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‘Mendoza’, o lo brutal como esencia de la tragedia

noviembre 19, 2017

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Poder ver en espacio de apenas unas semanas tres propuestas de teatro latinoamericano tan distintas y tan brillantes como son La Omisión de la Familia Coleman (Argentina), Rabiosa Melancolía (Uruguay) y Mendoza (México) es algo que no ocurre todos los días; pero que sin duda da qué pensar sobre la envidiable salud de este teatro en la actualidad. Tres espectáculos de teatro de texto sencillos, sin el menor artificio escénico; pero a la vez planteados en distintos códigos, siempre arriesgados en enfoque y lenguaje y con unas interpretaciones sobresalientes entregadas hasta el borde del mismo paroxismo. Tres mundos que arrastran al espectador y le invitan a introducirse sin pestañear. Tres tipos de teatro que, seguramente, recordarán al aficionado qué busca en el teatro, por qué va al teatro; e incluso por qué hace teatro. Y tres tipos de espectáculos que es como mínimo muy complicado -por no decir imposible- imaginar con equipos españoles. No quiero decir con esto que el teatro que se hace al otro lado del charco -que ha hecho, como veremos, de la necesidad una gran virtud- sea sistemáticamente superior al nuestro; sino simplemente que el teatro Latinoamericano goza de unos niveles de riesgo y compromiso difíciles de hallar en otros teatros en lengua hispana.

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Dentro del Festival de Otoño a Primavera regresó a Madrid Mendoza, la ambiciosa adaptación del Macbeth shakesperiano que firma la compañía mexicana Los Colochos, y que había podido verse brevemente hace unos años en la desaparecida sala Kubik Fabrik. Ya entonces me advirtieron de que se trataba de algo muy especial; pero no llego a todo. Afortunadamente, con este regreso he podido ver este acercamiento personalísimo, directo, crudo y descarnado a la celebérrima tragedia: un espectáculo que no traiciona la esencia ni la trama del original pero lo reubica, lo repiensa y pone en primer término el componente más violento de la obra -a todos los niveles, no solo el de las luchas de poder-, mezclado con la santería, un fuerte uso de códigos simbólicos y la implicación total del público como testigo de la tragedia en un espacio casi vacío, pero al tiempo lleno de fuerza.

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Una cantina en la revolución mexicana de 1910. Una santera enmascarada con un gallo recibe a Mendoza y Aguirre y les profetiza sus ascensos y sus triunfos en la cruenta batalla que se está librando en México. Será el punto de partida de una carrera por la ambición en la que Rosario -la señora de Aguirre- impulsará a su marido a quitarse de en medio todo lo necesario para llegar a lo más alto, dejando tras de sí un verdadero reguero de sangre a dos centímetros del público. Porque este Mendoza transcurre en el sombrío México de las navajas, los pistolones y los ajustes de cuentas. Un mundo de machos que no perdonan, un mundo en el que los hombres deben tener los suficientes pantalones para hacerse respetar. El mundo de los ajustes de cuentas y un mundo que, pese a que nos pueda resultar lejano, los españoles conocemos bien -ya sea a través de la realidad o de ficciones que resultan escandalosamente realistas, como esta-. Es en este contexto donde transcurre la carrera imparable de Mendoza contra todos y contra sí mismo. El protagonista de esta función no duda en intentar azotar a su esposa con su cinturón cuando intenta convencerle de que debe comenzar su sangriento periplo; pero luego se lanza a una espiral de destrucción que no deja nada intacto a su paso. Entre chelas en la cantina, con las manos perdidas en sangre, Mendoza sabe que debe seguir adelante; y busca una y otra vez el consejo de esa chamana de la máscara que, gallina en mano, le vaticina su futuro. Y la mano no tiembla y los pescuezos chorrean sangre entre corridos, Coronitas y cantos de guerra que resuenan. La suerte está echada, y los Mendoza se la juegan al doble o nada; ya ni siquiera Teresa -la nana de Rosario, capaz de prever la desgracia que está por venir y plantar cara a a sus mismos patrones y al conjunto de machos alfa que forman el ejército de Mendoza- puede detener lo que está por venir.

