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‘Hamlet entre Todos’, o tan sencillo, tan complejo

octubre 31, 2017

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Volver una y otra vez a Hamlet desde cualquier prisma es una de las opciones más recurrentes que podamos encontrarnos en la cartelera. Prácticamente no hay año en que no suba a las tablas el clásico shakesperiano; y no son pocas las obras que se inspiran en la historia del príncipe de Dinamarca para generar material nuevo de índoles diversas -ahí estaban, por ejemplo, Ophelia, de Arturo Turón, Claudio, tío de Hamlet, de Ozkar Galán o su relectura Hamlet… ¿es Nombre o Apellido?, de la que di cuenta el mes pasado en estas mismas páginas-. Y, sin embargo, este Hamlet entre Todos que plantea la compañía Los Números Imaginarios puede que no sea ni una cosa ni la otra. Es, por una parte, un acercamiento a Hamlet con todo el respeto al original de Shakespeare -uno de los motivos de su extensa duración es, precisamente, la gran cantidad de versos del original que perduran- y, por otra parte, una original experiencia inmersiva en la que el público debe ir completando la trama mediante acciones que se suceden de forma alternativa en el interior o el exterior del recinto. Un único Hamlet -actor, cantante, maestro de ceremonias- frente a frente con casi 100 espectadores que -en grupo o por separado- irán sirviéndole de Claudios, Ofelias, Horacios o Gertrudris. Y, lo que puede parecer una osadía temeraria, acaba sin embargo convirtiéndose en una fascinante experiencia abierta -porque mucho de lo que suceda cada noche dependerá del respetable- que cada espectador vivirá desde un lugar personal -porque parte de lo que se ve en la función variará según el personaje asignado- y que, sin embargo, acaba cuajando en un espectáculo tan sencillo de apariencia como complejo de ejecución; en el que se come, se bebe, se canta, se recita y se baila al tiempo que se sigue la historia de Shakespare, con gran parte de su versificación intacta a pesar de que se le ha incluido una variada -y muchas veces completamente pertinente en lo que a fines dramáticos se refiere- banda sonora. Un espectáculo audaz por su sencillez aparente -no es nada pretencioso- que se prolonga por más de cinco horas; pero que consigue no solo mantener la atención del espectador, sino también aportar algo nuevo a un texto tan manido, montado y remontado como es Hamlet. Porque sí, en Hamlet entre Todos se escucha más texto de Shakespeare que en muchos de los acercamientos a al obra que haya visto últimamente.

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Hay experiencias que han de ser vividas, más que contadas. Si ustedes quieren saber de qué va todo este asunto, dejen de leer esta reseña en este punto y COMPREN SUS ENTRADAS. No quieran saber más. Si, por el contrario, no van a ver la representación, sigan leyendo… Al entrar en el ambigú del teatro, los espectadores somos divididos por sexos y edades de modo aproximado en cuatro grupos de 25 personas: Claudios, Gertrudis, Ofelias y Horacios Desde este punto -y conducidos en todo momento por un actor-guardia-servidor de escena- los grupos se separan, por lo que al menos una parte de la experiencia será diferente para cada uno. Desde el grupo de los Horacios -que tarda aproximadamente unos 40 minutos en acceder a la sala- se nos pone en antecedentes de que hemos de colarnos en la boda de la madre de Hamlet con su tío, recién llegados a Elisinor de forma expresa para el enlace. Mientras nuestro anfitrión prepara la entrada triunfal, obviamente dentro de la sala van sucediéndose aquellos acontecimientos que Horacio -o el grupo de los Horacios- no ve -asesinato del padre de Hamlet, enlace de Claudio con Gertrudis…-. Para cuando los Horacios accedemos a la sala -la entrada cambia en cada función, pero baste decir que en la que presencié la entrada fue en cola de conga a ritmo de Raphael para dar una idea del ambiente que se genera- la ceremonia se encuentra en su máximo apogeo, y somos saludados uno a uno por Hamlet e invitados a tomar asiento en nuestra grada. Hay tarta nupcial, chupitos de tequila y jarras de sangría. Y, desde este punto -ya con los cuatro grupos de personajes situados en nuestras respectivas gradas, y el fantasma del padre de Hamlet ubicado en una quinta grada, en principio desierta, que cobrará pleno sentido más adelante- se sucede la trama shakesperiana. Un único actor -un Hamlet ataviado en cazadora, con guitarra y camiseta que reza oportunamente “Keep Calm and Buster On”- hace avanzar la trama con la ayuda del público -que participa de modo individual, leyendo fragmentos; o conjunto, realizando acciones-, del que pide una continua complicidad. Entre ambiente festivo, canciones y alcohol, se van sucediendo algunas de las más célebres escenas de la tragedia shakesperiana, lanzadas aquí al público -personajes- de forma directa, casi increpando -en un estilo que, salvando las distancias, bastante tiene que ver con el teatro isabelino- que avanza implacable hacia su desenlace durante más de cinco horas en las que se acaba formando un curioso ambiente de camaradería entre perfectos desconocidos; porque roto el hielo -y con el alcohol corriendo- nadie rehúsa participar de lo que se nos sugiera-.

