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‘Smoking Room’, o a vueltas con el mundo de las empresas

noviembre 18, 2017

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Adaptar éxitos cinematográficos al teatro es una práctica cada vez más frecuente. Sin salir de la programación del Pavón Teatro Kamikaze, si hace unos meses comentábamos la transposición a las tablas de Trainspotting, ahora llega la versión teatral de Smoking Room, celebrado filme que firmaron Julio Walovits y Roger Gual y en 2002 se alzó con el Goya a la Mejor Dirección Novel -entonces con un elenco de lujo y un presupuesto mínimo-. Esta vez es Gual en solitario quien se hace cargo de la versión y la dirección, y a su vez se ha rodeado de un reparto lo suficientemente potente como para atraer público a la sala. Y, sin embargo, hay algo en esta versión -plagada de talento, plagada de nombres de primer nivel a los que hemos visto brillar varias veces en otras propuestas- que no termina de alzar el vuelo. A la hora de buscar los motivos, aparecen básicamente dos: el más evidente seguramente sea el cambio de código derivado del paso del teatro al cine que le juega alguna que otra mala pasada a la propuesta escénica -aquí habría que medir varios aspectos- e incluso el hecho de que esta película -de 2002- trate una problemática que, a día de hoy está o bien asumida o superada o bien avanzada hasta el punto de que lo que se plantea aquí tal vez se haya quedado algo obsoleto, devorado por el propio devenir de la realidad.

Tejes y manejes entre los diversos ejecutivos de una empresa española recientemente absorbida por una multinacional americana que busca homogeneizar la normativa. Ramírez inicia una recogida de firmas para tener una sala privada en la que los trabajadores puedan fumar. Sobre esta anécdota central se arma una especie de gran tela de araña en la que aparecen toda una serie de intereses creados y callados del resto de los trabajadores -desde previsibles ascensos, ya sea por méritos propios o por chantajes, estrategias de ajedrez o asociaciones por medio de chantaje…- que hacen que la, en un principio inocente petición de Ramírez -que debería ser aupado por sus compañeros- vaya siendo rechazada por propios y extraños, para evitar quedar mal con ese jefe que desaprueba desde un primer momento lo que él ve como una especie de pequeña rebelión. Y en un mundo de tiburones, en un mundo donde a veces hay que poner la cara a cambio de algo, Gual traza una especie de gran panorámica de las relaciones humanas en el mundo de la empresa -se han visto tantas y tantas funciones con esta temática últimamente: pensemos en El Método Gronholm o La Punta del Iceberg, en la que por cierto tampoco terminé de entrar del todo pese a que fue en su momento un grandísimo éxito- a través de un fresco que incluye desde los puntos de vista más honestos -que, por honestos, en un mundo de tiburones como el de la empresa, derivan en un infantilismo que se traduce en una hostia a la autoestima- hasta los más estrategas, los más sibilinos, los más corruptos; los de aquellos que están dispuestos a todo por el ascenso o, simple y llanamente, mantener el puesto de trabajo. Así, la anécdota de la recogida de firmas -que sirve de disparo de salida y motor que cataliza toda la trama- acaba convirtiéndose prácticamente en eso: en una anécdota que sirve a Gual para hablar del mundo de las relaciones en la empresa, las luchas de poder o los límites de la ética.

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Los puntos de vista tienen cierto interés, los diálogos momentos de bastante punch. Y, sin embargo, hay algo que, desde luego, parece que no funciona en el teatro como lo hacía en el cine. Sin haber visto la película es difícil dilucidar qué hay del éxito de aquella que se ha perdido en esta adaptación. Pero podríamos decir que el tema del metraje -90 minutos justos- obliga a condensar personajes -aquí seis- y tramas; de manera que se exponen toda una serie de conflictos secundarios en los que no siempre se profundiza del todo, evitando de alguna manera cierta empatía con los personajes: aún después de la previsible poda, se sigue queriendo contar mucho en poco tiempo: y se pasa por encima de toda una serie de personajes que darían juego si no quedasen en segundo plano -Manuel Morón, Pepe Ocio y Manolo Solo están tremendamente desaprovechados en tramas no del todo desarrolladas que casi parece que hubiesen tenido más chicha que las principales-. Es cierto que hay momentos logrados que elevan el tono del espectáculo -el mejor, el más claro, esa escena en la que Edu Soto explica el conflicto con su mujer- y que a nivel de calibración de tono de los diálogos la función encuentra momentos de cierto interés; pero el todo no termina de empastar, previsiblemente por una mera cuestión de distribución de los tiempos. Por otra parte, hay además una cuestión de ritmo en la puesta en escena que firma el propio Gual que habría que revisar: todo se resuelve con pocos elementos escénicos -como propuesta me parece válido-; y, aún así, los cambios entre escenas obligan a un buen número de fundidos y parones que restan bastante agilidad a la propuesta: este tipo de cuestiones -que, en exceso, como ocurre aquí, se pueden volver un asunto bastante serio- son solucionables de muchas maneras; pero desde luego que tal y como está ahora, el ritmo de la propuesta cae sin remedio. Por último, se cuenta con un elenco de seis actores; pero la tendencia a plantear escenas de pocos personajes -la gran mayoría, de a dos- resta también enteros a una función que, siendo coral en el planteamiento, no lo es tanto en cuestiones de escritura y estructura -no sé si en un intento de ser más fieles a la película-: tengo la sensación de que escenas más corales -y soluciones de unión más imaginativas- habrían ayudado a dar una mayor agilidad a un montaje que acaba resultando un punto pobre, sobre todo visto en un escenario relativamente grande como es este. El resultado tiene algo de la ligereza de ese humo espeso que domina la escenografía la mayor parte de la función.

