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‘Dentro de la Tierra’, o en la soledad de un mar de plástico

noviembre 1, 2017

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Mi primer contacto con la obra literaria de Paco Bezerra fue hace prácticamente una década; cuando un librero me puso en las manos un ejemplar de Dentro de la Tierra -texto que había ganado recientemente los premios Calderón de la Barca (2007) y Nacional de Literatura Dramática (2009)-. No se equivocó el librero al augurarle un gran porvenir a Bezerra que, a partir de ahí, nos iría entregando espectáculos tan variados como personales y siempre interesantes –Grooming, El Señor Ye Ama los Dragones, El Pequeño Poni– hasta convertirse en uno de los referentes de la dramaturgia española actual. Se iban escenificando nuevos textos suyos, pero por alguna extraña razón el estreno español de Dentro de la Tierra no llegaba. Solo ahora sube a las tablas en nuestro país en una espectacular producción que no ha escatimado en ápice en medios; pero que, a mi modo de ver, no ha terminado de sacarle al texto todo el jugo que tiene.

Un gran invernadero en algún punto indeterminado de España, en el que una familia se afana en cultivar los mejores tomates que se hayan visto nunca. El pater familias, diagnosticado de una grave enfermedad y consciente de que se acerca su final en pocos años, planea el reparto de las tierras entre sus tres hijos; al tiempo que lucha por llegar a ver florecer esos tomates, con la inestimable ayuda de su hijo mediano, continuador de la saga. Pero algo extraño ocurre en el invernadero: sabemos que la madre ha muerto en extrañas circunstancias, y que el hermano mayor tiene una extraña enfermedad en la piel que le provoca terribles picores y le obliga a vivir embutido en una especie de traje de neopreno. En este contexto, Indalecio -el menor de los tres hermanos- se aísla en si mismo, al tiempo que planea la escritura de algo que está dentro de su cabeza y que podría tener que ver con supuestos terribles secretos que, a su modo de ver, esconde su familia y esas tierras. Repudiado por el padre y el hermano mediano, Indalecio acaba por refugiarse en los brazos de Farida, una de las trabajadoras de los invernaderos, que afirma que allí desaparece gente de forma extraña. La obsesión de Indalecio por descubrir -nunca sabemos si obsesión o realidad- preocupa sobremanera al padre y al hermano, que ante el carácter díscolo e indomable de Indalecio acabarán por plantearse los límites de la cordura del joven; entrando la historia en un punto de no retorno hacia la revelación de ciertas cuestiones que no obstante podrían oscilar entre la realidad y la imaginación de Indalecio, en una historia de fronteras cortas.

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Recuerdo que cuando leí Dentro de la Tierra hace ya algunos años -la he releído estos días, después de ver la representación- me sorprendió ante todo la capacidad de Bezerra para crear atmósferas simbólicas -a partir de largas y expresivas acotaciones- en un relato que aborda temas como los límites de la ficción para gestionar la realidad, el apego a la tierra, la cuestión de pertenencia a la familia como clan o las tradiciones milenarias más enraizadas con los campos y la influencia de la tierra sobre las personas. A medio camino entre la fábula y el thriller -y basculando entre realidad y ficción, un trazo muy recurrente en las obras de Bezerra- Dentro de la Tierra tiene al leerse algo de críptico, de misterioso; que probablemente necesite del público para dar respuestas a algunas preguntas que se plantean. Puede que sea por eso por lo que algunos personajes -la curandera la Quinta, Mercedes, visitadora de Indalecio, o la misma Farida- no terminen de tener toda la definición que sería deseable, para que sea el público quien busque sus propios caminos para rematar la historia. Es evidente que, durante esta década, la escritura de Bezerra ha madurado notablemente, y seguramente nos haya dejado textos más redondos que este -por más que Dentro de la Tierra tenga la importancia de ser, de algún modo, el espaldarazo de salida de un autor fundamental de nuestro teatro-. Así y todo, estamos ante un texto de gran riqueza precisamente por la gran amplitud de posibilidades que ofrece una historia tan abierta y apegada al mundo de lo simbólico -realidad, ficción e imaginación se entrelazan; por momentos en una línea casi imperceptible, con todo lo que eso permite-.

Jugar con la ambigüedad en una historia que con frecuencia bordea lo simbólico -uno de los trazos más interesantes del texto bajo mi punto de vista- es clave para poner de manifiesto las virtudes de una historia que tal vez se vea algo lastrada por la falta de definición de algunos personajes y tramas. Como digo, la puesta en escena del Centro Dramático Nacional no ha escatimado en medios: se ha levantado un gigantesco invernadero en el Teatro Valle-Inclán que cubre gran parte de la grada baja, en una escenografía hiperrealista y presidida por un gran tronco de higuera que firma Mónica Boromello. También la iluminación de Cornejo ayuda a crear atmósferas sugerentes, redondeando un montaje de cuidada estética, muy potente a nivel visual. Bien también la composición de Luis Miguel Cobo, que aprovecha la circunstancia del uso de la microfonía en esta sala -algo con lo que ya hay que contar….- para crear una partitura sugestiva y sin concesiones.