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No es fácil ni explicar la mecánica de la representación -que tiene mucho de experiencia personal, pero también mucho de Shakespeare- ni encontrarle el punto exacto entre la experiencia y la representación teatral. Porque hay que insistir en que la versión -que firman Carlos Tuñón y Alejandro Pau- conserva gran parte del texto de Shakespeare, pero ha engarzado toda una serie de canciones de las más diversas índoles que el actor interpreta en directo -la lista es interminable, pero baste señalar que suenan desde Creep hasta la Tonada de Luna Llena pasando por Formidable, El Rey o el Ojalá de Silvio Rodríguez- y que -aquí está la magia del asunto- acaban encajando con una oportunidad insospechada en el devenir de la trama: no son adornos, y la mayoría de las veces suman contenido dramático.

La puesta en escena -sencilla en apariencia y desnuda de elementos, casi como hubiera sucedido en el Globe londinense, pero no olvidemos que debe funcionar como un engranaje de relojería, al alternar acciones internas y externas- conserva además un curioso sentido de la poética -fundamentales para esto la iluminación de Miguel Ruiz y el espacio sonoro de Daniel Jumillas- creando con el propio público imágenes de importante fuerza expresiva -la ‘muerte’ de las Ofelias es sin duda el momento estelar a nivel visual; pero también podemos mencionar el celebérrimo monólogo de la calavera, servido en oscuro total; o el combate de artes marciales en que se convierte el desenlace y sobre el que volveré más adelante-. En esta función -que fluye abierta y distendida- nada está dejado al azar-incluso pese al papel que cumplen los espectadores-; y hasta la sangría que se nos ha ofrecido como bebida principal a lo largo de la representación acaba adquiriendo un significado dramático cuando el rojo se convierte en el color principal durante las últimas escenas. También hay mucha ironía en la narración -Hamlet, con su inseparable guitarra negra, único legado de su padre muerto, convertido en un cantautor de carretera que malvive cuando es expulsado de Elsinor, la fiesta abierta en la que acaba convirtiéndose la escena de los cómicos, de la que el respetable es invitado a participar activamente -del público surgió por sorpresa el siempre carismático Jesús Barranco; e incluso una joven extranjera se arrancó a cantar- y mucho sentido de lo poético en la obra. Porque este Hamlet viste como hoy y canta canciones de hoy; pero sigue expresándose desde el ayer: con acierto se ha optado por respetar la esencia del texto de Shakespeare en toda su potencia pese a la actualización -y con las cosas que se han visto últimamente con Hamlet, créanme que se agradece-. Escuchado tal cual es, el texto no suena anquilosado y mantiene la modernidad -o, mejor dicho, la completa vigencia- pese a esos casi cuatro siglos de antigüedad que tiene.

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En su variedad, la propuesta de Carlos Tuñón fluye de manera verdaderamente formidable en ritmo e ideas durante gran parte de la representación. A una primera parte más abierta y festiva -cerca de tres horas- sigue, tras el entreacto una segunda parte que seguramente sea más íntima y más oscura -toda vez que la tragedia empieza a desplegarse-; pero esto no es impedimento sin embargo para afirmar que en esta segunda parte se encuentran algunos de los momentos visualmente más logrados de la propuesta. Con todo, siento que el desenlace -la gran escena en la que se van sucediendo las muertes- pierde algo de fuerza con respecto al devenir de lo anterior; se precipita y termina resultando confusa, aún en favor de un juego estético que como mínimo es curioso de ver -tanto por la idea de las artes marciales, que empujan a los personajes a unas muertes casi más ‘metafóricas’ que realistas, como por el ingenio a la hora de ir asesinando progresivamente a la masa de público: no olvidemos que solo los Horacios terminan la función vivos-. Con todo, creo que, dentro de la fidelidad con que se sigue toda la obra, puede que el final se pierda por las vías de lo simbólico, y lo estético: curiosa elección cuando no ha sido este el tono anterior de la propuesta. Pero quiero insistir a la vez en el aspecto del absoluto control que tiene Tuñón sobre esta propuesta abierta, experimental y milimetrada; que parece sencillísima a la vista, pero a buen seguro tiene muchísimo trabajo detrás. No ha de ser fácil ni idear esto ni conseguir que funcione como lo hace.

