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‘Rabiosa Melancolía’, o ¿nos salva la música de nosotros mismos?

noviembre 11, 2017

rabiosa melancolía

Estimulante y compleja propuesta uruguaya esta Rabiosa Melancolía, que parte de una dramaturgia de Marianella Morena -responsable también de la puesta en escena- para crear casi una pieza de teatro multidisciplinar en la que canto y palabra se dan la mano dando forma a un todo en el que, desde un prisma a medio camino entre el realismo mágico y el naturalismo más descarnado, se aborda la (in)capacidad de una familia de gestionar una desgracia, y tal vez también la negación de la desgracia como única forma de salvación posible. Después de la exitosa No Daré Hijos, Daré Versos -que lamentablemente me perdí- este regreso por solo dos días con un nuevo espectáculo de la autora uruguaya consigue una de las propuestas más sorprendentes, originales y estimulantes de lo que llevamos de temporada.

Una especie de Rabiosa Melancolía como la que sugiere el título se ha apoderado de la casa en la que tres hermanos conviven encerrados en una habitación, junto al fantasma de la madre muerta tiempo atrás. En esa habitación -de la que no pueden salir- han creado una suerte de falso microcosmos de irrealidad en el que reproducen la rutina del día tras día, instalados en una sucesión de comidas que la madre muerta les obliga a preparar con ahínco casi enfermizo y un ritmo musical casi militar, con el mismo sentido milimétrico del solfeo. Se respira algo de absurdo; pero al tiempo es algo tremendamente doloroso. En esta especie de cárcel, de la que los tres hermanos son perfectamente conscientes, aparecen tensiones, frustraciones, deseos no alcanzados y los deseos más bajos de esta familia que -claramente incapaz de superar la muerte de la madre, a la que todavía esperan para comer- parece haber preferido congelar el tiempo antes que enfrentarse a la pérdida, a la vida, a una suerte de abandono que no parecen dispuestos a asimilar. Este particular marco irreal permite no sólo arrojar muchas preguntas al aire -¿qué sucede en realidad? ¿por qué están ahí?- sino abrir distintos puntos de vista -por supuesto solapados y no siempre coincidentes- de lo que era la relación de cada uno con su madre -una figura regia, casi militar, que tal vez sí les quería, pero era incapaz de mostrar amor; y que ahora, en esa forma fantasmagórica aún sigue imponiendo su ritmo implacable en forma de partitura que debe ser ejecutada al milímetro-.

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Cada hermano ha decidido no solo seleccionar qué recordar y cómo recordarlo, sino además resituarse en la nueva esfera familiar -esa esfera familiar que transcurre, insisto, en esa suerte de habitación cárcel de la que no pueden o no quieren salir…. Y, detrás de todo esto, la duda ante cómo afrontar una tragedia que, con la muerte de la madre, no ha hecho más que estallar. Porque si algo queda claro en el texto de Marianella Morena es que la traumática situación familiar viene de tiempo atrás… En esa especie de huida hacia ningún sitio, ahora los tres hermanos se han decidido a intercambiar sus roles, y a dejar salir toda su frustración a chorro: ya sea en forma de conducta sexual exacerbada, en forma de role-play o en forma de buscar cubrir ciertos vacíos familiares que ya venían existiendo desde antes de la muerte de la madre -la figura del padre-. Y así pasa la vida: desayuno, comida, merienda, cena, bajo la atenta mirada de la madre; y ante una tensión palpable, casi irrespirable, que los tres hermanos -Santina, Benito y Javiera- parecen necesitar dejar salir a toda costa como en un grito de desesperación; aunque en el fondo sepan que no hay nada más allá de ese microcosmos destructivo en el que viven encerrados. Y, ante este panorama, la música como único elemento que nos salva; la música como forma de expresión de aquellas cosas que, tal vez no puedan decirse hablando. De hecho, todo en Rabiosa Melancolía -hermoso oxímoron este título- está supeditado a la música, desde el ritmo casi de partitura que impone una matriarca que exige respetar también el silencio hasta las voces de esos personajes, que comienzan a cantar cuando la tensión y la presión no les permite seguir hablando. Es por ello que la madre -desde otra dimensión- se expresa mediante el canto, mediante la música que aquí excede y trasciende al uso de las palabras. Los tres hermanos acabarán también por sucumbir a la música no tanto como elemento salvador -no parece que haya salvación posible para estos personajes en este limbo del tiempo- sino como única forma de expresión de lo más íntimo: la forma de expresar el grito de dolor, el grito de desesperación al que las palabras no llegan. Tal vez la música les salve; o al menos les permita un instante de desahogo necesario que no pueden encontrar de ninguna otra manera.