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Todos los mimbres están ahí y, sin embargo, algo no termina de arrancar. Puede que la puesta en escena de Luis Luque haga una lectura demasiado evidente del texto, separando más de la cuenta los mundos de lo real y lo ficticio y dando al público más claves de las que creo necesarias para abordar el texto. El resultado beneficia al aspecto estético; pero perjudica al ritmo de una historia que, tal y como está contada, acaba resultando plana y sin la tensión necesaria. Hay escenas más conseguidas -Julieta Serrano levanta la función como La Quinta en apenas 10 minutos-; pero creo que la apuesta por una narrativa cómoda y sencilla para el público termina jugando una mala pasada al espectáculo ante un texto de desde luego creo que pide y permite la toma de decisiones más arriesgadas. Nada que objetar ni a la estética -impecable, y que termina siendo lo mejor de la función-, ni al cuidado de la dirección por crear un espectáculo bello y en constante búsqueda de la estética, pero seguramente dejar más abierta la puerta hacia esos dos mundos que conforman la historia habría mejorado el tono de la propuesta. El resultado es un montaje pulcro, limpio y ordenado; puede que hasta demasiado dada la naturaleza del texto mismo. Hay, además, detalles que se me escapan: Farida conserva su acento como inmigrante; pero el resto de los personajes -que, personalmente, yo ubicaría en el interior de Andalucía- hablan perfecto castellano neutro: entiendo el mundo de la convención; pero entonces la decisión de mantener el acento de Farida se podría considerar algo contradictoria. En otro orden de cosas, no quisiera pasar por alto -y este es otro síntoma del poco riesgo, digamos de la ‘excesiva elegancia’ de la dirección: la escena de sexo entre Farida e Indalecio está resuelta con un infantilismo casi sonrojante -la cabeza de él sólo ha llegado a la altura de la barriga de ella cuando empieza a gemir…-; en este caso no se trata de lo que se vea o no, sino de solucionar ciertas escenas con un planteamiento más coherente. Todos sabemos que Luque es un director con grandes ideas y que ha levantado espectáculos memorables; pero esta vez siento como si la apuesta plena por la estética no terminase de dejar fluir una historia en la que la llamada de la tierra es un elemento fundamental -los personajes deberían parecer más primarios-, en favor de un montaje hermoso, para todos los públicos. Es una apuesta válida y personal, no hay duda; pero creo que no es la que más juega a favor del texto. En mi caso concreto, solo la lectura previa de la obra me ayudó a completar aquellas cosas que tal vez falten en esta puesta en escena -no sé hasta qué punto el montaje me hubiese resultado confuso de no conocer el texto previamente, y este me parece un detalle digno de señalar…-.

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Partiendo de esa cierta indefinición de los personajes, el reparto defiende sus cometidos con solvencia; aunque puede que esa falta de definición les impida terminar de descollar. El padre de Chete Lera tiene la requerida rotundidad, aunque por momentos puede que incluso sea demasiada para un hombre enfermo. Samy Kahli carga a sus espaldas con un personaje largo y exigente, y lo hace con la requerida solvencia: creo que el personaje ganaría enteros con un punto más de electricidad hacia la locura; pero esto seguramente sea una cuestión de dirección. Raúl Prieto sirve al hermano mediano con la acostumbrada solvencia y rotundidad, y Jorge Calvo saca oro como una mina del hermano mayor: un personaje muy rico en matices, lleno de preguntas y en constante segundo plano -casi una presencia fantasmal-, que seguramente merezca mayor desarrollo. Así y todo, Calvo sabe hilar muy fino con lo poco que el montaje le permite y puede que estemos ante la mejor interpretación del montaje. Ya lo he dicho y lo repito: Julieta Serrano, de espléndida madurez, eleva notablemente el tono de la representación con solo una escena, en uno de los personajes mejor enfocados y exprimidos de la propuesta, en un papel que además le permite explorar un registro cómico casi desconocido hasta la fecha; lástima que el rol no tenga más, porque su llegada es un soplo de aire fresco en una función que, de inicio, no termina de arrancar. Mina el Hammani resuelve sin problemas el personaje de Farida -el acento, que tampoco es el suyo natural, me resulta algo forzado, pero supongo que se lo habrán marcado así-; mientras que Pepa Rus cumple sobradamente -ya muy alejada de cualquier estereotipo preconcebido que tengan de ella, y esto es un valor importantísimo- en sus breves intervenciones como Mercedes, la visitadora de Indalecio -otro rol que no termina de tener la definición suficiente-.

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En resumen, se diría que con esta producción se cumple una cuenta pendiente del teatro español con Bezerra -por fin-. Regresar ahora -tal vez ya tarde- a Dentro de la Tierra nos permite, por un lado, comprobar lo que Bezerra ha crecido como autor en estos años -y esto, claro, es un elogio-; y, por otro, comprobar que se puede tener un espectáculo cuidado, pulcro y ordenado como es este y que sin embargo haya algo del enfoque que, inevitablemente, no termine de alzar el vuelo, reconociendo que la propuesta es impecable. Media entrada en mi función -de domingo por la tarde- en la que debería ser una de las funciones más sonadas de la temporada -era, desde luego, de las más esperadas-. La propuesta es visualmente muy bella, pero creo que el texto da para más -e incluso que Luque ha estado más inspirado de inventiva otras veces a la hora de acercarse al teatro de Bezerra-.

H. A.

Nota: 3/5

Dentro de la Tierra·, de Paco Bezerra. Con: Chete Lera, Samy Khalil, Chete Lera, Raúl Prieto, Jorge Calvo, Julieta Serrano, Mina El Hammani y Pepa Rus. Dirección: Luis Luque. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán, 22 de Octubre de 2017

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