Como digo, el espectáculo es tremendamente abierto -depende de las reacciones de los espectadores, de lo que cada espectador viva desde su grupo; y cambiará en gran medida si se hace una segunda visión desde un grupo diferente al escogido la primera vez-, y cuenta con servidores de escena que guían al público y completan las acciones. Pero, después de todo, tiene algo de gran one-man’s show de nuestro Hamlet, un Alejandro Pau que carga en sus espaldas con una función que supera las cinco horas de duración, con la dificultad añadida de tener que cantar, recitar; y reaccionar y trabajar sobre las siempre imprevisibles reacciones del público. Y todo esto, insisto, durante la friolera de cinco horas que, por si fuera poco, culminan en una compleja secuencia de artes marciales que es casi el más difícil todavía. Después de echarse a la espalda este espectáculo en el que muestra todo su potencial, podemos decir sin temor a equivocarnos ya no que es un actor a seguir sino que es un tipo capaz de cualquier cosa: no ha de ser fácil pasar de un reguetón a un monólogo shakesperiano en una centésima de segundo; encontrar al menos un segundo para cada espectador o reaccionar con naturalidad ante cualquier imprevisto que pueda surgir en una función en la que el público es parte capital. Y ya no es que Pau no deje pasar una -nada se le escapa, aprovecha cada oportunidad que le brinda el público y sale airoso de varios incidentes imprevistos-; sino que además hay que aplaudir su capacidad resolutiva e intuitiva en un espectáculo que es extenuante por su longitud y su altísimo grado de exigencia. Lo dicho: si puede sacar esto con la brillantez con la que lo hace, sacará adelante cualquier cosa.

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El resto del elenco -llamémosles servidores de escena, cuidadores del público o como queremos- no tiene opción de lucimiento personal; pero no olvidemos que tiene la difícil función de hacer que todo encaje en un espectáculo que -manejando masas de público- requiere precisión milimétrica: si algo se cae de timming el resultado puede ser fatal; y aquí todo fluye como una partitura. En cualquier caso, son lo que se requiere: profesionales de reconocido prestigio, porque la misión será pequeña pero al tiempo es difícil. Son el propio Carlos Tuñón más Irene Domínguez, Paloma García Consuegra -no hace mucho en Es mi Hombre-, Pablo Gómez-Pando -fue Hamlet para la Compañía de Teatro Clásico de Sevilla-, Paula Amor -la hemos visto dirigiendo ¿Qué Sabes Tú de mis Tristezas?, que por cierto acaba de regresar al Teatro Lara-, Miguel Ruiz, Antiel Jiménez Jesús Díaz.

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Después de cinco horas de función -que se pasan en un suspiro- se respira felicidad en la sala; pero también emoción; y se termina de crear una comunión muy mágica entre público y actores, y entre el público en sí mismo. Todos hemos entrado al juego, todos nos prestamos a lo que se nos pida y todos somos partícipes del hecho teatral, cortándose cualquier vía de distanciamiento. No hay mejor elogio para una función que ha de vivirse más que contarse, pero que a buen seguro se convertirá en una experiencia inolvidable para todo aquel que la viva. Un juego, una fiesta, una obra de teatro; pero a la vez una versión del Hamlet de Shakespeare -fiel en el contenido y libertina en la forma, pero muy fresca- por méritos propios. En un tiempo en uno encuentra tantas cosas pretenciosas disfrazadas de falsa modernidad, dar con esta propuesta es casi un soplo de aire fresco. Una propuesta compleja y calculada a conciencia que sin embargo parece facilísima; y que por lo tanto se merece el éxito que obtiene.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

Hamlet entre Todos”, versión de Alejandro Pau y Carlos Tuñón sobre la obra de William Shakespeare. Con: Alejandro Pau, Carlos Tuñón, Paloma García-Consuegra, Irene Domínguez, Pablo Gómez-Pando, Paula Amor, Miguel Ruiz, Antiel Jiménez y Jesús Díaz. Dirección: Carlos Tuñón. LOS NÚMEROS IMAGINARIOS.

Sala Cuarta Pared, 21 de Octubre de 2017

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