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Prácticamente todo es un primoroso hallazgo en este espectáculo que firman Juan Carrillo y Antonio Zúñiga. Desde la dramaturgia -que respeta a Shakepeare, pero le despoja de toda nomenclatura escocesa para situar la historia en el contexto mexicano- hasta la pertinencia de una adaptación que extrema y condensa la tragedia hasta las últimas consecuencias. El México convulso va como un guante a esas luchas de poder que planteó el bardo de Stratford; y la trama se muestra cercana, actual y bestial como pocas veces antes. Sin un solo artificio, sin necesidad de juego: Mendoza es cruda violencia en estado puro. Las familias rivales son ahora clanes que se borran del mapa sin titubear; y -como digo- este imaginario de violencia extrema está bien intrincado en la realidad española -pensemos en el éxito de Narcos, por poner un ejemplo claro-. Esta reveladora versión mexicana de la tragedia de la ambición y el poder deja en un mero juego de niños a cualquier otro acercamiento al clásico que haya visto antes. La dramaturgia sorprende por la valentía; pero también por su absoluta pertinencia para hacer que todo encaje con lo que tiene que ocurrir: Aguirre -el Banquo original- muere asaltado por unos matones en un cruce de caminos; poco tiempo después de que Mendoza le haya rebanado el pescuezo al anterior líder de la banda -gran reguero de sangre incluido-. Y el carácter de estos personajes -con ese sentido absoluto de la lealtad que puede desaparecer de un plumazo en apenas una fracción de segundo ante la sombra de una traición- va que ni pintado a la trama. Y todo lo que se escucha es lo que, efectivamente, ocurre en el original, sin otras licencias que el cambio de época, costumbres y ubicación; que, en este caso, como digo, no solamente no resta sino que suma y ayuda a poner de relieve cuál es el verdadero mensaje de la historia: la sangre lleva a la sangre, la violencia genera violencia, y la ambición desmedida solo genera destrucción a su alrededor. Puestos a trasladar Macbeth al aquí y al ahora -porque lo de la revolución mexicana de 1910 pronto se convierte en una anécdota para trasladarnos, sencillamente, a un mundo de marcadas costumbres sangrientas que, insisto de nuevo, premia la lealtad y castiga la traición con todas las consecuencias que ello conlleva- pocos contextos más brutales y pertinentes se me ocurren que este. Incluso el reconvertir a las proféticas brujas en extrañas figuras de santería suma algo de oscuro y macabro al relato.

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Además, Carrillo y Zúñiga han integrado todo lo popular en esta tierra baldía: a un asesinato sangriento puede seguir -sin tiempo para el respiro- una farra, y a una escena de sexo salvaje otra que roza la violencia de género; todo ello para recordarnos ese componente de sangre caliente que tienen estos personajes. Tampoco descuida la adaptación un fuerte componente -directo e indirecto- de denuncia social: por un lado porque parece gritarnos: “esta que ven es una de las realidades de México, la miseria y la violencia; pero también al unir una de las matanzas de la trama con un caso real acaecido en México años atrás en un caso de una treintena de desaparecidos todavía por esclarecer a día de hoy. en la manera de integrar la vida misma en este universo que eleva el realismo -el realismo crudo y también, claro, el realismo mágico- casi al más descarnado naturalismo- donde seguramente radique lo más interesante de esta adaptación: en que Mendoza tiene todo lo que se espera de su original; pero colocando lo culto en el pueblo, extremando la realidad y, en definitiva, acercando la tragedia al respetable: no solo por el factor cercanía e integración del público -del que hablaré enseguida-, sino también porque este espectáculo no dejará indiferente a ningún espectador. En cualquier caso, Mendoza es con toda seguridad la más original y la menos arbitraria relectura de Macbeth de entre cuantas he visto -y creo que estoy cercano a una docena-. Seguramente la jerga mexicana -tan intrincada en España al universo del culebrón de sobremesa- choque en un principio con lo cómico; pero no preocupen porque pronto la brutalidad descarnada del montaje se acabará imponiendo.