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Así las cosas, es el formidable elenco el que tira del carro con encomiable ahínco de esta función, que es a fin de cuentas de texto -y por lo tanto de actores-. Como digo, todos son actores de primer nivel; aunque el desarrollo de los personajes no permite que todos luzcan por igual. A todos, sin embargo, hay que agradecerles que enfoquen sus roles desde la sinceridad y no desde la caricatura; porque es la clave de que la función se sostenga: todos tienen algo de pobres diablos, pero sin embargo no parecen conscientes de ello y eso hace que los personajes crezcan de forma decisiva en interés. Los roles mejor elaborados caen en suerte a Miki Esparbé -muy entonado y bastante contenido como el idealista que inicia la protesta- y Edu Soto -que se lleva, como digo, la mejor escena de la función cuando explica la penosa situación en casa con su mujer, en un momento de altos vuelos-. En torno a ambos bascula gran parte de la representación, y puede que, en proporción, el resto de los personajes queden algo desdibujados, pero se puede señalar lo comedido que se maneja Secun de la Rosa como el empleado modelo que aguarda un ascenso en cualquier momento por sus -según él muchos- méritos propios. De los personajes de Pepe Ocio, Manuel Morón y Manolo Solo hay que decir que, si bien sus tramas muchas veces apuntan mayor interés que las principales, no tienen todo el recorrido que seguramente sería deseable: y es una pena, porque la solidez de los tres intérpretes está fuera de toda duda y están sembrados en estos tres tipos que seguramente sean los más turbios, oscuros e intrigantes del conjunto -y por tanto los más interesantes, porque sus personajes son los que tienen menor humanidad-; pero creo que aquí no están todo lo exprimidos que se podría y merecen más. En cualquier caso, salgo con la sensación de que es el buen hacer de los actores el que eleva el nivel de una función que, teniendo sus momentos tanto en escenas sueltas como en algunos diálogos afilados, no termina de encontrar del todo el equilibrio que sería esperable a nivel global.

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Resulta complicado decidir por qué Smoking Room, con todas las virtudes que tiene -que las tiene y muchas-, no termina de enganchar y no siempre supera ciertos altibajos. Puede que, de partida, sea el cambio de formato, que no le ha sentado bien al original; pero también lo disperso de algunos aspectos de la versión del texto -¿es conveniente que la firme el propio autor del guion de la película o termina restando?- y -sobre todo- esa falta de ritmo en la puesta en escena -y ojo, que esto aún se puede solucionar- tienen la culpa de que algo que lo tenía todo para ser un pelotazo se quede en una función con momentos aquí y allá con la que se pasa un rato agradable, pero nada más que eso; incluso a pesar del esfuerzo del elenco envidiable con el que cuenta. No se confundan: se deja ver; pero sobre el papel prometía mucho más que eso.

H. A.

Nota: 3/5

Smoking Room”, versión teatral sobre el guion de Julio Walovits y Roger Gual. Con: Miki Esparbé, Edu Soto, Secun de la Rosa, Manuel Morón, Pepe Ocio y Manolo Solo. Dirección: Roger Gual. OCTUBRE PRODUCCIONES / FRAN ÁVILA PRODUCCIÓN Y DISTRIBUCIÓN / RUBIO PRODUCCIONES / FLOWER POWER / ÁNGEL ÁVILA

El Pavón Teatro Kamikaze, 2 de Noviembre de 2017

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