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‘La Omisión de la Familia Coleman’, o los miserables

noviembre 6, 2017

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Casi trece años -desde Agosto de 2005- lleva en cartel La Omisión de la Familia Coleman, un éxito del teatro off argentino que ha girado con gran éxito por más de 22 países y que seguramente supusiese uno de los grandes espaldarazos de algo tan instalado hoy en España como la explosión del teatro argentino casi como género propio: una forma de hacer las cosas, una forma de contar y una forma de entender el teatro. Después llegarían Pablo Messiez o Daniel Veronese; pero seguramente La Omisión de la Familia Coleman habrá sido el primer contacto de muchos -me incluyo y recuerdo perfectamente lo noqueado que salí de aquella función hace ya casi diez años- con el teatro argentino. Dicen que esta gira -que conserva gran parte del reparto original- es la despedida de algo que es ya casi un clásico contemporáneo que han visto varias generaciones. El final de un comienzo; o un afortunado regreso con el que me pude reencontrar en Madrid desde el tiempo y la distancia emocional. Han pasado casi diez años, pero el impacto sigue siendo el mismo; o puede que sea incluso mayor si cabe, al comprobar que la obra sigue fresca como el primer día en escritura, fondo formas, e interpretación: el punto de partida, el primer gran éxito de Claudio Tolcachir -a mi juicio nunca igualado-. Cabe destacar que mi primer encuentro con los Coleman -que ya han girado por España antes- una década atrás fue, precisamente, en A Coruña; y que hoy parece este un tipo de teatro por el que difícilmente se apostará en la ciudad gallega -no en vano no parece que haya fechas en Galicia dentro de la pequeña gira planteada ahora por España, al menos de momento…- con una programación más plegada a lo convencional. Tirón de orejas a quien corresponda por haber dejado escapar una cosa así. Para reflexionar.

La miserable y cotidiana existencia de varias generaciones de una familia que malviven en una casa argentina rodeados de la miseria. La abuela intenta poner un poco de cordura mientras que su hija -Memé- trata de hacer frente a una situación de hambruna que no hace sino poner más de manifiesto la miseria en la que malviven estos personajes. Por su parte, los nietos han encontrado diversas formas de evasión ante la que está cayendo en casa: mientras Verónica ha conseguido un matrimonio que le permite abandonar el domicilio, convertirse en una especie de neopija venida a más y darse una vida mejor -renegando por supuesto de la familia-, Dami se refugia en el alcohol; Gabi ha asumido casi un rol de ama de casa venida a menos y resignada a que lo único que tenga que hacer en esta vida sea sacar a esa familia adelante; y Marito vive en una especie de realidad paralela que expresa mediante un extraño comportamiento que podría sugerir algún tipo de discapacidad. Será el delicado estado de salud de la abuela el que termine propiciando un encuentro de toda la familia -más el chófer de la hija pija-, haciendo que la ya inestable estructura familiar termine de saltar por los aires en mil pedazos.

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Claudio Tolcachir acierta de pleno al dibujar un retrato costumbrista de la vida diaria. Una estampa de una familia tan normal -y a la vez tan disfuncional, tan rota y tan ruin- que podría ser cualquiera de las nuestras. Implacable, retrata la miseria de lo cotidiano, tanto en los comportamientos de los personajes -hay egoísmo, reproches, envidias, celos… lo que en cualquier familia normal, vamos- como en ese escenario de pobreza en el que se ubica la trama y que resulta fundamental para terminar de hundir las expectativas de unos personajes en liza con un escenario vacío de oportunidades. Y no ocurre nada y ocurre todo. El realismo descarnado y cotidiano que pinta Tolcachir es doloroso porque cae muchas veces en la mezquindad; pero a la vez resulta cómico, ácido, satírico, casi esperpéntico: lo que vemos en escena es tan bajo y tan mezquino que nos reímos… por no llorar y sin perder de vista jamás el componente trágico de una historia que acaba situándose como una verdadera comedia dramática porque no arroja ni el más mínimo atisbo de esperanza. Entre risa y risa -por lo mordaz de los diálogos y lo grotesco de algunas situaciones-, Tolcachir se reserva para el desenlace -que nadie que ya haya visto la obra habrá podido olvidar…- un golpe de efecto que termina por situar la obra entre el esperpento y la farsa negra. Y, a su vez, nos hace reflexionar acerca de lo cercano que nos resulta lo que vemos ante nuestras narices -porque en Argentina, en España y casi en donde sea, el conflicto de los Coleman es universal, extrapolable e identificable- y acerca de hasta dónde puede llegar un ser humano por intentar salvarse. Porque ese es el verdadero conflicto de la familia Coleman: han optado por la evasión ante la catástrofe de la miseria, de manera que no logran una comunicación fluida ni un verdadero nexo de unión entre ellos… Conviven, pero de algún modo, han olvidado sus vínculos, su sensación de pertenencia a un grupo. Y ante este panorama, el resultado, por supuesto, es pura dinamita. Podría parecer que no hay amor entre los Coleman; pero digamos más bien que -siempre con la figura matriarcal de la abuela como vértice intocable- lo que les ocurre es que son una especie de minusválidos emocionales; absolutamente incapaces de una empatía real, y por tanto de dar o de recibir amor: y, lo que es más grave, no son conscientes de ello.

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Todos los personajes de la obra están perfilados con acertado detalle -incluso los más episódicos- para conformar todo un fresco de perdedores que se esfuerzan por salir adelante en un contexto social que no les deja alternativa. Ahí está lo más doloroso -y a su vez lo más cómico, y lo más genial- de la función: el contexto justifica de algún modo la torpeza emocional de la mayoría de los personajes; y a su vez ese cúmulo de torpezas emocionales provocan esa explosión de esperpento grotesco en la que el público se ríe… porque no le queda otra. Pero, de algún modo, el autor nunca juzga a sus personajes: podría pensarse que Marito -un personaje que ya debería ser un clásico del teatro contemporáneo- es, en su aparente ingenuidad, la gran víctima de esta historia; pero incluso Verónica -la hija pija que ha conseguido salvarse, a primera vista puede que el personaje más oscuro- ha de mirarse más como una luchadora que no puede bajo ningún concepto perder lo logrado; o Memé -esa madre en apariencia díscola que ha acabado sin embargo pagando un alto precio a su comportamiento: el del repudio-. Y, como ellos, todos encuentran justificación para sus comportamientos; lo que nos permite leer la función desde distintos puntos de vista, desde distintos planos. Es comedia con mucho de drama, es farsa capaz de reírse de ciertos tópicos, es esperpento y hasta podría decirse que es una bocanada de realismo por momentos casi naturalista.

Apenas elementos escénicos se necesitan para una función sustentada en un trabajo actoral sobresaliente, salvaje, minucioso, que funciona casi como un mecanismo de relojería. Se nota que la función está muy rodada y sin fisuras. Tolcachir plantea un trabajo de extrema organicidad y veracidad en las actuaciones; en una puesta en escena que -pese al realismo que vemos en las tablas- se encarga de recordarnos constantemente la teatralidad del material: los personajes aguardan su turno sentados en oscuro; y las transiciones -ya sea temporales o espaciales- están solucionadas mediante golpes de luz o encadenamiento de escenas. Este contraste entre el realismo de las actuaciones y el carácter ciertamente teatral de la propuesta escénica -que, hasta cierto punto, ayuda a generar un cierto distanciamiento que, sin embargo, se disipa ante la potencia de las interpretaciones- es una genialidad en materia de equilibrio de las dos vertientes.

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Decía que el elenco tiene aún algunas semejanzas con el del estreno -y miren si han pasado años-, y sin embargo hay que empezar hablando de dos de las novedades más reseñables. El personaje de Marito -que estrenase Lautaro Perotti- es emblemático, carismático, complejo: el planeta en torno al que gira toda la historia. La interpretación de Perotti ha quedado grabada a fuego en todo aquel que la haya visto y casi resulta impensable imaginar esta obra sin él. Y es por ello que hay que aplaudir que Fernando Sala haya asumido la responsabilidad de replicar este rol hasta el punto de demostrar que Perotti no era indispensable, lo cual debe ser suficiente elogio para que el lector se haga una idea del nivel del que estamos hablando: su Marito tiene esa mezcla de nervio incontrolable, ingenuidad y cortocircuito que ha de tener este personaje entrañable con mucho de incógnita. No estaba fácil porque el personaje es muy complejo; pero lo logró. También ha cambiado la abuela -otro de los estandartes de la función-: antes era la inolvidable Araceli Dvorskin -felizmente recuperada hace un par de temporadas para un rol similar en Adentro, de Carolina Román- y ahora es una Cristina Maresca que si bien no llega a los niveles de genialidad costumbrista de aquella, sí es una presencia sólida e integrada. De entre el resto del elenco, todos sin fisuras, me enamoraron la eléctrica Verónica que construye Inda Lavalle -¡qué creación!-; y el contraste con esa madre que destila un poso de amargura de Miriam Odorico. Pero no falla nadie: ni Tamara Kiper en una Gabi que busca una feminidad que se le escurre entre las manos, ni el tabernario Damián de Diego Faturos ni siquiera los dos elementos externos a la familia -ambos con un toque naif que va muy bien a nivel de diferenciación- que arman Gonzalo Ruiz y Jorge Castaño. Es un reparto sin fisuras de esos que rara vez se ven.

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Casi dos horas de función y el público levantándose a ovacionar de forma progresiva son el balance de una obra que, tantos años después de su estreno, sigue produciendo fuerte impacto. Con razón es un clásico, con razón se ha exportado a otros países y con razón el autor mantiene a su propia compañía en vez de replicar el montaje con un elenco español, como sí hizo con otros de sus títulos: es complejo imaginar este milagro de asimilación de código, de energías y de sinergias con un reparto español por ejemplo. La chispa de las interpretaciones y el cóctel molotov que resulta el texto son algo inigualable que debe formar ya por derecho propio parte de la Historia del Teatro. En unos años algunos diremos que vimos varias veces La Omisión de la Familia Coleman. Dicen que es su gira de despedida pero me resigno a creerlo: este tipo de espectáculos que aportan tanto y tan bueno al teatro no deberían acabar nunca toda vez que llevan tanto tiempo en ruta. Ojalá así sea. Redonda.

H. A.

Nota: 5/5

La Omisión de la Familia Coleman”, de Claudio Tolcachir. Con: Cristina Moresca, Miriam Odorico, Inda Lavalle, Fernando Sala, Tamara Kiper, Diego Faturos, Gonzalo Ruiz y Jorge Castaño. Dirección: Claudio Tolcachir. TIMBRE4 / MAXIME SEUGÉ / JONATHAN ZATea

Teatros del Canal (Sala Verde), 24 de Octubre de 2017

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