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El complejo texto de Marianella Morena -que pinta, como digo, una especie de relato próximo al realismo mágico, con tintes de absurdo y pinceladas de brutal realismo costumbrista sobre la miseria de una familia disfuncional a muchos niveles- es un dechado de aciertos. Primero porque acierta al sugerir la catástrofe: apunta muchas cosas pero deja que el espectador sea el encargado de completar hasta dónde llega realmente la desgracia por la que atraviesa esta familia. Esas incógnitas -que incluyen episodios de incestos, vacíos personales y emocionales, dominación/anulación…- se ven incrementadas por esa memoria traidora que juega con los tres hermanos -sabemos que los puntos de vista difieren, pero nunca cuál es el real-; al tiempo que esa cierta sensación de suspensión del tiempo con la realidad ayuda a crear una atmósfera opresiva que sirve de marco tremendamente sugerente para que cada uno de nosotros completemos el qué está sucediendo en realidad ahí: de dónde procede esa dependencia de los hijos hacia la madre, cuál era su verdadera relación con ella o por qué no pueden -o no quieren- desprenderse de su figura. Hay, además, algo de crueldad en la historia que nos presenta Morena: somos conscientes de la desgracia familiar; pero al tiempo hay mucho espacio para el humor que bordea muchas veces lo macabro -como si algo dentro de nosotros nos advirtiese de lo terrible de lo que nos sonreímos…-. Pero puede que lo verdaderamente genial de esta propuesta sea por encima de todo el atrevido código al que juega, en el que se ha integrado el canto y la música como un elemento más, completamente alejado del musical: aquí todo lo musical -el canto, la música, el ritmo, el sentido de la prosodia…- no es un adorno, sino un elemento que completa el devenir de la trama; casi se diría que un estadio más alto del alma y de la conciencia, la forma de expresar aquellas cosas para las que las palabras no bastan; y el nexo de comunicación de esa madre que habla desde el más allá con sus hijos. Lo musical en Rabiosa Melancolía sirve igualmente para sugerir una vía de escape que un lazo indestructible entre madre e hijos, del que no pueden huir. Amalgamar todo lo musical -y no es solo el canto, son muchas cosas- a la propuesta textual como un elemento más y que esté integrado con total normalidad es sin duda algo de gran dificultad; y aquí está perfectamente conseguido: el resultado es de una fuerza expresiva tal que rara vez se alcanza en el teatro, y catapulta al espectador a una esfera de lo sensacional y de lo sensorial muy particular, que produce de inmediato una emoción especial en los espectadores.

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Todo el texto de Marianella Morena es una especie de gran partitura en la que habla, canto, sonido y silencio se dan la mano para configurar un todo indisoluble; de la misma manera que la puesta en escena que firma la propia autora es una suerte de gran coreografía en la que cada paso, cada uso de los elementos escénicos, cada nueva figura, aporta datos al sentido de la narración. Dicen los títulos de crédito que, además de actuar, Malena Muyala firma la dramaturgia musical del espectáculo, que se da la mano con la dirección de la que se encarga la autora: el trabajo mano a mano entre ambas – a buen seguro muy arduo- ha debido ser capital para que este espectáculo tan particular en el que palabra y música no se entienden la una sin la obra se solapen con esa facilidad.  En este sentido, la implicación de todo el elenco es aquí doble o triple. No sólo asumen sus roles desde una perspectiva actoral directa y descarnada que ayuda decisivamente a potencial la tensión que respiran esos personajes que parecen ahogarse en su microcosmos; sino que además ponen sus voces cantadas al servicio de la situación dramática. En este sentido, contar con la cantautora Malena Muyala -una voz timbrada con ecos de Mercedes Sosa- para interpretar a esa madre que es personaje; pero se expresa mediante el canto para ordenar a sus hijos como una fuerza superior incontrolable es un acierto incontestable por lo expresiva que resulta su voz como elemento dramático y su rotunda presencia escénica -a uno se le pone algo en el estómago escuchándola-; pero no por ello hay que hacer de menos a Mané Pérez -la hermana encerrada en un dolor de piernas que no puede curar porque no puede visitar al médico-, Lucía Trentini -la hermana con problemas de identidad sexual, que se agarra al sexo como su vía de escape- y Agustín Urrutia -el hermano empeñado en tomar, por fin, el rol que dejó vacante el padre- lanzados y cuadrados en una propuesta compleja, extrema, arriesgada, en la que deben ser intérpretes totales. Su capacidad actoral excepcional salta a la vista a los pocos minutos de empezar; pero además resulta admirable esa voluntad de integrarse en una de las propuestas más complejas -y por ello fascinantes- que haya tenido oportunidad de ver en los últimos tiempos.

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Puede que se corra el riesgo de no entrar en el particularísimo código que plantea la función -un código más fácil de experimentar que de explicar, desde luego-; pero quien entre se verá lanzado sin duda a un viaje hacia lo emocional verdaderamente inolvidable. Es posible que este tipo de historias de familias disfuncionales ya nos las hubiesen contado antes; pero lo que es seguro es que nunca nos las habían contado desde este lugar, desde este código, desde este prisma en el que se demuestra que tal vez, en tiempos de guerra y miseria, la música sea lo único que nos puede salvar de todo… incluso de nosotros mismos. Aunque puede que a estos personajes ya nada les pueda salvar de su encierro. Por lo original de la idea, por el riesgo de la propuesta, por lo impecable de la ejecución, por la valentía de lo que plantea y por el particular lugar de emoción al que nos conduce Rabiosa Melancolía no es solo una feliz sorpresa -para mí completamente inesperada-; sino también uno de los espectáculos inolvidables de este año.

H. A.

Nota: 4.5/5

Rabiosa Melancolía”, de Marianella Morena. Con: Malena Muyala, Mané Pérez, Lucía Trentini y Agustín Urrutia. Dirección: Marianella Morena.

Teatro Español (Sala Margarita Xirgú), 1 de Noviembre de 2017

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