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‘Barbados, etcétera’, o realidad, imaginación, fondo y forma

noviembre 13, 2017

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Se reponía en el ambigú de El Pavón Teatro Kamikaze Barbados, etcétera, el último texto estrenado de Pablo Remón -nombre procedente del cine pero muy en boga en el mundo del teatro últimamente gracias a funciones como La Abducción de Luis Guzmán o 40 años de Paz-. En esta ocasión, Remón -con una habilidad demostrada para tratar el surrealismo desde ópticas realistas; o más bien para convertir en verosímil lo que podría no tener pies ni cabeza- escribe una pieza de teatro de cámara en la que dos actores -al tiempo actores y personajes- cuentan tres historias breves. Tres historias breves enmarcadas en el contexto de una pareja que busca su fórmula de evasión de la realidad fingiendo, jugando o imaginando ser lo que no son…. quién sabe si para combatir el tedio; quién sabe si para intentar salvar una relación que se va a pique…. el caso es que intentan fingir, jugar, transmutarse en algo más que esa “pareja típica” que es lo que queda. Una pareja instalada en la monotonía de la rutina, una pareja que se apaga, y una pareja que busca -a través del escape que les permite la ficción y el imaginar- salir a flote. Y, al final, a fin de cuentas… el amor: dos seres humanos enfrentados al amor, buscando maneras de relacionarse, huyendo hacia delante buscando salvarse o terminar de una vez por todas con lo suyo; bajo el único amparo del juego que dé algo de sal y pimienta a una rutina que podría acabar con ellos y con ese amor que a día de hoy ¿se siguen teniendo?

Tres pequeñas historias de amor, con tintes de ternura y teñidas de surrealismo: un viejo tapicero que lleva años enamorado de una mujer descuidada por su marido, una niña que busca configurar su identidad sexual al tiempo que rememora una rocambolesca fantasía sexual-espacial en el fin del mundo con los integrantes del grupo Europe o dos extraños que huyen de -o hacia- su destino en un coche son algunos de los roles que los actores/personajes asumen a lo largo de esta función en la que Barbados -que da título a las tres piezas- aparece como nexo de unión, citado en las tres historias de forma más o menos directa.

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Remón -a través de un delicado uso de la palabra- consigue un delicado equilibrio entre el surrealismo irónico -hay mucho espacio para la risa en los delirantes relatos de Remón- y una prosa muy evocadora en imágenes, suave y sugerente: es en ese delicado equilibrio donde reside lo más interesante de una función en la que el autor pretende jugar con el lenguaje como forma de generar comunicación e información lingüística, jugando en fondo y forma para mostrar cómo la palabra puede construir relatos, alterar los puntos de vista; o estructurar lo formal de lo narrativo de diversos modo. Es el lenguaje el que nos permite armar nuevos mundos, armar ficciones, tomar como real por un momento aquello que no lo es. Y es la ficción la que nos permite escapar cuando la realidad se nos queda grande. La palabra -y el uso de la palabra y el lenguaje- es lo único que queda a fin de cuentas en este montaje eminentemente narrativo en el que Remón deja a sus actores en un punto casi secundario, para poner de manifiesto con claridad que el peso máximo de esta función no es tanto el qué cuenta -no dejan de ser simpáticas historietas sin más trascendencia que la justa para una risotada aquí o allá- sino el cómo se cuenta. Sobre estos ejes está construida esta función, sencilla en lo formal pero compleja en la manera en la que embalsama y agrupa esa oralidad planteada aquí como algo primario. Los actores-personajes juegan a armar los relatos sin perder nunca de vista el componente de narradores que ambos tienen: cuentan más que construyen personajes; y eso permite un juego lingüístico que termina por ser uno de los elementos más atractivos de la función. También es atractiva la capacidad de Remón para enlazar las más diversas referencias -musicalmente pasamos, por ejemplo, desde el Cuarteto para cuerdas número 3 de Philipp Glass al “The Final Countdown” de Europe casi sin tiempo para el respiro- como soporte a la narrativa, y ayudar a formar esa especie de extraña y hasta cierto punto improbable amalgama que arma el todo; pero que al tiempo hace que ese todo sea un delirio francamente sugerente. No ha de ser fácil unir referencias tan dispares y que acaben cobrando un sentido en la forma.

Tal vez sea cierto que el cierre resulte un punto forzado; y que las historias están situadas, al menos a mi juicio, en orden directamente proporcional a su acierto -la primera, con todo su componente surrealista, nos coge desprevenidos y dispara el humor; la segunda nos engancha por su planteamiento y desarrollo completamente delirantes; pero tal vez la tercera pierda enteros al querer alejarse de la comedia que venía siendo hasta ahora la tónica de la función y querer darle una mayor trascendencia al asunto para, además, darle un cierre más o menos circular a la historia: creo que ese final -que, hasta cierto punto, va algo en contra del resto del relato- le resta algo de fuerza a la naturalidad con la que va fluyendo la función hasta ese momento. Incluso a pesar de la certeza de que el amor -en varias de sus formas- bascula como hilo conductor, creo que hay algo que hace que la función acabe peor de lo que ha empezado, precisamente porque es en ese mundo surrealista y en ese choque referencial en el que mejor se mueve un Remón que pierde algún entero cuando se acerca a un toque de lirismo más realista, tal vez porque nunca se llega a profundizar del todo en el conflicto real de la pareja -ese tedio que les ha empujado a jugar a ser algo que no son- ni siquiera de cara al desenlace; siempre sin negar ni el interés ni lo sugerente que resulta la representación.

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Me gustó mucho la puesta en escena, resuelta con apenas dos sofás y una economía de medios en el gesto y en el decir que se agradece mucho. Es de esas funciones en las que podría parecer que no hay dirección -se encarga el propio autor-; pero al mismo tiempo hay algo medido, perfectamente calculado y muy atrayente en esa sencillez con la que el autor deja que sus actores, siempre despojados de aspavientos innecesarios, dejen el peso a la palabra. El resultado -apoyado en unas transiciones servidas con mucha suavidad, incluso cuando son conscientemente abruptas; y en una iluminación tenue y concisa, pero al tiempo sugerente- de David Benito y Óscar G. Villegas- tiene, como digo, algo de sugerente en su aparente sencillez que es un acierto; máxime cuando, contando con dos actores de esta calidad, consigue que sea el propio texto el que termine imponiéndose sin que los propios actores acaben por encima. Es un acierto, y en toda esa sutilidad intuyo un importante acierto de dirección.

La mayor dificultad -y también la mayor virtud- del trabajo que, mano a mano, realizan Fernanda Orazi y Emilio Tomé -sería injusto destacar a uno sobre el otro; pero sí quisiera señalar que Tomé da con esta interpretación un paso de gigante respecto a otras cosas que le haya visto, porque el ejercicio de contención que realiza es encomiable- posiblemente sea la de eludir cualquier virtuosismo, cualquier aspaviento y cualquier exceso gratuito en favor de poner de manifiesto el poder de la palabra. Ahora actores, ahora personajes, ahora narradores, ahora acotadores; Orazi y Tomé trabajan siempre desde esa sutil elegancia que impregna todo el espíritu de la propuesta. Su mayor mérito seguramente no esté tanto en contar desde la normalidad historias que bordean el absurdo -historias que muchas veces tienen, por ejemplo, reminiscencias más o menos claras del primer Alfredo Sanzol-, sino en ese aparente segundo plano que parecen asumir con tanta generosidad, pudiendo lucirse. Porque no se necesita más, porque va en línea con el espíritu de cámara del montaje y porque trabajan más en favor del buen resultado del espectáculo que del propio lucimiento personal, terminando por hallar, casi sin quererlo, uno y otro. En cualquier caso, son la herramienta perfecta para que esta pequeña miniatura funcione tal y como lo que es, sin más ni menos.

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A fin de cuentas, Barbados etcétera es un espectáculo atractivo por su aparente sencillez -en la que los pocos elementos que se emplean están muy bien pensados y organizados- y por esa capacidad de Pablo Remón de crear mundos a medio camino entre el lirismo y el surrealismo, ese imaginario propio tan extraño pero a la vez tan atractivo. Puede que la apuesta por lo lírico -o ese golpe contra la realidad final- prive al espectáculo de algo del surrealista encanto que poseía hasta entonces; pero esto en absoluto invalida lo sugestivo del trabajo de un creador que demuestra llegar para quedarse y los suficientes recursos como para engrandecer con su técnica historias que, planteadas de otro modo, tal vez no hubiesen pasado de ahí.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

Barbados, etcétera”, de Pablo Remón. Con: Fernanda Orazi y Emilio Tomé. Dirección: Pablo Remón. LA ABDUCCIÓN.

El Pavón Teatro Kamikaze (Ambigú), 2 de Noviembre de 2017

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