegue.

bodas2

Insistir una vez más en el curioso equilibrio que la puesta en escena encuentra entre lo estético en la fuerza de las imágenes y lo popular en el enfoque y el lenguaje -pero lo popular, entiéndaseme bien, visto desde el aquí y el ahora-. En este sentido, Messiez parece mirar el fatum trágico que guía el devenir de estos personajes desde una óptica tan novedosa y particular como perfectamente válida. Hay quien ha opinado que puede que a estos personajes les falte pasión; y, sin embargo, yo prefiero leerlos como fichas de dominó que se tiran sin poder evitarlo; quizá no tanto por lo pasional sino por un impulso de juventud que acarrea funestas consecuencias para todos: puede que esa sea la lectura que se desprende de este montaje -en el que, de inicio, por ejemplo, la falta de química entre el Novio y la Novia parece tan evidente en ambas direcciones que debe ser buscada, del mismo modo que el Novio podría lanzarse a buscar venganza al final no tanto por amor sino por una mera cuestión de honra…-; pero es, como digo, un enfoque novedoso pero coherente en planteamiento y desarrollo -que se comparta más o menos ya es otra cosa-. Con todo, creo que a la puesta en escena de Messiez se le pueden sacar pros y contras casi a partes iguales: suma el atrevimiento de haber abordado el clásico desde una óptica tan distinta: otro Lorca es posible -¿podría Bodas de Sangre ocurrir ahora y aquí, a la vuelta de la esquina? A juzgar por su montaje, la respuesta de Messiez es un sí rotundo-, del mismo modo que suma la sencillez pero eficacia de muchas de las imágenes que se contemplan -hay que tener mucho dominio del espacio para levantar algo así-; al tiempo que tal vez resten demasiados añadidos -algunas escenas se tornan muy largas y pierden fuerza, otras no están resueltas de la mejor manera (cuanto más pienso en la de la Luna más se me cae…)-; pero lo que no se puede negar es que el montaje -con sus aciertos y sus errores- tiene la suficiente personalidad como para generar un debate, como para ser recordado y como para no dejar impasible: poder decir todo esto de una obra tan trillada no es moco de pavo.

bodas4

Gloria Muñoz lamiéndose los dedos con la sangre de su hijo, poco antes de cerrar la función en una escena para enmarcar.

Una docena de actores forman un reparto que es pura miscelánea en todos los sentidos -no solo no hay una unificación de acento, por ejemplo, sino que Messiez ha apostado de forma consciente por la búsqueda de la diversidad en el habla- Un elenco con algunos altibajos, en el que brilla con luz propia -casi como una estrella de otra galaxia y otra dimensión- la Madre de Gloria Muñoz que está, sencillamente, sembrada. Solo por ver el arco que crea desde su primera aparición -en la que coquetea con el espíritu almodovariano- hasta ese monólogo final, despojado de todo patetismo y expuesto desde una dignidad y una emoción contenidas que se convierten justo por eso en pura elocuencia: solo su monólogo final -desde dentro, pequeño, desde las entrañas, y culminado con un grito ahogado y reprimido que es la guinda del pastel- ya justificaría la visión de todo el espectáculo: este personaje lo han visto muchas veces, pero pocas enfocado e interpretado de modo tan brillante. Al lado de este coloso de la interpretación, todo queda a varios escalones de distancia. Entre lo mejor podemos citar a una Pilar Gómez que se contagia del espíritu de la Muñoz en la escena de la Vecina, redondeando un momento lleno de personalidad, y dota de un extraño encanto a una de las escenas finales a dúo con una muy inspirada Pilar Bergés; o a esa criada que firma una Estefanía de los Santos en su punto justo de socarronería. La pareja de invitados a la boda que forman Fernando Delgado-Hierro y -sobre todo- Juan Ceacero no dejan pasar ni una sola de las -pocas- oportunidades de lucimiento que les ofrece el montaje: cada morcilla, cada gag viene en el punto justo. Me agradó también el desgarro argentino que Guadalupe Álvarez Luchía aporta a esa inesperada Mujer de Leonardo -canta además muy bien, y que hayan seleccionado para ella una canción de la que hay otra versión memorable y reciente para voz femenina no es su culpa, aunque las comparaciones sean odiosas…-; y hasta el aire de corte performático con que tiñe Claudia Faci sus intervenciones. Ha optado Messiez por dar a una actriz el rol del Padre de la Novia, y el caso es que el personaje pierde gran parte de su fuerza, diría que más por una decisión que no termina de aportarme nada especial que por la actriz –Carmen León-, que encuentra su momento más destacado cuando ha de recitar “Cielo Vivo” durante la boda. Y, entre una troupe de secundarios entonados -toda vez que hemos comprendido que aquí Gloria Muñoz se erige como máxima protagonista de la propuesta- nos queda por comentar el trío protagonista, que de algún modo pasa a segundo plano; quizá porque el enfoque de la relación descoloca en cierta medida. El Novio de Julián Ortega crece conforme avanza la representación; pero de partida le falta un punto de implicación con cuanto sucede a su alrededor -la escena inicial con su madre no terminó de funcionarme a nivel de química -y, en este sentido, conviene no olvidar que Muñoz y Ortega son madre e hijo en la vida real-; de la misma manera que creo que el Leonardo de Francesco Carril vende todo el pescado desde el primer minuto: al margen de que casi todos conozcamos la historia, aquí desde su primer encuentro con la Novia vemos con claridad que se la va a liar parda en cuanto pueda…; por lo tanto no resulta creíble que nadie le detenga ni se lo vea venir-. Por su parte, la Novia de Carlota Gaviño destaca por la fuerza que imprime al personaje, si bien uno se queda con la lectura -perfectamente válida, y a mí es lo que me transmite- de que todo lo hace más por un impulso de juventud que por una pasión verdadera: es lo que yo percibí, y lo cierto es que no me disgusta ese enfoque…

bodas3.jpg

Estas Bodas de Sangre son de contrastes: Gloria Muñoz y Pilar Gómez en una escena bien distinta; pero igualmente para el recuerdo.

Han corrido ríos de tinta sobre este montaje; y lo cierto es que, con todo lo irregular que pueda resultar, tiene el atrevimiento de ser distinto, de mostrarnos que se puede enfocar García Lorca desde otro lugar y que la belleza del lenguaje se basta por sí sola para percibirse, sin necesidad de recargar nada. Es un riesgo, sin duda alguna; pero quien no arriesga no gana. Y, de algún modo, Messiez nos demuestra con su acercamiento a Bodas de Sangre que otro Lorca es posible. Y, en este caso, ese atrevimiento compensa muchos de los altibajos, sin negar que los haya. Sin duda, una apuesta interesante.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

Bodas de Sangre”, de Federico García Lorca. Versión libre: Pablo Messiez. Con: Guadalupe Álvarez Luchía, Pilar Bergés, Francesco Carril, Juan Ceacero, Fernando Delgado-Hierro, Claudia Faci, Carlota Gaviño, Pilar Gómez, Carmen León, Gloria Muñoz, Julián Ortega, Estefanía de los Santos y Óscar G. Villegas. Dirección: Pablo Messiez. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero, 28 de Noviembre de 2017

No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: