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‘Cáscaras Vacías’, o limpiando la raza

octubre 29, 2017

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Después de agotar las entradas en cada función la temporada pasada regresa a la Sala de la Princesa del María Guerrero Cáscaras Vacías, un proyecto inclusivo, interpretado por actores y actrices con discapacidad y escrita y dirigida por Laila Ripoll y Magda Labarga -con el apoyo de Fundación Universia, Plena Inclusión Madrid, 33% Cultura sin Límites y la Fundación ONCE- que -más allá de quedarse en un mero proyecto de concienciación y de ser un paso de gigante para un tipo de teatro que por primera vez da el salto desde el festival Una Mirada Diferente hasta la temporada habitual del Centro Dramático Nacional- pone en escena un hecho real para elevar una reflexión acerca de la dignidad de las existencias, y del derecho a la vida de cualquier ser humano. Un derecho hoy constitucional en España, pero que en la Alemania del 39 en la que transcurre esta historia estuvo negado en favor de intereses económicos y científicos de Hitler.

Alemania, 1939. Al declarar la guerra, Hitler decide eliminar de ese país de la pureza de raza que quiere construir a todas aquellas personas con discapacidad que para él son vainas huecas, cáscaras vacías y vidas indignas de ser vividas. En el castillo de Hartheim comienza la limpieza de raza que luego llegará a su zenit con el exterminio de los judíos. Así pues, la eliminación de discapacitados no era para Hitler más que un ensayo de una posible fórmula para asegurar esa raza aria que tanto le obsesionaba… A fin de cuentas, poco le iba a importar a la sociedad el exterminio de estos seres humanos considerados menores, casi un estorbo. Todos estos cuerpos, los primeros en ser exterminados por el genocidio nazi, acabaron empleándose para la investigación científica; e incluso diversas personas del ámbito de la medicina participaron de estos asesinatos sin pudor alguno, viéndolos como un avance para el porvenir; como si prescindir de los discapacitados fuese el menor de los males ante la necesidad de investigar, probar u observar qué pasaría sí…

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La historia que plantean Ripoll y Labarga transcurre en una cámara de gas del castillo de Hartheim, donde seis personajes con discapacidad aguardan -encerrados y sin entender muy bien qué hacen solos ahí- al momento de ‘proceder a la limpieza’ como dice la voz en off. No se conocen entre ellos, han sido separados de los suyos, y a duras penas alcanzan a entender la que se les viene encima, o qué han hecho. En este ámbito desapacible y ante lo desconocido, no les queda otra opción que la de hacer piña, apoyarse los unos en los otros y esperar a lo que venga; algunos desde la ingenuidad ante lo desconocido, otros desde el terror y otros desde la terrible (in)certeza de un oscuro porvenir. Es en este punto cuando la historia se torna una suerte de confesionario con el público en el que -una vez hechas las presentaciones- cada uno de los protagonistas tendrá su momento para contar su historia, sus circunstancias y su pasado antes de llegar a este punto de no retorno. Cada uno de ellos desde su lugar, desde sus sensaciones y desde sus posibilidades; siempre buscando la complicidad directa del público, y casi siempre haciendo hincapié en la frontera existente entre las vidas humanas que encierran cada una de las cáscaras vacías y los despojos que les considera a fin de cuentas la sociedad. Introducidos por un maestro de ceremonias, los monólogos aparecen intercalados de números cercanos a un cabaret berlinés -tan en boga en la época- que esconde, sin embargo, algo de oscuro y macabro; cercano a veces a los circos de pulgas, aportando a la historia un cierto poso de amargura que no nos haga perder de vista que la verdadera tragedia de estos supervivientes no es su condición misma, sino el destino implacable que está por venir y del que ya no pueden escapar ni uniéndose los unos con los otros.

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Con todo lo que implica el cambio de paradigma desde el que está planteada esta función, la verdad es que hay en la escritura de Labarga y Ripoll algunos ecos más o menos claros de aquel éxito que fue en su momento El Triángulo Azul -que la propia Ripoll escribiese a cuatro manos con Mariano Lorente-. Ambas obras miran al exterminio, pese a que ambas obras lo hacen poniendo el foco en características diferentes. Pero lo que sin duda comparten las dos piezas es esa voluntad de tomar ese elemento cabaretístico como nexo de unión, y como punto frívolo desde el que enfocar la tragedia inevitable. Es un camino válido y como tal funciona; aunque seguramente pierda algo de potencia como idea para con los que ya hayamos visto el otro espectáculo. En cuanto a la estructura, si bien es cierto que no todos los personajes tienen el mismo peso en la trama -y a veces siento que estaría bien repartir ese peso de modo más equitativo-; también hay que reconocer que el texto sabe sacar oro de momentos de fuerte emotividad, tanto hacia el público como con el público, que acaban funcionando casi mejor que los números musicales; por más que crea que ciertos giros hacia la acidez -se puede mirar la tragedia desde la acidez siempre, y en ese sentido es una forma de normalizarla- hubiesen ayudado a crecer a un texto muy apegado al aspecto meramente emocional. En este aspecto, texto y dirección han tomado la decisión de romper ocasionalmente -pero solo ocasionalmente- la cuarta pared, para buscar la complicidad directa con el público, en una serie de juegos que evocan muchas veces el aspecto más sensorial de la recepción de un texto -la escena de la carta leída al oído es una de las más sugerentes- que nos llevan hacia un desenlace quizá demasiado evidente -y esperable en el plano emocional- en el que se desboca, sin embargo, el paroxismo emocional: un cierre unipersonal, un tú a tú actores/espectadores que funciona como un tiro con la inmensa mayoría del público; por más que se vea venir desde lejos como recurso.

