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‘Medea’, o ¿qué ha hecho ella para merecer esto?

noviembre 7, 2017

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Repone Theatre for the People su montaje de la Medea de Mike Bartlett (1980-) que ya forma de alguna manera parte del repertorio de la compañía del pequeño local de Malasaña, tal y como antes lo hicieron Los Últimos Días de Judas Iscariote o The Flick. El mero hecho de la reposición es como mínimo una garantía de interés -la propuesta está rodada y probada-, a la que hay que sumar nuevamente la curiosidad de conocer un texto que, a pesar de haber marcado una página del off extranjero, permanecía inédito en España hasta que Adán Black lo rescató para su escuela hace aproximadamente un par de años. Ahora, vuelve a estar en cartel de forma gratuita.

Respetando las bases de la tragedia de Eurípides, el proceso de reescritura de Mike Bartlett para su obra estrenada en 2012 consiste en colocar a los personajes griegos en un entorno contemporáneo en el que Medea -un ama de casa con un hijo con el que es incapaz de comunicarse, que ha dejado atrás Londres para seguir a su marido a una ciudad más pequeña- permanece encerrada en su domicilio incapaz de asimilar el abandono de Jason y haciendo frente a un desahucio que podría producirse en cualquier momento. Obsesionada con el esoterismo, y repudiada por casi todos los vecinos, incapaces de encajar su comportamiento cada vez más paranoico; Medea planea dinamitar la inminente boda de su exmarido a cualquier precio. Nada puede detenerla. Ni los únicos amigos que quedan a su alrededor -tan pendientes del delicado estado de la muchacha como incapaces de controlarla-, ni la amenaza de desahucio ni siquiera el último ruego de Jason, que apela a un pasado en el que parece que fueron felices antes de que ella perdiera la cabeza podrán parar un plan en el que Medea, dispuesta a todo, llega a ofrecerse como moneda de cambio sexual a un vecino que busca un hijo: un hijo que tal vez ella pueda darle a cambio de un lugar donde quedarse, un lugar al que poder huir; un lugar en el que evitar la calle a la que parece condenada en breve…

En su reescritura de Medea, podríamos decir que Mike Bartlett respeta la trama original -y mantiene a la mayoría de los personajes- pero elimina cualquier atisbo de épica en favor de construir una tragedia urbana, cotidiana; en el que la esfera de lo personal y lo instransferible -aquellas cosas que suceden en el interior de la casa- trascienden a la esfera de lo público. Porque el escándalo de Medea -no solo su abandono, sino su enajenación mental y su ruina económica- se ha convertido aquí en vox populi que ha hecho que la sociedad misma -esa sociedad del cotilleo, esa sociedad que precisa de la desgracia de los otros para tener un tema que sacar en la mesa, esa sociedad que hunde a cualquiera ante la inmediatez del whatsapp y las redes sociales, elementos que por supuesto también aparecen aquí…- le dé la espalda. Por tanto, el gran problema de esta Medea no es tanto el abandono de su marido, sino el hecho de haber perdido su imagen pública, el respeto de quienes la rodean -reconvertido ahora en mera lástima- y hasta su propia dignidad. Ya no tiene nada que perder, porque ya lo ha perdido todo; y eso hace que llegue incluso a bordear la prostitución para llevar adelante sus planes.

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Al vaciar la pieza de cualquier contenido épico -acercándola quizás más a la realidad actual, extremando más algunas situaciones- puede que el resultado del texto en sí mismo gane en acidez ante ciertos puntos de vista -en esta Medea hay lugar para la carcajada de ironía-; pero a la vez reduce sobremanera el foco del impacto trágico: a fin de cuentas, esta Medea es la tragedia de la enajenación mental de una mujer encerrada en un hábitat de ama de casa que no le da tregua posible y que ha empezado a anular su yo personal; y sometida a una sociedad que casi queda justificada, con lo que el personaje pierde algo de la heroína trágica que debería ser, al verse aupada a un marco mucho más íntimo que puede que llegue a quitarle a la protagonista un punto de razón para obrar como lo hace. En esta versión -al contrario que en otras de la tragedia- uno casi acaba poniéndose del lado de Jason ante la incapacidad para razonar de Medea; puesto que, por ejemplo, al despojar a la historia de su aspecto más bélico, no queda tan claro aquí de dónde procede esa dependencia enfermiza que siente ella hacia él: de qué le ha salvado, qué es lo que él le debe; un asunto importante por el que la la versión pasa poco menos que de puntillas. Si Medea deja de ser la gran víctima a pesar de todo, algo del impacto de la historia se pierde. Teniendo en cuenta este aspecto, lo cierto es que Bartlett demuestra bastante habilidad para trazar líneas paralelas entre los personajes de la tragedia original y los que aquí se presentan: así, Carter -el padre de la nueva esposa ausente de Jasón, erigido aquí en una especie de fusión de Creonte y Egeo- es una especie de doble amenaza para Medea; de la misma manera que la Nodriza aparece fusionada en la figura de dos vecinas de Medea -que por tanto toman partido alternativamente por ambas partes del matrimonio, con lo que algo de la figura de confidente del original se pierde-. Sin embargo, Bartlett ha sido hábil al resolver asuntos como la figura del hijo de Medea, o incluso la esposa de Jason en oscuro. Todo esto nos coloca en una doble dicotomía: ganamos en cercanía a la hora de plantear el conflicto -y en ese imprevisible humor negro que aparece aquí muy oportuno-; pero perdemos a la hora de empatizar con un conflicto que, al convertirse en íntimo, podría rozar por momentos el telefilme de sobremesa -la larga escena de reproches entre Jason y Medea, culminada en escena de sexo, resulta demasiado previsible, por ejemplo; a pesar de que empieza bien dialogada pero se va deshinchando por escritura-.