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La escueta puesta en escena hace de la necesidad verdadera virtud, y encuentra una especie de poética del horror que transcurre a unos centímetros del espectador. A Carrillo le basta una mesa, unas sillas, máscaras, telas y sangre -mucha sangre- para dar vida a un montaje en el que el público no es parte necesariamente activa; pero sí está integrado en el espacio, casi como si fuésemos clientes de la cantina. A menudo los personajes lanzan partes de sus soliloquios directamente al público, y le hacen partícipe de sus dudas, de su horror o de su gloria de triunfo mientras chocan unas cervezas con ellos -y, si lo piensan fríamente, este recurso que ayuda a implicar al respetable no puede ser más shakesperiano-. Sin moverlo de su asiento, Carrillo usa al público como un elemento más; y sabe crear de ellos sugestivas imágenes: la aparición de Aguirre en el banquete es ante un público cubierto con máscaras, de manera que el único que no lleva máscara es el espectro -¡qué hallazgo tan sencillo como eficaz!-; de la misma manera que será el público quien actúe como tribunal de justicia para acabar con Mendoza en un desenlace en el que el protagonista acaba linchado al más puro estilo Fuente Ovejuna, porque esto ya no es una venganza unipersonal, sino la venganza de todos. Pero hay más hallazgos en esta poética del espacio vacío. La misma actriz comparte el rol de la chamana enmascarada con el de Rosario (Lady Macbeth): al parecer es por una mera cuestión de timming; pero la dicotomía que se establece es tremendamente simbólica y oportuna. También la imagen de Rosario invocando a los espíritus malignos con rezos macabros mientras acaricia su cuerpo con ramas es de una fuerza simbólica aplastante -y entronca con toda una serie de tradiciones que existen en México; pero que uno puede también encontrar sin demasiado problema aún hoy en la Galicia más profunda: ¿cómo no ver un nexo entre esa chamana y la cultura de los curanderos o sanadores?- Siguiendo con los símbolos: la iluminación ayuda de forma decisiva a enmarcar el elemento mortuorio con una suavidad muy expresiva que genera imágenes de sugestiva belleza; y el uso de una simple manzana pone de relieve la poética de la convención en una de las escenas más brutales del montaje, para escenificar lo que -hasta que Calixto Bieito lo mostrase en toda su crudeza- parecía irrepresentable: la matanza de la estirpe de Macduff; ver las caras de estupor del público ante un episodio resuelto con algo tan nimio como una manzana es no ya una de las imágenes teatrales de mi año; sino también una muestra brutal de eso que llaman la magia del teatro, pura y dura. Porque Juan Carrillo llena su vacío no solo de la cruda entrega de sus actores, sino de toda una serie de pequeñas soluciones que demuestran eso: que el mejor teatro se hace con muy poco. Y, después de haber manchado las manos de sangre a buena parte del público, Carrillo todavía se reserva un último as en la manga, porque la cosa vuelve a la cantina, para cerrarse en pleno ambiente de camaradería con un corrido que cuenta la historia de los Mendozas: lo popular y lo cotidiano se vuelven a incrustar una vez más en lo trágico con una facilidad pasmosa.

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Restaría hablar del elenco: un reparto portentoso, entregado al realismo hasta unos límites difíciles de creer. Ver la desintegración del Mendoza de Marco Vidal -que, recordemos, había comenzado a golpe de cinturón con su esposa…-, perdido en sangre y entre sudores fríos es una de las mayores muestras de apogeo y caída que haya visto sobre un escenario. Pero también el arrebato carnal de la Rosario de Mónica del Carmen -es la figura de una mujer que ha debido sufrir mucho en la vida para conseguir lo que tiene, y ahora no va a dejar pasar la oportunidad de subir a cualquier precio: y eso es lo fascinante del enfoque del personaje; la ambición del pobre es mucho más desmedida, y por lo tanto más peligrosa- contrasta decisivamente con la sobriedad de esa chamana enmascarada gallo en mano, en un doblete que requiere un fascinante trabajo de actriz. Absolutamente todos los demás de entre el amplio elenco están en su lugar -sin una sola fisura completan el amplúsimo elenco Erandeni Durán, Leonardo Zamudio, Martín Becerra, Germán Villarreal, Ulises Martínez, Alfredo Monsivais, Roam León y Yadira Pérez– y la reseña se volvería interminable; pero hay que destacar obligatoriamente a la espectacular nana Teresa que se marca Erandeni Durán, porque consigue poner de pleno relieve -casi hasta lo protagónico- un perfil nuevo en la obra que a su vez es un elemento fundamental de la cultura mexicana; y que por tanto está muy bien integrado aquí. En cualquier caso, baste decir que resulta infrecuente encontrar un elenco tan amplio actuando bajo estos niveles de realismo en una distancia tan corta: esto deja sin respiración.

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Dos horas y veinte sin intermedio -que se dice pronto…- pasan como un suspiro, y el público termina aplaudiendo en pie lo que indudablemente es no solo uno de los espectáculos del año, sino uno de los más brillantes, rotundos y descarnados acercamientos a Shakespeare que haya visto en bastante tiempo. Lo culto, lo popular, lo poético y lo brutal se dan cita en Mendoza con completo sentido del equilibrio para recordarnos de qué va a fin de cuentas lo que Shakespeare quería contar. Mendoza es eso, un Macbeth de hoy y para hoy contado sin tapujos ni medias tintas y tan violento como debe; y un espectáculo que hace de la necesidad virtud y explota el concepto de convención teatral hasta sus últimas consecuencias. Es un gustazo ver propuestas de este calibre.

H. A.

Nota: 4.75/5

Mendoza”, adaptación de Antonio Zúñiga y Juan Carrillo sobre Macbeth de William Shakespeare. Idea original y dirección: Juan Carrillo. Con: Marco Vidal, Mónica del Carmen, Eradeni Durán, Leonardo Zamudio, Martín Becerra, Germán Villarreal, Ulises Martínez, Alfredo Monsiavis, Roam León y Yadira Pérez. Dirección: Juan Carrillo. LOS COLOCHOS.

Teatros del Canal (Sala Negra), 3 de Noviembre de 2017

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