Este asunto nos coloca en una curiosa dicotomía: la decisión de romper la cuarta pared en una función que transcurre en una cámara de gas no tiene mucho sentido -¿qué función expresiva el público en un espacio cerrado a cal y canto en la esfera de lo real?- pero a la vez permite establecer una conexión que funciona muy bien con los espectadores; y muestra que Labarga y Ripoll no han querido quedarse en lo más evidente a la hora de abordar la puesta en escena, explorando nuevas formas de comunicación que -aunque seguramente se hayan visto en otros montajes- son a un tiempo una señal de valentía. Por otro lado, la puesta en escena saca buen provecho tanto de la sencilla pero sugerente escenografía de José Luis Raymond como de la siempre acertada iluminación de Juanjo Llorens, creando algunos climas bastante acertados. Entre selección musical -donde resuena “La Cucaracha” de forma casi enfermiza y amenazante; desde luego una opción más coherente a nivel simbólico que “Amapola”- sorprende escuchar traducida “Wiegala” -nana compuesta por la enfermera Ilse Weber en los campos de exterminio y que, efectivamente, cantaban los prisioneros antes de ser gaseados- es una elección oportuna -por más que se eluda el simbolismo que encierra la canción-; aunque escucharla traducida no dejó de resultarme bastante extraño: ya saben,, este tipo de canciones a menudo llevan implícito un componente onomatopéyico difícil, por no decir casi imposible, de traducir-.

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De entre los seis intérpretes que actúan -son Raúl Aguirre, David Blanco Patty Bonet, Ángela Ibáñez, Natalia Abascal y Jesús Vidal– lo primero que hay que destacar es su componente verdaderamente entusiasta, ese volcarse hacia lo que hacen. La función está perfectamente rodada y todos son clave en uno u otro punto para hacer andar ese engranaje bien engrasado. Además, concediéndoles a todos su porción de la tarta del éxito -el sincero e incontrolable llanto de la mayoría del respetable al final es la mejor señal posible de que todos han sido partícipes del éxito que es, y su capacidad de interactuar con el público con naturalidad, una cuestión siempre compleja- hay que destacar sin embargo la presencia poderosa y magnética de Patty Bonet y el espectacular -lo repito, espectacular- trabajo de Ángela Ibáñez, un verdadero ciclón expresivo que lo arrasa todo a su paso y consigue contagiar su tensión claustrofóbica, culminando en una escena que podría haberse quedado en lo meramente morboso; pero que Ibañez consigue sin embargo elevar hacia un momento de gran teatro lleno de sentido y que roza el escalofrío por su entrega; y porque, en una función donde los picos emocionales parecen perfectamente colocados, sólo ella fue capaz de desarmarme sin remedio: es una actriz como la copa de un pino, y alguien debe darle más oportunidades -no puedo evitar imaginarla encargándose, por ejemplo, del rol de Holly Hunter en una hipotética versión teatral de The Piano, por poner un ejemplo claro-.

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Ángela Ibáñez, en primer término, a punto de robarse la representación. Retengan su nombre. Una actriz como la copa de un pino.

Por más que haya aspectos de la dramaturgia que sean mejorables -sobre todo en el equilibrio entre personajes-, hay que aplaudir la apuesta valiente de esta propuesta por no quedarse en lo obvio, e intentar buscar nuevas líneas de comunicación dramatúrgica. Líneas que consiguen el objetivo de llegar al público, de generar una conexión con el patio de butacas que se palpa durante y después de una función en la que se ven muchos rostros desencajados por las lágrimas. Es, desde luego, un proyecto serio y honesto, que trasciende la etiqueta de ‘teatro de integración’ para crear un todo de enjundia. Y Ángela Ibáñez es, desde luego, una actriz a seguir.

H. A.

Nota: 3/5

Cáscaras Vacías”, texto y dirección de Magda Labarga y Laila Ripoll. Con: Raúl Aguirre, David Blanco, Patty Bonet, Ángela Ibañez, Natalia Abascal y Jesús Vidal. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL / LA ZONA / FUNDACIÓN UNIVERSIA / PLENA INCLUSIÓN MADRID / 33% CULTURA SIN LÍMITES / FUNDACIÓN ONCE.

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 20 de Octubre de 2017

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