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Dicho todo esto, hay que añadir que Adán Black cuaja aquí una de sus más interesantes puestas en escena, sacando mucho provecho de este espacio minúsculo, jugando con velas, fuego y cosas que suceden fuera de escena pero ayudan a crear ciertos clímax. En este espacio diminuto, esta vez se ha conseguido una propuesta sugerente, ágil de ritmo -la calle es un elemento fundamental en esta propuesta escénica, y el recurso está muy bien aprovechado: véase la entrada final de Medea, en un golpe de teatro muy bien planteado- y que funciona muy bien con muy pocos elementos. En un espacio que no permite demasiadas virguerías, podría decirse que en esta puesta en escena no se necesita más. Algunas decisiones de traducción todavía pueden revisarse -Jason debe leerse no como en la tragedia griega, sino ‘americanizado’ como el nombre del actor protagonista de Sensación de Vivir: léanlo así ahora y verán que la decisión le sienta al personaje como a un Cristo dos pistolas…-; e incluso la necesidad de ajustar los roles al reparto disponible obliga a cambiar algunos personajes de sexo. Nada que el público no pueda asumir; pero creo que aquí Black -que siempre tiene algo de irreverente en sus puestas en escena- pierde una ocasión de oro al convertir en hombre a una de las dos vecinas de Medea: puestos a asignar el rol a un actor, creo que jugar con el transformismo -esto es, convertir al personaje en travesti- hubiese permitido subrayar el componente de humor negro que, sin duda, está en la obra de Bartlett. Convendría además relajar el tono de algunas escenas -o dibujarlas como una curva creciente y progresiva- para evitar que se bordee la tónica de culebrón. Con todo, lo cierto es que la propuesta escénica de Black funciona bien en líneas generales sin tirar la casa por la ventana, cuestión especialmente compleja en un espacio tan íntimo como este.

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En su lugar de honestidad el elenco. Estefanía Villarte repite el rol titular, que ya interpretase en la anterior producción de esta obra. Ya se sabe que se maneja bien en este tipo de personajes cargados de ira, sin pasarse de la raya -algo complicado en un espacio tan pequeño-; y transita bien desde el pasotismo a la feme-fatale; y desde la feme-fatale a esa presencia enajenada en la que se convierte al final: su última aparición es verdaderamente inquietante. Además vuelve a afrontar un papel extenso con comodidad. Nuevamente hay que decir que aquí hay un potencial no tan explotado como merecería: alguien debería verla -esperemos que alguien que lea esto se apunte el nombre de esta actriz y se pase a verla en esta u otras de sus interpretaciones…- y darle la oportunidad que, sin duda, merece. Junto a ella, el Jason de Miguel Brocca está resuelto en base a una química evidente que deja gran parte del camino trabajado; y crece de forma decisiva de cara a las escenas finales, cuando la tragedia se ha consumado y afronta con comodidad escenas de intensidad muy marcada. En roles más breves, Nagore Alonso saca oro de una de las amigas de Medea con pocas intervenciones pero una presencia bastante sólida, a la que habría que valorar en un rol más extenso y expuesto; de la misma manera que Antonella Broglia resuelve bien un cometido breve pero intenso e importante. Javier Paredes y José Ángel Trigo, por su parte, se encargan sin demasiado problema de dos papeles que -ya sea por la brevedad o por la falta de definición de los roles- no permiten gran oportunidad de lucimiento.

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En fin, esta versión de Medea constituye un acierto como montaje para un espacio como el Theatre for the People -espectáculo atractivo y sencillo en espacio diminuto- si bien tal vez el texto de Mike Bartlett funciona mejor como idea que como resultado a la hora de convertir la tragedia griega en otra cosa; algo que deja de lado una parte -creo importante- de la esencia del clásico, sin dejar por ello de ser un enfoque potente que, creo, daba para más tomando otras decisiones: pero esta cuestión radica en el texto mismo.

H. A.

Nota: 3/5

Medea”, de Mike Bartlett. Con: Estefanía Villarte, Miguel Brocca, Nagore Alonso, Javier Paredes, Antonella Broglia, y José Ángel Trigo. Dirección: Adán Black. THEATRE FOR THE PEOPLE.

Theatre for the People, 31 de Octubre de 2017

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